2. PARTE I EL MANUSCRITO 3. CAPÍTULO I El aula número siete
Gabriel no durmió.
Permaneció sentado frente a la carpeta hasta que la luz de la madrugada comenzó a dibujar los contornos de los muebles.
No volvió a escuchar aquella nota grave.
Tampoco vio aparecer ninguna otra palabra sobre la cubierta.
El nombre continuaba allí, trazado en tinta negra, con una caligrafía inclinada que no reconocía y que, sin embargo, le produjo desde el primer momento una sensación de proximidad insoportable.
Daniel Arístegui.
Gabriel evitó tocarlo.
Durante la noche había formulado varias explicaciones razonables. Ninguna resistió más de unos minutos.
La tinta podía haber estado oculta bajo la superficie del cartón y haber reaccionado al cambio de temperatura.
El nombre podía haberse hecho visible a causa de la humedad.
Quizá él no lo había advertido cuando encontró la carpeta.
Quizá la luz del aula, irregular y amarillenta, le había impedido distinguirlo.
También podía ser que alguien hubiera escrito el nombre mientras la carpeta permanecía en su casa.
Esa posibilidad era absurda, pero no más que las demás.
Vivía solo.
Había cerrado la puerta con llave.
No había abandonado el comedor.
A las siete y cuarto se levantó para preparar café. Antes de entrar en la cocina miró de nuevo la carpeta. El nombre seguía intacto.
No había manchas alrededor de las letras. La tinta parecía seca.
Gabriel abrió un cajón y sacó una lupa pequeña que utilizaba para revisar cañas. La acercó a la cubierta.
Los trazos no estaban impresos sobre el cartón. Habían penetrado en las fibras. Algunas líneas presentaban una tonalidad más oscura en los bordes, como si el instrumento de escritura hubiera descargado una cantidad irregular de tinta.
No era una impresión reciente.
Pero no podía ser antigua.
Recordaba la carpeta sin nombre.
Recordaba haberla abierto sobre el piano.
Recordaba la superficie gris, vacía, desgastada solo en las esquinas.
A las ocho menos cinco llamó a la secretaría del conservatorio nuevo.
Contestó una voz que no reconoció.
—Conservatorio Tomás de Viana, buenos días.
—Soy Gabriel Valcárcel.
—Un momento, por favor.
La música de espera era una reducción electrónica del Canon de Pachelbel. Gabriel apartó el teléfono del oído.
Después de casi un minuto contestó Carmen Otero, la secretaria académica.
—Gabriel, ¿ha ocurrido algo en el edificio antiguo?
—Necesito consultar el inventario de los materiales retirados ayer.
—Todavía no está terminado.
—En concreto, quiero saber si aparece un atril de madera.
—¿Un atril?
—Antiguo. De columna torneada. Con una bandeja gruesa.
Carmen guardó silencio.
Se oyeron varias teclas.
—No figura ninguno con esa descripción.
—¿Hay inventarios anteriores?
—Probablemente. Tendría que buscarlos.
—Necesito también los registros del aula número siete.
—¿Registros de qué tipo?
—Materiales asignados, mobiliario, instrumentos, cualquier documento anterior al traslado de 1990.
—Gabriel, estamos hablando de hace casi cuarenta años.
—Lo sé.
—Puede que exista algo en el archivo histórico, pero ayer precisamente comenzasteis a vaciarlo.
—No se vació todo.
—¿Has encontrado algo?
Gabriel observó la carpeta.
—Materiales sin clasificar.
—Entonces haz una relación y entrégala con el resto.
—Eso haré.
La respuesta salió con demasiada rapidez.
Carmen lo percibió.
—¿Seguro que no ha ocurrido nada?
—Nada que pueda explicar por teléfono.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía tranquilizarte.
Carmen suspiró.
—El director quiere cerrar el traslado esta semana. No podemos detenerlo por un atril que no consta en ningún inventario.
—No te he pedido que lo detengas.
—Entonces ¿qué necesitas?
—Acceso al archivo antes de que retiren las últimas cajas.
—Hoy van los operarios.
—¿A qué hora?
—A las nueve.
Gabriel miró el reloj.
—Voy hacia allí.
—Gabriel.
—¿Sí?
—Si has encontrado documentación antigua, no te la lleves a casa.
Gabriel sostuvo la mirada sobre el nombre escrito en la carpeta.
—No lo haré.
Colgó.
La mentira no le produjo culpa inmediata. Le produjo cansancio.
Guardó el manuscrito en una funda de plástico transparente. Después introdujo la funda en su cartera, colocándola entre dos libros para que el cartón no se doblara. Dudó antes de añadir la primera página, la que había separado durante la noche para examinar la fecha.
Finalmente la devolvió a su lugar.
No quería que ninguna parte del documento permaneciera aislada.
Antes de salir fotografió la cubierta.
En la imagen, el nombre apareció con claridad.
Aquello eliminaba una posibilidad: no era una alteración de su vista.
No eliminaba ninguna de las demás.
El edificio antiguo estaba abierto cuando llegó.
Una furgoneta blanca ocupaba la entrada lateral. Dos operarios cargaban cajas numeradas. En el vestíbulo habían colocado una mesa plegable sobre la que se acumulaban formularios, etiquetas adhesivas y botellas de agua.
El trabajador que había hablado con él el día anterior levantó una mano.
—Profesor, al final sí que había un atril.
Gabriel se detuvo.
—¿Dónde?
—En el aula del fondo. Detrás del piano.
—Creí que no lo habían visto.
—Ayer no. Esta mañana lo sacamos.
—¿Lo han cargado?
—Todavía no. Está abajo.
Gabriel descendió por la escalera que conducía al antiguo salón de actos. El atril se encontraba junto a otros muebles destinados al almacén municipal: un banco de madera, tres archivadores metálicos, una mesa con una pata rota y un busto de yeso de un compositor al que le faltaba la nariz.
Se acercó al atril.
El cajón estaba cerrado.
Introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta.
La llave continuaba allí.
Examinó la madera.
En la parte posterior de la bandeja había una placa ovalada, cubierta de suciedad. Limpió la superficie con un pañuelo.
Aparecieron unas letras grabadas:
D. A. — 1987
Gabriel sintió un leve mareo.
Apoyó una mano en la columna del atril.
—¿Está bien? —preguntó el operario desde la escalera.
—Sí.
—¿Se conserva o se tira?
Gabriel no contestó enseguida.
La respuesta administrativa era sencilla. El objeto no figuraba en el inventario. Nadie había solicitado su conservación. La madera estaba deteriorada, el barniz levantado y una de las patas presentaba señales de carcoma.
Pero alguien había grabado unas iniciales.
Alguien había ocultado una partitura en su interior.
Alguien había esperado que la llave permaneciera dentro de una caja clasificada como material desechable.
—Se conserva —dijo.
—¿Dónde lo ponemos?
—En el archivo provisional.
—Nos han dicho que no queda espacio.
—Entonces déjenlo aquí.
—Tendrán que firmar la incidencia.
—La firmaré.
El hombre se encogió de hombros.
—Como quiera.
Cuando se marchó, Gabriel volvió a mirar las iniciales.
Daniel Arístegui nunca había tenido un atril propio.
Al menos, no uno que Gabriel recordara.
Daniel tocaba el clarinete. Era zurdo para casi todo, salvo para el instrumento, y tenía la costumbre de sujetar el lápiz entre los labios mientras estudiaba una partitura. No borraba las indicaciones antiguas. Escribía encima de ellas, creando capas de signos que solo él parecía comprender.
Decía que toda partitura debía conservar las huellas de quienes la habían tocado.
—La música sin tachaduras es música sin historia —había afirmado una vez.
Gabriel recordaba la frase.
No recordaba dónde la había pronunciado.
Tal vez en aquel mismo salón de actos.
Tal vez durante la reunión del 14 de noviembre de 1987.
Subió al aula número siete.
Las cajas habían desaparecido. El piano seguía cubierto, pero la lona estaba mal colocada. En el suelo quedaban marcas rectangulares donde habían descansado los materiales.
Gabriel cerró la puerta.
Se situó en el lugar exacto donde había encontrado la carpeta.
La pared presentaba una zona más limpia detrás del piano. Sobre la pintura había una línea vertical hecha a lápiz. Al principio pareció una simple rozadura, pero al acercarse distinguió una sucesión de pequeñas marcas.
Alturas.
Fechas.
Iniciales.
Era la clase de registro que algunas familias realizaban para medir el crecimiento de los hijos.
Gabriel leyó las anotaciones.
M. L. — 1,42 — enero 1986
R. S. — 1,51 — junio 1986
A. P. — 1,47 — marzo 1987
Debajo había otra inscripción:
L. V. — 1,49 — noviembre 1987
Gabriel sacó el teléfono y fotografió la pared.
No reconocía ninguno de aquellos nombres.
Quizá fueran alumnos.
Quizá las marcas no indicaran alturas, sino otra cosa.
La última anotación estaba casi oculta tras el borde del piano:
D. A. — no medir
Gabriel pasó el dedo sobre las letras.
El grafito se desprendió ligeramente.
Se volvió hacia la puerta.
Por primera vez desde que entró en el edificio tuvo la certeza de que no estaba investigando un recuerdo, sino entrando en un mecanismo todavía activo.
Abrió la cartera y sacó la carpeta.
La colocó sobre el piano.
El nombre de Daniel continuaba escrito en la cubierta.
La abrió por la primera página.
La fecha seguía en la esquina inferior.
14 de noviembre de 1987.
No había aparecido ninguna otra anotación.
Gabriel pasó al segundo folio.
Leyó el comienzo de la obra.
Las primeras ocho notas pertenecían a la voz del clarinete. No formaban aún el motivo que él reconocía, sino una línea preparatoria: intervalos cortos, respiraciones frecuentes, una melodía que parecía probar distintas direcciones sin decidirse por ninguna.
En el tercer compás había una ligadura trazada con tinta distinta.
Gabriel no la recordaba.
Sacó la fotografía que había tomado el día anterior y amplió la imagen.
La ligadura ya estaba allí.
Continuó.
En el quinto compás aparecía una pequeña cruz sobre una nota larga.
Junto a ella, a lápiz, alguien había escrito:
Respirar después del nombre.
Gabriel sintió un escalofrío.
Aquella frase no figuraba en la fotografía.
Acercó el teléfono al papel.
Comparó ambos.
La cruz estaba en la imagen.
La frase no.
Sacó otra fotografía.
Esta vez la anotación apareció.
Permaneció varios minutos sin moverse.
Después escribió en una libreta:
9.17 horas. Aula 7. Nueva anotación en folio 2: “Respirar después del nombre”. No observé proceso de aparición. Grafito aparentemente antiguo.
Lo leyó.