26 Veintiséis
Veintiséis
En la sala de asesoramiento, Agnes Durie se sentó en el borde de un butacón; su conjunto de diseñador —un traje azul marino entallado que probablemente costaba más que el sueldo mensual de Bone— desentonaba con el mobiliario ajado y las paredes en pasteles desvaídos.
Pese a tener cincuenta y siete años, podía pasar fácilmente por una década menos; su melena rubio ceniza lucía mechas perfectas y la piel, tersa y estirada de un modo que hablaba más de tratamientos caros que de buenos genes.
A su lado se sentaba una mujer de edad similar, aunque sin el glamour de Agnes. Su traje antracita era caro, pero severo, y llevaba el pelo negro carbón recogido en un moño tirante.
Agnes tenía los ojos enrojecidos y la máscara de pestañas, aplicada con esmero, un poco corrida. Apretaba con una mano perfectamente cuidada un pañuelo con monograma. Cuando Bone entró, alzó la vista con la expresión dolida de quien aún cura una herida reciente.
—Inspector jefe Bone —se presentó—. Llevo la investigación sobre la muerte de su hermano.
—Agnes Durie —respondió ella, con voz firme pese a su evidente angustia—. Y esta es Margaret Sinclair, nuestra abogada de la familia.
La letrada no le ofreció la mano. —La señora Durie ha regresado antes de tiempo de Nueva York al conocer la trágica noticia. Agradeceríamos una actualización de su investigación —dijo con tono seco y un marcado acento pijo de Bruntsfield.
Bone se acomodó en el sofá de enfrente. —Tengo entendido que estaba en una conferencia de ventas de whisky.
Agnes asintió. —Llevo todo el negocio internacional de Glendurie. He pasado los últimos tres meses entre Europa y Asia, con Nueva York como última parada.
—Vaya itinerario —observó Bone.
—El negocio no se lleva solo —dijo Agnes, dejando entrever bajo el duelo un destello de dureza—. Ahora, ¿puede decirme qué le ha pasado a mi hermano?
Bone expuso lo básico: el envenenamiento durante la cata, el cianuro en el whisky de Hamish, el sospechoso que había huido del lugar. Con cada detalle, la compostura de Agnes se resquebrajaba un poco más, pero Bone no pudo evitar notar lo poco que la información parecía sorprenderla.
—¿Y ese... ese hombre que huyó, todavía no lo han encontrado? —preguntó Agnes, secándose los ojos.
—Estamos siguiendo varias pistas.
—Varias pistas —repitió Agnes con frialdad—. Han asesinado a mi hermano y lo único que tienen son “varias pistas”. Podría contratar detectives privados para ayudar, si eso agilizara las cosas.
—No será necesario, señora Durie —dijo Bone con firmeza—. ¿Cuándo vio por última vez a su hermano?
—Antes de irme a Milán. No recuerdo exactamente —retorció el pañuelo entre los dedos—. Cenamos juntos. Parecía... mejor que en años. Casi feliz.
—¿Mejor en qué sentido?
Agnes suspendió. —Hamish tenía sus demonios, inspector.
Alcohol, drogas, juego. Luchaba, luego se recuperaba, y volvía a caer.
Un ciclo al que todos nos habíamos acostumbrado.
Pero últimamente parecía haber encontrado cierta estabilidad.
Pensé que, por fin, podía estar en el buen camino —se le quebró la voz—. Y ahora se ha ido.
—Entiendo que usted y su hermano eran cercanos.
—Más de lo que cualquiera de los dos lo era con Elspeth.
Nuestra hermana mayor es... Bueno, no es precisamente sociable —la boca de Agnes se torció—.
Mientras yo rescataba a la empresa de la ruina financiera prácticamente sola, pateando medio mundo para cerrar contratos, Elspeth se quedaba en casa, contando céntimos y criticando el estilo de vida de Hamish.
—Y, sin embargo, le ayudaba económicamente cuando lo necesitaba —dijo Bone.
Agnes resopló. —Esa es una interpretación. Yo prefiero pensar que lo controlaba a través de sus debilidades —su expresión se suavizó—. Hamish y yo nos llevábamos solo tres años, ¿sabe? Siempre fuimos aliados contra la severidad de Elspeth y la tiranía de nuestro padre.
—¿Su padre era tiránico?
—Nuestro padre —dijo Agnes con repentina fiereza— era un monstruo con traje a medida.
Gobernaba Glendurie como su feudo personal y a su familia como a sus súbditos.
Hamish se llevaba la peor parte: nunca era suficiente, nunca digno del apellido Durie —negó con la cabeza—.
¿Cómo no iba a buscar escapatoria donde fuera que la encontrara?
—¿Y su hermana continuó ese patrón?
—A su manera. Más sutil, quizá, pero no menos dañina—Agnes soltó una risa amarga—.
Elspeth antepone el negocio, el “legado”, a todo lo demás.
Los escándalos de Hamish eran una vergüenza que apenas podía tolerar.
Pero le necesitaba: la cara amable de Glendurie Whisky, mientras ella permanecía en la sombra moviendo los hilos.
Bone se inclinó hacia delante. —Tengo entendido que hubo un incidente cuando eran jóvenes. Un embarazo...
—Hasta aquí hemos llegado—intervino la abogada con brusquedad—. Esta línea de preguntas es completamente irrelevante para su investigación y solo aumenta innecesariamente la angustia de mi clienta.
—Estoy tratando de componer un cuadro completo de la dinámica familiar...
—Pues céntrese en el presente, no en hechos de hace años—replicó Sinclair—. Esto es una investigación de asesinato, no una sesión de terapia.
Bone cambió de enfoque. —Las acciones de su hermano en la empresa... Tengo entendido que había algún acuerdo por el que se redujeron sustancialmente.
El rostro de Agnes se cerró como una ventana con postigos. —Otro asunto privado de la familia, inspector. Irrelevante para la muerte de Hamish.
—¿Ah, sí?—insistió Bone—. Los motivos económicos suelen ser centrales en las investigaciones de asesinato.
La abogada posó una mano de advertencia en el brazo de Agnes. —Insisto en que se centre en lo pertinente, inspector jefe Bone. Han asesinado al hermano de mi clienta y usted parece más interesado en batallitas y en la estructura de la empresa que en encontrar al culpable.
Bone sostuvo la mirada de la abogada sin pestañear. —Todo está conectado, señora Sinclair. Así funcionan las investigaciones policiales.
—¿Quién cree usted que ha podido hacerle esto a Hamish?—interrumpió Agnes, en un susurro apenas audible.
—Confiaba en que quizá usted tuviera alguna idea al respecto—respondió Bone.
Agnes apartó la mirada. —Hamish tenía... contactos de su vida anterior. Acumuló deudas enormes por sus adicciones, por su estilo de vida. Cuando las tarjetas y los préstamos bancarios se le acababan, acudía a otros sitios.
—¿A dónde exactamente?
—Empresas financieras, supongo—volvió a retorcer el pañuelo—. Lo que puede haberle llevado a tratar con gente muy poco recomendable.
—¿Usted o su hermana le restringieron alguna vez el acceso al dinero?
Agnes no contestó de inmediato. —Hubo momentos en que sus deudas se descontrolaron. Le ayudé una vez, pero se lo fundió todo, así que... lección aprendida—suspiró—. La adicción es una enfermedad, inspector. No podía evitarlo.
—¿Cree que podría tratarse de un ajuste de cuentas?—preguntó Bone en voz baja.
La entereza de Agnes se vino por fin abajo. —No lo sé—sollozó—. Con Hamish todo era posible. Le quería tanto, pero... pero era Hamish, ¿lo entiende? Siempre metido en líos, siempre en peligro, siempre... —se rompió por completo.
—Basta ya—declaró la abogada, poniéndose en pie—. La señora Durie está demasiado afectada para responder a más preguntas.
Bone se levantó. —¿Dónde puedo localizarla si tengo más preguntas?
—Estoy alojada en la mansión—acertó a decir Agnes entre sollozos—, pero en el Ala Oeste. Entrada independiente—intentó esbozar una sonrisa triste—. Quiero a mi hermana, pero la idea de vivir con ella sin puertas con llave de por medio es algo que no puedo afrontar ahora mismo.
—¿Por qué?
—Nos llevamos bien en pequeñas dosis—Agnes se irguió, recomponiéndose—. Como he dicho, somos personas muy distintas.
Mientras la abogada conducía a Agnes fuera de la sala, Bone siguió de pie, rumiando la entrevista. ¿Para qué tomarse la molestia de venir a la comisaría con la prensa apostada fuera y, además, presentarse acompañada de su abogada de altos vuelos?
Agnes Durie, decidió Bone, o estaba realmente devastada por la muerte de su hermano o estaba dando una función de primera.