La pared ciega CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El último juego

Elena volvió al jardín antes de entrar en la casa.

La vegetación había crecido sin ningún orden durante los años de abandono. Gabriel había contratado a dos trabajadores para despejar los accesos, pero todavía quedaban arbustos secos junto a los muros y raíces que habían levantado algunas piedras del sendero.

Buscó el banco que Matilde había mencionado.

No estaba.

En su lugar encontró dos soportes de piedra, separados por poco más de un metro. Entre ellos crecían pequeñas plantas.

Se agachó.

Había una marca en uno de los soportes.

Una letra.

La limpió con los dedos.

S.

Samuel.

Quizá Matilde tenía razón y aquel hombre había construido el banco.

Elena permaneció un momento allí, intentando imaginarlo trabajando en el jardín mientras dos niñas corrían a su alrededor.

Por primera vez, la imagen no le resultó completamente ajena.

Recordaba el sonido de una herramienta golpeando la madera.

Recordaba el olor de la tierra después de la lluvia.

Y recordaba unas manos grandes que levantaban a una niña para sentarla sobre una rama baja.

No sabía si aquellas manos pertenecían a Samuel.

Tampoco sabía cuál de las dos niñas había sido levantada.

* * *

Entró en la casa por la puerta de la cocina.

El comedor seguía tal como lo había dejado Gabriel. La abertura del muro estaba protegida con una cubierta provisional, y sobre la mesa permanecían la caja y los documentos.

Elena se sentó.

Sacó la fotografía del bolso.

Ahora tenía un nombre que buscar.

Samuel.

Recordó que, cuando murió su madre, había guardado varias cajas con documentos familiares. Las conservaba en su departamento, junto con fotografías, recibos antiguos y cartas que nunca había ordenado.

Tal vez allí encontraría alguna referencia a él.

Pero antes quería comprobar otra cosa.

Volvió a examinar la imagen.

Su madre estaba junto a ella. Samuel, al otro lado.

Los tres miraban hacia la cámara.

Detrás se distinguía una parte del jardín y la esquina de una ventana.

Elena acercó la fotografía a la luz.

Había algo sobre el banco.

Un objeto pequeño.

Parecía un muñeco.

Se inclinó un poco más.

No era un muñeco.

Era un par de zapatos infantiles.

Estaban colocados uno junto al otro, cuidadosamente alineados, como si alguien se los hubiera quitado antes de entrar en la casa.

Elena recordó lo que Matilde le había contado.

La otra niña.

Una niña un poco mayor que ella.

Una niña que, según la anciana, había desaparecido de las conversaciones de los adultos de una manera inexplicable.

Dejó la fotografía sobre la mesa.

Esta vez decidió regresar a la casa de enfrente.

* * *

Matilde tardó en abrir.

Llevaba un delantal y tenía una pequeña mancha de harina en la mejilla.

—¡Elena! ¿Has olvidado algo?

—Perdone que vuelva a molestarla.

—No molestas. Estaba preparando pan.

La invitó a pasar.

Sobre la mesa de la cocina había una masa cubierta con un paño.

Elena esperó a que Matilde se sentara.

—Quería preguntarle una cosa más.

—Dime.

—¿Recuerda si la niña que jugaba conmigo llevaba zapatos cuando venía a casa?

Matilde soltó una pequeña risa.

—Qué pregunta tan extraña.

Elena le mostró la fotografía.

—He encontrado estos.

La mujer se puso las gafas.

Observó la imagen durante varios segundos.

—Sí —dijo finalmente—. Creo que son suyos.

—¿Por qué?

—Porque siempre se los quitaba.

—¿Dónde?

—En cualquier parte. En el jardín, en la entrada, junto a la fuente. Su padre se pasaba el día buscándolos.

Elena levantó la mirada.

—¿Su padre?

Matilde también la miró.

Después sonrió con cierta tristeza.

—Samuel, querida. Era su padre.

* * *

Durante un instante, Elena no encontró qué decir.

Había pasado toda la mañana intentando recordar quién era aquel hombre.

Ahora comprendía por qué aparecía junto a ellas en la fotografía.

—¿La niña vivía en nuestra casa?

Matilde negó con la cabeza.

—No exactamente. Su padre trabajaba allí y ella lo acompañaba muchas veces. Tu madre nunca tuvo inconveniente en recibirla. Al contrario. Le gustaba que tuvieras alguien con quien jugar.

—¿Y su madre?

—No la conocí. Creo que había muerto cuando la pequeña era muy niña.

Elena bajó la mirada hacia la fotografía.

Samuel sonreía.

Quizá no estaba posando junto a una familia ajena.

Quizá estaba mirando a su propia hija, que permanecía fuera de la imagen.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó.

Matilde cerró los ojos.

—Dame un momento.

Elena esperó.

La anciana comenzó a mover lentamente los dedos sobre la mesa, como si estuviera siguiendo una melodía olvidada.

—Era un nombre corto.

—¿Ana?

—No.

—¿Eva?

—Tampoco.

Matilde levantó la cabeza.

—Lucía.

Elena sintió que algo se acomodaba dentro de su memoria.

Lucía.

No fue una revelación repentina.

El nombre simplemente le resultó familiar.

Como una palabra que uno escucha durante años en sueños y olvida al despertar.

—Se llamaba Lucía —repitió.

—Sí. Estoy casi segura.

* * *

Matilde se levantó para atender el horno.

Elena permaneció sentada, observando la cinta azul.

—¿Puedo preguntarle algo más?

—Claro.

—La tarde en que mi madre vino a buscarme... ¿recuerda qué ocurrió después?

La mujer se quedó quieta.

—Te encontraron al anochecer.

—Eso me contó.

—Sí.

—Pero usted dijo que nadie preguntó por Lucía.

Matilde apagó el horno.

Tardó un momento en regresar a la mesa.

—Hay cosas que una recuerda mejor cuando vuelve a hablar de ellas.

—¿Qué cosas?

La anciana se sentó.

—Tu madre cruzó la calle contigo en brazos. Estabas llorando. Recuerdo que Samuel salió al jardín y que ella le dijo algo.

—¿Qué le dijo?

—No lo escuché.

—¿Y después?

Matilde juntó las manos.

—Él empezó a gritar.

Elena sintió un estremecimiento.

—¿Mi madre discutió con él?

—No. Clara intentaba calmarlo. Pero Samuel no quería escucharla. Entró en la casa y comenzó a llamarla.

—¿A quién?

Matilde la miró.

—A Lucía.

* * *

Elena regresó a la antigua vivienda cuando comenzaba a caer la tarde.

Esta vez no entró inmediatamente.

Se detuvo frente a las ventanas del comedor.

Samuel había buscado a su hija.

Su madre había salido con Elena en brazos.

Y Lucía había desaparecido.

Todo había ocurrido durante un juego infantil.

Un juego de escondidas.

Elena cerró los ojos.

Intentó recordar el jardín.

La cinta azul.

Los zapatos abandonados junto al banco.

Dos niñas corriendo entre los árboles.

Una voz que le decía que contara hasta veinte.

Y después, tres golpes.

Abrió los ojos.

No podía reconstruir lo sucedido. Los recuerdos aparecían como fragmentos aislados, sin un orden que pudiera reconocer.

Pero había algo que ahora comprendía.

Si aquella tarde Lucía no había regresado, Samuel no habría abandonado la casa voluntariamente sin buscarla.

Y Matilde había dicho que él desapareció pocos días después.

Elena entró en el comedor.

La abertura del muro seguía protegida por la cubierta que Gabriel había colocado.

Se acercó.

No escuchó nada.

Por primera vez, el silencio de la casa le produjo más inquietud que los golpes.

Apoyó una mano sobre la pared.

—Lucía —dijo en voz baja.

Esperó.

Nada.

Se sintió absurda.

Estaba a punto de apartarse cuando recordó la última frase de la carta de su madre.

Busca a quien todavía lo recuerda.

Elena miró hacia la ventana.

Matilde recordaba muchas cosas, pero no había presenciado lo que ocurrió dentro de la casa.

Gabriel había llegado cuarenta y tres años después.

Su madre estaba muerta.

Y Samuel había desaparecido.

Quedaba una persona.

Una única persona que había participado en aquel último juego y que todavía podía contar lo sucedido.

Ella misma.

Elena volvió a mirar la cinta azul.

Luego se sentó frente a la pared.

No intentó recordar cómo terminó aquella tarde.

Empezó por algo más sencillo.

El principio.

Dos niñas.

Un jardín.

Una tarde de verano.

Y Lucía diciéndole que cerrara los ojos.

Que no hiciera trampa.

Que contara despacio.

Elena respiró profundamente.

Y comenzó a contar.

—Uno...

La casa permaneció en silencio.

—Dos...

Recordó una risa.

—Tres...

Y entonces, por primera vez en cuarenta y tres años, recordó dónde se había escondido Lucía.

No detrás de la pared.

Dentro de ella.

* * *