LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I
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1. PRÓLOGO La música que no debía existir
El edificio llevaba cerrado casi once años, pero todavía conservaba el olor de los lugares donde alguien había repetido una misma escala durante décadas.
No era polvo solamente. Tampoco humedad.
Era una mezcla más persistente: madera barnizada, metal envejecido, papel reseco y ese residuo humano que dejan las habitaciones donde se ha esperado demasiado.
En los pasillos, las puertas permanecían abiertas por orden de los operarios.
Habían retirado los carteles, desmontado los tablones de anuncios y apilado las sillas contra las paredes.
Las aulas, privadas ya de atriles y pupitres, parecían más pequeñas, como si hubieran perdido con los objetos la autoridad que alguna vez tuvieron.
Gabriel Valcárcel avanzó por el corredor principal sin prisa.
Cada paso levantaba un eco distinto.
Conocía aquel edificio desde antes de que lo pintaran por última vez, antes de que cambiaran las ventanas, antes de que instalaran el ascensor que nunca llegó a funcionar correctamente.
Había dado clase allí durante seis cursos, entre 1984 y 1990, cuando todavía no existían ordenadores en la secretaría y los expedientes se guardaban en carpetas de cartón, sujetos con cintas que se rompían al menor tirón.
Volvía ahora para supervisar el traslado de los instrumentos, los fondos documentales y los materiales que la nueva sede no había reclamado.
Era una tarea administrativa, le habían dicho.
Una mañana, quizá dos.
Había aceptado porque nadie más quería hacerlo.
A sus sesenta y cuatro años, Gabriel sabía que casi todo aquello que una institución llama «tarea menor» consiste en decidir qué merece ser conservado y qué puede desaparecer sin protesta.
Se detuvo ante el aula número siete.
La placa de plástico estaba rajada por una esquina. Debajo, aún podía verse la marca de otra placa anterior, más estrecha, que él recordaba de color marfil.
Durante años, aquella había sido el aula de viento madera.
Allí había corregido embocaduras, respiraciones y articulaciones. Allí había discutido con alumnos que querían tocar más deprisa de lo que eran capaces de escuchar. Allí había pasado tardes enteras intentando explicar que una nota afinada no era necesariamente una nota verdadera.
Empujó la puerta.
El aula estaba casi vacía.
Quedaba un armario bajo, dos estanterías desnudas y un piano vertical cubierto con una lona gris. En el suelo, junto a la pared del fondo, se apilaban tres cajas marcadas con rotulador negro:
PARTITURAS SIN CLASIFICAR
PROGRAMAS ANTIGUOS
MATERIAL DESECHABLE
Gabriel leyó la última inscripción dos veces.
Se agachó.
La caja de material desechable contenía atriles rotos, boquillas de plástico, cañas abiertas, dos metrónomos sin péndulo y una carpeta de anillas vacía. Nada justificaba una revisión detenida. Cerró las solapas y pasó a la segunda caja.
Programas de conciertos escolares. Fotografías sin fecha. Invitaciones a actos oficiales. Diplomas nunca entregados. Nombres que conocía y otros que apenas le devolvían un rostro.
En uno de los programas aparecía el suyo.
Concierto de profesores. Marzo de 1988.
Leyó la relación de obras.
Mozart. Weber. Poulenc. Una pieza colectiva sin autor, titulada simplemente Interludio.
Gabriel dejó de respirar durante un instante.
Luego volvió a introducir el programa en la caja, procurando que quedara exactamente en el mismo lugar.
—¿Profesor?
La voz llegó desde el pasillo.
Era uno de los trabajadores de la empresa de mudanzas. Un hombre joven, con chaleco reflectante y una libreta en la mano.
—¿Esto también se lleva?
Señalaba el piano.
—No lo sé —respondió Gabriel—. Tendrán que comprobar el inventario.
—No aparece.
—Entonces no lo muevan todavía.
El trabajador miró alrededor.
—Aquí no aparece casi nada.
Gabriel no respondió.
El hombre anotó algo y se alejó.
Durante unos segundos, solo se oyó el roce de una escoba en la planta baja.
Gabriel abrió la caja de partituras.
Había reducciones para piano, métodos incompletos, fotocopias amarillentas, arreglos manuscritos y cuadernos de ejercicios. Reconoció varias caligrafías. Profesores muertos. Profesores jubilados. Profesores que habían abandonado la enseñanza sin despedirse.
Separó los materiales por categorías.
Biblioteca.
Archivo histórico.
Desecho.
Dudó ante cada tercer documento.
Aquel ejercicio no era técnico. Era moral.
Todo archivo construye una versión del pasado, pensó. Incluso cuando pretende limitarse a ordenarlo.
Al fondo de la caja encontró una pequeña llave de hierro.
Estaba envuelta en papel de seda y sujeta con una cuerda azul.
Gabriel la sostuvo bajo la luz.
No había etiqueta.
La forma era antigua, pero no tanto como para pertenecer a una cerradura histórica. Tenía el tamaño de las llaves empleadas en armarios, cajones o atriles con compartimento.
Miró alrededor.
El armario bajo estaba abierto. Las estanterías no tenían puertas. El piano no presentaba cerradura visible.
Entonces recordó el atril.
No estaba seguro de por qué lo recordó.
Tal vez porque, al entrar, había notado una diferencia en la pared del rincón. Una línea más oscura sobre la pintura. La huella de un objeto que había permanecido apoyado allí durante mucho tiempo.
Se acercó.
Detrás del piano, oculto entre la lona y la pared, encontró un atril de madera.
No era uno de los modelos metálicos utilizados en las aulas. Era un atril antiguo, de pie ancho, columna torneada y bandeja inclinable. La madera estaba cubierta por una capa irregular de polvo. Gabriel tiró de él con cuidado.
Pesaba más de lo esperado.
Al moverlo oyó algo en su interior.
Un golpe seco.
Se inclinó para examinarlo.
La bandeja superior tenía un borde más grueso de lo normal. Bajo la repisa había una pequeña ranura. Introdujo los dedos y comprobó que aquella parte no era maciza, sino un cajón estrecho disimulado en la estructura.
La cerradura estaba ennegrecida.
Sacó la llave.
Encajó al primer intento.
Gabriel permaneció inmóvil.
Lo razonable habría sido llamar al responsable del traslado, dejar constancia del hallazgo y abrir el compartimento en presencia de otra persona.
Giró la llave.
El mecanismo ofreció resistencia.
Presionó un poco más.
Se oyó un chasquido.
El cajón se abrió apenas dos centímetros.
Dentro había una carpeta.
No tenía título.
Era de cartón gris, con las esquinas desgastadas y dos cintas negras para cerrarla. Gabriel la extrajo y la colocó sobre el piano, apartando una parte de la lona.
El polvo formó una nube tenue.
Desató las cintas.
La primera hoja estaba en blanco.
No completamente blanca. El papel tenía manchas, pequeñas zonas de oxidación y una marca de agua apenas visible. Pero no contenía notas, título, firma ni fecha.
Pasó a la segunda página.
Allí comenzaba la música.
Cinco pentagramas trazados a mano. Una línea para clarinete en si bemol, otra para violín, una tercera para violonchelo, una cuarta sin indicación instrumental y una quinta escrita en clave de fa.
No había compás inicial.
No había armadura.
Solo una indicación en la parte superior:
Lento, pero sin detenerse.
Gabriel acercó el rostro.
La tinta había perdido intensidad. Algunas notas parecían escritas en épocas distintas.
Había fragmentos con una caligrafía firme y otros añadidos con mano temblorosa.
En varios compases se superponían correcciones.
Una voz ascendía mientras otra permanecía inmóvil sobre una nota grave, repetida como una respiración que se negara a concluir.
Gabriel siguió leyendo.
Tercer sistema.
Cuarto.
Quinto.
Al llegar al final de la página sintió un frío leve en los brazos.
El motivo estaba allí.
Cuatro notas descendentes.
Una pausa breve.
Dos notas ligadas.
Después, un intervalo ascendente de sexta menor.
No era una melodía célebre.
No pertenecía a ninguna obra publicada.
Gabriel había compuesto aquel motivo cuando tenía veinticinco años.
Lo había escrito una sola vez.
En una hoja arrancada de un cuaderno que luego quemó.
Cerró la carpeta.
El sonido fue más fuerte de lo que esperaba.
Miró hacia la puerta.
Nadie.
Volvió a abrirla.
El motivo seguía allí.
Recordó una habitación diferente. Una mesa de fórmica.
Una ventana abierta sobre un patio interior.
El humo de un cigarrillo que no era suyo.
Cuatro personas inclinadas sobre una partitura.
Alguien diciendo que debía firmarla. Alguien más respondiendo que ninguna firma sobreviviría a lo que iban a hacer.
Gabriel pasó la mano por el papel sin llegar a tocarlo.
No era posible.
O, al menos, no debía serlo.
Continuó examinando las páginas.
La obra estaba incompleta. Había diecisiete folios numerados a lápiz. Faltaban pasajes enteros. Algunas voces se interrumpían sin resolución. En ciertos márgenes aparecían iniciales, tachaduras y marcas de ensayo.
En la página nueve encontró una frase.
No estaba escrita como indicación musical. Era una anotación minúscula, casi borrada, situada junto a un silencio de compás completo:
No tocar hasta que todos estén nombrados.
Gabriel leyó la frase en voz baja.
—¿Todos quiénes?
Su propia voz sonó impropia en el aula.
Revisó las demás páginas.
No encontró nombres.
Solo música.
En el último folio, las líneas se detenían después de once compases. El resto del papel estaba vacío.
Gabriel observó la ventana. La luz de la mañana había cambiado. Sobre el patio, una nube cubría parcialmente el sol.
Sacó el teléfono.
Pensó en llamar a alguien.
No sabía a quién.
A la dirección del centro, quizá. Al responsable del archivo. A un antiguo compañero. A nadie.
Volvió a mirar la primera página en blanco.
Había algo escrito en la esquina inferior derecha.
Gabriel estaba seguro de que antes no estaba.
Se inclinó.
Era una fecha.
14 de noviembre de 1987.
La tinta parecía reciente.
Negra.
Húmeda incluso.
Gabriel retrocedió.
El borde del piano golpeó contra su cadera.
La carpeta permaneció abierta.
Miró sus manos. No llevaba bolígrafo. No había tocado la esquina. Nadie había entrado en el aula.
Se acercó de nuevo.
Rozó la fecha con la punta del dedo.
La tinta se extendió ligeramente.
Retiró la mano.
El catorce de noviembre de 1987 había sido sábado.
Gabriel no necesitaba comprobarlo.
Aquella noche, cuatro jóvenes profesores se habían reunido en secreto para escribir una obra que nunca llegó a estrenarse.
A la mañana siguiente, uno de ellos había desaparecido.
No físicamente.
Había seguido viviendo.
Había seguido dando clase.
Había seguido tocando.
Pero su nombre fue retirado de los programas, de los expedientes, de las fotografías y de cada historia que los demás aceptaron contar.
Gabriel cerró la carpeta con brusquedad.
El aire del aula se había vuelto insuficiente.
Guardó el manuscrito en su cartera.
Después introdujo la llave en el bolsillo interior de la chaqueta y devolvió el atril a su lugar, detrás del piano.
Cuando salió al pasillo, el trabajador del chaleco reflectante regresaba con otro hombre.
—¿Ha encontrado algo que debamos conservar? —preguntó.
Gabriel miró hacia el aula.
—Nada importante.
El trabajador anotó la respuesta.
—Entonces mañana retiramos lo que queda.
—Sí.
—¿Incluido el atril?
Gabriel tardó un instante en contestar.
—No hay ningún atril.
El hombre frunció el ceño, pero no discutió.
Gabriel caminó hacia la salida.
A cada paso sentía el peso de la carpeta dentro de la cartera.
No era el peso del papel.
Era el peso de algo que había esperado casi cuarenta años para ser encontrado.
Al llegar a la puerta principal, volvió la cabeza.
En el extremo del corredor, bajo la luz intermitente de un fluorescente, le pareció ver a un hombre apoyado contra la pared.
Alto.
Delgado.
Con una funda de clarinete en la mano.
Gabriel parpadeó.
El pasillo estaba vacío.
Salió del edificio sin despedirse.
Esa noche no abrió la carpeta.
La dejó sobre la mesa del comedor y permaneció sentado frente a ella hasta pasada la medianoche.
A las doce y diecisiete, oyó una nota.
Una sola.
Grave.
Lejana.
Un do sostenido que parecía proceder del interior de la casa.
Gabriel se levantó.
La carpeta continuaba cerrada.
Sobre la tapa gris había aparecido un nombre.
Escrito con la misma tinta negra de la fecha.
Daniel Arístegui.
Gabriel conocía aquel nombre.
Llevaba treinta y nueve años intentando no recordarlo.