CAPÍTULO 8
La señora del jardín
La primera vez que Elena preguntó por aquella mujer, Matilde dejó de preparar el café.
No fue una reacción exagerada. Simplemente apartó la cafetera, se limpió las manos con un paño y tomó asiento frente a ella.
—¿Qué señora? —preguntó.
—No lo sé. Lucía dijo que había escuchado a una mujer durante nuestro último juego.
Matilde permaneció pensativa.
Elena había regresado a la casa de enfrente aquella misma mañana. Llevaba consigo la fotografía y la cinta azul, pero esta vez no las había sacado del bolso.
Quería empezar por las personas, no por los objetos.
—¿Recuerda si alguna mujer visitaba nuestra casa?
—Muchas. Tu madre recibía a sus amigas, a veces venían familiares...
—Alguien que no perteneciera a la familia.
Matilde levantó la mirada.
—Había una señora que iba al jardín.
Elena sintió que se le aceleraba el corazón.
—¿Cómo se llamaba?
—No recuerdo su nombre. Era mayor. Siempre llevaba un bolso de tela y caminaba muy despacio.
—¿Era amiga de mi madre?
—No exactamente.
Matilde se levantó y buscó una pequeña caja donde guardaba fotografías antiguas.
—Déjame ver si encuentro algo.
* * *
La caja contenía imágenes de cumpleaños, reuniones familiares y celebraciones que Elena no reconocía.
Matilde las fue colocando sobre la mesa con la paciencia de quien vuelve a recorrer una vida.
—Aquí está mi marido. Este era nuestro perro. Y esta mujer trabajaba en la antigua tienda...
Elena escuchaba.
Le gustó descubrir que aquella anciana conservaba nombres para casi todos los rostros.
Algunos pertenecían a personas que habían muerto hacía décadas. Otros eran vecinos que se habían marchado sin despedirse.
Pero Matilde los recordaba.
Finalmente encontró una fotografía tomada desde la ventana de su casa.
Se veía una parte de la calle y, enfrente, el jardín de los Valdés.
—Mira.
Elena se inclinó.
Junto a la entrada había una mujer de cabello blanco, vestida con ropa oscura.
Sostenía algo entre las manos.
Parecía un pequeño ramo de flores.
—¿Es ella?
—Creo que sí.
—¿Por qué iba a nuestra casa?
Matilde examinó la imagen.
—Por las flores.
—No entiendo.
—Tu madre le permitía recoger las que crecían junto a la pared del fondo. Decía que la mujer había vivido allí antes que ustedes.
Elena volvió a mirar la fotografía.
—¿En nuestra casa?
—Eso contaban.
—¿Y vivía sola?
—No lo sé, querida. Cuando nosotros llegamos al barrio, ella ya era mayor.
Elena observó sus manos en la fotografía.
La mujer no miraba a la cámara.
Miraba hacia el jardín.
* * *
—Recuerdo una cosa —dijo Matilde.
Elena levantó la cabeza.
—¿Qué cosa?
—A los niños les daba miedo.
—¿Por qué?
—Porque hablaba sola.
Matilde sonrió ligeramente.
—Antes la gente no tenía tanta paciencia con las personas mayores. Si alguien decía cosas extrañas, enseguida empezaban los comentarios.
—¿Qué decía?
—No lo sé. A veces se quedaba frente a la casa durante un rato. Otras veces entraba en el jardín y se sentaba cerca del muro.
Elena intentó imaginarla.
Una mujer anciana, con un bolso de tela, recogiendo flores mientras dos niñas jugaban a esconderse.
No había nada particularmente extraordinario en aquella imagen.
—¿Mi madre sabía que iba?
—Claro. Le abría la puerta.
—¿Y Samuel?
Matilde guardó silencio.
—A Samuel no le gustaba verla allí.
—¿Por qué?
—Una vez lo escuché discutir con tu madre. Él decía que aquella mujer no debía entrar cuando estuvieran las niñas.
Elena apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Recuerda qué respondió mi madre?
—Que era una anciana inofensiva.
Matilde se quedó mirando la fotografía.
—Y que también tenía derecho a recordar.
* * *
Elena caminó lentamente de regreso.
La conversación había cambiado algo en su manera de comprender aquella casa.
Hasta entonces había imaginado que el silencio de su infancia escondía una tragedia terrible y que todos los adultos habían participado de algún modo en ella.
Ahora comenzaba a ver algo distinto.
Personas.
Una madre que permitía entrar a una anciana en su jardín.
Un hombre que no quería verla cerca de su hija.
Dos niñas que encontraban emocionante cualquier cosa que los adultos consideraran extraña.
Y una mujer mayor que regresaba a una vivienda donde había vivido muchos años atrás.
Elena abrió la puerta de la casa.
Gabriel estaba trabajando en la despensa.
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Cómo va todo?
—Ya aseguramos el marco. Puede acercarse sin problema.
Elena dejó el bolso en una silla.
—Quiero preguntarle algo sobre el jardín.
Gabriel sonrió.
—Últimamente tengo la impresión de que esta casa no se termina nunca.
—Yo también.
Salieron juntos.
Elena lo condujo hasta la parte posterior, donde todavía crecían algunas plantas entre las piedras.
—Aquí había flores —dijo—. Muchas.
Gabriel observó la zona.
—Todavía quedan algunas raíces.
—Una mujer venía a recogerlas.
—¿Hace mucho tiempo?
—Cuarenta y tres años.
El hombre miró la tierra.
—Entonces debían gustarle bastante.
Elena sonrió.
Por alguna razón, aquella respuesta sencilla la conmovió.
* * *
Gabriel volvió al trabajo.
Elena permaneció en el jardín.
Había una planta junto al muro que todavía conservaba dos flores pequeñas. Se agachó para observarlas.
Y entonces recordó.
La señora no siempre había llevado un bolso de tela.
También llevaba una pequeña campana.
Por entonces ya no la dejaba siempre colgada en su antiguo soporte. La llevaba envuelta en un pañuelo y, algunas tardes, permitía que las niñas la sostuvieran.
Lucía decía que aquella campana tenía un sonido especial.
Un sonido que podía escucharse incluso cuando nadie la tocaba.
Elena cerró los ojos.
Recordó a las dos niñas sentadas junto a la anciana.
Recordó sus manos.
La campana.
Y algo que la mujer les decía mientras señalaba la casa.
No era una amenaza.
Era una advertencia.
—Hay lugares donde los recuerdos se quedan más tiempo que las personas.
Elena abrió los ojos.
No sabía si aquellas habían sido exactamente sus palabras.
Habían pasado demasiados años.
Pero recordó otra cosa con absoluta claridad.
La tarde del último juego, Lucía había salido del escondite llorando.
No porque hubiera escuchado una voz desconocida.
Sino porque la había reconocido.
Elena volvió a mirar las flores.
Y comprendió que tenía que averiguar qué había sido de aquella mujer.
No para demostrar que existían fantasmas.
Sino porque, después de cuarenta y tres años, todavía había alguien cuya historia nadie le había contado.