CAPÍTULO 3
La llave
Elena dejó la caja sobre la mesa.
—Creo que tengo la llave —repitió.
Gabriel observó la cerradura.
—¿Está segura?
—No. Pero quiero comprobarlo.
Daniel comenzó a guardar las herramientas. Habían retirado una sección de la pared y el hueco permanecía abierto, con sus bordes irregulares y una capa de polvo acumulada en el fondo.
—¿Lo cerramos por ahora? —preguntó.
—Déjenlo así —respondió Elena.
Gabriel se volvió hacia ella.
—No conviene dejarlo abierto sin revisar el resto de la estructura.
—Entonces revísenla. Yo tengo que ir a buscar algo.
El hombre asintió.
Antes de marcharse, Elena miró una vez más el interior del muro.
A plena luz del día, aquel espacio estrecho no tenía nada de extraordinario. Dos paredes viejas, restos de construcción y una abertura por la que apenas habría podido introducirse una persona.
Y, sin embargo, durante cuarenta y tres años alguien había conservado allí una caja que parecía estar esperándola.
* * *
La bolsa estaba donde la había dejado.
En el armario de su dormitorio, dentro de una caja de cartón que contenía algunas fotografías, un pequeño reloj detenido y las últimas pertenencias de su madre.
Elena se sentó en el borde de la cama.
Había guardado aquellos objetos diecisiete años atrás, después del funeral. Recordaba haber visto la llave al recoger las cosas del departamento de su madre, pero nunca llegó a averiguar qué abría.
Desde entonces, apenas había tocado la bolsa.
La encontró envuelta en un pañuelo.
Era una llave pequeña, de metal oscuro, con una cabeza redonda y dos dientes desiguales.
La sostuvo entre los dedos.
Recordó de pronto algo que no había pensado en muchos años.
Su madre había tenido la costumbre de guardar las llaves que ya no servían.
Las reunía en un cajón de la cocina.
Había llaves de puertas que dejaron de existir, de muebles vendidos, de viviendas abandonadas mucho tiempo atrás.
Una vez, siendo niña, Elena le había preguntado por qué no las tiraba.
Su madre le respondió que nunca se sabía cuándo podía volver a necesitarse una.
Entonces Elena sonrió al recordar la respuesta.
Ahora ya no le parecía tan divertida.
Guardó la llave en su bolso y regresó a la casa.
* * *
Cuando llegó, Gabriel estaba solo en el comedor.
—Daniel fue a buscar material —le explicó—. Encontramos algo más.
Elena se detuvo.
—¿Otra caja?
—No. Mire.
La condujo hasta el hueco.
Habían retirado algunos fragmentos de yeso y limpiado parte de la superficie interior. A la altura de los hombros apareció una marca rectangular, más clara que el resto de la pared.
—Aquí había algo sujeto —dijo Gabriel—. Posiblemente una pequeña repisa.
—¿Para apoyar la caja?
—Es lo que parece.
Elena observó las marcas.
—Entonces alguien la dejó allí antes de cerrar el muro.
—Eso es lo más probable.
Era una conclusión sencilla.
Mucho más sencilla que imaginar fantasmas, voces o una presencia oculta detrás de la pared.
Pero también significaba que alguien había preparado aquel escondite deliberadamente.
Elena volvió a la mesa.
Sacó la llave del bolso.
Gabriel se mantuvo a cierta distancia mientras ella la introducía en la cerradura.
Entró sin dificultad.
Elena sintió que se le aceleraba el pulso.
Giró.
La cerradura cedió con un pequeño sonido metálico.
Durante un instante ninguno de los dos habló.
Después Elena levantó la tapa.
Dentro había una fotografía, un sobre amarillento y una cinta de tela azul.
Nada más.
Tomó primero la fotografía.
Mostraba a tres personas frente a la entrada de la casa.
Una mujer joven sostenía de la mano a una niña de unos cinco años. A su lado había un hombre alto, de cabello oscuro, que miraba directamente a la cámara.
Elena reconoció a su madre.
También se reconoció a sí misma.
Pero no conocía al hombre.
Dio vuelta a la fotografía.
En el reverso había una fecha escrita a mano.
Cuarenta y tres años atrás.
Debajo, tres nombres.
El último estaba escrito con una letra diferente, como si alguien lo hubiera añadido después.
Elena leyó los dos primeros.
Luego volvió a mirar al hombre.
—¿Ocurre algo? —preguntó Gabriel.
Ella no respondió.
Había reconocido la letra de su madre.
Y también había comprendido algo que hasta ese momento no había considerado.
La fotografía fue tomada el mismo año en que cerraron la casa.
* * *
El sobre contenía una sola hoja doblada.
Elena reconoció inmediatamente la escritura.
Su madre tenía una letra pequeña, inclinada ligeramente hacia la derecha. Nunca utilizaba dos renglones cuando podía hacerlo en uno.
Desdobló el papel.
No había fecha ni saludo.
Solo unas pocas líneas.
Elena:
Si algún día encuentras esta caja, significa que han abierto la pared.
Hay algo que debes saber sobre aquella casa.
Durante muchos años pensé que lo mejor era no contártelo. Después comprendí que guardar silencio también podía hacer daño.
No busques primero lo que ocurrió.
Busca a quien todavía lo recuerda.
Elena terminó de leer.
Volvió al principio.
No había ninguna firma.
No hacía falta.
Gabriel se acercó un poco.
—¿Está bien?
Ella dobló cuidadosamente la hoja.
—Sí.
Pero no era cierto.
Porque había una última cosa dentro de la caja.
La cinta azul.
La levantó con cuidado.
Estaba atada formando un pequeño lazo, como los que se colocan en el cabello de una niña.
Elena la sostuvo entre las manos.
Y recordó.
No una voz. Ni un sueño.
Un recuerdo verdadero.
Su madre estaba de rodillas frente a ella, acomodándole aquella misma cinta antes de salir al jardín.
Detrás de las dos había alguien más.
Una persona que Elena no había recordado en cuarenta y tres años.
Cerró los ojos, intentando recuperar su rostro.
No pudo.
Pero recordó perfectamente lo que aquella persona le había dicho.
Que no tuviera miedo.
Que iban a jugar a las escondidas.
Y que, cuando escuchara tres golpes, podría salir.
* * *