14 Catorce
Catorce
En las afueras desiertas de Kilwinnoch, Mullens condujo hasta el Garrell Industrial Park, un polígono que salió rematadamente mal en los ochenta y nunca se recuperó; un conjunto de media docena de edificios casi en ruinas, algunos ennegrecidos por incendios, otros con persianas y puertas cubiertas de grafitis.
Mullens volvió a comprobar la dirección que le había dado Baxter y, tras buscar un rato y soltar unos cuantos tacos, encontró la nave correcta y aparcó.
Se quedó sentado en el coche, mirando la nave, comprobando el navegador una vez más. —Esto no es ninguna puta oficina de préstamos —murmuró para sí.
Una autocaravana apareció en la entrada del recinto y se detuvo delante del edificio.
Un flamante Volkswagen eléctrico, amarillo chillón, que, incluso en la penumbra de última hora de la tarde, relucía como un limón neón de lo más hortera.
Un hombre con sudadera con capucha saltó fuera y se acercó a la puerta de entrada, marcó su código en el teclado y se deslizó dentro.
Mullens salió, fue hasta la puerta y miró por la ventana sucia.
El hombre estaba en un vestíbulo mugriento, frente a una pared con doce apartados de correos separados.
Abrió uno, recogió la correspondencia y la hojeó, girándose en dirección a Mullens.
Este sonrió para sus adentros, reconociéndolo al instante.
Probó la puerta, pero la encontró cerrada, así que golpeó el cristal.
—Brendan Hounsell —dijo en voz alta—. ¡Cuánto tiempo sin verte!
—Sargento detective Mullens —soltó Hounsell, desconcertado, como un crío pillado con la mano en el tarro de las galletas—. ¿Qué haces aquí?
—¿Por qué no abres la puerta y lo averiguas?
—Yo...
Hounsell echó un vistazo buscando otra salida.
—Ni se te ocurra correr, Brendan. Ya sabes cómo me pongo.
—¿Qué quieres?
—Seguir esta conversación cara a cara. Pero oye, si te gusta hablar con la gente detrás de un cristal, encantado de mandarte de vuelta a Barlinnie y charlamos allí, ¿te parece?
Hounsell vaciló.
—Venga ya. No estoy de humor.
Al cabo de un momento, Hounsell dio un paso adelante y dejó pasar a Mullens; la puerta se cerró con un quejido tras él. Mullens echó un vistazo al vestíbulo. Había manchas de agua en el techo agrietado.
—Yo no he hecho nada malo —protestó Hounsell.
—Entonces esto te va a resultar muy fácil —dijo Mullens.
Lo empujó contra la pared, inmovilizándolo con el antebrazo.
—Y, sin embargo, no te creo, Brendan —dijo—. ¿Un usurero condenado, pillado recogiendo el correo de un apartado de correos en medio de la nada? Nanay, estás con las mismas de siempre, ¿a que sí?
—No puedes tratarme así. Solo estoy haciendo mi trabajo.
—¿Trabajo? ¿Tú? —se burló Mullens.
—Sí, un empleado legítimo. Yo, por el buen camino, sargento detective. —Hounsell intentó sonreír, pero Mullens apretó más y él hizo una mueca de dolor.
—¿De Leith Hatchett Loans?
—Eso es.
—Verás, tú crees que eso te deja limpito, pero lo único que hace es que ellos parezcan como si alguien les hubiera cagado en la batidora. Y sigo sin creerte.
—Es la verdad.
—¿Quién es tu jefe?
—No lo sé exactamente.
—No me vale, Brendan.
—La empresa es de dos gestores de fondos de cobertura en Estados Unidos. Al menos eso he oído.
—Háblame del negocio de Hamish Durie con la empresa.
Hounsell apartó la mirada, claramente incómodo con la pregunta. —Venga, Mullens.
—Para ti, sargento detective Mullens, rabogoma. O te incauto el correo y se lo mando a Hacienda y a Delitos Económicos, y ya veremos lo legítimo que es ese puestecito tuyo.
—Ah, sí, ya. Hamish Durie. Trabaja en Glendurie Whisky, ¿no? —Hounsell fingió ignorancia.
—No eres lo bastante listo como para hacerte el tonto —dijo Mullens—. A ver, ¿cuánto pidió prestado Hamish?
—Las operaciones de préstamo son confidenciales.
Mullens estampó el puño contra la pared de casilleros de correo junto a la cabeza de Hounsell. El bloque retumbó con fuerza.
—Estoy abajo del todo en el escalafón —soltó Hounsell a toda prisa—.
Yo solo recojo el correo de la empresa y echo una mano cuando los cobradores necesitan más gente para un trabajo.
Lo que oí a otros decir es que el señor Durie liquidó su préstamo entero más intereses el año pasado.
Ya no figura en los libros de Leith Hatchett. Te juro que es todo lo que sé.
—Dame una cifra, Brendan. ¿Cuánto?
—No lo sé.
Mullens golpeó los casilleros con más fuerza, y el estruendo reverberó por la nave vacía.
—El último pago fue de ochenta y pico mil —dijo Hounsell—. Eso es lo que oí. Pero que lo pagó, te lo digo, y cerramos su cuenta. En serio.
—¿Me estás tomando el pelo?
—No. Lo juro.
—¿Qué, hay hasta rastro en papel? ¿Pretendes que me trague esta diarrea? La madre que te parió, cuando te dejaron caer al nacer debió de ser desde el puto Empire State Building.
—Te digo que la empresa es legítima.
—¿Has dicho último pago?
—Sí, pidió más, pero te juro por Dios que no sé nada más.
—¿Para qué necesitaba el dinero Durie?
—No hacemos ese tipo de preguntas. Damos préstamos y cobramos las cuotas. Claro y sencillo.
—Contigo no hay nada claro ni sencillo, Hounsell. Eres más escurridizo que una cagada. Yo diría que Hatchett te contrata para partir piernas y tirar gente por las ventanas si no pueden pagar.
—Ese ya no soy yo. Estoy rehabilitado. Mira, te doy mi número de móvil y me llamas cuando quieras, solo para que veas que voy en serio.
—¿Tu móvil?
Mullens lo agarró ahora con ambas manos y lo clavó con más fuerza contra la pared.
—¿Te crees que he nacido ayer? —dijo—. ¿Apunto tu móvil y tú te largas a Marbella, eso es? Hoy no.
Mullens lo sacó del edificio y lo llevó hacia la autocaravana de Hounsell. —Quiero el documento de propiedad de este engendro. Y ahora vacía los bolsillos.
—No puedes hacer esto —dijo Hounsell—. Yo...
Mullens lo giró y lo estampó contra la autocaravana, y empezó a registrarle los bolsillos.
—Esto no es un juego, Brendan —dijo—. A ver, ¿y esto qué es?
Sacó una pequeña bolsa de hachís y se la sostuvo delante de la cara.
—Es para los nervios —dijo Hounsell.
—Es un billete solo de ida a prisión, eso es lo que es. Así que, ni una pega más.
Lo enderezó, y su cautivo le entregó el correo, los pocos objetos que llevaba en los bolsillos y, por último, se inclinó en la autocaravana para coger el permiso de circulación.
—¿Eres el propietario registrado?
—Correcto.
—O sea, estás abajo en el escalafón, pero te da para pagar esta tragaperras.
—Qué quieres que te diga, el crimen no compensa.
—No me vengas de listillo —gruñó Mullens, hojeando el correo a toda velocidad.
—¿Sigues en el quince de Chapel Way, Brendan?
—No, me he mudado. Dieciocho, Chapel Way.
—¿Qué pasa, quemaste el quince cuando estabas cocinando metanfetamina?
—Es de mi novia.
—¿Tienes novia? ¿Se llama Tommy?
—¿Qué?
—¿Sordo, mudo y ciego? —suspiró Mullens—. Da igual. Bien, pues allí iré a buscarte si no entregas en mano la documentación que has prometido en la comisaría de Kilwinnoch en cuarenta y ocho horas. ¿Ha quedado claro?
—Sí.
—Y dame tu teléfono.
—¿Cómo?
—Quiero tu teléfono.
—No.
—Brendan.
—Joder, venga ya. Eso no puede ser legal.
—Si acabas de decir que te encantaba facilitármelo, cara de coño.
—He dicho mi número, no todo el puto teléfono.
—Uy, perdona, no lo recuerdo así. Has sido muy colaborador. Lo pondré en mi informe.
—Que me den.
Lo sacó del bolsillo y se volvió para subirse a la furgoneta.
Mullens lo tiró hacia atrás.
— —¿Código de acceso?
—Joder —murmuró de nuevo Hounsell—. ‘show me the money’, todo en minúsculas.
—Y ahora, lárgate de mi vista, aliento a polla.
Le devolvió el correo, el permiso, las llaves y Hounsell se subió al vehículo y puso el motor en marcha.
—Jesús —dijo Mullens, haciendo una mueca al ver de cerca el color chillón de la autocaravana—. Hepatitis con ruedas.