CAPÍTULO 15
Las dos niñas
Elena llegó al café veinte minutos antes de la hora acordada.
Había imaginado aquel encuentro tantas veces durante la noche que, al estacionar el automóvil, sintió algo parecido al miedo.
No sabía cómo reconocer a Lucía.
Conservaba el recuerdo incompleto de una niña de cabello oscuro, siempre dispuesta a inventar un juego nuevo. Pero habían pasado cuarenta y tres años.
La niña tendría ahora cuarenta y nueve.
Elena había cumplido cuarenta y ocho.
Pensó que quizá pasarían una junto a la otra sin reconocerse.
Eligió una mesa cerca de la ventana y dejó el bolso sobre la silla contigua.
Dentro llevaba la carta y la cinta azul.
Pidió un café.
Después miró la puerta.
* * *
Lucía llegó cinco minutos antes de la hora.
Elena la reconoció por la manera en que se detuvo al entrar.
No fue su rostro.
Tampoco su cabello, que ahora llevaba corto, con algunas hebras grises.
Fue aquel gesto de inclinar ligeramente la cabeza mientras observaba el lugar, como si estuviera decidiendo por dónde comenzar una aventura.
La mujer la vio junto a la ventana.
Sonrió.
Elena se levantó.
Durante unos segundos permanecieron frente a frente, sin saber qué hacer.
—Hola —dijo Lucía.
—Hola.
Se abrazaron.
No fue un abrazo largo ni especialmente solemne. Al principio tuvo algo de torpeza. Después Lucía la estrechó un poco más y Elena sintió que toda la tensión del viaje comenzaba a desaparecer.
Cuando se separaron, las dos tenían los ojos húmedos.
Lucía soltó una pequeña risa.
—No sabía si iba a reconocerte.
—Yo tampoco.
—Pero sigues poniendo esa cara.
—¿Qué cara?
—La de cuando estás a punto de hacer veinte preguntas.
Elena se echó a reír.
Y, por primera vez desde que había abierto la antigua casa, sintió que no estaba intentando recuperar un recuerdo.
Estaba viviendo algo nuevo.
* * *
Hablaron de sus vidas.
Lucía le contó que trabajaba en una pequeña biblioteca, que había estado casada durante algunos años y que tenía un hijo adulto que vivía en otra ciudad.
Samuel había muerto hacía nueve años.
—Fue un buen padre —dijo—. Cometió errores, como cualquiera, pero hizo todo lo posible por cuidarme.
Elena le habló de su trabajo, de sus años lejos de la antigua casa y de la muerte de Clara.
Lucía bajó la mirada cuando escuchó su nombre.
—Lo siento.
—Gracias.
—Mi padre me contó que estaba enferma. Hace muchos años.
—Murió hace diecisiete.
Lucía asintió lentamente.
Después preguntó:
—¿Fuiste feliz?
Elena tardó un momento en responder.
Era una pregunta demasiado grande para una conversación que apenas comenzaba.
—A veces mucho. Otras veces menos. Supongo que como casi todos.
Lucía sonrió.
—Me alegra.
Elena la observó.
Había imaginado que encontraría a una mujer marcada por el misterio de aquella casa, alguien que llevaría toda su vida intentando comprender lo sucedido.
En cambio, tenía delante a una persona que hablaba de su hijo, de los libros que recomendaba en la biblioteca y de las plantas que cultivaba en un pequeño balcón.
Lucía había seguido viviendo.
Aquello le produjo un alivio inmenso.
* * *
Cuando terminaron el segundo café, Elena abrió el bolso.
—Te traje algo.
Lucía la miró con curiosidad.
Elena sacó la pequeña bolsa de tela.
La colocó sobre la mesa.
—Estaba dentro de una caja que encontramos en la casa.
Lucía abrió la bolsa.
Al ver la cinta azul, permaneció completamente inmóvil.
La tomó entre los dedos.
Después sonrió.
—No puede ser.
—¿La recuerdas?
—Claro que la recuerdo.
Lucía la extendió sobre la mesa.
El color estaba apagado, pero todavía conservaba la forma del pequeño lazo.
—Siempre decías que era tuya —murmuró.
—Y tú decías que era tuya.
—Porque lo era.
Las dos rieron.
Lucía levantó la cinta.
—Mi padre me la compró cuando cumplí seis años. Una tarde te la presté y después nunca conseguimos ponernos de acuerdo sobre quién debía quedársela.
Elena la escuchaba con una sonrisa.
—Entonces era tuya.
—Por supuesto.
Lucía volvió a doblarla.
—Pero puedes conservarla.
—No. Quiero que te la quedes.
—Elena...
—En serio.
La mujer sostuvo la cinta un momento más.
Después la guardó cuidadosamente en su bolso.
—Gracias.
Hubo un silencio agradable.
Lucía miró por la ventana.
—Me acuerdo mucho de aquel jardín.
—Yo estoy empezando a recordarlo ahora.
—¿Encontraste el banco?
—Solo quedan los soportes de piedra.
Lucía sonrió.
—Mi padre tardó tres días en construirlo. Yo le decía que estaba trabajando demasiado para hacer algo donde la gente simplemente iba a sentarse.
Elena soltó una carcajada.
—¿Y qué te respondió?
—Que las cosas sencillas también merecían hacerse bien.
* * *
Fue Lucía quien mencionó finalmente la casa.
—¿Por qué regresaste?
Elena le contó lo de la herencia, las obras y la pared que no coincidía con los planos.
Le habló de Gabriel, de la pequeña puerta de la despensa y de la caja encontrada dentro del muro.
Lucía escuchó sin interrumpirla.
Cuando Elena mencionó los dibujos infantiles, sonrió.
—¿Todavía están ahí?
—Sí.
—Los hice yo.
—Lo recordé.
—Siempre te dibujaba más pequeña. Te molestaba muchísimo.
Elena se inclinó hacia ella.
—Encontré también una palabra escrita en la pared.
—¿Cuál?
—Salí.
Lucía dejó la taza sobre el plato.
Su expresión cambió.
—Ah.
Elena aguardó.
—¿La escribiste tú?
Lucía asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque una vez nos quedamos encerradas.
Elena sintió que se le tensaban las manos.
—¿Cuándo?
—Antes de aquella última tarde. Jugábamos a escondernos y la puerta de la despensa se cerró. Tardamos bastante en descubrir cómo abrir la salida del jardín.
Lucía sonrió ligeramente.
—Después escribí aquello para acordarme de que sí había una manera de salir.
Elena permaneció callada.
Durante días había contemplado aquella palabra como si escondiera una revelación terrible.
Para Lucía había sido simplemente una nota infantil.
Una manera de no volver a tener miedo.
* * *
—¿Recuerdas nuestro último juego? —preguntó Elena.
Lucía miró sus manos.
—Sí.
—Yo recuerdo algunas cosas. Pero no consigo reconstruir todo lo que ocurrió.
—Mi padre me explicó mucho después que es normal olvidar partes de la infancia.
—¿Y tú lo recuerdas?
—No todo.
Elena sacó la fotografía antigua.
Se la mostró.
Lucía reconoció inmediatamente a Samuel.
Pasó un dedo cerca de su rostro.
—Qué joven estaba.
—Matilde me dijo que desapareció pocos días después de que cerraran la casa.
Lucía levantó la mirada.
—Nos marchamos juntos.
—Lo sé. Encontré una carta que le escribió a mi madre.
La mujer dejó la fotografía sobre la mesa.
—Mi padre me encontró aquella tarde. Pero al día siguiente mi abuela me llevó fuera de la ciudad sin avisarle adónde íbamos, y tardó varios días en volver a reunirse conmigo. Después de aquello, nunca quiso volver a vivir cerca de esa casa.
Elena sintió que regresaba la inquietud.
—Lucía, ¿qué ocurrió aquella tarde?
Su amiga respiró profundamente.
—Nos estábamos escondiendo. Tú contabas y yo había entrado por la puerta de la despensa.
—Después escuchamos tres golpes.
—Sí.
—Y saliste al jardín.
Lucía asintió.
—Recuerdo que alguien hizo sonar la campana.
Elena no dijo nada.
—Pensé que era Amalia —continuó Lucía—. Siempre la llevaba consigo.
—¿Era ella?
—No lo sé. Cuando salí, no vi a nadie.
Lucía se acomodó en la silla.
—Volví hacia la entrada de la despensa. Quería encontrarte, pero escuché que mi padre me llamaba desde la calle.
—¿Y qué hiciste?
—Fui a buscarlo.
Elena recordó la imagen de Lucía llorando junto al banco.
—Te encontré en el jardín. Estabas asustada.
—Sí.
—Me preguntaste si yo también había escuchado a la señora.
Lucía levantó lentamente la cabeza.
Durante unos segundos la observó sin hablar.
—¿Te acuerdas de eso?
—Ahora sí.
Su amiga miró hacia la ventana.
—Yo creía que era Amalia.
—¿Y no lo era?
—No estoy segura.
* * *
Elena esperó.
Lucía parecía estar buscando las palabras adecuadas.
—Mi padre estaba muy alterado aquel día —dijo finalmente—. Cuando me encontró, me llevó directamente a casa de unos conocidos. No me explicó nada hasta mucho tiempo después.
—¿Qué te explicó?
—Que había tenido una discusión con tu madre. Y que lo mejor era marcharnos.
—¿Por la señora?
Lucía negó con la cabeza.
—No. Por algo que Clara había descubierto.
Elena sintió un pequeño vacío.
—¿Qué había descubierto?
Su amiga bajó la mirada.
—Mi padre nunca quiso explicármelo completamente. Decía que no le correspondía contar una historia que también pertenecía a otras personas.
Elena miró la carta de Samuel que descansaba dentro de su carpeta.
Sé que hiciste lo que creíste correcto.
Yo también cometí errores.
Por primera vez, aquellas palabras parecieron menos abstractas.
—¿Y tú nunca volviste a preguntar?
—Muchas veces. Pero llegó un momento en que comprendí que mi padre tampoco sabía cómo hablar de aquello.
Lucía tomó un sorbo de agua.
Después añadió:
—Hay algo que sí me contó.
Elena levantó la mirada.
—¿Qué?
—Que Amalia no era una desconocida para nosotros.
—Lo sé. Compartían apellido.
Lucía asintió.
—Era mi abuela.
* * *
Elena volvió a mirar la fotografía antigua.
Amalia junto a Tomás.
La mujer que había vivido en aquella casa.
La anciana que regresaba a recoger flores.
La mujer de la campana.
Y Lucía.
La niña que había compartido con ella un escondite durante tantos años.
—¿Tu abuela? —repitió.
—Sí. Tomás era mi abuelo. Mi padre creció allí.
Elena contempló a su amiga.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
Lucía sonrió con tristeza.
—Éramos niñas. Yo pensaba que lo sabías.
Permanecieron en silencio.
Después Lucía tomó nuevamente la fotografía de Samuel.
—Mi abuela quería mucho aquella casa. Cuando mi abuelo murió, tuvo que venderla. Pero nunca consiguió dejar de visitarla.
Elena recordó las flores.
La piedra del jardín.
La pequeña campana.
Todo comenzaba a adquirir una sencillez que, de algún modo, lo hacía todavía más conmovedor.
—Matilde me dijo que Amalia desapareció de la vida del barrio después de que nos marcháramos.
—Vino a vivir con nosotros durante un tiempo.
—Entonces no desapareció.
—No.
Lucía sonrió.
—Mi abuela vivió muchos años más.
Elena sintió alivio.
Había pasado días imaginando destinos terribles para personas que simplemente habían continuado sus vidas lejos de aquella calle.
Pero todavía quedaba algo que necesitaba comprender.
—Lucía, ¿por qué mi madre no quiso que volviéramos a vernos?
Su amiga la miró.
Esta vez no apartó los ojos.
—Creo que esa es la pregunta que deberíamos intentar responder juntas.
* * *
Se despidieron casi dos horas después.
Antes de separarse, Lucía le pidió que le enviara las fotografías de la pared y del jardín.
—Me gustaría volver a verlo —dijo.
—Puedes venir cuando quieras.
Lucía sonrió.
—Tal vez lo haga.
Se abrazaron nuevamente.
Esta vez sin la torpeza del primer encuentro.
Cuando Elena llegó al automóvil, permaneció unos minutos sentada sin encender el motor.
Pensó en todo lo que había ocurrido aquella mañana.
Había encontrado a Lucía.
Había escuchado su risa.
Habían hablado de sus vidas y de sus recuerdos.
Y había descubierto que Amalia no era una figura misteriosa que aparecía en un jardín abandonado.
Había sido la abuela de su mejor amiga.
Elena tomó el teléfono.
Tenía un mensaje de Lucía.
Era una fotografía.
Mostraba la cinta azul extendida sobre una mesa.
Debajo había escrito:
Esta vez prometo devolvértela.
Elena se echó a reír.
Después escribió:
Ni se te ocurra. Era tuya.
Guardó el teléfono.
Durante cuarenta y tres años había creído que había perdido a alguien sin saberlo.
Ahora comenzaba a comprender que encontrar a una persona no siempre significaba recuperar el pasado.
A veces significaba descubrir que todavía quedaba un futuro.