La pared ciega CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La puerta del jardín

Gabriel encontró la segunda entrada el jueves por la mañana.

Elena estaba en la cocina cuando lo escuchó llamarla desde el jardín.

—Venga a ver esto.

Lo encontró junto al muro posterior de la casa. Daniel había retirado parte de las plantas que cubrían la superficie y había dejado al descubierto dos líneas verticales en la construcción.

—¿Qué es? —preguntó Elena.

—Una puerta antigua.

Elena se acercó.

Las líneas formaban un rectángulo estrecho. En la parte superior todavía sobresalía una pequeña pieza de metal, casi completamente cubierta por el paso del tiempo.

—¿Se comunicaba con la despensa?

—Eso parece. Tendremos que comprobarlo, pero coincide con la ubicación del espacio que encontramos.

Gabriel señaló la fotografía antigua que Elena había llevado consigo.

—Mire. Aquí se ve mejor.

La imagen mostraba a Amalia y Tomás frente a la casa.

Detrás de ellos, junto a la ventana de la despensa, aparecía una puerta de madera.

Elena había pasado varios días contemplando aquella fotografía sin comprender del todo lo que tenía delante.

—Entonces había dos entradas.

—Una desde la despensa y otra desde el jardín. Después cerraron esta y ocultaron la otra detrás del armario.

Elena observó la pequeña pieza metálica.

—¿Y eso?

Gabriel limpió cuidadosamente la superficie.

Era un soporte.

—Probablemente sostenía la campana que aparece en la fotografía.

Elena sintió una emoción inesperada.

Por primera vez, una parte de la historia de Amalia comenzaba a tener sentido.

* * *

Matilde recordó la campana antes de que Elena terminara de explicárselo.

—¡Claro que sí! —exclamó—. Ahora me acuerdo.

Estaban sentadas junto a la ventana, con las fotografías extendidas sobre la mesa.

—¿Para qué la utilizaban? —preguntó Elena.

La anciana sonrió.

—Para llamarse.

—¿Cómo?

—Tomás pasaba mucho tiempo trabajando detrás de la casa. Arreglaba muebles, preparaba macetas, construía pequeñas cosas. Amalia decía que podía pasarse una mañana entera allí sin escuchar que lo llamaban.

Elena miró la imagen de la pareja.

—¿Y la campana?

—La colocaron junto a aquella puerta. Cuando uno necesitaba al otro, la hacía sonar.

Matilde volvió a observar la fotografía.

—Tomás había construido un pequeño espacio cubierto para guardar herramientas y proteger las plantas delicadas durante el frío. Se podía entrar desde el jardín o desde la despensa.

—El lugar que encontramos detrás de la pared.

—Seguramente.

—¿Y por qué lo cerraron?

—No sabría decirte. Amalia vendió la casa después de quedarse viuda. Los nuevos propietarios hicieron muchas reformas.

Elena permaneció callada.

Durante varios días había contemplado aquel espacio como si necesariamente tuviera que esconder algo terrible.

Y ahora descubría que quizá había comenzado siendo una construcción sencilla, levantada por un hombre que disfrutaba cuidando su jardín.

La idea le produjo una extraña tranquilidad.

—Matilde, ¿recuerda si Amalia tenía hijos?

—No, querida. Nunca tuvo.

La anciana bajó la mirada.

—Creo que eso fue lo que más le dolió cuando perdió a su marido. Se quedó completamente sola.

* * *

Elena regresó a la casa al mediodía.

Encontró a Gabriel junto a la puerta antigua del jardín.

—No vamos a abrirla todavía —le explicó—. Primero quiero comprobar que el muro sea estable.

—Está bien.

Elena observó el soporte donde había estado la campana.

Imaginó a Amalia llamando a su esposo para que dejara de trabajar.

Lo imaginó respondiendo desde el otro lado.

No sabía cómo habían sido aquellas personas en realidad. Pero la fotografía, las flores y las pequeñas huellas que habían dejado en la casa comenzaban a contarle una historia.

—¿Puedo preguntarle algo? —dijo.

—Por supuesto.

—¿Usted cree que una casa puede conservar algo de quienes vivieron en ella?

Gabriel sonrió.

—Si se refiere a objetos, desde luego.

—No hablo de objetos.

El hombre miró la puerta.

—Mi padre era carpintero. Murió hace muchos años. Todavía tengo una mesa que construyó cuando yo era niño.

—¿Y?

—A veces, cuando apoyo las manos sobre ella, recuerdo cómo trabajaba. Incluso recuerdo cosas que creía haber olvidado.

Elena asintió lentamente.

—Entiendo.

—No sé si las casas guardan recuerdos —añadió Gabriel—. Pero ayudan bastante a recuperarlos.

* * *

Aquella tarde, Elena volvió a examinar la carta de su madre.

No busques primero lo que ocurrió.

Busca a quien todavía lo recuerda.

Pensó en Matilde.

La anciana había conservado nombres, fotografías y conversaciones durante más de cuatro décadas.

Pero también había olvidado cosas.

En ocasiones reconstruía los hechos a medida que hablaba, como si los recuerdos fueran apareciendo conforme encontraba un lugar donde colocarlos.

Elena comenzó a preguntarse si ella misma no estaría haciendo algo parecido.

Había recordado la cinta azul.

El juego.

La pequeña puerta.

Y a Lucía llorando junto al banco.

Pero ¿cuánto pertenecía verdaderamente a su infancia y cuánto había comenzado a imaginar después de escuchar a Matilde?

La pregunta le resultó incómoda.

Había pasado tantos días deseando recuperar aquellos recuerdos que apenas se había detenido a pensar si podía confiar en ellos.

Guardó la carta.

Decidió hacer algo diferente.

En lugar de continuar interrogando su memoria, iba a buscar un hecho que pudiera comprobar.

* * *

Regresó al jardín poco antes de que Gabriel terminara su jornada.

El hombre estaba revisando unas herramientas.

—¿Se puede entrar en el antiguo espacio desde aquí?

—Todavía no. Pero puedo mostrarle algo.

La condujo hasta el muro.

Daniel había retirado cuidadosamente parte del material que cubría el marco original.

Gabriel señaló una pequeña abertura junto al cierre.

—Mire esto.

Elena se inclinó.

Había una pieza metálica que atravesaba la madera y terminaba en un pequeño aro.

—¿Qué es?

—Un mecanismo para abrir desde dentro. Bastaba con tirar de él para liberar el cierre de esta puerta.

Elena levantó la mirada.

—¿Una persona podía salir al jardín sin regresar a la despensa?

—Sí. Al menos cuando la entrada estaba en funcionamiento.

Elena volvió a observar la puerta.

Pensó en las dos niñas.

En los juegos.

En los tres golpes.

Y en Lucía, aquella última tarde, junto al banco.

Había encontrado una explicación sencilla para algo que durante varios días le había parecido imposible.

El escondite no terminaba en una pared.

Tenía una salida al jardín.

* * *

Cuando Gabriel se marchó, Elena permaneció un momento frente a la antigua puerta.

Había algo que no conseguía recordar.

La tarde del último juego, Lucía salió del escondite.

Eso lo tenía cada vez más presente.

Después la encontró llorando, con los zapatos en las manos.

Le había preguntado si también había escuchado a la señora.

Pero había otra cosa.

Un pequeño detalle que regresó mientras Elena observaba el soporte vacío de la campana.

Lucía no había estado mirando hacia la casa.

Miraba hacia el lugar donde ahora se encontraba Elena.

Hacia la puerta del jardín.

Y tenía miedo.

No porque hubiese visto salir a alguien.

Sino porque, según le dijo aquella tarde, acababa de escuchar la campana.

Elena levantó la vista.

La campana ya no estaba en su soporte. Amalia había empezado a llevarla consigo antes de que cerraran la vivienda.

Sin embargo, aquella última tarde, las dos niñas habían escuchado su sonido.

Y Amalia, que era la única persona que acostumbraba a llevarla consigo, había dejado de visitar la casa poco después.

Elena se apartó lentamente del muro.

Por primera vez, comprendió que quizá había estado haciendo la pregunta equivocada.

No necesitaba saber quién había quedado encerrado detrás de la pared.

Necesitaba averiguar quién había abierto la puerta del jardín.