CAPÍTULO 18
La casa abierta
El día que terminaron las obras, Elena abrió todas las ventanas.
La casa olía a madera recién trabajada, pintura y tierra húmeda. Gabriel había retirado las últimas herramientas y Daniel se había encargado de limpiar el jardín.
No parecía una vivienda nueva.
Eso era precisamente lo que Elena había pedido.
Habían reparado los marcos, recuperado las habitaciones y dejado entrar la luz allí donde durante décadas solo había habido oscuridad.
Pero algunas cosas permanecían intactas.
La piedra del jardín con los nombres de Amalia y Tomás.
Los soportes del banco que Samuel había construido.
Y las marcas de dos niñas en una pared.
Gabriel apareció en la puerta de la despensa.
—Ya está.
Elena se acercó.
Donde antes había un armario que ocultaba parte de la construcción, ahora se veía una entrada estrecha. Los bordes estaban restaurados y una pequeña iluminación permitía observar el interior sin necesidad de agacharse demasiado.
La superficie donde se encontraban los dibujos había quedado protegida.
Se distinguían las dos figuras tomadas de la mano.
Debajo, las iniciales.
E.
L.
Y, un poco más lejos, una palabra escrita con lápiz:
SALÍ.
—Ha quedado precioso —dijo Elena.
Gabriel sonrió.
—No fue difícil conservarlo. Lo complicado era evitar que desapareciera durante las reparaciones.
—Gracias por insistir.
—Usted fue quien quiso dejarlo así.
Elena observó las marcas infantiles.
—Durante algún tiempo pensé que lo mejor sería cerrar todo otra vez.
—¿Y ahora?
—Ahora me alegra no haberlo hecho.
* * *
Lucía llegó poco después del mediodía.
Esta vez no llevaba bolsa de viaje.
Solo un bolso pequeño y una caja envuelta cuidadosamente en un pañuelo.
Elena la recibió en la entrada.
—¿Preparada?
—Llevo cuarenta y tres años esperando que me invites.
—No exageres. Ya estuviste aquí hace unas semanas.
—Eso fue una inspección. Hoy vengo de visita.
Entraron riéndose.
Lucía se detuvo al llegar al comedor.
La luz atravesaba los cristales y alcanzaba la pared donde Gabriel había dejado visible el antiguo acceso.
—Qué diferente.
—¿Te gusta?
—Mucho.
Recorrió lentamente la habitación.
Después se acercó a la despensa.
Permaneció un rato mirando los dibujos.
—Todavía dibujaba bastante mal —comentó.
—Yo he visto dibujos tuyos peores.
—Imposible.
Elena le señaló las iniciales.
—Esta vez las dos vamos a tener que conformarnos con nuestra altura original.
Lucía sonrió.
Apoyó suavemente una mano junto a las marcas, sin tocarlas.
—Está bien así.
* * *
Salieron al jardín.
Gabriel había colocado un banco nuevo cerca de los antiguos soportes de piedra. No intentó reproducir exactamente el que construyó Samuel; utilizó madera sencilla y conservó las piezas antiguas al lado.
Lucía se sentó.
—A mi padre le habría gustado.
—Eso espero.
—Le habría encontrado algún defecto, por supuesto. Después habría dicho que estaba bien hecho.
Elena se sentó junto a ella.
Durante unos minutos contemplaron las flores.
Hablaban ahora con frecuencia.
A veces de la casa. A veces de asuntos tan corrientes que Elena se sorprendía al recordar que, apenas unas semanas antes, ni siquiera sabía si Lucía continuaba viva.
Habían aprendido algo sobre la otra.
Elena sabía que Lucía tomaba el café sin azúcar, que perdía las gafas constantemente y que tenía la costumbre de empezar varios libros a la vez.
Lucía había descubierto que Elena se despertaba muy temprano, que detestaba conducir bajo la lluvia y que seguía haciendo demasiadas preguntas.
No habían recuperado los cuarenta y tres años.
Habían comenzado una amistad distinta.
Y eso resultaba suficiente.
* * *
—Te traje algo —dijo Lucía.
Colocó la pequeña caja entre las dos.
Elena la observó.
—¿Qué es?
—Ábrela.
Dentro había un pañuelo claro.
Lucía lo apartó cuidadosamente.
Apareció una pequeña campana de metal.
Elena permaneció inmóvil.
—¿Es...?
—La de mi abuela.
La tomó con delicadeza.
El metal había perdido parte de su brillo. Tenía una pequeña marca junto al borde y el mango mostraba el desgaste de muchos años.
—La conservó hasta su muerte —explicó Lucía—. Después mi padre la guardó. Cuando él murió, me quedé con ella.
Elena la sostuvo entre las manos.
Era más pequeña de lo que había imaginado.
—¿Por qué me la trajiste?
—Porque creo que debería volver a su lugar.
Lucía señaló la antigua puerta del jardín.
El soporte metálico seguía allí, restaurado por Gabriel.
—Mi abuelo la colocó junto a esa entrada para que él y mi abuela pudieran llamarse cuando trabajaban separados.
Elena recordó lo que Matilde le había contado.
—Para que nadie tuviera que quedarse esperando.
—Eso decía ella.
Caminaron juntas hacia el muro.
Elena colocó la campana en el soporte.
Encajó perfectamente.
Durante unos segundos, las dos permanecieron contemplándola.
—¿Quieres hacerla sonar? —preguntó Elena.
Lucía negó con una sonrisa.
—Hazlo tú.
Elena levantó la pequeña pieza de metal.
La movió suavemente.
El sonido atravesó el jardín.
Fue una nota clara, breve, que pareció permanecer unos instantes entre las ramas antes de desaparecer.
Elena cerró los ojos.
La había escuchado antes.
No sabía si recordaba de verdad aquel sonido o si acababa de reconocerlo porque había deseado hacerlo durante muchos días.
Ya no le importaba demasiado distinguirlo.
Al abrir los ojos encontró a Lucía sonriendo.
—Suena exactamente igual —dijo su amiga.
* * *
Por la tarde cruzaron la calle para visitar a Matilde.
La anciana quiso saberlo todo.
Preguntó por los trabajos, las flores, la puerta restaurada y el banco nuevo.
Cuando Lucía le mostró una fotografía de la campana, se llevó una mano al pecho.
—Dios mío. Cuánto tiempo.
Después miró a las dos mujeres sentadas frente a ella.
—Ahora sí las reconozco.
Elena sonrió.
—¿Antes no?
—Antes veía a dos señoras que habían venido a preguntarme por el pasado.
Matilde tomó su taza.
—Ahora vuelvo a ver a aquellas niñas que corrían por la calle y no dejaban descansar a nadie.
Lucía se echó a reír.
—Éramos bastante tranquilas.
—Por supuesto —respondió Matilde—. Especialmente cuando rompieron la maceta de mi marido.
Elena abrió mucho los ojos.
—¿Fuimos nosotras?
—Lleváis cuarenta y tres años sin admitirlo.
Las tres comenzaron a reír.
* * *
Al regresar a la casa, el sol estaba descendiendo.
Lucía tenía que marcharse antes de que anocheciera, pero pidió entrar una última vez en la despensa.
Elena la acompañó.
Se quedaron frente a la pequeña puerta.
—Hay algo que nunca te pregunté —dijo Lucía.
—¿Qué cosa?
—¿Estás enfadada con Clara?
Elena observó la pared.
Había pensado mucho en ello.
Durante días había sentido indignación al descubrir que su madre le ocultó la carta de Lucía. Después había intentado comprender su miedo, la discusión con Samuel y todo lo que sucedió durante aquel último juego.
Pero entender una decisión no significaba necesariamente justificarla.
—Por algunas cosas, sí —respondió.
Lucía asintió.
—Lo comprendo.
—Me habría gustado que me dejara decidir. Incluso si contarme la verdad le resultaba difícil.
—¿Y ahora?
Elena tardó un momento en responder.
—Ahora también recuerdo a la madre que tuve. No quiero que una equivocación borre todo lo demás.
Lucía le tomó la mano.
—No tiene por qué hacerlo.
Permanecieron juntas frente a las marcas infantiles.
Elena pensó en la última llamada de Clara.
Aquella conversación que había prometido continuar al día siguiente.
Durante diecisiete años había lamentado no haber vuelto a llamar.
No podía cambiarlo.
Tampoco podía saber exactamente qué había querido contarle su madre.
Pero ya no necesitaba convertir aquella llamada pendiente en el único recuerdo que conservara de ella.
Recordó sus manos arreglándole el cabello.
La manera en que colocaba una manta sobre sus piernas cuando se quedaba dormida.
Y las veces que habían reído juntas mientras preparaban la cena.
Clara había sido todas aquellas cosas.
También había sido la mujer que guardó una carta durante veinticinco años.
Elena decidió que podía recordar ambas verdades.
* * *
Antes de irse, Lucía se detuvo en el jardín.
—¿Te acuerdas de nuestra contraseña?
Elena miró hacia la pequeña puerta.
—Tres golpes.
—Cuando los escuchábamos, podíamos salir.
—Sí.
Lucía sonrió.
—Siempre hacías trampa. Golpeabas antes de terminar de contar.
—Eso es mentira.
—Absolutamente cierto.
Elena abrió la puerta del jardín.
—Demasiado tarde para demostrarlo.
Lucía se acercó al banco nuevo y recogió su bolso.
Se abrazaron.
—Te llamaré cuando llegue —prometió.
—Hazlo.
—Y la próxima vez podríamos almorzar aquí.
—Me encantaría.
Lucía caminó hacia la entrada.
Elena la observó alejarse.
Entonces su amiga se detuvo y volvió la cabeza.
—Elena.
—¿Qué?
Lucía sonrió.
—Esta vez no tardes otros cuarenta y tres años en contestarme.
* * *
La casa quedó en silencio después de su partida.
Elena regresó a la despensa.
Se arrodilló frente a los dibujos.
Había pasado mucho tiempo intentando comprender por qué aquellas marcas seguían allí, protegidas detrás de una pared.
Ahora sabía que las personas no siempre conservaban las cosas por su importancia.
A veces las conservaban simplemente porque no eran capaces de desprenderse de ellas.
Clara había cerrado aquella parte de la casa después de que Samuel y Lucía se marcharan.
Quizá no quiso volver a verla.
Quizá tampoco pudo destruirla.
Elena nunca conocería por completo sus motivos.
Pero había decidido hacer algo distinto.
Dejarla abierta.
Se levantó y cruzó el pequeño espacio hasta la salida del jardín.
La luz del atardecer llegaba hasta el interior.
Por primera vez, podía recorrer aquel camino de un extremo al otro.
Sin obstáculos.
Sin tener que buscar una llave.
Elena apoyó los dedos sobre la madera y dio tres golpes suaves.
Uno.
Dos.
Tres.
Después esperó.
No escuchó ninguna voz detrás del muro.
Tampoco necesitó escucharla.
Sacó el teléfono de su bolsillo.
Había recibido un mensaje de Lucía:
Ya estoy en camino. Te llamo al llegar.
Elena respondió:
Aquí estaré.
Guardó el teléfono y salió al jardín.
A sus espaldas, la pequeña puerta permaneció abierta.