La parte del diablo (Inspector Jefe Bone 8) 6 Seis
10%

6 Seis

cHP

Seis

Mullens se removió incómodo en el asiento hundido del acompañante del Saab. —Apuesto a que tienes las almorranas como sandías de ir conduciendo en esta cámara de tortura día y noche.

—Mi trasero está de maravilla, muchas gracias —replicó Bone—. Ahora mismo, lo que me sufre son los oídos.

Mullens tironeó de su camisa mal ajustada. —Pobre Harper, ¿eh? Menudo chichón en el coco. Le va a martillear la cabeza durante días después de eso. Antes él que yo.

—Aún hay tiempo. —Bone redujo en un cruce—. ¿Cuál es la dirección otra vez?

—La recepcionista dijo que era Galstone Cottage, el último de una hilera, en la calle justo detrás de la oficina de correos. —Mullens le lanzó una mirada, cejas alzadas—. No me dirás que estás perdido, jefe. Si aquí no viven más de doce personas.

—Mantén los ojos bien abiertos y la boca cerrada, por favor.

—Cada día te pareces más a mi mujer, jefe. —Mullens se giró—. Ahí está. —Golpeó con los nudillos su ventanilla—. Al final de la fila. La de la puerta azul.

—Y con el coche patrulla delante, ¿eh? —Bone puso los ojos en blanco.

Aparcó. Dos agentes ya estaban apostados en la puerta.

Mullens señaló con la barbilla. —¿Ves? Hasta un puñetero Fiesta nos ha ganado.

—Forma sobre fondo —dijo Bone, sin que su compañero captara la ironía.

Bone saltó del coche y, del maletero, sacó cuatro juegos de guantes para la escena.

Se acercaron. Bone repartió los guantes y envió a uno de los agentes a la parte trasera de la vivienda para asegurar la salida antes de que Mullens llamara a la puerta principal. Al sorprender al otro agente mirando su atuendo, Mullens le dirigió una mirada asesina.

—Ni una palabra —dijo, mientras el joven hacía lo posible por borrarse la sonrisa de la cara.

Mullens iba a volver a llamar, pero Bone lo detuvo.

—Prueba el pomo —dijo.

Un montón de correo asomaba por el buzón de la puerta.

La puerta se abrió de par en par. Mullens miró a Bone por encima del hombro, y el agente se encogió de hombros, nada sorprendido.

—Por aquí no están muy acostumbrados a los robos.

—¿Solo a envenenamientos en la destilería, entonces? —bromeó Bone.

Mullens empujó más la puerta, se identificó como policía y se encontró el pasillo hecho unos zorros.

La mesita del recibidor estaba patas arriba, con los cajones arrancados y el contenido esparcido por el suelo.

Facturas, llaves y papeles por todas partes.

Un espejo había sido arrancado de la pared y un perchero yacía volcado con las chaquetas pisoteadas.

Volvió a mirar a Bone. Bone asintió y los tres entraron con cautela.

La devastación continuaba en el resto de la casita.

En el salón, habían rajado los cojines del sofá, con el relleno desparramado como nieve.

Los libros habían sido descolocados de las estanterías y arrojados, con los lomos quebrados.

Un televisor yacía boca abajo en la moqueta, con la pantalla hecha añicos.

—Échale un vistazo arriba —ordenó Bone al agente.

El joven se lanzó escaleras arriba, por los peldaños de madera que crujían, hacia la planta superior.

Bone y Mullens avanzaron como pudieron entre el desastre hasta la cocina.

Mullens chasqueó la lengua. —Dios bendito. Parece que aquí también ha estallado una bomba.

—Mira esto. —Bone se arrodilló junto a una silla volcada. Señaló un salpicado rojo, a trazos, por el linóleo del suelo.

—Yo diría que eso no es Ribena —frunció el ceño Mullens.

Bone barrió la estancia con la mirada, valorando la silla volcada y la orientación de las salpicaduras, intentando recomponer qué podía haber pasado. Se llevó un dedo a la sien y se pasó el índice por la cicatriz.

Mullens señaló la puerta trasera, entornada. —Jefe.

Ambos detectives salieron al pequeño patio. Mullens se agachó para examinar un tramo de hierba aplastada donde unas claras marcas de neumático habían dejado profundas huellas en el césped blando y embarrado.

—¿Eso de qué es, de una bici? —Bone se arrodilló a su lado.

Mullens negó con la cabeza. —Un ciclomotor o quizá una 125 —siguió con el dedo el dibujo del neumático—.

Estas marcas de barro indican movimiento reciente hacia allí —asintió hacia la cancela de madera abierta al fondo del patio; se acercó—.

Un callejón trasero. Parece que da a la carretera cerca del final de la calle.

—¡Inspector! —llamó el agente desde arriba—. Va a querer ver esto.

Encontraron al agente en el dormitorio principal, en un estado aún peor que las demás habitaciones.

El colchón estaba volteado, el armario, vacío, y una gran estantería había sido minuciosamente saqueada.

En un rincón, cada cajoncito de un escritorio antiguo estaba abierto, con el contenido desparramado por el suelo.

—Está claro que alguien buscaba algo —dijo Mullens.

—¿Y quizá se cabreó cuando no lo encontró? —dijo Bone.

—¿Señor? —interrumpió el agente. Estaba junto a la mesilla, con las tripas colgando peligrosamente.

Bone sorteó los restos. Encima de una pila de papeles había lo que parecía un billete de avión. Bone lo cogió con cuidado y lo alzó a contraluz.

—Solo ida a Bangkok, reservado para esta mañana, a las nueve y treinta y cinco.

—Pues ese ya lo ha perdido —dijo Mullens.

Un estruendo sonó desde la cocina de abajo y se miraron antes de salir disparados hacia la escalera.

Al llegar a la cocina, la adrenalina de Bone se desinfló al ver que solo había sido el segundo agente quien había armado el ruido.

—Perdón, señor. He volcado el cubo de la basura.

—Y mira la que has liado —bromeó Mullens.

Un segundo golpe, esta vez en la parte delantera de la casa, les hizo volverse.

—¿Y ahora qué? —dijo Bone.

A mitad del pasillo se había quedado plantado un hombre de mediana edad, con gafas y un jersey de rombos. Llevaba una bolsa de la compra bajo el brazo, las llaves en la mano, y los ojos como platos al contemplar la escena.

—¿El señor Graham? —preguntó Bone.

El hombre no respondió; avanzó un poco más, examinando el destrozo. —¿Qué ha pasado aquí?

Bone dio un paso y lo condujo hacia fuera. —Señor, voy a necesitar que salga. Ahora mismo no puede estar aquí dentro.

El hombre le echó un vistazo y salió, seguido de Bone y los demás.

Bone se volvió hacia los agentes. —Ustedes dos, quédense aquí y precinten el inmueble. Que no entre nadie hasta que llegue la Científica, ¿queda claro? Y eso les incluye a ambos.

Los agentes asintieron y confirmaron la orden.

Bone se volvió hacia el desconocido. —A ver, ¿usted es el señor Graham?

—No.

—¿No? —dijo Mullens—. ¿Y se ha metido sin más? ¿Le apetecía echar un vistacito, o qué?

—No, soy Chris... Chris Monroe. Somos amigos, Barry y yo. —Era educado, con acento marcado—. Un momento, ¿quiénes son ustedes?

—Inspector jefe Bone y sargento detective Mullens, de la comisaría de Kilwinnoch.

—¿Qué está pasando? ¿Dónde está Barry? ¿Qué demonios ha ocurrido aquí?

—¿Por qué ha entrado así como así, señor Monroe? —preguntó Bone.

—Yo... Cenamos juntos todos los miércoles por la noche. Yo le cocino. —Alzó las bolsas de la compra.

—Oh, qué detallito —soltó Mullens con suspicacia.

Bone fulminó con la mirada a su compañero. —Llame a la Científica, sargento detective Mullens, y que vengan ya.

Mullens asintió, sacó el móvil y se apartó, dándoles un poco de intimidad.

—Señor —Bone encaró a Monroe—. Le pido disculpas si soy poco delicado, pero ¿usted y el señor Graham son pareja?

Monroe lo escrutó un instante antes de asentir. —No exactamente; diría, más bien, muy buenos amigos.

—De acuerdo. ¿Pero no viven juntos? —dijo Bone.

—No. A Barry le gusta su espacio —miró por detrás de Bone, hacia la puerta—. ¿Le ha pasado algo? Dígame que está bien, por favor.

—De momento solo estamos intentando localizarle —dijo Bone—. Nada más. No hay nadie dentro. Ahora, ¿el señor Graham ha mencionado últimamente que fuera a hacer un viaje? ¿A Tailandia, quizá?

—¿Qué? No.

—¿Seguro? ¿Podría haberse ido sin decírselo?

—No. Nunca. No nos ocultamos cosas así.

Al pronunciarlo, Monroe pareció incomodarse, como si aquellas palabras le hubieran removido algo, y apartó la cabeza para contener la emoción.

—Pero no sé, puede —dijo—. Es que todo esto es tan confuso...

—Me imagino que no se ha enterado de lo ocurrido en la destilería.

—No, ¿qué? He estado...

—Hamish Durie ha muerto esta mañana por sospecha de envenenamiento.

—Ay, Dios mío. —Monroe vaciló, como si se le fuesen a ir las piernas.

Bone le sujetó del brazo.

—Tranquilo, señor Monroe. —Bone le cogió la compra, lo ayudó a entrar y lo sentó en un sillón.

—Es que es demasiado —dijo Monroe. Miró a su alrededor, al caos. —¿Qué ha pasado aquí? ¿Le ha pasado algo a Barry?

—Estamos intentando dar con él. Está desaparecido.

Monroe guardó silencio, pero el pecho se le agitaba.

—¿Quiere un vaso de agua?

—¿Qué le ha pasado?

—Eso no lo sabemos. ¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

Monroe, desolado, claramente no le oyó.

—¿Señor Monroe?

Monroe alzó la vista, con la mirada vidriosa. —Hace unos cuatro días.

—¿Y cómo estaba?

—Bien, quizá un poco más callado de lo normal.

—¿Diría que estaba preocupado?

—Sí, posiblemente.

—¿Y no le dijo si pasaba algo?

—¿Como qué?

—¿Algo sobre Hamish Durie?

—No, por una vez no hablamos de él.

—¿Usted era amigo del señor Durie?

—No lo conocía tanto, pero Barry y Hamish eran buenos amigos. De antes de que yo conociera a Barry.

—¿Eran amigos íntimos, entonces?

—Sí, la llamaban una amistad insólita.

—¿Por qué?

—Hamish era un culo inquieto, siempre metido en líos de una cosa u otra. Y Barry es una persona meticulosamente organizada, ordenada, odia cualquier cosa fuera de sitio. Aunque no lo dirías viendo lo que ha pasado aquí.

—¿Hamish le confidenciaba cosas a Barry?

—Continuamente. Barry era como su consejero. Le ayudó a lidiar con tantos problemas.

—¿Por ejemplo?

—Oh, preferiría no decirlo. Esa es la vida privada de Hamish.

—Hasta la información más mínima puede ayudarnos a encontrar a quien le hizo esto al señor Durie —insistió Bone.

—Tenía problemas económicos constantes, juego, alcohol, cosas de su estilo de vida.

—¿Barry le ayudaba económicamente?

—No, por supuesto que no. Barry tiene un sueldo modesto. Las deudas de Hamish estaban fuera del alcance de la mayoría.

—¿Y usted?

—No sería tan tonto. Hamish tenía problemas de adicción, y pagarle las deudas sería como poner una tirita temporal. Barry lo sabía también.

—Si al señor Durie lo estuvieran amenazando o alguien fuera tras él, ¿se lo contaría a Barry?

—Barry no me contaba tanto las penas de Hamish, pero probablemente sí.

Yo le decía a Barry que no se implicara demasiado.

La vida de Hamish era demasiado complicada.

Pero Barry es tan bueno que intentaría ayudar a cualquiera.

Y, para ser justos, Hamish también era un hombre encantador, encantador.

Tenía sus problemas, pero un alma muy bondadosa.

Barry siempre quiso intentar salvar a Hamish de sí mismo.

—¿Usted estaba celoso de la relación entre Hamish y Barry?

—¡Claro que no! —replicó Monroe—. Su relación era totalmente platónica. Eran más como hermanos, pero sin nada en común, salvo que ambos eran personas muy atentas. —Alzó la mirada—. ¿Qué le ha pasado a Barry, inspector?

—No lo sabemos. Pero si se pone en contacto con usted, ¿podría llamarme a mí o a la comisaría de Kilwinnoch de inmediato, por favor?

—¿Cree que Hamish le dijo algo y ahora él está en peligro?

—Lo siento. Estamos haciendo todo lo posible por dar con el señor Graham.

Tenemos equipos buscando. Así que, por favor, intente no preocuparse.

—Bone asintió—. Bien, voy a pedir a un agente de uniforme que tome sus datos, y aquí tiene mi tarjeta con mi número.

Llámeme cuando quiera, o si se le ocurre algo que nos pueda ayudar a localizar al señor Graham.

Monroe cogió la tarjeta y Bone fue a buscar a Mullens.

Fuera, llegó la primera furgoneta de la Científica y aparcó delante de la casa; el equipo bajó y recogió su material antes de que Mullens les pusiera al corriente.

Cuando terminó, uno de los agentes lo miró de arriba abajo, con una sonrisilla encendiendo su cara.

—Qué modelito, Mark. —El agente soltó una risita.

—Ni empieces conmigo, Vernon. —Mullens le señaló con un dedo de aviso.

—Me recuerda a aquellos vídeos del Workout de Jane Fonda que veía de adolescente.

El equipo estalló en carcajadas. Mullens dio un paso hacia el de la Científica, cara a cara, pero antes de que se armara una bronca, Bone se acercó y condujo a Mullens hacia su coche.

Al llegar a su puerta, Bone se volvió y recorrió con la mirada la hilera de casas, los postes de teléfono, las farolas. —Nada de cámaras de CCTV, por lo que veo.

—Hay un pub más abajo —dijo Mullens—. A lo mejor Graham se cogió una buena curda anoche. Llegó a casa pedo perdido y lo destrozó él mismo.

—No me da a mí que sea de esos.

Él y Mullens volvieron a subirse al Saab de Bone.

—No, tú no —cortó Bone antes de que Mullens se abrochara—. Llama a Baxter y dile que puede que tengamos aquí a una persona desaparecida. Si no, algo peor. Luego ayuda a los agentes con la batida puerta a puerta. A ver si alguien ha visto u oído algo.

—¿Y cómo vuelvo? —hizo Mullens un puchero fingido.

—Usa la inteligencia. Ah, espera. —Bone negó con la cabeza.

—¿Adónde vas?

—A la casa de Hamish Durie, en Bearsden. A ver qué encuentro.

Mullens se bajó y soltó un quejido sonoro.

Bone bajó la ventanilla. —Y cuando termines aquí, mueve ese culo enfundado en licra hasta el depósito de material y quítate ese ridículo traje de payaso.

—Oh, jefe. Si hasta me estaba empezando a cogerle cariño.

—Sí, como el herpes simple.