11 Once
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Once
Cash caminaba con Bone por el laboratorio forense de camino a la morgue. En una mano llevaba una carpeta con un informe sujeto con pinza y, en la otra, una pelotita antiestrés blanduja que apretaba y soltaba de vez en cuando.
—¿Has conocido ya a la nueva DSU?
—¿Cómo iba a pasarla por alto? Apuesto a que se notó el frente frío que venía soplando desde Siberia.
—A mí me ha parecido bien. Acaba de estar aquí echándole un vistazo a todo.
—Encajaría de maravilla. Bone bajó la vista. —¿Y esa pelotita?
—Estoy probando de todo para relajar la cabeza.
—Te preguntaría cómo va tu divorcio, pero creo que ya me has dado la respuesta.
—Ella. Ahora, hablemos de reprimidos. Esa mujer es un maldito agujero negro.
Se está tragando todo lo que he llegado a tener.
No le basta con la casa; quiere mi espíritu, mi alma.
No sé por qué me casé, la verdad. Algún intento descaminado de darle sentido a la vida, supongo.
Pero al final todo es una gran nada, ¿no?
—Espero que esos no fueran tus votos de boda.
—Cuando ves suficientes fiambres aquí, empiezas a replantearte las cosas.
—Algo me dice que ya naciste así, Cash.
—Supongo que le fastidió enterarse de mi nueva novia.
—¿Tú crees? —dijo Bone con sarcasmo.
—Oh, no fue así, y tú lo sabes. Solo nos liamos después de que mi mujer me echara de casa.
Eso sí, las relaciones nuevas tienen lo suyo.
Pero requieren resistencia. Me va a meter en uno de estos congeladores tarde o temprano, como siga así.
No tenía ni idea de que la lengua humana pudiera ser tan expresiva.
—¡Vale! Te pido formalmente que cambies de tema.
Siguieron hasta la morgue, Cash soltando una risita para sí.
Dentro, el forense jefe fue directo a uno de los frigoríficos.
—Me ha sorprendido que lo hayáis recuperado tan rápido —dijo Bone.
—No nos andamos con rodeos. Aquello funciona como una cadena de montaje. Mejor despejar cuanto antes.
Cash abrió la puerta y sacó la bandeja con el cuerpo.
Bone se estremeció al ver el cadáver hinchado y desnudo de Durie, con los rasgos congelados en el grito grotesco y convulso de sus estertores de muerte.
La piel había adquirido un tono enfermizo entre púrpura y rojo, tersa y brillante sobre el abdomen distendido.
Una espuma amarillenta se había resecado alrededor de la boca y las fosas nasales, y los ojos le salían de las órbitas como ciruelas demasiado maduras a punto de reventar.
El hedor de la muerte química se mezclaba con el agrio dulzor de la carne en descomposición.
—Sí, el cianuro potásico y el cuerpo humano son una muy mala pareja de cama —dijo Cash.
—¿Lo habéis confirmado?
—Ajá. Lo ha confirmado el informe toxicológico.
—¿De dónde demonios consiguió el asesino una sustancia tan letal?
—Tristemente célebre por lo letal —matizó Cash—. Poisons R Us en la dark web. Ahora puedes comprar de todo ahí. Y quiero decir de todo.
Bone negó con la cabeza, abatido.
—Su whisky estaba atiborrado de esa mierda —continuó Cash—.
¿Ves lo congestionado que está en la cara, el cuello y el pecho?
El cianuro impide que el cuerpo utilice el oxígeno, haciendo que la piel parezca mucho más roja.
La muestra de sangre que le tomamos parecía ponche de frutas de lo brillante que era.
Y tiene cianosis evidente en los dedos de las manos y de los pies. Hasta las pupilas siguen dilatadas.
—Pobre desgraciado —dijo Bone.
—Hubo otra cosa, además —dijo Cash—. Sacamos ADN de otra persona del vaso del que estaba bebiendo Durie. Encontramos pequeñas trazas de sodio, urea y lactato, lo que sugiere que venían de partículas de sudor.
—¿De quién era ese ADN?
Cash se encogió de hombros. —Ni idea. Aún lo estamos pasando por el sistema.
Bone volvió a mirar a Hamish Durie; los globos oculares saltones y muertos del hombre parecían suplicarle ayuda incluso más allá de la muerte.
—Extraño, ¿verdad? —dijo Cash, con la voz de pronto hueca mientras contemplaba el cadáver—.
Un minuto estás bebiendo whisky, riéndote, bromeando, haciendo planes, soñando con el mañana...
y al siguiente no eres más que carne inerte sobre una losa.
Todas tus esperanzas, miedos, recuerdos, todo lo que te hace ser tú...
desaparecido. Así, sin más. Chascó los dedos; el chasquido resonó, cortante, en la sala estéril.
—Te hace preguntarte, ¿no?, para qué sirve toda esta tontería.
¿De qué va todo esto? Sexo, muerte y, entre medias, una lucha absurda.
Pasó un dedo enguantado por el borde de la bandeja. —Me paso el día con los muertos.
—Eso ya lo has mencionado antes, una o dos veces —le cortó Bone, poniendo los ojos en blanco.
—A veces pienso que intentan decirme algo. Que quizá esto —Cash señaló los restos grotescos— es la única verdad. Que no somos más que cadáveres andantes en espera. Todo lo demás es solo... distracción.
Bone reconoció el brillo vidrioso de siempre en los ojos de Cash: esa mirada perdida que le aparecía cuando empezaba a deslizarse hacia una de sus espirales existenciales.
—Adiós, Cash —soltó Bone de golpe, dándose media vuelta y largándose antes de que la espiral se desatara del todo. La bajada filosófica al vacío del forense jefe era una madriguera en la que hoy no tenía tiempo ni energía emocional para meterse—. Llámame cuando tengas novedades del ADN.
Cash asintió, pero apenas le oyó. —Es verdad, ¿no? A ver, que no me malinterpretes: el romance y el sexo sin fin son muy divertidos, pero al final no son más que aminoácidos sin sentido, ¿no?
Bone alzó la mano y puso rumbo veloz a la salida, mientras las murmuradas cavilaciones existenciales de Cash se desvanecían cuando las puertas se cerraron tras él.