La pared ciega CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El nombre que faltaba

Elena regresó a la casa con la carta de Samuel dentro del bolso.

Gabriel estaba en el comedor, revisando unas fotografías de las obras. Había retirado la cubierta provisional del muro y comenzaba a preparar la reparación de sus bordes.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

El hombre levantó la vista.

—Hoy parece más tranquila.

Elena dejó el bolso sobre la mesa.

—Encontré algo.

—¿Relacionado con la caja?

—Con la niña que jugaba conmigo.

Gabriel aguardó sin hacer preguntas.

—Se llamaba Lucía. Su padre trabajaba aquí. Durante unos días pensé que le había ocurrido algo terrible.

—¿Y no fue así?

Elena sacó la carta.

—Encontré una nota que él escribió después de marcharse. Dice que estaban juntos y que ella se encontraba bien.

Gabriel sonrió.

—Entonces es una buena noticia.

—Sí.

Elena observó la abertura del muro.

—Creo que es la primera buena noticia que encuentro en esta casa.

* * *

Había decidido comenzar por los documentos familiares.

La carta de Samuel demostraba que él y su hija habían continuado juntos al menos durante un tiempo. Pero no contenía una dirección ni indicaba adónde habían ido.

Clara debía haber recibido aquella carta personalmente o por medio de alguien.

Elena desconocía cómo.

Sobre la mesa colocó una libreta nueva y escribió tres nombres.

Clara.

Samuel.

Lucía.

Debajo anotó una fecha: el año en que abandonaron la vivienda.

Por primera vez, la tarea le pareció manejable.

No necesitaba resolver todos los misterios de la casa.

Necesitaba encontrar a una persona.

* * *

Matilde llegó poco antes del mediodía.

Elena la había invitado para mostrarle la carta. La anciana entró despacio, observando las habitaciones como si hubiera regresado a un lugar que conocía y que, sin embargo, ya no le pertenecía.

—Qué diferente se ve todo —murmuró.

—¿Recuerda el comedor?

—Claro. Tu madre tenía una mesa enorme aquí. Nunca entendí para qué necesitaba tanto espacio.

Elena sonrió.

—Yo tampoco lo recuerdo.

Matilde se acercó a la pared abierta.

—Así que allí jugaban.

—Eso parece.

La anciana contempló el espacio durante unos segundos.

—Quién iba a imaginarlo.

Elena le ofreció una silla y le entregó la carta.

Matilde la leyó lentamente.

Al llegar a las palabras que confirmaban que Lucía estaba con su padre, se detuvo.

Se quitó las gafas.

—Me alegra saberlo.

—¿Pensaba que había muerto?

—No lo sabía, Elena. Cuando una familia se marcha de repente, los vecinos imaginan muchas cosas.

Dejó el papel sobre la mesa.

—Tu madre nos dijo que Samuel se había llevado a la niña. Pero recuerdo que, durante bastante tiempo, se hablaba de lo que había ocurrido aquella tarde.

—¿Qué se decía?

Matilde dudó.

—Que Samuel había tenido una discusión con Clara. Que se marchó enfadado. Cada persona contaba una versión distinta.

—¿Y usted qué creía?

—Que tu madre estaba muy triste.

Elena bajó la mirada.

No era la respuesta que esperaba.

Quizá por eso le pareció sincera.

* * *

Después del almuerzo, Matilde le pidió permiso para recorrer el jardín.

Caminaron juntas hasta los soportes del antiguo banco.

—Samuel lo construyó aquí —dijo Elena.

—Sí. Era un hombre muy hábil.

Matilde apoyó una mano sobre uno de los soportes.

—Lucía se sentaba aquí mientras él trabajaba. Recuerdo que siempre quería ayudarlo.

Elena pensó en la niña de la cinta azul.

—¿Se parecían?

—Muchísimo.

—Me gustaría encontrarla.

La anciana volvió la cabeza.

—¿A Lucía?

—Sí. Si todavía vive.

Matilde guardó silencio.

Después dijo algo que Elena no esperaba.

—Tal vez ella también haya querido encontrarte.

—¿Por qué dice eso?

—Porque una vez preguntó por ti.

Elena sintió que el jardín se quedaba inmóvil.

—¿Cuándo?

—Muchos años después de que ustedes se marcharan. No recuerdo cuántos. Recibimos una carta dirigida a mi marido.

—¿De Lucía?

—Eso decía la firma.

—¿Y qué quería?

—Preguntaba si seguíamos viviendo frente a la antigua casa y si sabíamos algo de Clara y de su hija.

Elena tardó en responder.

—¿Mi madre lo supo?

—Mi marido habló con ella.

—¿Y qué le dijo?

Matilde la miró con tristeza.

—Que no contestáramos.

* * *

Elena regresó al comedor sin hablar.

Matilde la siguió.

—No sé por qué tu madre respondió de aquella manera —dijo—. Mi marido insistió en que debíamos contestar, pero Clara estaba muy alterada.

—¿Conserva la carta?

—No lo sé. Después de su muerte guardé sus documentos en varias cajas. Puedo buscarla.

Elena se sentó.

Aquello era diferente.

Durante los últimos días había imaginado que Lucía quizá continuaba con su vida sin recordar a la niña con la que había jugado.

Pero había preguntado por ella.

Había intentado encontrarla.

Y Clara había impedido que recibiera una respuesta.

Elena volvió a leer la primera carta de Samuel.

Si Elena vuelve a preguntar por Lucía, no le digas que su amiga la abandonó.

Ahora comprendía por qué aquellas palabras estaban escritas con tanta insistencia.

Su madre no solo había guardado silencio sobre el pasado.

También había mantenido separadas dos vidas que, en algún momento, habían intentado volver a encontrarse.

* * *

Matilde se marchó al caer la tarde, prometiendo revisar las cajas de su marido.

Elena permaneció en el comedor.

Sobre la mesa estaban las dos cartas de su madre y de Samuel, la fotografía y la cinta azul.

Por primera vez, aquellos objetos dejaron de parecer las piezas de un misterio antiguo.

Eran las huellas de personas que habían intentado comunicarse y que, por razones todavía desconocidas, nunca consiguieron hacerlo.

Elena tomó la libreta.

Debajo del nombre de Lucía escribió:

Me buscó.

Contempló aquellas dos palabras.

Luego añadió:

Voy a buscarla.

* * *

Antes de abandonar la casa, se acercó a la antigua despensa.

La pequeña puerta permanecía abierta.

La luz del atardecer entraba desde el jardín y alcanzaba una parte del espacio que durante tantos años había permanecido oculto.

Elena recordó las dos figuras infantiles dibujadas en la pared.

La más alta y la más pequeña.

Se arrodilló para observarlas.

Lucía había prometido que algún día haría otro dibujo, cuando Elena creciera y las dos pudieran aparecer representadas con la misma altura.

Nunca llegó a hacerlo.

Elena pasó suavemente los dedos cerca de las marcas.

—Te estoy buscando —murmuró.

No esperaba una respuesta.

Y no la hubo.

Pero antes de levantarse miró hacia la salida del jardín.

Durante toda su infancia había creído que los juegos de escondidas terminaban cuando alguien encontraba a la persona que faltaba.

Ahora comprendía que algunos podían durar mucho más de lo que una niña era capaz de imaginar.

Cuarenta y tres años, en su caso.

Y todavía no habían terminado.