31 Treinta Y Uno
Treinta Y Uno
El motor del coche del parque móvil resoplaba mientras Bone lo guiaba por una cuesta empinada hacia Muirhead, la luz agonizante proyectando sombras alargadas sobre el asfalto lleno de baches. Los engranajes crujieron con estrépito al reducir, y hizo una mueca al oírlo.
—Por el amor de Cristo —murmuró Mullens—. ¿Hace falta que le destroces la caja de cambios así?
Bone le lanzó una mirada de soslayo. —A este trasto le pasa algo. Escúchalo.
—Al coche no le pasa nada —gimió Mullens—. Es tu forma de conducir.
Bone lo intentó de nuevo y la transmisión protestó con otro chirrido de engranajes. —¿Ves? Un puñetero desastre, esto —estudió el perfil de Mullens un momento—. ¿Qué te pasa esta mañana, de todos modos? Llevas una cara más larga que un día sin pan.
Mullens negó con desdén y se quedó mirando por la ventanilla.
—¿Bueno? —apremió Bone.
Mullens se volvió, con el rostro tenso de rabia. —Cuando ponga las manos sobre ese capullo cara de verruga, le voy a hacer desear no haber asomado su cabezón lleno de pústulas por el coño de su madre. —Se crujió los nudillos—. Harper está en esa cama del hospital por culpa de él.
—Le pillaremos —repuso Bone—. Pero necesito que te mantengas centrado, no de caza por venganza.
—Solo digo que, cuando le cojamos, igual tropiezo sin querer y caigo encima de su verruga. Con el puño. Varias veces.
Bone notó a Mullens en espiral y cambió de tercio. —¿Cómo va tu padre?
Mullens inspiró hondo, la tensión de los hombros cediendo un tanto. —No muy bien. Creo que está deprimido. Las enfermeras hacen lo que pueden por él, pero su demencia va a peor, y el cóctel de fármacos no ayuda.
—¿Cómo puedes saber que está deprimido?
—Ha dejado de intentar magrear a cualquier enfermera que le recuerde a mi madre cuando era joven. —Mullens captó la expresión alarmada de Bone—. Hombre o mujer, añado, no vaya a ser.
—¿Magrear, seguro?
—Bueno, es un poco duro. Manos y boca fuera de lugar. —Mullens se frotó la frente, cansado—. Siempre fue un viejo salido.
—Eso suena aún peor. ¿La boca? —Bone se echó atrás, asqueado.
—Intentos incansables de morreos —aclaró Mullens—.
Y las guarrerías de película X que suelta.
Dios, es vergonzoso. Pero ahora eso se ha parado, y aunque era horrendo, su silencio me preocupa.
—Se quedó mirando el paisaje que oscurecía—.
El viejo cabrón nunca calla. En la corporación de autobuses le llamaban el Gallo Claudio.
—Me alivia que ese gen parezca haber saltado una generación —dijo Bone con sequedad.
Mullens consiguió soltar una carcajada auténtica, pero se apagó enseguida. —Parece que está en la última vuelta, jefe.
—Tu padre es inmortal —dijo Bone—. Estará de parranda con Keith Richards y las cucarachas cuando nosotros ya no estemos.
Mullens negó con la cabeza. —No estoy tan seguro. Y se me están acabando las formas de mantenerlo contento.
—Quizá tengas que aceptar que forma parte de la enfermedad —dijo Bone, con suavidad—. No puedes hacer nada para pararlo.
El GPS anunció que se acercaban a su destino. Bone apagó las luces y se orilló en el arcén, aparcando el coche tras un bosquecillo.
—Parece que está en medio de la puñetera nada —murmuró Mullens, escudriñando entre la penumbra la valla de alta seguridad a unos quinientos metros por delante—. ¿Cómo se supone que suben los camiones de contenedores? ¿Y por qué poner un almacén tan lejos de un puerto?
—Preguntas pertinentes —Bone comprobó el móvil: sin cobertura—. Perfecto.
Se acercaron a pie, agachados, aprovechando las sombras que se estiraban. Dos guardias estaban en la puerta principal, fumando y charlando. Llevaban a la vista armas cortas o espráis de pimienta, ceñidos a la cintura.
—No es precisamente el típico servicio de seguridad —susurró Bone—. Tú rodea por la izquierda, entre esos árboles. Yo iré por la derecha. Mantente en contacto si puedes, pero no te la juegues.
Mullens asintió y desapareció entre la maleza.
Bone avanzó despacio por el bosque tupido, maldiciendo por lo bajo mientras las zarzas se le enganchaban en los pantalones y el barro le chupaba los zapatos. Cuando llegó a la valla, su traje estaba hecho polvo y la paciencia al límite.
Arrodillado entre la maleza, miró a través de los eslabones.
Contenedores marítimos oxidados se apilaban en hileras densas, creando un laberinto de pasillos metálicos.
Más allá, el armazón esquelético de un almacén nuevo se recortaba contra el cielo que oscurecía, flanqueado por un par de casetas de obra.
Fue bordeando el perímetro, con cuidado de no dejarse ver.
Cerca de la esquina trasera del recinto, un afloramiento rocoso sobresalía sobre él.
Bone trepó, quedando a la altura suficiente para alcanzar lo alto de la valla.
Con una maldición entre dientes, empezó a escalar hasta que vio una puerta trasera abierta a unos veinte metros.
—La madre que me parió.
Bajó de nuevo, rajándose el culo del pantalón en un borde afilado. —Me cago en la leche.
Agachado, cruzó a la carrera el claro hasta la primera fila de contenedores. Al pegarse al metal frío, vio salir de una de las casetas un grupo de hombres: dos obreros con casco y un tercero con abrigo negro.
Bone se encajó en una rendija entre contenedores. Pasaron. El del abrigo se volvió y, a la luz moribunda, Bone lo vio: el lunar distintivo en la mejilla derecha.
Con el corazón desbocado, Bone esperó a que se alejaran antes de salir. —¡Policía! ¡Alto! —gritó, echando a correr tras ellos.
La cabeza del sospechoso giró de golpe, los ojos abriéndose de par en par al reconocerle. Echó a correr, zigzagueando entre las hileras de contenedores con Bone pisándole los talones. Fueron serpenteando por el laberinto metálico, las botas repiqueteando sobre la grava.
El sospechoso salió de entre los contenedores en un último intento por llegar a la salida. —¡Abrid la puerta! —bramó. Su marcado acento londinense rebotó en los edificios cercanos.
Los guardias, sobresaltados pero obedientes, abrieron la puerta de par en par. El sospechoso irrumpió por ella, corriendo hacia un coche aparcado.
Bone se detuvo en seco en la puerta, con el cordón de la identificación en la mano. —¡Policía! ¡No interfieran!
Los guardias vacilaron, con las manos merodeando cerca de los cinturones.
—No. Lo. Hagan —ordenó Bone de nuevo.
Los guardias cedieron y alzaron las manos en señal de rendición.
Bone exhaló.
El sospechoso se lanzó dentro de un Range Rover con los cristales tintados y arrancó el motor. El coche dio un tirón, ejecutó una brusca maniobra en tres tiempos para huir por el carril estrecho.
De pronto, una figura corpulenta se plantó en mitad de la calzada.
Mullens.
Afirmó los pies, con las manos a los costados, directamente en la trayectoria del vehículo.
El coche aceleró, los faros iluminando la figura impertérrita de Mullens. Por un instante terrible, Bone estuvo seguro de que iba a presenciar la muerte de su compañero.
En el último segundo, el conductor viró, con los neumáticos chillando. El coche se salió de la carretera y se precipitó a una zanja de drenaje con un crujido de metal desgarrador.
Antes de que el airbag se hubiera desinflado del todo, Mullens ya estaba allí, arrancando la puerta y arrastrando al sospechoso aturdido por la ladera embarrada.
—¡Estás loco perdido! —gritó Bone, llegando unos segundos después—. ¡Podría haberte matado!
Mullens sonrió. —Sí, pero no lo ha hecho. —Plantó al sospechoso de cara contra el capó y lo esposó con eficacia a pesar de sus forcejeos—. Y ahora tenemos al Señor de la Verruga, ¿a que sí, colega? —Mullens hundió el codo en las costillas del detenido.
El sospechoso gimió y escupió un galimatías ininteligible.
—Creo que le gustas —dijo Bone.
—Casi suena tan basto como el glasgués —replicó Mullens, poniendo al hombre en pie a tirones.
Los guardias de seguridad se acercaron con cautela. Uno habló por una radio.
—Atrás —les advirtió Bone—. A menos que les apetezca acompañar a su amigo aquí.
Mullens metió a empellones al sospechoso, que seguía maldiciendo, en el coche del parque móvil. Al cerrar de un portazo, Bone echó una ojeada al recinto, ya envuelto en la oscuridad salvo por los duros focos de seguridad que iluminaban la entrada.
—¿Qué demonios está tramando Feelan aquí? —murmuró.
—Sea lo que sea —replicó Mullens, con la mirada fija en su prisionero—, no es un puto campamento de los Boy Scouts.