CAPÍTULO 17
Lo que no fue culpa tuya
Elena había pasado buena parte de la mañana ordenando los documentos de su madre cuando recibió el mensaje de Lucía.
¿Puedo llamarte? He recordado algo.
Dejó sobre la mesa la fotografía que estaba examinando y marcó su número.
—¿Qué ocurre?
—Estuve pensando en lo que hablamos en el jardín.
—Yo también.
—Hay una cosa que mi padre me contó cuando era joven. No le di demasiada importancia entonces, pero ahora creo que deberías conocerla.
Elena se acomodó en la silla.
—Te escucho.
—¿Recuerdas que te dije que tu madre y él discutieron por el escondite?
—Sí.
—La discusión no empezó aquella tarde. Llevaban semanas hablando de lo mismo.
Elena miró la carta de Samuel.
—Porque las puertas no cerraban bien.
—Exactamente. Pero hubo algo más.
Lucía guardó silencio unos instantes.
—Clara quería que mi padre dejara de trabajar en la casa.
* * *
La noticia sorprendió a Elena.
—¿Por qué?
—No lo sé con certeza. Mi padre siempre decía que tu madre estaba muy preocupada por nuestra seguridad. Le había pedido varias veces que cerrara definitivamente el espacio.
—¿Y él se negaba?
—Decía que podía repararlo.
Elena recordó el pequeño corredor, las marcas infantiles y la puerta que comunicaba con el jardín.
Aquel lugar había sido importante para todos.
Para Samuel, porque lo había construido su padre.
Para Amalia, porque allí había trabajado junto a su esposo.
Para las dos niñas, porque era su escondite.
Pero Clara había sido la única persona que insistió en cerrarlo.
—¿Qué pasó el último día? —preguntó.
Lucía tardó en responder.
—Mi padre encontró abierta la puerta del jardín. Pensó que habíamos vuelto a entrar y fue a buscar a tu madre.
—¿Y las dos estábamos jugando?
—Sí.
—Pero yo estaba fuera. Contando.
—Eso recuerdo.
Elena cerró los ojos.
Por primera vez intentó reconstruir aquella tarde sin pensar en la anciana ni en la campana.
Solo dos niñas.
Una puerta.
Una mujer que había pedido muchas veces que la cerraran.
Y un hombre que seguía prometiendo repararla.
* * *
—Lucía, ¿tu padre alguna vez te dijo quién cerró el escondite aquella tarde?
Hubo un silencio prolongado.
—Sí.
Elena esperó.
—Fue Clara.
Miró lentamente hacia la ventana.
—¿Mi madre?
—Mi padre decía que Clara te había visto cerca de la despensa y supuso que las dos habíamos entrado. Quiso impedir que volviéramos a utilizar aquel lugar: aseguró el cierre de la salida del jardín desde fuera y fue a buscarte por la despensa, creyendo que podría sacarnos por allí.
—Pero yo no estaba dentro.
—No. Estabas contando.
Elena sintió una presión en el pecho.
Había algo dolorosamente sencillo en aquella explicación.
Clara había visto a su hija cerca del escondite y había actuado creyendo que estaba protegiéndola.
No había comprobado que Elena seguía fuera, contando.
Tampoco sabía que Lucía había entrado por la despensa y pensaba utilizar la salida del jardín.
—¿Y después?
—Mi padre escuchó que Clara pedía ayuda. Cuando llegaron a la despensa, la puerta interior también estaba cerrada.
Elena recordó el pequeño cierre metálico.
La palabra escrita en la pared.
SALÍ.
—¿Cuánto tiempo estuviste encerrada?
—No lo sabemos exactamente. Conseguí liberar desde dentro el cierre que Clara había asegurado por fuera. Recuerdo que tiré del aro varias veces hasta que cedió.
—¿Y entonces escuchaste la campana?
—Sí.
Lucía respiró profundamente.
—Mi abuela la había hecho sonar para llamar a los demás. Mi padre me contó que fue hacia la despensa al escuchar la campana. Todavía creía que yo estaba dentro.
Elena permaneció callada.
Aquello explicaba la campana.
Explicaba la inquietud de Amalia.
Y explicaba por qué los adultos habían terminado discutiendo mientras las niñas apenas comprendían lo que sucedía.
Pero todavía quedaba algo.
—¿Por qué tu padre no quiso seguir trabajando allí?
—Porque culpó a Clara de habernos puesto en peligro.
—Y ella lo culpó a él por no reparar las puertas.
—Eso parece.
Las dos guardaron silencio.
Después Lucía añadió:
—Mi padre me dijo una vez que los dos tenían razón en algo y que ninguno quiso reconocer su propia equivocación.
* * *
Cuando terminó la llamada, Elena permaneció sentada.
Durante varios días había esperado encontrar una explicación extraordinaria para el silencio de su madre.
Algo terrible.
Algo tan importante que justificara cuarenta y tres años de separación.
Pero la historia que comenzaba a aparecer era mucho más pequeña.
Y quizá por eso resultaba tan dolorosa.
Un accidente que no llegó a convertirse en tragedia.
Dos adultos que discutieron.
Una niña asustada.
Otra que apenas comprendía lo ocurrido.
Y una familia que decidió marcharse antes de que nadie encontrara la manera de hablar de aquello.
Elena tomó la carta de Samuel.
Sé que hiciste lo que creíste correcto.
Yo también cometí errores.
Ahora aquellas palabras tenían un significado diferente.
No eran una acusación.
Parecían el intento de un hombre por reconocer, cuando ya era demasiado tarde, que ambos habían participado en lo sucedido.
* * *
Por la tarde, Elena cruzó la calle para visitar a Matilde.
La encontró en el jardín, retirando algunas hojas secas de una maceta.
—¿Has hablado con Lucía? —preguntó la anciana.
—Sí. Me contó algo importante.
Se sentaron junto a la ventana.
Elena le explicó lo que había averiguado sobre la última tarde.
Matilde escuchó sin interrumpirla.
Cuando terminó, permaneció un momento pensativa.
—Tu madre estaba muy asustada cuando cerraron aquella casa —dijo.
—Lo imagino.
—No creo que volviera a sentirse tranquila allí.
Elena miró hacia la vivienda de enfrente.
—¿Alguna vez le contó por qué no quería que Lucía y yo volviéramos a vernos?
Matilde negó con la cabeza.
—No de una manera que yo pudiera comprender.
—¿Qué quiere decir?
La anciana se quitó las gafas.
—Cuando recibimos aquella carta de Lucía, mi marido le preguntó a Clara qué daño podía hacer que dos mujeres adultas volvieran a hablarse.
—¿Y qué respondió?
Matilde se quedó unos segundos en silencio.
—Dijo que tenía miedo de que empezaras a hacer preguntas sobre aquella tarde.
Elena bajó la mirada.
—Eso es precisamente lo que terminé haciendo.
—Sí.
—¿Y qué más?
—Nada. Lloró y nos pidió que respetáramos su decisión.
Matilde tomó una de las manos de Elena.
—Tu madre tenía muchas cosas buenas, querida. Pero eso no significa que siempre hiciera lo correcto.
Elena asintió.
Era la primera vez que alguien se lo decía con tanta sencillez.
Y también era la primera vez que no sintió la necesidad de defenderla.
* * *
Regresó a su departamento antes del anochecer.
Sobre la mesa seguían extendidos los documentos.
Las dos cartas.
La fotografía.
La pequeña llave.
Elena tomó la primera carta de Samuel y volvió a leer la anotación que Clara había escrito en el margen.
No fue culpa tuya.
Durante días había intentado averiguar a quién se dirigían aquellas palabras.
A Samuel.
A Lucía.
A ella misma.
Ahora contempló una posibilidad que no había considerado.
Quizá Clara nunca había encontrado el valor para decírselas a su hija.
Elena había perdido a su amiga.
Había dejado atrás una casa.
Había crecido sin comprender por qué una parte de su infancia parecía haberse desvanecido.
Y su madre, en lugar de explicarle lo sucedido, había guardado silencio.
No podía saber con certeza qué había pensado Clara cuando escribió aquella frase.
Tampoco podía preguntárselo.
Pero había algo que ya no necesitaba demostrar.
Las dos niñas no habían sido responsables de las decisiones que tomaron los adultos después de aquel juego.
Ni Lucía por entrar en el escondite.
Ni Elena por permanecer fuera contando.
Elena guardó la carta.
Por primera vez, no sintió que estuviera escondiendo algo.
Sintió que estaba dejando descansar una pregunta.
* * *
Aquella noche llamó nuevamente a Lucía.
Hablaron un rato sobre cosas pequeñas.
Su hijo.
El trabajo en la biblioteca.
Las flores que Gabriel había conseguido conservar en el jardín.
Después Elena le contó que pensaba mantener abierta la antigua puerta de la despensa.
—¿No vas a cerrar la pared? —preguntó Lucía.
—No completamente. Gabriel cree que podemos restaurar el acceso sin comprometer la estructura.
—Me gusta la idea.
—Y conservaré nuestros dibujos.
Lucía se rio suavemente.
—Entonces tendrás que hacerme un favor.
—¿Cuál?
—Cuando termine la restauración, quiero que me invites.
—Por supuesto.
—Esta vez llevaré yo la cinta azul.
Elena sonrió.
—Más te vale.
Antes de despedirse, Lucía añadió:
—Elena...
—Dime.
—Me alegra que hayas abierto aquella pared.
Elena miró la pequeña llave que descansaba sobre la mesa.
—A mí también.
* * *
Después de cortar, permaneció unos instantes junto a la ventana.
Pensó en Clara.
En Samuel.
En Amalia y Tomás.
En dos niñas que habían encontrado un escondite y lo habían convertido en su pequeño mundo.
Durante cuarenta y tres años, una pared había permanecido cerrada.
Y detrás de ella no había aparecido una explicación terrible ni un secreto capaz de cambiar la historia del mundo.
Había encontrado algo mucho más cercano.
Las consecuencias de una decisión humana.
Elena apagó la luz.
Antes de acostarse, recordó las palabras que había escuchado el primer día, cuando se quedó sola en el comedor.
Aquella voz que creyó reconocer detrás del muro.
Todavía no.
Ya no sabía si realmente la había escuchado.
Quizá su memoria había comenzado a despertarse antes de que ella pudiera comprenderlo.
Quizá algunas preguntas habían necesitado cuarenta y tres años para encontrar el momento de ser formuladas.
No tenía una explicación para todo.
Pero, por primera vez, eso no le produjo miedo.