CAPÍTULO 9
Las flores de Amalia
Matilde llamó a Elena poco después del desayuno.
—Creo que encontré lo que buscabas.
—¿El nombre de la señora?
—Su nombre y algo más. ¿Puedes venir?
Elena cruzó la calle diez minutos después.
Encontró a Matilde sentada a la mesa, rodeada de fotografías. Tenía una taza de café a medio terminar y llevaba las gafas sujetas con una pequeña cadena.
—Anoche no podía dormir —le explicó—. Me quedé pensando en aquella mujer. Recordaba su cara, su bolso, incluso la forma en que caminaba, pero no conseguía recordar su nombre.
—¿Y lo recordó?
—No exactamente. Lo encontré.
Le entregó una fotografía.
Era la misma que le había mostrado el día anterior: una mujer mayor, de cabello blanco, detenida frente al jardín de la antigua casa.
Esta vez, Matilde le había dado vuelta.
En el reverso había una anotación escrita con tinta azul:
Amalia. Primavera.
Elena leyó el nombre.
—Amalia.
—Así se llamaba. Amalia Robles.
—¿La conocía bien?
—No mucho. Era una mujer reservada. Pero mi marido conversaba con ella algunas tardes. Le gustaban las plantas y sabía muchísimo de flores.
Matilde apartó varias fotografías hasta encontrar otra.
Esta era mucho más antigua.
Mostraba la casa de Elena cuando todavía conservaba un pequeño balcón sobre la entrada. En el jardín había una pareja joven.
El hombre sostenía una regadera.
La mujer sonreía.
—Son ellos —dijo Matilde.
—¿Quiénes?
—Amalia y su esposo. La fotografía pertenecía a los anteriores propietarios. Nos la regalaron cuando compramos esta casa.
Elena acercó la imagen a la ventana.
—Entonces es cierto que vivió allí.
—Mucho antes que ustedes.
—¿Y por qué se marchó?
Matilde se acomodó en la silla.
—Su marido murió. Ella vendió la propiedad algún tiempo después. Eso es lo que recuerdo.
—Pero siguió visitando el jardín.
—Sí.
Matilde sonrió con cierta tristeza.
—Hay personas que abandonan una casa y otras que nunca consiguen marcharse del todo.
* * *
Elena guardó silencio.
Por primera vez intentó imaginar aquella vivienda antes de que perteneciera a su familia.
Amalia joven, cuidando las plantas.
Su esposo junto a ella.
Años de conversaciones, comidas, cumpleaños y pequeñas costumbres que no habían dejado ninguna huella visible en las habitaciones.
Después, la muerte.
La venta.
Otros muebles. Otras voces.
Y Amalia regresando de vez en cuando para recoger unas flores que, probablemente, ella misma había plantado.
—¿Qué ocurrió con ella? —preguntó Elena.
Matilde negó lentamente.
—No lo sé. Dejó de venir más o menos cuando ustedes se marcharon.
—¿Alguien la buscó?
—Supongo que tendría familia.
La respuesta no la convenció.
—¿Recuerda dónde vivía?
—Cerca de la plaza, creo. Pero han pasado demasiados años.
Elena contempló nuevamente la fotografía.
Amalia sostenía unas flores y miraba hacia el jardín.
No parecía una aparición.
Parecía una mujer que echaba de menos su casa.
* * *
Antes de marcharse, Elena preguntó algo que llevaba varias horas rondándole la cabeza.
—Matilde, ¿usted cree que mi madre le tenía miedo?
—¿A Amalia?
—Sí.
La anciana reflexionó.
—No. Yo diría que le tenía cariño.
—¿Y Samuel?
—Él era distinto. No le gustaba que se acercara a las niñas.
—¿Por qué?
—Nunca lo supe.
Matilde se quitó las gafas.
—Recuerdo que una tarde Samuel vino a hablar con mi marido. Estaba bastante alterado. Le preguntó si había visto a Amalia entrar en la casa.
Elena se inclinó hacia ella.
—¿Qué le respondió?
—Que no.
—¿Y era verdad?
Matilde asintió.
—Mi marido no la había visto.
Hizo una pausa.
—Pero yo sí.
Elena la miró.
—¿Dónde?
—En el jardín. Estaba sentada junto a las flores, como siempre. Samuel salió a buscarla, pero cuando llegó ya no estaba.
—¿Se había marchado?
—Eso pensamos.
Matilde señaló la fotografía.
—La pobre caminaba tan despacio que nunca comprendí cómo consiguió irse sin que nadie la viera.
* * *
Elena regresó a la casa con las fotografías que Matilde le había prestado.
Gabriel y Daniel trabajaban en otra habitación. Habían comenzado a retirar algunas piezas de madera deterioradas y el sonido de sus herramientas llegaba débilmente hasta el comedor.
Dejó las fotografías sobre la mesa.
Amalia.
Por fin aquella mujer tenía un nombre.
Elena abrió la puerta del jardín.
El día estaba despejado. Una corriente de aire movía las ramas de los árboles y levantaba algunas hojas secas del sendero.
Caminó hasta el muro del fondo.
Allí seguían creciendo las flores que Amalia había visitado durante tantos años.
Se agachó.
Había unas pequeñas piedras colocadas alrededor de una de las plantas. Casi todas estaban cubiertas de tierra.
Apartó algunas hojas.
Debajo apareció una superficie lisa.
Una piedra diferente de las demás.
Tenía unas letras grabadas.
Elena retiró cuidadosamente la tierra con los dedos.
AMALIA Y TOMÁS
Debajo había una fecha.
Era anterior a su nacimiento.
Elena sonrió sin darse cuenta.
Tomás debía de ser el esposo.
Aquella piedra no señalaba una tumba ni escondía ningún misterio extraordinario. Era simplemente un recuerdo que dos personas habían dejado en su jardín.
Y, por alguna razón, eso la conmovió más que todos los golpes que había escuchado detrás de la pared.
* * *
Cuando regresó al comedor, Gabriel estaba guardando unas herramientas.
—¿Encontró lo que buscaba?
—Creo que sí.
Elena le mostró la fotografía.
—Esta mujer vivió aquí hace muchos años. Se llamaba Amalia.
Gabriel la observó.
—¿Era familiar suyo?
—No. Pero conocía a mi madre.
El hombre le devolvió la imagen.
—Entonces quizá pueda averiguar algo más sobre ella.
—Eso espero.
Gabriel se despidió y salió al jardín para reunirse con Daniel.
Elena se quedó sola.
Extendió las dos fotografías sobre la mesa.
La primera mostraba a Amalia joven junto a su esposo.
La segunda, a Amalia anciana frente al jardín.
Habían pasado décadas entre ambas imágenes.
Pero había algo que no había cambiado.
La mujer sostenía flores en las dos.
Elena se disponía a guardarlas cuando observó que, en la fotografía antigua, detrás de la pareja, se distinguía una ventana pequeña.
La ventana de la despensa.
Y junto a ella, apenas visible, había una puerta estrecha.
Era la entrada original del escondite.
La puerta estaba abierta.
Elena acercó la fotografía a la luz.
En el marco había una pequeña campana.
La misma que Amalia permitía sostener a las niñas.
Elena recordó entonces una pregunta que había hecho de pequeña.
Había querido saber para qué servía aquella campana.
Y recordó también la respuesta de Amalia.
No completa.
Solo el final.
Para que nadie tenga que quedarse esperando.
Elena dejó la fotografía sobre la mesa.
Durante cuarenta y tres años había pensado que el juego de las escondidas consistía en ocultarse hasta que alguien llegara a encontrarte.
Ahora empezaba a sospechar que aquella pequeña puerta había sido construida para algo muy distinto.
Y que Amalia conocía su propósito mucho antes de que Lucía y ella nacieran.