La pared ciega CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El tercer nombre

Durante unos segundos, Elena permaneció inmóvil, con la cinta azul entre las manos.

Gabriel esperaba junto a la mesa.

—¿Quiere que llamemos a alguien?

Ella negó con la cabeza.

—Estoy bien. Es que acabo de recordar una cosa.

—¿De cuando vivía aquí?

—Sí.

El hombre miró la fotografía que había quedado sobre la mesa.

—Hay casas que guardan muchas cosas.

Elena levantó los ojos.

—¿Usted cree?

—He encontrado cartas, dinero, fotografías. Una vez apareció un anillo dentro del marco de una puerta. La familia llevaba treinta años buscándolo.

Sonrió ligeramente.

—Las personas esconden cosas en los lugares más extraños.

Elena volvió a mirar la cinta.

Era pequeña, de un azul que el tiempo había vuelto casi gris. Había pertenecido a una niña que jugaba a esconderse y que, por alguna razón, había olvidado con quién.

—Gabriel, necesito estar sola un momento.

—Por supuesto.

El hombre recogió algunas herramientas.

—Voy a revisar la parte exterior del muro. Si necesita algo, estaré en el jardín.

Cuando salió, Elena tomó nuevamente la fotografía.

Su madre parecía muy joven. Llevaba un vestido claro y tenía una mano apoyada sobre el hombro de la niña.

La niña era ella.

El hombre estaba junto a las dos.

No parecía incómodo frente a la cámara. Sonreía, aunque tenía los ojos ligeramente entrecerrados por el sol.

Elena dio vuelta a la fotografía.

Había tres nombres escritos debajo de la fecha.

Elena.

Clara.

Y un tercero, añadido con una tinta algo más oscura.

Samuel.

Su madre se llamaba Clara.

Pero Elena no recordaba a ningún Samuel.

Nunca había escuchado aquel nombre durante su infancia. Tampoco aparecía en las fotografías familiares que conservaba.

Volvió a observar al hombre.

Tendría unos treinta años. Era alto, delgado, de cabello oscuro.

Le resultaba extrañamente familiar.

No reconocía su rostro, pero sí algo en su manera de inclinar la cabeza hacia la niña.

Como si hubiera estado a punto de decirle algo cuando tomaron la fotografía.

* * *

Encontró a Gabriel en el jardín, revisando una antigua grieta junto a una ventana.

—Quiero preguntarle algo.

—Dígame.

—¿Cuánto tiempo cree que llevaba cerrada esa pared?

Gabriel se incorporó.

—No sabría decirle con exactitud.

—¿Podría llevar cuarenta años así?

—Perfectamente. Incluso más. Habría que examinar los materiales.

Elena asintió.

—¿Y podría haberse abierto después sin dejar marcas?

—Depende de cómo lo hicieran. Pero no veo señales de una reparación reciente.

—Gracias.

Gabriel la observó con cierta preocupación.

—¿Ha encontrado algo importante en la caja?

Elena pensó en la carta de su madre.

En la fotografía.

En aquella instrucción tan extraña.

Busca a quien todavía lo recuerda.

—Todavía no lo sé.

* * *

Regresó al comedor y extendió los tres objetos sobre la mesa.

La fotografía.

La carta.

La cinta azul.

Los contempló durante un largo rato.

Había pasado diecisiete años creyendo que conocía todos los secretos de su madre.

No porque Clara fuera una mujer especialmente sincera, sino porque Elena había dejado de hacerle preguntas mucho antes de que muriera.

Recordaba su última conversación.

Habían hablado por teléfono un domingo por la tarde.

Clara le preguntó si estaba comiendo bien, si seguía trabajando demasiado, si había arreglado finalmente la ventana de su dormitorio.

Cosas pequeñas.

Cosas que parecían no tener ninguna importancia.

Al despedirse, su madre le dijo que había algo de lo que necesitaban hablar.

Elena estaba ocupada.

Le prometió que la llamaría al día siguiente.

No llegó a hacerlo.

Su madre murió aquella noche.

Durante años, Elena había regresado mentalmente a esa conversación, intentando imaginar qué había querido contarle.

Ahora tenía una carta entre las manos.

Y no sabía si deseaba conocer la respuesta.

* * *

A media tarde, Gabriel se despidió.

Habían terminado la revisión inicial y regresarían al día siguiente para asegurar la abertura del muro.

Elena lo acompañó hasta la entrada.

—Una última cosa —dijo.

—¿Sí?

—Ayer, cuando escuchamos los golpes... ¿usted tuvo la impresión de que alguien estaba jugando?

Gabriel frunció ligeramente el ceño.

—¿Jugando?

—Como cuando los niños golpean una puerta para que alguien les responda.

El hombre reflexionó unos instantes.

—No sabría decirle.

—Entiendo.

—Pero recuerdo algo.

Elena esperó.

—Cuando apoyé la oreja contra la pared, escuché los tres golpes. Después hubo un silencio.

—¿Y?

—Me pareció escuchar algo más.

Elena sintió que se le tensaban los dedos.

—¿Qué cosa?

—No lo sé. Quizá fue una impresión mía.

—Dígamelo igualmente.

Gabriel bajó la mirada.

—Como si alguien se hubiera reído.

* * *

Elena cerró la puerta cuando el vehículo desapareció al final de la calle.

La casa quedó en silencio.

Se acercó al comedor y recogió la fotografía.

Esta vez no miró a su madre.

Tampoco al hombre.

Se observó a sí misma.

La niña tenía el cabello recogido con una cinta azul. Estaba mirando hacia un punto situado fuera de la imagen.

Y sonreía.

Elena acercó la fotografía a la ventana.

Había algo que no había advertido antes.

Su mano izquierda estaba extendida hacia un costado, como si alguien acabara de soltarla.

Pero al otro lado no había nadie.

Solo un pequeño fragmento del jardín.

Volvió a mirar el reverso.

Elena.

Clara.

Samuel.

Tres nombres.

Sin embargo, ahora recordó una frase que su madre repetía cuando ella era pequeña.

La había olvidado durante casi toda su vida.

En esta casa nunca jugábamos tres.

Elena dejó lentamente la fotografía sobre la mesa.

Porque, de pronto, también recordó cómo terminaba aquella frase.

Siempre éramos cuatro.

Y aquella tarde, después de cuarenta y tres años, Elena comenzó a preguntarse quién faltaba en la fotografía.