La pared ciega CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Lo que Lucía recordaba

Lucía llamó dos días después.

Elena estaba en el jardín de la antigua casa, observando las flores que todavía crecían junto al muro.

—He estado pensando en nuestra conversación —dijo su amiga.

—Yo también.

—Hay algo que no te conté.

Elena se sentó en uno de los soportes del antiguo banco.

—Te escucho.

—Preferiría hablarlo contigo personalmente.

—¿Quieres que vaya?

—No. Esta vez me gustaría ir yo.

Elena miró hacia la vivienda.

—¿A la casa?

—Sí.

Hubo una pausa.

—Creo que ha llegado el momento de volver.

* * *

Lucía apareció poco después de las once.

Había conducido durante varias horas y llevaba una pequeña bolsa de viaje. Elena salió a recibirla cuando escuchó su automóvil.

Se abrazaron junto a la entrada.

—No ha cambiado tanto —dijo Lucía.

—Espera a verla por dentro.

Entraron.

Gabriel había terminado de asegurar las aberturas del muro y había dejado las herramientas recogidas. La restauración continuaría la semana siguiente.

Por primera vez desde el regreso de Elena, la casa estaba completamente en silencio.

Lucía recorrió el comedor lentamente.

Tocó el marco de una ventana. Se detuvo junto al lugar donde Clara había tenido su gran mesa. Después se acercó a la antigua despensa.

—Aquí estaba el armario.

—Sí.

Elena le mostró la pequeña puerta.

Lucía sonrió.

—Era mucho más grande cuando éramos niñas.

—Eso mismo pensé yo.

Se inclinaron para observar los dibujos.

Las dos figuras tomadas de la mano.

Las iniciales.

La palabra escrita a lápiz.

Lucía pasó suavemente los dedos por el aire, cerca de la pared, sin llegar a tocarla.

—Pensé que habían destruido todo esto.

—Lo ocultaron.

—A veces viene a ser lo mismo.

Elena la miró.

Su amiga parecía emocionada, pero no asustada.

Era la expresión de alguien que había regresado a un lugar querido y encontraba en él las huellas de una vida que creía perdida.

* * *

Salieron al jardín.

Lucía reconoció inmediatamente los soportes del banco.

Se acercó y se sentó sobre uno de ellos.

—Mi padre me enseñó a lijar madera aquí.

—Matilde me contó que construyó el banco.

—Sí. Nunca conseguí terminar nada sin pedirle que me ayudara.

Elena se sentó a su lado.

Durante unos minutos hablaron de Samuel.

De su paciencia, de su habilidad para arreglar objetos y de aquella costumbre de guardar tornillos en pequeños recipientes que después nunca encontraba.

Lucía se echó a reír al recordarlo.

—Siempre decía que sabía perfectamente dónde estaba todo.

—Mi madre decía lo mismo.

Las dos sonrieron.

Después Lucía miró hacia la puerta del jardín.

—Quiero contarte lo que ocurrió después de aquella tarde.

Elena aguardó.

—Mi padre me encontró llorando y me llevó a casa de unos conocidos. Estaba muy alterado. Yo tampoco entendía qué había pasado.

—¿Y después?

—Al día siguiente vino mi abuela a buscarme.

—¿Amalia?

—Sí. Me llevó a casa de una hermana suya que vivía en otra ciudad. Mi padre se quedó para resolver lo de su trabajo y hablar con Clara.

Elena recordó la primera carta de Samuel.

La encontré.

—Entonces, ¿por qué tu padre escribió tres semanas después diciendo que te había encontrado?

Lucía bajó la mirada.

—Porque, aunque me encontró aquella tarde, al día siguiente mi abuela me llevó fuera de la ciudad. Durante unos días no supo dónde estábamos. La carta anunciaba que habíamos vuelto a reunirnos.

—¿Tu abuela no se lo dijo?

—No. Habían discutido. Ella estaba convencida de que lo mejor era alejarme de aquella casa. Mi padre quería resolver primero lo ocurrido.

—¿Y tú?

Lucía contempló sus manos.

—Yo quería que dejaran de discutir.

Elena sintió una tristeza inesperada.

Había dedicado días enteros a imaginar un misterio extraordinario detrás de la desaparición de Lucía.

Y ahora escuchaba algo dolorosamente reconocible: una niña trasladada de una casa a otra mientras los adultos decidían por ella.

—¿Cómo consiguió encontrarte?

—Mi abuela terminó llamándolo. Cuando vino a buscarnos, ya había tomado la decisión de marcharnos definitivamente.

—¿Y Amalia?

—Se quedó con nosotros.

Elena asintió.

Por primera vez, las tres semanas transcurridas entre el cierre de la vivienda y la carta de Samuel adquirían una explicación comprensible.

* * *

—Hay algo más —continuó Lucía.

Se levantó y caminó hasta la puerta del jardín.

—Mi padre me habló de aquella tarde cuando cumplí dieciocho años.

Elena la siguió.

—¿Qué te contó?

—Que el escondite llevaba mucho tiempo en malas condiciones. Mi abuelo había construido aquel espacio para sus herramientas, pero después hicieron algunas modificaciones. Una de las puertas se cerraba mal.

—Eso lo comprobamos con Gabriel.

—Mi padre lo sabía. Había prometido repararla.

Lucía miró la pequeña entrada.

—Unas semanas antes del último juego, nos quedamos encerradas allí. ¿Te acuerdas?

—Sí.

—Aquel día conseguimos abrir la salida del jardín. Pero nos asustamos mucho.

—Por eso escribiste «SALÍ».

—Exactamente.

Lucía respiró profundamente.

—Mi padre y Clara discutieron después. Ella le pidió que cerrara el escondite para que no pudiéramos entrar otra vez.

—Y él no lo hizo.

—No inmediatamente. Quería conservarlo porque había pertenecido a sus padres. Decía que bastaba con reparar las puertas.

Elena observó la entrada.

Comenzaba a comprender que aquel espacio, que durante años había sido simplemente un lugar donde las niñas jugaban, también había representado algo muy distinto para los adultos.

Para Samuel, un recuerdo familiar.

Para Clara, un peligro.

Para Amalia, una parte de la vida que había compartido con Tomás.

Ninguno veía exactamente la misma pared.

* * *

—La última tarde —continuó Lucía— entré sola en el escondite. Tú estabas contando.

—Lo recuerdo.

—Escuché los tres golpes y abrí la salida del jardín.

—Y entonces sonó la campana.

Lucía asintió.

—Pensé que era mi abuela.

—¿No la viste?

—No. Pero la escuché hablar.

Elena sintió que regresaba aquella inquietud de los primeros días.

—¿Qué decía?

—No pude entenderlo todo. Parecía estar conversando con alguien.

—¿Con quién?

—No lo sé.

Lucía volvió hacia el banco.

—Cuando llegué al jardín, escuché a Clara y a mi padre discutiendo dentro de la casa. Mi abuela estaba cerca de la entrada. Los llamó, pero ninguno respondió.

Elena intentó reconstruir aquella escena.

Amalia junto a la pequeña puerta.

Samuel y Clara discutiendo.

Dos niñas que habían estado jugando.

—¿Y tú qué hiciste?

—Busqué mis zapatos. Los había dejado junto al banco.

Lucía sonrió débilmente.

—Siempre hacía eso.

—Lo recuerdo.

—Después te encontré. Estaba llorando y te pregunté si también habías escuchado a la señora.

Elena la observó.

—¿Por qué llorabas?

Su amiga tardó en responder.

—Porque mi abuela me había dicho que no volveríamos a entrar en aquella casa.

* * *

Permanecieron calladas.

Una corriente de aire movió las hojas secas a sus pies.

—Entonces Amalia no era una aparición —murmuró Elena.

Lucía sonrió.

—Era mi abuela. Una mujer bastante terca que quería protegernos, aunque a veces no supiera cómo hacerlo.

Elena miró la casa.

Le sorprendió experimentar alivio.

No porque todos los misterios hubieran desaparecido, sino porque empezaba a comprender a las personas que habían participado en aquella historia.

—¿Y por qué mi madre no quiso que volviéramos a vernos?

Lucía dejó de sonreír.

—Eso es lo que nunca entendí.

—Mi madre conservó una carta tuya durante veinticinco años.

—Lo sé.

—Y le pidió al marido de Matilde que no te contestara.

Lucía bajó la mirada.

—Mi padre siempre pensó que Clara estaba avergonzada de lo sucedido con el escondite. Él también se sentía responsable por no haberlo reparado a tiempo.

—Pero eso ocurrió cuando éramos pequeñas. ¿Por qué seguir separándonos tantos años después?

—No lo sé, Elena.

Su amiga volvió a sentarse.

—Hay algo que quisiera que comprendieras. Durante mucho tiempo estuve enfadada con tu madre. Después tuve un hijo, cometí mis propios errores y comprendí que las personas pueden tomar decisiones equivocadas creyendo que hacen lo correcto.

Elena se sentó junto a ella.

—Eso no justifica lo que hizo.

—No. Pero quizá nos ayude a comprenderlo.

* * *

Permanecieron un rato más en el jardín.

Lucía le contó que Amalia había conservado la pequeña campana hasta su muerte.

Que nunca quiso volver a aquella casa después de marcharse con Samuel.

Y que, durante muchos años, había mantenido en su habitación una fotografía del jardín, tomada cuando Tomás todavía vivía.

—Mi abuela decía que allí había pasado los días más felices de su vida.

Elena miró las flores.

—Matilde me contó que regresaba para recogerlas.

—Sí. Eran las favoritas de mi abuelo.

Lucía se levantó lentamente.

—¿Puedo ver otra vez la pared?

Regresaron a la despensa.

Las dos figuras infantiles seguían allí.

Lucía las contempló durante unos instantes.

Después sacó su teléfono y tomó una fotografía.

—¿Sabes qué me gustaría? —preguntó.

—¿Qué?

—Que conservaras esta parte cuando terminen las obras.

Elena sonrió.

—Ya se lo pedí a Gabriel.

Lucía miró el dibujo.

—Me alegra.

* * *

Antes de despedirse, Elena le mostró la carta que Clara había dejado dentro de la caja.

Lucía la leyó junto a la ventana del comedor.

Al terminar, permaneció un momento pensativa.

—Hay una frase que no comprendo —dijo.

—¿Cuál?

—Esta.

Señaló las últimas palabras.

Busca a quien todavía lo recuerda.

—Yo pensé que se refería a ti —respondió Elena.

Lucía negó lentamente.

—No creo.

—¿Por qué?

—Porque cuando tu madre escribió esto, tú y yo llevábamos muchos años sin vernos. Y ella sabía que yo desconocía algunas cosas.

—Entonces, ¿a quién se refería?

Lucía volvió a mirar el papel.

—Tal vez quería que hablaras con Matilde.

Elena observó la carta.

Por primera vez se preguntó si había interpretado aquella instrucción como una invitación a buscar a Lucía porque eso era precisamente lo que más deseaba encontrar.

Guardó cuidadosamente el documento.

No tenía una respuesta.

Pero tampoco sintió la necesidad de inventarla.

* * *

Acompañó a Lucía hasta el automóvil.

Se abrazaron.

—Gracias por venir.

—Gracias por encontrarme.

Lucía abrió la puerta y dejó el bolso en el asiento.

Después se volvió.

—Elena.

—¿Sí?

—Mi padre siempre decía que, cuando dos personas recuerdan una misma historia de manera diferente, no significa necesariamente que una esté mintiendo.

Elena sonrió.

—¿Y qué significa?

—Que quizá todavía no han hablado lo suficiente.

Se despidieron.

Elena permaneció en la entrada hasta que el automóvil desapareció al final de la calle.

Después regresó al jardín.

Se sentó donde antes había estado el banco y contempló la casa.

Había descubierto cómo funcionaba la pared.

Había encontrado a Lucía.

Había conocido la historia de Amalia y Tomás.

Y, sin embargo, todavía había algo que no terminaba de comprender.

No era la campana.

Ni los golpes.

Ni siquiera la pequeña puerta.

Era su madre.

Clara, que había guardado una carta durante veinticinco años.

Clara, que había impedido un reencuentro.

Clara, que antes de morir quiso contarle algo y no llegó a hacerlo.

Elena contempló las ventanas iluminadas por el sol de la tarde.

Por primera vez desde que regresó a aquella casa, comprendió que no necesitaba encontrar otro secreto detrás de una pared.

Necesitaba terminar una conversación.

La conversación que había dejado pendiente con su madre diecisiete años atrás.