La pared ciega CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Donde cabía una niña

Elena permaneció sentada frente a la pared hasta que oscureció.

Había recordado dónde se escondía Lucía.

Eso era todo.

No recordaba haberla encontrado. Tampoco recordaba haberla visto salir.

La diferencia comenzó a preocuparla cuando comprendió que llevaba casi una hora imaginando lo peor.

Se levantó y encendió las luces del comedor.

La abertura que habían dejado los trabajadores estaba cubierta provisionalmente. Elena retiró con cuidado la protección y acercó una lámpara.

El espacio tenía unos ochenta centímetros de profundidad. Era estrecho, pero suficiente para que una niña pequeña pudiera permanecer allí de pie.

La caja había estado apoyada en una repisa.

No había nada más.

Elena iluminó el fondo.

Dos paredes, restos de yeso y una superficie irregular que desaparecía detrás de una viga.

Pensó en Lucía.

En sus zapatos abandonados junto al banco.

En su mano sujetando la suya.

Y recordó otra cosa.

Lucía conocía un lugar secreto.

* * *

La casa no siempre había tenido aquella distribución.

Elena no recordaba cuándo se lo habían explicado, pero sabía que la pequeña habitación contigua al comedor había sido utilizada antiguamente para guardar alimentos.

Su madre la llamaba la despensa.

Cuando era niña, Elena había entrado allí muchas veces.

Recordaba los estantes de madera, los recipientes de vidrio y una ventana pequeña que apenas dejaba pasar la luz.

También recordaba un armario muy alto.

Estaba colocado contra la pared que daba al comedor.

Detrás de él había algo.

No sabía qué.

Pero recordaba perfectamente la voz de Lucía:

—Por aquí no pueden encontrarnos.

Elena tomó la lámpara y se dirigió a la despensa.

La habitación estaba casi vacía.

Solo quedaban dos estantes sujetos a una pared y algunas piezas de madera apiladas en un rincón.

El antiguo armario había desaparecido.

En su lugar había una superficie lisa, pintada del mismo color que el resto.

Elena pasó una mano por ella.

Después iluminó el suelo.

Había dos pequeñas marcas paralelas en las baldosas.

Las patas del armario.

Recordó que Lucía necesitaba que alguien la ayudara a moverlo.

No porque fuera demasiado pesado.

Sino porque había que separarlo de la pared de una manera especial.

Primero un lado.

Después el otro.

Y entonces aparecía una pequeña puerta.

Elena cerró los ojos.

La recordó.

Era de madera.

Tenía un cierre metálico.

Y detrás comenzaba un espacio oscuro que las dos niñas llamaban su escondite.

* * *

Gabriel respondió al tercer intento.

—¿Elena? ¿Ha ocurrido algo?

—Creo que encontré la entrada.

—¿Qué entrada?

—La del espacio que descubrimos en el comedor.

Hubo un silencio.

—¿Está en la casa?

—Sí.

—No intente abrir nada. Voy para allá.

—No se preocupe. Solo quería preguntarle si mañana podría revisar la pared de la despensa.

—Mañana la revisamos.

—Gracias.

Antes de despedirse, Gabriel añadió:

—¿Recuerda lo que le dije sobre las construcciones antiguas?

—¿Qué cosa?

—Que a veces cierran espacios que antes tenían otra utilidad.

—Sí.

—He estado pensando en ese muro. Los materiales de la superficie que retiramos no parecen iguales a los de la pared interior.

—¿Qué significa?

—Que posiblemente lo cerraron durante una reforma.

Elena miró hacia la despensa.

—Eso parece.

Colgó.

No necesitaba otra explicación aquella noche.

La casa empezaba a devolverle sus recuerdos de una manera extraña: cada pequeño descubrimiento parecía despertar otro que había permanecido oculto durante años.

Pero todavía le faltaba el más importante.

* * *

A la mañana siguiente, Gabriel y Daniel retiraron una pequeña sección de la superficie de la despensa.

Detrás apareció madera antigua.

Daniel limpió cuidadosamente los bordes.

—Aquí hubo una puerta —dijo.

Elena sintió un alivio que no esperaba.

Una puerta.

No un espacio imposible ni una habitación que desafiara las medidas de la casa.

Una puerta que alguien había decidido ocultar.

Gabriel examinó el marco.

—Está cerrada desde este lado.

—¿Podemos abrirla?

—Creo que sí.

Trabajaron durante varios minutos.

Al retirar parte del material que cubría el cierre, pudieron mover la antigua hoja de madera.

La puerta se abrió lentamente.

Detrás estaba el mismo espacio estrecho que habían observado desde el comedor.

Elena se acercó.

Era más pequeño de lo que recordaba.

De niña le había parecido un corredor interminable.

Ahora apenas había sitio para que una persona adulta avanzara de lado.

Sobre la pared interior aparecían algunas marcas realizadas con lápiz.

Daniel las iluminó.

Eran rayas de distintas alturas.

Junto a dos de ellas había unas iniciales infantiles.

E.

L.

Elena apoyó los dedos sobre la segunda letra.

Lucía.

Habían utilizado aquel lugar muchas veces.

No era una prisión.

Había sido su escondite.

* * *

Gabriel salió a buscar una herramienta.

Daniel permaneció junto a la entrada, revisando el marco.

Elena observó las marcas.

Debajo de las iniciales había un dibujo muy sencillo: dos figuras tomadas de la mano.

Una era ligeramente más alta que la otra.

Sonrió.

Lo recordaba.

Lucía siempre la dibujaba más pequeña.

Decía que, cuando Elena creciera, tendría que hacer otro dibujo para que las dos fueran iguales.

El recuerdo le produjo una ternura inesperada.

Durante unos instantes dejó de pensar en desapariciones, secretos y paredes cerradas.

Solo vio a dos niñas que habían encontrado un lugar donde jugar sin que los adultos las interrumpieran.

Después levantó la lámpara.

Al fondo del escondite había otra marca.

Tres líneas verticales.

Y debajo, una palabra escrita con una letra infantil.

SALÍ.

Elena se quedó inmóvil.

Leyó nuevamente.

Salí.

No decía ayuda.

No decía que alguien estuviera encerrado.

Decía que había salido.

—Gabriel —llamó.

El hombre regresó.

—¿Qué sucede?

Elena le mostró la palabra.

—Creo que las niñas utilizábamos este lugar para jugar a las escondidas.

Gabriel observó las marcas.

—Eso parece.

—Pero había una regla.

—¿Cuál?

Elena recordó una risa.

Después, una voz infantil:

Cuando escuches tres golpes, puedes salir.

Miró hacia la puerta recién descubierta.

Y comprendió algo.

Durante cuarenta y tres años había recordado aquel juego de manera incompleta.

Los tres golpes no eran una petición de auxilio.

Eran una señal.

La señal de que alguien podía abandonar el escondite.

* * *

Cuando Gabriel y Daniel terminaron de asegurar la abertura, Elena les pidió unos minutos a solas.

Se sentó en el suelo de la despensa, frente a la pequeña puerta.

Pensó en Lucía escribiendo aquella palabra con un lápiz.

Quizá lo había hecho durante una tarde cualquiera.

Quizá había sido parte del juego.

No tenía manera de saberlo.

Pero ahora conocía una posibilidad que no había considerado hasta ese momento.

Lucía podía haber salido del escondite.

La desaparición no tenía por qué haber comenzado detrás de la pared.

Podía haber empezado después.

Elena volvió a mirar la palabra.

SALÍ.

Y entonces recordó algo más.

La tarde del último juego, después de escuchar los tres golpes, había abierto la pequeña puerta.

Lucía no estaba.

El escondite se encontraba vacío.

Elena había salido a buscarla.

La encontró en el jardín.

Estaba junto al banco, con los pies descalzos y los zapatos en las manos.

Lloraba.

Elena se había acercado para preguntarle qué ocurría.

Pero Lucía no le permitió hablar.

La tomó de los hombros.

Y le hizo una pregunta que Elena, durante cuarenta y tres años, había conseguido olvidar.

—¿Tú también escuchaste a la señora?