34 Treinta Y Cuatro
Treinta Y Cuatro
Mullens encontró a Bone y a Baxter en la sala de incidentes; ambos alzaron la vista, expectantes, cuando él entró a zancadas por la puerta.
—¿Y bien?—preguntó Bone, aunque la expresión de trueno de Mullens ya daba media respuesta.
—Una jodida pérdida de tiempo.—Mullens se dejó caer en la silla, que protestó bajo su peso.—Le he sacado que estuvo en la destilería, y ahí se acabó la historia.
—Difícil negarlo con su jeta saliendo en todas las cámaras de CCTV—dijo Bone.
—Pero afirma que se aburrió y se fue antes. Luego insiste en que estaba en el almacén de Feelan para una entrevista de trabajo que no le dieron.
—¿Creíble?—preguntó Baxter con una sonrisa cínica.
—Tan creíble como una tetera de chocolate.—Mullens se frotó la cara, exhausto.—Pero no es ningún aficionado. Sabe exactamente qué decir y cuándo cerrar el pico. Pese a esa jeta de lamparones, Voss es un matón profesional, criado en Londres. Un cabrón duro de pelar.
—¿Hay para retenerlo?—Bone se apoyó en la pared.
—De momento, sí. Pero sin la declaración de Harper o pruebas contundentes que lo vinculen a la agresión...
—Mullens se encogió de hombros, impotente.
—Y ha pedido abogado, que seguramente será otro de los esbirros a sueldo de Feelan.
Todo quedando en casa, apretado como el tanga sudado de una stripper.
Baxter hizo una mueca.
Bone miró el reloj: casi las siete. Llevaban más de doce horas. Voss no iba a ir a ninguna parte, y seguir adelante estando reventados solo llevaría a cometer errores.
—Bien, por hoy se acabó.—Se irguió.—Mañana le daremos otra vuelta cuando tengamos la cabeza en su sitio. Id a casa y descansad. Os va a hacer falta.
Apagó las luces y siguió a sus compañeros al exterior. En el aparcamiento, tardó un momento en recordar dónde había dejado la furgoneta del hotel. El cansancio empezaba a ganarle la partida.
—¿Ve usted por algún sitio una furgoneta Ford Courier blanca?—le preguntó a un uniforme que pasaba por allí.
—¿Esa de ahí?—El agente señaló la furgoneta justo enfrente de ellos.
Bone puso los ojos en blanco.—Gracias. Día largo —sonrió.
—Buenas noches, señor—dijo el agente y salió por la puerta trasera.
Bone se dejó caer en el asiento del conductor, se estiró y bostezó, casi desencajándose la mandíbula en el proceso.
—Hora de una pinta—murmuró. Estaba a punto de arrancar cuando sonó el móvil. Suspiró.—¿Y ahora qué?—Un número desconocido.—No, no me han colocado un puto seguro de vida mal vendido—protestó. Esperó a que dejara de berrear y entonces puso el motor en marcha. Pero volvió a sonar. Esta vez, contestó.
—Insepctor jefe Bone, Police Scotland.—Esperaba que su saludo provocara la inmediata finalización de la llamada.
—Soy Barry Graham, encargado del Glendurie Bar.—La voz apenas superaba un susurro, frenética y temblorosa.
Bone se irguió.—Señor Graham. ¿Dónde se ha metido? Hemos estado buscándole por todas partes.
—Escuche—le interrumpió Graham.—Necesito hablar con usted. Solo con usted. Con nadie más. Estoy en el aparcamiento de la Comisión Forestal, en la vieja North Road. Venga solo.
—Un momento, debería...
—¡No!—El pánico en la voz de Graham se disparó.—Si trae a alguien más —refuerzos, compañeros, uniformes—, o si le siguen, no aparezco. Voy a estar muy atento, así que no intente nada. Lo digo en serio; si no, desaparezco para siempre.
—Barry, podemos protegerle...
—Solo usted o nadie. Usted decide.—La urgencia en su tono era inconfundible.—Una hora. Solo.
La línea se cortó.
Cuarenta minutos después, Bone entró en el aparcamiento desierto, con los faros abriéndose paso entre la niebla vespertina que espesaba. No había nadie; solo pinos gigantescos y un panel informativo ruinoso al borde del bosque. Paró el motor, sumiendo la escena en un silencio opresivo.
La temperatura había caído en picado con la puesta del sol, y el aliento de Bone formó nubes al salir del coche. Se subió la cremallera de la chaqueta contra el frío cortante; los zapatos se le empaparon enseguida con la humedad del suelo encharcado.
—¿Señor Graham?—llamó, su voz devorada por la penumbra.
Nada.
Bone entornó los ojos hacia las sombras. ¿Aquello era una silueta al otro lado del claro? Echó a andar, procurando que sus movimientos fueran deliberados, nada amenazadores.
—Barry, soy el inspector jefe Bone. He venido solo, como me pidió.
A su derecha, entre los árboles, sonó un crujido.
—¡Alto ahí!—La voz de Graham cortó la niebla, aguda por el pánico.—No se acerque más. Tengo un arma. La usaré si hace falta.
Bone se quedó helado, intentando ver en la oscuridad entre los árboles. No distinguía nada.
—No estoy aquí para hacerle daño—dijo, sereno—. Solo quiero hablar.
—Usted no lo entiende—dijo el encargado del bar, con la voz quebrada.—Si se enteran de que le he contactado, estoy muerto.
—¿Quiénes son “ellos”, Barry?—Bone se arrimó un poco más hacia la voz.—Deme nombres. Puedo ayudarle.
Una risa amarga salió de la oscuridad.—¿Ayudarme? Si están por todas partes.
—Podemos ofrecerle protección—insistió Bone.—Vigilancia las veinticuatro horas. Lo que necesite.
El bosque volvió a quedarse en silencio. Bone aguzó el oído por si oía algún movimiento, preguntándose si Graham se habría escabullido.
—¿Está usted herido?—intentó retomar Bone, dando otro paso cauteloso hacia la voz.
—Me libré de ellos—respondió Graham.—No sabían nada de mi moto en el patio trasero. Conseguí zafarme, pero... me están cazando.
—¿Quiénes son “ellos” y por qué?—preguntó Bone, con cuidado al abrirse paso entre los árboles. Los dedos le rozaron la corteza húmeda; agujas de pino crujieron suavemente bajo sus pies.
—¡No se mueva!—advirtió Graham de nuevo.—Le he dicho que voy armado.
—Le creo.—Bone detuvo su avance.—Pero me ha citado aquí por algo. ¿Cómo puedo ayudarle si no me explica o no me deja acercarme?
Siguió una larga pausa. La cicatriz de Bone le escocía bajo el dedo mientras aguardaba, el silencio tensándose como un alambre a punto de partirse.
—Hay algo que quiero darle —dijo por fin Graham—. Es por eso por lo que van a por mí. Saben que lo tengo. Pero necesito su garantía de que de verdad puede protegerme.
—Tenemos todos los medios necesarios para hacerlo, Barry. Puede darlo por hecho. ¿Qué es lo que tiene?
—Algo que Hamish confió en que le entregara.
—¿Sabe que está muerto?
—Sí, sé que está jodidamente muerto, y por eso estoy tan aterrorizado. Vinieron buscando eso.
—Entréguemelo y haré las llamadas necesarias. Tiene que confiar en mí, Barry.
Bone se acercó aún un poco más.
—No. No está aquí. Cuando me dijo lo que contenía, yo—
El súbito crujido de neumáticos sobre la grava le cortó. Unos faros barrieron el aparcamiento cuando un vehículo entró.
—¿Quién es ese? —silbó Graham, con el pánico creciendo en la voz—. ¡Dijo que vendría solo!
Bone se volvió de golpe, entornando los ojos a través de la niebla. —He venido solo. Le juro que no sé quién es.
—¡Me ha tendido una trampa! Sabía que no podía fiarme de usted.
—No —insistió Bone—. Déjeme que vea quién es. Quédese aquí.
Con el corazón desbocado, Bone salió de entre los árboles y se dirigió hacia el coche al ralentí, cuyos faros le deslumbraron. Se acercó, alzando la mano para protegerse los ojos, y el motor rugió con fiereza.
El coche dio un tirón hacia delante, acelerando directamente contra él.
Bone se lanzó a un lado y cayó con fuerza al suelo. El vehículo tronó a su lado, rozándole por centímetros. Derrapó sobre la grava, con las ruedas patinando, y luego salió disparado del aparcamiento y desapareció en la noche.
Bone se puso en pie a trompicones, con la adrenalina ardiéndole en las venas.—¡Barry! —gritó, corriendo de vuelta a los árboles—. Barry, ¿está bien?
Silencio.
Bone se internó en el bosque, abriéndose paso entre la maleza; las zarzas le desgarraban la ropa. Un rugido mecánico hendió la oscuridad y cambió de dirección, abriéndose paso a empellones hacia el sonido.
Al irrumpir en un pequeño claro con una senda de tierra, llegó justo a tiempo de ver la luz roja de una Honda 125 perderse por el camino, el motor aullando mientras aceleraba.
—¡Mierda! —gritó Bone, su voz rebotando inútilmente por el bosque vacío.
Sacó el móvil y dio el aviso. Con suerte y buen timing, esta vez las unidades de tráfico quizá interceptaran una moto o un Jeep o Land Rover con los cristales tintados por la zona. Pero no tenía muchas esperanzas.
Con meticulosidad, Bone registró el área de donde había salido la voz de Graham, buscando cualquier cosa que el asustado encargado pudiera haber dejado caer u olvidado. No encontró más que barro, agujas de pino y oscuridad.
Regresó a la furgoneta del hotel, echó el cierre y esperó a que llegara el equipo de respuesta. Caviló sobre qué Barry estaba a punto de entregarle y quién podía darle tanto miedo como para preferir huir antes que aceptar la protección policial.
—¡Feelan! —gruñó Bone. Miró la entrada en busca de destellos de faros de policía.