20 Veinte
Veinte
A la mañana siguiente, Bone llamó a Gallacher y lo puso al día de su ajetreado día anterior. El allanamiento, la carta de la baraja, la conexión de heroína de Northlands. Todo.
—Querría su permiso para hablar con Crimen Organizado —dijo.
Gallacher dejó escapar un gemido bajo, sopesándolo todo con claridad. —Esto ha tomado un giro bastante más oscuro, ¿verdad?
—Como todos, señor —Bone puso los ojos en blanco—.
Aparte de las conexiones chungas de Hamish con el hampa, sus diversos hábitos, adicciones y un estilo de vida descontrolado que probablemente apunten a un ajuste de cuentas, no tenemos pruebas contundentes.
Y no se me quita de la cabeza que aquí pasa algo más.
—¿Como qué?
—Algo que conecte a Hamish Durie, o incluso a la destilería, con algo mucho más grande y peligroso.
—¿Exactamente qué? —preguntó Gallacher.
—Blanqueo de dinero, drogas, trata de seres humanos, la habitual bolsa pútrida de mierda que sirven las bandas criminales, pero aún no lo sé. Por eso necesito hablar con Crimen Organizado.
Gallacher suspiró. —Vaya con mucho cuidado, Bone. La destilería lleva más de ciento cincuenta años en pie. Es un gran empleador en la zona y, por encima de todo, los Durie tienen dinero sin límite para arrojarnos pleito tras pleito.
—Lo entiendo, señor.
—Pero tiene razón. Quiero decir, si quien esté detrás de esto tiene los arrestos de amenazar a mi inspector jefe, ¿vete tú a saber qué harán con el resto del equipo? Y parece que están asustados.
—Justo lo que yo pensaba. Quería ver si podíamos conseguir más apoyo. Más uniformados en la calle. Poner a algunos agentes en labores de seguridad.
—Haré todo lo que pueda, Bone. Pero tiene que extremar las precauciones ahí fuera. Quiero decir, todos vosotros.
—Sí, señor.
Bone colgó y puso rumbo al hotel. En recepción, pidió a una de las limpiadoras si podía hablar con Gordon, y ella lo trajo enseguida desde la trastienda.
—Bone —dijo el propietario—. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Anoche me destrozaron el coche delante de mi cabaña.
—¿En serio? ¿Quién demonios haría eso?
—¿Has visto a alguien merodeando por el pueblo en los últimos días? Vehículos raros, caras poco habituales...
—Aparte de la indumentaria de Junior, no, no lo creo. Estuve detrás de la barra casi toda la noche. Cerramos temprano después de la Noche de Concurso, la verdad, porque se quedó bastante muerto. Junior echó a todo el mundo. Pero puedo preguntar.
—Te lo agradecería.
—Claro. ¿Algo que pueda hacer por ti mientras tanto?
—Es mucho pedir.
—Venga, dispara.
—¿Me dejas tu furgoneta?
El propietario metió la mano en el bolsillo y le lanzó las llaves a Bone.
—Gracias, Gordon. Te debo una.
—¿Qué destrozo te han hecho en el Saab?
—A decir verdad, con el estado en que estaba, igual hasta le han hecho un favor.
El propietario se echó a reír. —Le diré a Junior que le eche un vistazo luego.
—Dios santo, primero es la portada de Vogue, y ahora es mecánico. ¿Es que no hay nada que este hombre no sepa hacer?
—Pagar la cuenta del bar.
Bone alzó las llaves. —Gracias de nuevo.
—¿Vas lejos?
—Glasgow.
—Ah, la ciudadela de los sueños —dijo el propietario.
—La sede de la División de Crimen Organizado, el templo de la perdición.