CAPÍTULO 5
La mujer de enfrente
Elena encontró a la mujer sentada junto a la ventana de la casa de enfrente.
Había salido a caminar para despejarse. Llevaba la fotografía dentro del bolso y todavía tenía en la cabeza aquella frase de su madre.
Siempre éramos cuatro.
La calle había cambiado mucho desde su infancia. Donde antes recordaba un terreno lleno de árboles, ahora había un edificio de tres plantas. La antigua tienda de comestibles se había convertido en una farmacia. Incluso la acera parecía más estrecha.
Pero la casa de enfrente seguía allí.
Tenía una puerta verde y dos macetas junto a los escalones.
La mujer que estaba sentada junto a la ventana levantó la vista cuando Elena se detuvo.
—¿Busca a alguien?
Elena sonrió.
—No estoy segura. ¿Usted vive aquí desde hace mucho tiempo?
—Desde antes de que pusieran los árboles de la plaza.
La respuesta le produjo una sonrisa.
—Entonces quizá conoció a la familia que vivía en aquella casa.
Señaló hacia el otro lado de la calle.
La mujer siguió la dirección de su mano.
Su expresión cambió apenas.
—Claro que la conocí.
—Yo soy Elena.
La mujer la observó durante un momento.
Después se llevó una mano al pecho.
—¿La hija de Clara?
Elena asintió.
—Dios mío. Ven, acércate.
La mujer se levantó lentamente y abrió la puerta.
—Soy Matilde. Tú eras muy pequeña. No tienes por qué recordarme.
Elena entró.
La casa olía a café recién preparado. Sobre una mesa había un libro abierto, unas gafas y un recipiente con caramelos.
Matilde le ofreció una silla.
—Pensé que nunca volverías.
—¿Por qué?
—Porque nadie volvió.
* * *
Matilde tendría unos ochenta años. Conservaba una mirada despierta y una manera pausada de hablar que hacía pensar que nunca tenía demasiada prisa por llegar al final de una conversación.
Cuando Elena le mostró la fotografía, la mujer buscó sus gafas.
Las encontró encima del libro.
—Mira nada más.
Pasó un dedo cerca de la imagen, sin tocarla.
—Tu madre era una mujer muy hermosa.
—Sí.
—Y tú eras una niña encantadora. Siempre hacías preguntas.
Elena sonrió.
—Algunas cosas no cambian.
Matilde observó al hombre de la fotografía.
Su sonrisa desapareció.
—Samuel.
Elena se inclinó hacia ella.
—¿Lo conoció?
—Por supuesto.
—¿Quién era?
La mujer dejó la fotografía sobre la mesa.
—¿Tu madre nunca te habló de él?
—No.
Matilde pareció encontrar extraña la respuesta.
—Pasaba mucho tiempo en vuestra casa.
Elena tardó unos segundos en comprender.
—¿Vivía allí?
—No. Trabajaba allí y a menudo llevaba a su hija.
—¿Era familiar nuestro?
—No que yo recuerde.
—Entonces, ¿quién era?
Matilde miró hacia la ventana.
—Ayudaba a tu madre con la casa. Arreglaba cualquier cosa. Era bueno trabajando con madera. Recuerdo que construyó un pequeño banco para el jardín.
Elena volvió a mirar la fotografía.
—¿Y qué ocurrió con él?
La mujer guardó silencio.
—No lo sé con certeza. Una mañana dejó de venir. Poco después, tu madre se marchó contigo y cerraron la casa.
—¿Se fueron al mismo tiempo?
—Con pocos días de diferencia, si no recuerdo mal.
Elena sintió una decepción difícil de explicar.
Había esperado una respuesta extraordinaria.
En cambio, Samuel parecía haber sido simplemente un hombre que realizaba reparaciones.
Pero entonces recordó algo.
—¿Él tenía hijos?
Matilde volvió a ponerse las gafas.
—No lo sé. ¿Por qué?
—En la casa encontré algunas cosas de mi infancia. Estoy intentando recordar con quién jugaba.
La mujer levantó lentamente la mirada.
—Ah.
Fue una expresión pequeña.
Casi un suspiro.
Elena esperó.
—¿Había otros niños?
Matilde dejó las gafas sobre la mesa.
—Había una niña.
* * *
Durante un instante, los sonidos de la calle parecieron alejarse.
—¿Una niña? —repitió Elena.
—Sí. Un poco mayor que tú.
—¿Cómo se llamaba?
Matilde se quedó pensando.
—No me acuerdo. Han pasado muchos años.
—¿Venía a jugar conmigo?
—La veía entrar y salir. Pasaba mucho tiempo en el jardín.
Elena sintió que sus manos buscaban algo dentro del bolso.
Sacó la cinta azul.
—¿Recuerda esto?
Matilde la sostuvo cerca de la ventana.
—Es una cinta para el cabello.
—Era mía.
La anciana negó suavemente.
—No, querida.
Elena la miró.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque recuerdo habérsela visto a la otra niña.
Matilde le devolvió la cinta.
Elena permaneció inmóvil.
En la fotografía aparecía con una cinta azul en el cabello.
—Pero aquí la llevo yo.
La mujer volvió a examinar la imagen.
La observó durante un largo rato.
—Es verdad.
—Entonces quizá la compartíamos.
—Quizá.
Matilde parecía preocupada.
Elena no quiso presionarla.
Guardó la cinta y se levantó.
—Gracias por recibirme.
—Espera.
La mujer apoyó una mano sobre la mesa.
—Hay algo que recuerdo de aquella niña.
Elena volvió a sentarse.
—Dígame.
—No sé si te servirá. Son cosas que una escucha y conserva sin saber por qué.
Miró hacia la casa de enfrente.
—Una tarde tu madre vino a buscarte. Estaba muy nerviosa. Preguntó si te habíamos visto salir del jardín.
—¿Y me habían visto?
—No. Yo estaba aquí, preparando la comida.
Matilde cerró los ojos unos segundos.
—Recuerdo que Samuel también buscaba por el jardín. Al principio pensé que te llamaba a ti, pero después comprendí que buscaba a su hija.
—¿Y yo dónde estaba?
Matilde abrió los ojos.
—Apareciste al anochecer. Tu madre te llevaba en brazos. No dejabas de llorar.
Elena miró la cinta azul que sobresalía ligeramente de su bolso.
—¿Y la otra niña?
Matilde tardó en responder.
—Eso fue lo extraño.
—¿Qué cosa?
—Yo no supe qué había sido de ella hasta mucho después.
* * *
Elena salió de aquella casa con la sensación de haber recordado algo que todavía no podía expresar.
Cruzó la calle.
La antigua vivienda permanecía iluminada por el sol de la tarde.
Desde afuera no parecía una casa capaz de guardar secretos.
Se detuvo frente a la entrada y miró hacia el jardín.
Allí había jugado de pequeña.
Recordaba los árboles, el banco de madera y un sendero de piedras que conducía hasta la parte posterior de la vivienda.
Y entonces, por primera vez desde que había regresado, recordó a la otra niña.
No su nombre.
Ni su rostro.
Recordó únicamente una mano sujetando la suya mientras corrían entre los árboles.
Y una voz infantil que le decía:
—Esta vez te toca buscar a ti.
Elena levantó la mirada hacia la casa.
La pared había permanecido cerrada durante cuarenta y tres años.
Tal vez la pregunta nunca había sido quién estaba detrás de ella.
Tal vez había sido quién se había quedado esperando al otro lado.