LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 2. PARTE I EL MANUSCRITO 3. CAPÍTULO I El aula número siete #2
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2. PARTE I EL MANUSCRITO 3. CAPÍTULO I El aula número siete #2

La precisión de las palabras le produjo una calma artificial.

Registrar un hecho no era comprenderlo, pero impedía que el miedo lo deformara.

Se sentó en el banco del piano.

Observó la frase.

Respirar después del nombre.

Daniel Arístegui.

El manuscrito parecía establecer una relación entre ambos elementos.

Nombre.

Respiración.

Música.

Gabriel cerró los ojos.

Recordó a Daniel durante una clase colectiva. Estaba sentado junto a una ventana, sosteniendo el clarinete desmontado sobre las rodillas. Una alumna interpretaba un pasaje de Schumann y se quedaba sin aire antes de terminar cada frase.

Daniel la interrumpió.

—No respires donde lo necesite el cuerpo. Respira donde lo necesite la verdad.

La alumna se echó a reír.

—La verdad no tiene pulmones.

—Por eso necesita los tuyos.

Gabriel abrió los ojos.

La muchacha de aquel recuerdo no tenía rostro.

Solo conservaba su risa.

Una risa breve, nerviosa, casi insolente.

Intentó recordar el nombre.

No pudo.

Volvió a mirar las marcas de la pared.

M. L.

R. S.

A. P.

L. V.

Alumnos.

Una de aquellas iniciales podía pertenecer a la joven del recuerdo.

Sacó la libreta y las copió.

Después examinó el resto del aula. No encontró más anotaciones. Revisó el interior del piano, la parte inferior del banco y los cajones del armario. Solo aparecieron tizas, una cuerda de violín, dos monedas antiguas y una fotografía doblada.

La imagen mostraba a siete personas delante del edificio.

Cinco adultos.

Dos alumnas.

Gabriel se reconoció de inmediato.

Tenía veinticinco años. Llevaba una chaqueta demasiado ancha y sostenía un clarinete bajo. A su lado estaba Daniel, sonriente, con el lápiz entre los labios.

Los otros tres adultos eran profesores que Gabriel había conocido bien: Teresa Robles, pianista; Mateo Cifuentes, violonchelista; y Ricardo Leal, profesor de armonía.

Las dos muchachas permanecían en los extremos.

Una tenía el cabello oscuro y muy corto. La otra llevaba una trenza larga y sujetaba una carpeta contra el pecho.

En el reverso había una fecha:

Curso de música contemporánea. Noviembre de 1987.

No aparecían nombres.

Gabriel fotografió la imagen.

Se detuvo en el rostro de la joven de la trenza.

Era ella.

La alumna que se había reído cuando Daniel habló de la respiración y la verdad.

Recordaba ahora sus manos: grandes, tensas, con los dedos marcados por el estudio. Recordaba también que tocaba el clarinete y que, durante varias semanas, había asistido a clases que no figuraban en el horario oficial.

Pero el nombre continuaba fuera de su alcance.

Guardó la fotografía en una funda separada.

Al levantarse, oyó pasos en el pasillo.

La puerta se abrió antes de que pudiera ocultar la carpeta.

Carmen Otero apareció en el umbral.

—Sabía que habías encontrado algo.

Gabriel cerró el manuscrito.

—No deberías entrar sin llamar.

—Y tú no deberías sacar documentos de un edificio público.

—No lo he sacado.

Carmen miró la cartera abierta.

—Todavía.

Entró en el aula y cerró la puerta.

Tenía cincuenta y dos años, el cabello recogido y unas gafas de montura roja que se quitaba cuando estaba enfadada. Se las quitó.

—¿Qué es?

—Una partitura.

—Eso ya lo veo.

—Estaba oculta dentro del atril.

—¿Oculta?

Gabriel señaló el espacio detrás del piano.

—El atril tenía un compartimento.

—¿Y por qué te la llevaste a casa?

—Para protegerla.

—Tenemos un archivo.

—Tenemos cajas abiertas en un edificio donde entran operarios que clasifican objetos como desecho.

—Eso no te autoriza.

—No.

La admisión desarmó momentáneamente a Carmen.

—Entonces entrégamela.

Gabriel apoyó una mano sobre la carpeta.

—Necesito examinarla antes.

—No eres archivero.

—Pero conozco a las personas que aparecen relacionadas con ella.

—¿Qué personas?

Gabriel dudó.

—Daniel Arístegui.

Carmen frunció el ceño.

—No me suena.

—Fue profesor aquí.

—He revisado listados desde la apertura del centro. No recuerdo ese nombre.

—Trabajó durante el curso 1987-1988.

—Entonces aparecerá en los libros de personal.

—Compruébalo.

—Lo haré. Pero la partitura se queda.

Gabriel abrió la carpeta por la primera página y mostró la fecha.

Carmen se inclinó.

—¿Qué tiene de especial?

—Apareció después de que yo encontrara el documento.

—¿Apareció?

—La página estaba en blanco.

—Quizá no la viste.

—La tinta estaba húmeda.

Carmen lo miró durante varios segundos.

—Necesitas descansar.

—También apareció un nombre en la cubierta.

Le mostró la inscripción.

—Daniel Arístegui —leyó ella—. Puede llevar ahí cuarenta años.

—No estaba.

—Gabriel.

—Fotografié la carpeta antes de salir del edificio.

Buscó la imagen del día anterior.

En la pantalla, la cubierta aparecía gris y vacía.

Carmen acercó el teléfono.

Amplió la fotografía.

—¿A qué hora la hiciste?

—A las once y veintitrés.

—¿Y cuándo apareció el nombre?

—Anoche, después de medianoche.

—¿Estabas solo?

—Sí.

—¿Había alguien que pudiera entrar en tu casa?

—No.

Carmen devolvió el teléfono.

—Las fotografías pueden modificarse.

—No las he modificado.

—No he dicho que lo hicieras.

—Lo has pensado.

—Estoy pensando muchas cosas.

Carmen recorrió el aula. Miró la pared, el piano y las marcas dejadas por las cajas.

—¿Qué quieres hacer?

—Analizar el papel y las tintas.

—¿Con quién?

—Con una restauradora.

—¿Conoces a alguna?

—No personalmente.

—Entonces la partitura debería enviarse al archivo provincial.

—No todavía.

—¿Por qué?

Gabriel abrió el manuscrito por el folio donde aparecía la frase nueva.

—Porque sigue cambiando.

Carmen leyó la anotación.

—«Respirar después del nombre».

—No estaba hace una hora.

—¿Tienes otra fotografía?

Gabriel se la mostró.

La cruz aparecía. La frase no.

Carmen volvió a ponerse las gafas.

—Esto puede ser grafito sensible a la luz.

—No aparece una frase completa por sensibilidad lumínica.

—Puede haber capas de escritura.

—Eso es lo que quiero averiguar.

—¿Y mientras tanto?

—El documento no saldrá de mi custodia.

—No puedes decidirlo tú.

—Entonces haz constar que lo has encontrado hoy y entrégalo oficialmente.

Carmen volvió a quitarse las gafas.

—Sabes que, si hago eso, dejarás de tener acceso.

—Lo sé.

—Y por eso intentas que participe.

—Intento que comprendas lo que está ocurriendo.

—No sabemos qué está ocurriendo.

—Precisamente.

Carmen observó el manuscrito.

Su expresión cambió. Ya no era solo desconfianza. Había curiosidad.

—Dame cuarenta y ocho horas —dijo Gabriel.

—No.

—Veinticuatro.

—Tampoco.

—Hasta mañana a las doce.

—¿Para qué?

—Para documentarlo, localizar a una especialista y comprobar los registros de Daniel.

Carmen guardó silencio.

Gabriel continuó: