CAPÍTULO 11
Lo que Clara conservó
Elena encontró la carta entre las facturas de su madre.
No fue un descubrimiento espectacular.
No había una caja secreta ni un compartimento oculto. Tampoco necesitó romper un candado o descifrar una inscripción.
La carta estaba dentro de una carpeta de cartón, junto a recibos de electricidad, documentos médicos y algunas garantías de aparatos que hacía años habían dejado de funcionar.
Elena llevaba casi dos horas revisando aquellas cosas.
Había regresado a su departamento después de despedirse de Gabriel. Necesitaba alejarse de la casa, del jardín y de la pequeña puerta que parecía haber ocupado todos sus pensamientos.
Sobre la mesa había colocado tres cajas con las pertenencias de Clara.
Durante diecisiete años había conservado aquellos papeles sin encontrar una razón suficiente para examinarlos.
Ahora buscaba una fecha.
Un nombre.
Cualquier documento que le permitiera averiguar qué había ocurrido después de aquel último juego de escondidas.
Encontró primero una fotografía de su madre con una amiga.
Después, un recibo por la reparación de una ventana.
Y finalmente, un sobre.
Estaba doblado por la mitad.
No tenía sello postal.
En el frente, escrito con tinta negra, aparecía un solo nombre.
Clara.
Elena reconoció la letra.
No era la de su madre.
Pero le recordó inmediatamente las marcas que había encontrado en el banco del jardín.
Abrió el sobre.
* * *
La carta ocupaba una sola página.
Estaba fechada tres semanas después del cierre de la antigua casa.
Elena leyó las primeras líneas sin comprender completamente lo que tenía delante.
Después volvió a empezar.
Clara:
La encontré.
Lucía está bien. Está conmigo.
No puedo explicarte por escrito todo lo que sucedió. Tampoco quiero discutir otra vez sobre aquella tarde.
Sé que hiciste lo que creíste correcto.
Yo también cometí errores.
Pero hay algo que necesito pedirte: si Elena vuelve a preguntar por Lucía, no le digas que su amiga la abandonó.
No fue su decisión.
Samuel.
Elena dejó la carta sobre la mesa.
La encontró.
Lucía estaba bien.
Estaba con su padre.
Durante varios segundos no pensó en nada más.
Había imaginado a la niña encerrada, perdida, abandonada en algún lugar de aquella casa.
Había intentado recordar si gritó, si alguien la encontró, si los adultos llegaron demasiado tarde.
Y allí tenía una carta que demostraba algo completamente distinto.
Lucía había sobrevivido a aquella tarde.
Al menos tres semanas después, seguía viva.
* * *
Elena se levantó para buscar un vaso de agua.
Tuvo que apoyarse un momento en la cocina.
No sabía exactamente qué sentía.
Alivio, sin duda.
Pero también una tristeza que no había esperado.
Durante cuarenta y tres años había vivido sin recordar a aquella niña. Y, cuando por fin comenzó a hacerlo, había imaginado para ella el peor destino posible.
Ahora descubría que Lucía había tenido una vida después de aquella casa.
Quizá había crecido en otra ciudad.
Quizá se había casado, había tenido hijos o había construido una existencia completamente distinta de la que ambas imaginaron mientras jugaban en el jardín.
Podía estar viva todavía.
Aquella posibilidad le resultó tan extraordinaria que permaneció unos minutos mirando por la ventana.
Después regresó a la mesa.
Leyó nuevamente la carta.
Esta vez hubo una frase que la detuvo.
No fue su decisión.
¿Por qué Samuel necesitaba aclararlo?
¿Clara había contado a Elena que Lucía se marchó voluntariamente?
No lo recordaba.
De hecho, hasta hacía pocos días ni siquiera recordaba haber tenido aquella amiga.
Elena volvió a examinar el sobre.
No había dirección.
Tampoco una indicación del lugar desde donde Samuel había escrito.
Pero la carta había llegado a manos de Clara.
Eso significaba que su madre había sabido que Lucía seguía viva.
Y que, por alguna razón, había decidido guardar silencio.
* * *
Llamó a Matilde.
La anciana respondió después de varios tonos.
—¿Elena?
—Encontré una carta.
—¿De quién?
—De Samuel. Se la escribió a mi madre después de que cerraran la casa.
Matilde permaneció callada.
—Dice que encontró a Lucía —continuó Elena—. Que estaba con él.
Escuchó cómo la mujer acomodaba el teléfono.
—Gracias a Dios —murmuró.
Elena cerró los ojos.
Aquel alivio, expresado con tanta sencillez, la conmovió.
—¿Usted nunca volvió a saber de ellos?
—No, querida. Ya te lo dije. Samuel dejó de venir y pensé que se habría marchado.
—¿Y mi madre?
—Clara nunca quiso hablar demasiado de aquello.
Elena observó la carta.
—¿Le contó alguna vez que Lucía estaba viva?
—No.
—¿Y usted nunca le preguntó?
Matilde tardó en responder.
—Una vez.
—¿Qué le dijo?
—Que Samuel se había llevado a su hija y que no regresarían.
—¿Nada más?
—Nada más.
Elena sintió un pequeño vacío.
—Entonces, ¿por qué me dijo que nadie había preguntado por Lucía?
—Porque eso fue lo que ocurrió aquella tarde. Samuel la buscaba desesperadamente. Después se marchó. Yo no supe nada hasta que tu madre me dijo que estaban juntos.
La mujer hizo una pausa.
—Quizá tendría que habértelo explicado mejor.
—No se preocupe.
—Cuando una historia tiene tantos años, a veces recuerda primero lo que más le dolió.
Elena miró la fotografía sobre la mesa.
Comprendió que había estado pidiéndole a Matilde una precisión que ni ella misma podía ofrecerle.
* * *
Aquella noche, Elena extendió todos los documentos sobre la mesa.
La fotografía de las tres personas.
La carta que había encontrado dentro de la pared.
La cinta azul.
Y la nueva carta de Samuel.
Por primera vez, los acontecimientos parecían formar una secuencia comprensible.
Dos niñas jugaban en una casa.
Algo ocurrió durante aquel último juego.
Una de ellas desapareció.
Su padre la buscó.
Clara se marchó con Elena y cerró la vivienda.
Tres semanas después, Samuel escribió para comunicar que Lucía estaba con él.
Era una historia incompleta, pero ya no necesitaba imaginar un desenlace trágico detrás de cada silencio.
Elena tomó la carta de su madre.
Busca a quien todavía lo recuerda.
Pensó que quizá Clara no se refería únicamente a Matilde.
Quizá esperaba que algún día encontrara a Samuel.
O a Lucía.
La posibilidad de que aquella niña siguiera viva la emocionó de una manera difícil de explicar.
Quiso imaginar su rostro de adulta.
No pudo.
Solo recordó sus pies descalzos en el jardín.
Los zapatos en las manos.
La voz temblorosa.
¿Tú también escuchaste a la señora?
* * *
Elena estaba guardando los documentos cuando reparó en un detalle que había pasado por alto.
La carta de Samuel no estaba doblada de cualquier manera.
Había sido plegada cuidadosamente en tres partes, como si su madre la hubiera leído muchas veces.
En uno de los márgenes aparecía una anotación a lápiz.
No pertenecía a Samuel.
Era la letra de Clara.
Solo había escrito cuatro palabras:
No fue culpa tuya.
Elena leyó la frase varias veces.
Después miró nuevamente la firma de Samuel.
No sabía a quién iban dirigidas aquellas palabras.
Podían ser una respuesta que su madre nunca llegó a enviar.
Podían referirse a Samuel.
O quizá Clara había necesitado escribirlas para convencerse a sí misma.
Elena apagó la lámpara del comedor.
Antes de acostarse guardó la carta dentro de su bolso.
Al día siguiente regresaría a la casa.
Pero ya no iba a buscar a una niña desaparecida detrás de una pared.
Iba a intentar encontrar a una mujer que, si seguía viva, tal vez llevara cuarenta y tres años esperando que alguien le hiciera una pregunta.
La misma que Elena había empezado a formularse desde su regreso.
¿Qué ocurrió realmente aquella tarde?