La pared ciega CAPÍTULO 14
78%

CAPÍTULO 14

La dirección

Elena salió temprano.

Había colocado la carta de Lucía dentro de una carpeta, junto con la fotografía antigua y la respuesta que había comenzado a escribir la noche anterior.

No sabía si llegaría a entregársela.

La dirección tenía veinticinco años. En ese tiempo una familia podía haberse mudado varias veces, un edificio podía cambiar de propietarios y una calle podía dejar de parecerse por completo a la que alguien había conocido.

Pero era el único lugar concreto que tenía.

Antes de subir al automóvil, miró el nombre anotado en su libreta.

Lucía Robles.

Durante casi toda su vida, esas dos palabras no habían significado nada para ella.

Ahora iba a recorrer varias horas de carretera para encontrar a la persona que había detrás.

* * *

El viaje transcurrió sin contratiempos.

Elena había imaginado que sentiría ansiedad, que repasaría una y otra vez las preguntas que quería hacerle a Lucía.

Sin embargo, durante buena parte del trayecto pensó en cosas pequeñas.

En el banco del jardín.

En los zapatos que Lucía se quitaba en cualquier lugar.

En aquella costumbre infantil de discutir por una cinta azul.

Le sorprendió comprobar que esos recuerdos le producían más emoción que todas las preguntas sobre la pared.

Quizá porque eran suyos.

No necesitaba que nadie se los explicara.

Al llegar a la ciudad, buscó la calle indicada en la carta.

Encontró el edificio poco antes del mediodía.

Era exactamente el que había visto en las fotografías de internet: tres plantas, balcones estrechos y una tienda en la planta baja.

La fachada estaba pintada de un color claro.

Elena permaneció unos segundos dentro del automóvil.

Después tomó la carpeta y bajó.

* * *

La tienda vendía artículos para el hogar.

Detrás del mostrador había una mujer de unos cincuenta años que ordenaba unas cajas pequeñas.

—Buenos días —saludó Elena.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?

Elena le mostró la dirección escrita en la carta.

—Estoy buscando a una persona que vivió en este edificio hace bastante tiempo.

La mujer observó el papel.

—¿En qué apartamento?

Elena señaló el número.

—En el segundo piso, creo.

—¿Cómo se llama?

—Lucía Robles.

La mujer levantó la cabeza.

—¿Lucía?

Elena sintió que se le aceleraba el corazón.

—¿La conoce?

—Sí. Pero ya no vive aquí.

La decepción fue inmediata.

—¿Hace mucho que se marchó?

—Unos años.

—Entiendo.

La mujer la observó con curiosidad.

—¿Es familiar suya?

Elena sonrió ligeramente.

—No. Éramos amigas cuando niñas. Estoy intentando encontrarla después de mucho tiempo.

—Ah.

La mujer dejó la caja sobre el mostrador.

—Entonces quizás deba preguntarle a la administración del edificio. No sé si podrán darle información, pero tal vez puedan transmitirle un mensaje.

—Gracias. Eso haré.

* * *

La oficina de administración estaba en una calle cercana.

Elena explicó su situación a un empleado y le mostró el sobre antiguo.

El hombre comprobó la dirección.

—No podemos facilitar datos personales de antiguos residentes —le explicó—. Pero puede dejarnos sus datos de contacto. Si tenemos alguna forma de comunicarnos con ella, le haremos llegar el mensaje.

Elena asintió.

—Por supuesto.

Sacó una hoja de la carpeta.

Había escrito unas líneas durante el viaje, sin saber muy bien si llegaría a utilizarlas.

El empleado le ofreció un sobre.

Elena introdujo la hoja, escribió su nombre y su número de teléfono en el exterior y se lo entregó.

—Muchas gracias.

—No puedo prometerle nada.

—Lo comprendo.

Al salir, se detuvo unos momentos en la acera.

Había recorrido varias horas para dejar un sobre en una oficina.

Parecía muy poco.

Sin embargo, después de veinticinco años, por primera vez existía una posibilidad de que Lucía recibiera una respuesta.

* * *

Elena decidió almorzar antes de regresar.

Encontró un pequeño establecimiento a pocas calles del edificio y eligió una mesa junto a la ventana.

Mientras esperaba la comida, sacó la carta antigua.

La había leído tantas veces que comenzaba a conocer algunas frases de memoria.

No importa cuánto tiempo haya pasado.

Se preguntó si Lucía seguiría pensando lo mismo.

Veinticinco años eran muchos.

Tal vez había dejado de recordar aquella casa. Tal vez la búsqueda de Elena había sido una inquietud pasajera que terminó desapareciendo entre las obligaciones de la vida adulta.

O quizá todavía conservaba la fotografía de dos niñas en un jardín.

Elena guardó la carta.

No tenía derecho a exigirle a Lucía que continuara esperando.

Solo podía ofrecerle la posibilidad de encontrarse.

* * *

Regresó a su ciudad cuando comenzaba a oscurecer.

La casa antigua estaba a pocas calles de su departamento, pero decidió no pasar por allí.

Necesitaba descansar.

Dejó el bolso sobre una silla y se preparó una taza de té.

Entonces vio que tenía una llamada perdida de un número desconocido.

Habían intentado comunicarse con ella durante el trayecto.

No había ningún mensaje.

Elena dudó.

Podía ser cualquier persona.

Una llamada comercial. Un número equivocado. Alguien relacionado con su trabajo.

Pero recordó el sobre que había dejado en la administración.

Devolvió la llamada.

* * *

Contestaron después del cuarto tono.

—¿Hola?

Era una voz femenina.

Elena se incorporó lentamente.

—Buenas tardes. Tengo una llamada perdida de este número.

Hubo una breve pausa.

—¿Elena?

Sintió que algo se detenía dentro de ella.

—Sí.

Al otro lado no respondieron inmediatamente.

Después escuchó una respiración.

Y una pregunta.

—¿Elena, la hija de Clara?

Ella cerró los ojos.

—Sí. Soy yo.

La mujer dejó escapar un pequeño suspiro.

—No puedo creerlo.

Elena se sentó.

—¿Lucía?

—Sí.

Durante unos segundos ninguna de las dos encontró qué decir.

Habían transcurrido cuarenta y tres años desde la última vez que estuvieron juntas.

Y ahora una llamada telefónica había conseguido atravesar todo aquel tiempo.

—Encontré tu carta —dijo Elena finalmente.

—¿Mi carta?

—La que escribiste hace veinticinco años.

Lucía permaneció callada.

—Pensé que nunca te la habían entregado —respondió al fin.

—No me la entregaron.

—Lo imaginé.

Elena apretó el teléfono entre las manos.

—Quiero explicarte muchas cosas.

—Yo también.

Su voz era distinta de la que Elena había intentado reconstruir durante los últimos días. Era una voz adulta, serena, con una ligera aspereza.

Una voz que había vivido cuarenta y tres años lejos de aquella casa.

Y, sin embargo, había algo en ella que le resultaba familiar.

—¿Podemos vernos? —preguntó Elena.

—Claro que sí.

—¿Cuándo?

Lucía tardó un momento en responder.

—Cuando quieras.

Elena miró por la ventana.

En la calle comenzaban a encenderse las luces.

—Mañana, si te parece bien.

—Mañana está bien.

* * *

Hablaron unos minutos más.

Acordaron encontrarse al día siguiente, a media mañana, en un café cercano al antiguo edificio.

Intercambiaron sus números y se despidieron con una torpeza que terminó haciéndolas reír.

Antes de cortar, Lucía le preguntó:

—¿Todavía tienes la cinta azul?

Elena miró hacia su bolso.

La llevaba allí.

—Sí.

Escuchó una pequeña risa al otro lado.

—Entonces la encontraste.

—Estaba guardada en una caja.

—Ya veo.

Elena dudó.

—Lucía...

—Dime.

—¿Recuerdas lo que pasó aquella tarde?

El silencio duró varios segundos.

—Sí —respondió finalmente—. Recuerdo algunas cosas.

—Yo estoy empezando a recordarlas ahora.

—No intentes hacerlo todo esta noche.

Elena sintió una emoción inesperada.

Había algo profundamente familiar en aquella manera de hablarle.

—¿Por qué?

Lucía tardó en responder.

—Porque ya hemos pasado demasiados años sin vernos. Prefiero que mañana podamos empezar por otra cosa.

—¿Por cuál?

La respuesta llegó acompañada de una sonrisa que Elena pudo imaginar, aunque no la estuviera viendo.

—Por saber cómo estás.

* * *

Después de despedirse, Elena permaneció un largo rato con el teléfono entre las manos.

No había escuchado una aparición.

No había recibido una señal inexplicable desde una casa abandonada.

Había hablado con Lucía.

Estaba viva.

Tenía su propia voz.

Y quería verla.

Elena tomó la fotografía de las dos niñas dibujadas en la pared, que había guardado en su teléfono.

La observó durante unos instantes.

Después fue hasta el dormitorio y abrió el armario.

Sacó la pequeña bolsa donde conservaba la cinta azul.

La dejó sobre la mesa de noche.

Mañana se la llevaría a Lucía.

No sabía todavía qué había sucedido durante aquel último juego.

Ni por qué su madre había impedido que volvieran a encontrarse.

Pero, por primera vez, comprendió que tal vez no necesitaba resolver todo el pasado para recuperar algo de él.

A veces bastaba con que alguien contestara una llamada.