La pared ciega CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

La carta que nunca llegó

Matilde encontró la carta un viernes, poco después del mediodía.

Llamó a Elena antes de abrirla.

—Creo que es esta.

—¿Está segura?

—Tiene tu nombre escrito por fuera.

Elena se quedó inmóvil.

—Voy enseguida.

La anciana la esperaba en la sala, con una caja de cartón sobre la mesa y varias fotografías distribuidas a su alrededor.

—Mi marido guardaba todo —le explicó—. Recibos, tarjetas de felicitación, cartas de personas que apenas conocíamos. Yo solía decirle que un día necesitaríamos una habitación entera para sus papeles.

Sonrió.

—Al final, parece que tenía razón.

Elena se sentó a su lado.

Matilde le entregó un sobre amarillento.

En una de sus caras había una dirección antigua. En la otra, una anotación escrita a mano:

Para Elena, la hija de Clara.

Elena pasó suavemente un dedo por aquellas palabras.

Era extraño.

Su nombre había permanecido allí durante tantos años, esperando a que alguien volviera a pronunciarlo.

—¿Puedo abrirla?

—Por supuesto, querida. Creo que siempre fue para ti.

* * *

El sobre contenía dos hojas.

La primera estaba dirigida al esposo de Matilde. Lucía preguntaba si seguían viviendo frente a la antigua casa y si podían ayudarla a ponerse en contacto con Elena.

Había incluido una dirección para recibir la respuesta.

La segunda hoja estaba doblada aparte.

Elena reconoció su nombre en la primera línea.

Comenzó a leer.

Querida Elena:

No sé si te acuerdas de mí.

Soy Lucía. Jugábamos juntas cuando éramos pequeñas. Mi padre se llamaba Samuel y trabajaba en tu casa.

Hace mucho tiempo que quiero escribirte. Varias veces empecé una carta y terminé rompiéndola porque no sabía cómo explicarte quién era ni qué podía decirte después de tantos años.

Todavía conservo algunos recuerdos de nuestro jardín.

Me acuerdo del banco que construyó mi padre, de los árboles y de aquella cinta azul que siempre terminábamos discutiendo porque las dos queríamos llevarla.

También recuerdo nuestro escondite.

Durante mucho tiempo pensé que tú habías preferido olvidarme. Ahora creo que tal vez ninguna de las dos pudo decidir lo que ocurrió después.

Elena dejó de leer.

Había algo extraordinariamente doloroso en aquellas palabras.

Una niña que creció pensando que su amiga la había olvidado.

Y otra que, efectivamente, había terminado olvidándola.

Pero no como Lucía imaginaba.

Respiró profundamente y continuó.

No te escribo para hablar de aquella tarde. Mi padre y yo lo hicimos muchas veces, y todavía hay cosas que nunca conseguimos entender del todo.

Solo quisiera saber cómo estás.

Me gustaría que supieras que fui feliz después de marcharnos. Mi padre hizo cuanto pudo para que no me faltara nada.

Si alguna vez te acuerdas de mí, puedes escribirme.

No importa cuánto tiempo haya pasado.

Lucía.

Debajo aparecía una dirección y una fecha.

La carta había sido escrita veinticinco años atrás.

Elena hizo el cálculo.

Lucía había intentado encontrarla dieciocho años después de separarse.

Y aquella carta llevaba veinticinco años sin respuesta.

* * *

—¿Por qué la conservaron? —preguntó.

Matilde la miró con tristeza.

—Mi marido quería entregártela. Pero no sabía dónde vivías. Habló con tu madre porque pensó que sería lo más sencillo.

—Y ella le pidió que no contestara.

—Sí.

—¿No le pareció extraño?

Matilde bajó los ojos.

—Muchísimo.

Elena dejó la carta sobre la mesa.

—¿Qué le dijo exactamente?

La anciana tardó en responder.

—Recuerdo que tu madre vino aquella misma tarde. Mi marido le enseñó el sobre. Ella reconoció el nombre de Lucía antes de terminar de leerlo.

—¿Y después?

—Se puso a llorar.

Elena levantó la mirada.

—¿Mi madre?

—Sí. No fue una discusión. Tampoco se enfadó con nosotros. Nos pidió que no entregáramos la carta y que, por favor, no contestáramos.

—¿Le explicó por qué?

Matilde negó lentamente.

—Solo dijo que había cosas que tú todavía no sabías.

Elena sintió una punzada de indignación.

—Yo ya era adulta.

—Lo sé.

—Podría haber decidido por mí.

—También lo creo, querida.

Permanecieron calladas.

Desde la cocina llegó el sonido de un reloj.

Matilde volvió a tomar el sobre.

—Hay algo más que debo decirte.

Elena esperó.

—Mi marido quiso devolvérselo a Lucía. Pensaba que, al menos, debíamos explicarle que no habíamos podido entregar su mensaje.

—¿Y lo hizo?

—Escribió una respuesta. La tuvo varios días sobre su escritorio. Pero finalmente respetó lo que Clara le había pedido.

—¿Por qué?

La anciana contempló sus manos.

—Éramos amigos desde hacía muchos años. Pensamos que debía existir una razón importante.

Elena miró la carta.

—Y nadie volvió a preguntar.

—No.

Matilde tomó sus gafas.

—A veces una persona guarda silencio para proteger a otra. Y a veces lo hace porque tiene miedo. Desde fuera, las dos cosas pueden parecer exactamente iguales.

* * *

Elena permaneció un rato más con ella.

Hablaron de Clara.

No de la mujer que había guardado secretos, sino de la vecina que llevaba comida cuando alguien enfermaba, que cuidaba las plantas de Matilde durante sus viajes y que siempre recordaba los cumpleaños.

Elena agradeció aquella conversación.

Durante los últimos días, su madre había comenzado a transformarse en una desconocida.

Escuchar a Matilde le permitió recordar que también había sido muchas otras cosas.

Una mujer cariñosa.

Una madre que se preocupaba demasiado.

Una persona que podía equivocarse.

Y alguien a quien Elena había querido profundamente, incluso cuando no siempre la comprendía.

Antes de marcharse, Matilde le entregó el sobre.

—Llévatelo.

—¿No quiere conservarlo?

—No me pertenece.

Elena lo guardó cuidadosamente.

—Gracias por buscarlo.

La anciana le tomó la mano.

—Espero que la encuentres.

* * *

En su departamento, Elena extendió la carta sobre la mesa.

La dirección pertenecía a una ciudad situada a varias horas de distancia.

No sabía si Lucía continuaba viviendo allí.

Después de veinticinco años, era poco probable que pudiera encontrarla simplemente presentándose en aquella vivienda.

Pero tenía algo que no había tenido hasta entonces.

Un punto de partida.

Buscó la dirección en internet.

La calle seguía existiendo.

El edificio también.

En una fotografía reciente aparecía una construcción de tres plantas, con balcones pequeños y una tienda en la planta baja.

Elena permaneció varios minutos observándola.

Lucía había vivido allí.

Quizá había escrito su carta en una de aquellas habitaciones.

Quizá había esperado durante semanas una respuesta que nunca llegó.

Elena abrió una libreta.

Anotó la dirección.

Después escribió el nombre completo que figuraba en el remitente:

Lucía Robles.

Se detuvo.

Robles.

Era también el apellido de Amalia.

* * *

Volvió a examinar la carta.

El apellido estaba escrito con claridad.

No era un error de lectura.

Lucía Robles.

Amalia Robles.

Elena pensó inmediatamente en una relación familiar.

Después recordó que los apellidos podían coincidir sin que las personas tuvieran ningún parentesco.

No iba a construir otra historia a partir de una suposición.

Tomó el teléfono y llamó a Matilde.

—Perdone que vuelva a molestarla.

—No molestas, Elena.

—¿Recuerda el apellido de Samuel?

Hubo una pausa.

—Robles, creo. ¿Por qué?

Elena cerró los ojos.

—¿Era familiar de Amalia?

Matilde tardó en responder.

—No lo sé, querida. Nunca se lo pregunté.

—¿Está segura?

—No. Pero ahora que lo dices...

La anciana se interrumpió.

—¿Qué ocurre?

—Recuerdo que Amalia lo conocía desde antes de que comenzara a trabajar en vuestra casa.

Elena miró la fotografía antigua de la pareja junto al jardín.

Por primera vez, el nombre de Amalia dejó de parecer un elemento aislado de aquella historia.

Pero no quiso adelantarse.

—Gracias, Matilde.

—¿Has conseguido encontrar a Lucía?

Elena contempló la dirección anotada en su libreta.

—Todavía no.

* * *

Esa noche no regresó a la antigua casa.

Se quedó en su departamento, con la carta de Lucía sobre la mesa.

La leyó nuevamente.

Esta vez no buscó explicaciones, fechas ni indicios ocultos.

Solo leyó las palabras de aquella mujer que, cuando era niña, había compartido con ella una cinta azul y un escondite.

Al terminar, Elena tomó una hoja en blanco.

Escribió:

Querida Lucía:

Se detuvo.

Había imaginado aquel momento durante varios días, pero ahora que podía escribirle no sabía por dónde empezar.

Pensó en contarle que había regresado a la casa.

Que habían abierto la pared.

Que había encontrado los dibujos de las dos niñas.

Finalmente, escribió algo mucho más sencillo.

Sí me acuerdo de ti.

Miró aquellas cinco palabras.

Después añadió:

No sé si esta carta llegará a encontrarte. Tampoco sé cuánto recuerdas de nuestra infancia.

Pero encontré la tuya.

Y quiero que sepas que nunca decidí olvidarte.

Elena dejó la pluma sobre la mesa.

Por primera vez desde que comenzó aquella historia, lloró.

No por miedo a lo que pudiera encontrar detrás de una pared.

Sino por todo lo que dos niñas habían perdido mientras los adultos guardaban silencio.

Aún no tenía una dirección actual donde enviar aquella respuesta.

Pero ya sabía qué quería decirle.

Y eso, después de cuarenta y tres años, era un comienzo.