La parte del diablo (Inspector Jefe Bone 8) 5 Cinco
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El despacho de Robert Banks era un ejemplo de orden meticulosamente mantenido. Premios y certificados cubrían las paredes revestidas de madera y, a través del gran ventanal detrás de su mesa, los alambiques de cobre relucían a la luz de la tarde.

—Es espantoso —dijo Banks, dejándose caer en la silla—. ¿Envenenamiento? No me lo puedo creer. Hamish era... Se rehízo. Hamish era un amigo. Alargó la mano hacia el teléfono de la mesa.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Bone.

—Tengo que avisar a la señora Durie de lo que ha pasado.

—Mi compañera va para allá ahora mismo. Sería mejor que lo tratara en persona.

Banks sostuvo el auricular un momento y luego lo dejó en su sitio. —Las va a destrozar. El rostro se le contrajo como si contuviera las lágrimas.

—¿Ha visto lo que ha pasado esta mañana? —preguntó Bone.

—No, he llegado tarde esta mañana —me ha entretenido mi madre, que está muy delicada, por desgracia—. Solo supe que algo iba mal cuando vi todos los vehículos de policía en la entrada.

—Ha dicho que era amigo de Hamish —le animó Bone, acomodándose en la silla de enfrente.

—Colegas profesionales más que amigos personales, pero era un hombre de buen corazón, muy simpático, así que quizá daba la impresión de que ambas cosas se mezclaban a veces.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?

—Oh, debe de hacer ya más de diez años.

—¿A qué se dedica?

—Superviso a todo el personal administrativo y de hospitalidad y me aseguro de que el día a día funcione sin problemas. ¿Cree que lo ha hecho alguno de los visitantes?

—Aún es pronto, señor Banks. ¿Supervisa usted las reservas de visitantes?

—No, esa tarea está delegada en recepción.

—¿No tiene aquí los formularios de reserva ni los datos de los visitantes?

—No, esos registros están archivados en el área administrativa principal. ¿Quiere que le lleve?

—Quizá más tarde —asintió Bone—. ¿Cómo era entonces el señor Durie? ¿Qué clase de cosas le confiaba?

—Tenía una personalidad arrolladora y, desde luego, era la oveja negra. Un granuja encantador, pero... —Banks se pasó la mano por la cara.

—Siga. No pasa nada —apremió Bone.

—Tenía sus demonios. Llevaba años luchando contra el alcoholismo —se detuvo y tomó aire de nuevo—. Estoy atónito de que bebiera durante una visita: una estupidez. ¿En qué estaba pensando? Es un alcohólico, por el amor de Dios, por no mencionar que estaba terminantemente prohibido por el protocolo.

—Bastante duro para un alcohólico estar rodeado de whisky todo el día, ¿no? —interrumpió Bone.

—Hamish siempre decía: «Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos, más cerca todavía». Y la destilería la llevaba en el ADN, literalmente.

—¿Tenía algún otro problema?

Banks puso los ojos en blanco. —¿Por dónde empiezo? Juego: cartas, caballos, lo que se le ocurra. Pero, pese a su fachada, Hamish era un alma sensible. Sus hermanas siempre fueron muy duras con él.

—¿Cómo era su relación con ellas?

—Difícil, como poco. Le consideraban una vergüenza, un lastre para la finca y la empresa familiares, sobre todo en sus años más jóvenes, cuando todo era muy tóxico —negó con la cabeza—.

Intentó desmarcarse varias veces, cortar los lazos, montar sus propios negocios que, inevitablemente, fracasaban. Pero siempre volvía con la familia.

—Pero seguía siendo copropietario de la empresa de whisky, ¿verdad?

—Creo que tenía en torno a un diez por ciento, quizá algo más.

—¿Entonces no tenía una parte igual a la de las hermanas?

—Le rescataron económicamente tantas veces que cedió la mayor parte de su participación para devolverles el dinero. Le dolía en el alma.

—¿Pero seguía haciendo visitas guiadas?

La expresión de Banks se suavizó. —No le avergonzaba en absoluto. Ni un ápice. Le encantaba la gente, le encantaba tratar con ella. A pesar de todos sus problemas, sentía una pasión genuina por la destilería y por el whisky de su familia.

—¿Alguna idea de quién podría haber querido hacerle daño?

Banks vaciló. —Trató con personajes de dudosa calaña a lo largo de los años. Incluso el año pasado mencionó que una empresa de préstamos le estaba apretando bastante.

—¿Usureros?

—¿Y no lo son todos? —soltó una risa amarga—. Leith Hatchett Loans; me acuerdo porque el apellido «Hatchett» me pareció de lo más apropiado.

—¿Llegó a liquidarlo?

—No lo sé a ciencia cierta, pero normalmente las hermanas acababan interviniendo —Banks se inclinó hacia delante—. Entonces, ¿cree que la muerte de Hamish es sospechosa?

Bone ignoró la pregunta. —Hábleme de las hermanas. ¿Llevan las dos la empresa?

—La mayor, Elspeth, se encarga muy de cerca de las operaciones del día a día.

Manda con mano de hierro —Banks enderezó unos papeles sobre la mesa—.

Agnes, la hermana menor, lleva el marketing, las relaciones con clientes, ese tipo de cosas.

Elspeth tuvo polio de niña, así que no le gusta viajar ni alejarse de la finca de los Durie.

—¿Tienen partes iguales en la empresa?

—No estoy autorizado para ese tipo de información.

—¿Y cómo se llevan entre ellas?

Banks vaciló. —Que yo sepa, son muy unidas, aunque...

—¿Aunque? —apremió Bone.

Banks bajó la voz. —No soy dado al chismorreo y no me corresponde hablar de esto, pero Hamish me contó que, cuando Agnes tenía dieciocho años, se metió en un buen lío...

—¿Qué clase de lío?

Banks se dio unos golpecitos en el vientre. —Un chico del lugar. Por lo visto, el señor Durie padre se puso furioso y la amenazó con expulsarla de la familia si tenía al bebé o si volvía a ver al muchacho. Hamish dijo que el padre la obligó a abortar.

—Es horrendo.

—Sí. Aunque yo no llegué a conocerle, por lo que cuentan, con el padre no se jugaba. Y ya puede imaginarse cómo acabó aquello.

—Entonces, la hermana pequeña y el padre no estaban precisamente a buenas —prosiguió Bone.

—Nunca se lo perdonó.

—¿Qué hacía Elspeth durante todo aquello?

—Hamish decía que hacía de mediadora, pero hasta que él murió no había ningún afecto entre padre e hija.

Hamish decía que el señor Durie padre era un matón y un tirano, y que él hacía todo lo posible por mantenerse fuera de su camino.

Le tenía pánico. Pero hay que quitarse el sombrero con ella.

Ha pilotado la empresa en tiempos muy difíciles.

—¿A qué se refiere?

—Perdimos varios contratos, cayeron los beneficios y la señora Elspeth tuvo que rechazar varios intentos agresivos de comprarles la empresa.

—¿Quiénes fueron?

—El grupo Lochmoran. Llevan años yendo a por Glendurie, pero las hermanas les han plantado cara. A fin de cuentas, les importan demasiado el apellido y la herencia como para entregarlo sin más a un megaconglomerado del whisky como Lochmoran.

—¿Dónde tienen la destilería?

—Destilerías. Tienen una docena, quizá incluso más a estas alturas. Su sede está en Edimburgo.

Bone se puso en pie y le tendió su tarjeta a Banks. —De acuerdo, por ahora es todo. Gracias. Si se le ocurre algo más que pueda ayudarnos...

Banks la cogió y asintió con solemnidad. —Por supuesto.

Mientras Bone cruzaba de vuelta el patio, estaba a punto de llamar a Walker para interceptarla antes de que llegara a la finca de los Durie, cuando vio al detective Harper sentado en la parte trasera de un vehículo de emergencias, con una bolsa de hielo en la cabeza.

—Estoy bien —se adelantó Harper antes de que Bone pudiera hablar—. Solo es un rasguño.

—Un rasguño que necesita puntos —corrigió el sanitario, ajustándole el vendaje.

—Señor, todavía puedo trabajar —protestó Harper.

Bone alzó una ceja. —El único sitio adonde va es al hospital. Es una orden.

A regañadientes, Harper subió a la parte trasera de la ambulancia, y Bone llamó a Walker.