La pared ciega CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Lo que queda detrás

Gabriel llegó a las nueve de la mañana.

Elena llevaba despierta desde las cuatro.

Había pasado buena parte de la noche intentando recordar la voz de su madre. No las palabras que había escuchado detrás de la pared, sino su voz verdadera: cómo pronunciaba su nombre cuando estaba contenta, cómo la llamaba desde otra habitación, cómo le deseaba buenas noches.

Habían transcurrido diecisiete años desde su muerte.

Elena temía haber olvidado el sonido de aquella voz.

Y temía todavía más no haberlo olvidado.

—¿Ha dormido? —preguntó Gabriel.

—Un poco.

El hombre entró acompañado de un trabajador joven que llevaba una caja de herramientas.

—Él es Daniel. Vamos a revisar la pared antes de abrirla.

Elena los condujo al comedor.

La luz de la mañana iluminaba el lugar de una manera completamente distinta. Las paredes parecían menos antiguas. El polvo, menos triste. Incluso los muebles, cubiertos con sábanas blancas, habían perdido algo de su aspecto fantasmal.

Durante unos momentos sintió vergüenza.

Pensó en lo que había creído escuchar la tarde anterior.

—Quiero preguntarle algo —dijo.

Gabriel dejó las herramientas en el suelo.

—Dígame.

—Ayer, cuando usted golpeó la pared...

—Sí.

—¿Qué escuchó exactamente?

El hombre miró hacia el muro.

—Tres golpes.

—¿Nada más?

—No.

Elena esperó.

—¿Por qué no quiso abrirla entonces?

Gabriel tardó unos segundos en responder.

—Porque no me gustó cómo sonaron.

Daniel, que estaba junto a ellos, sonrió.

—¿Cómo que no le gustó?

—No parecían venir de una tubería. Ni de la madera.

—¿Y de dónde venían?

Gabriel se agachó para sacar un instrumento de la caja.

—Eso vamos a averiguar.

Elena decidió no contarles lo de la voz.

Todavía no.

* * *

La primera comprobación duró casi media hora.

Gabriel revisó el plano, midió las paredes exteriores y regresó al comedor.

Esta vez le explicó a Elena qué había encontrado.

El muro era demasiado grueso.

Entre el comedor y la antigua despensa había un espacio de unos ochenta centímetros que no aparecía representado en los planos.

—Puede tratarse de una modificación antigua —dijo—. Tal vez cerraron una instalación o construyeron una cámara de ventilación.

—¿Podría haber una habitación?

—No sería una habitación muy cómoda.

Elena miró la pared.

—¿Y una persona?

Gabriel levantó la vista.

—¿Qué?

—¿Podría caber una persona ahí dentro?

El hombre no respondió inmediatamente.

—Supongo que sí. De pie, quizá.

Daniel se acercó con una pequeña lámpara.

—Voy a hacer una perforación de prueba.

Elena retrocedió.

El sonido del taladro llenó el comedor.

Duró apenas unos segundos.

Cuando Daniel retiró la herramienta, apareció un pequeño orificio oscuro.

Gabriel acercó la lámpara.

—Está vacío —dijo.

—¿Qué hay dentro?

—Un espacio entre dos paredes.

Daniel recogió un poco del polvo que había caído al suelo.

—Parece una construcción antigua.

Gabriel volvió a acercar la luz.

Esta vez permaneció varios segundos sin moverse.

—Trae la cámara.

Daniel sacó de la caja un pequeño dispositivo con una pantalla y una sonda flexible.

Introdujeron la sonda por el orificio.

En la pantalla apareció una superficie gris.

Después otra.

Un espacio estrecho.

Polvo.

Fragmentos de yeso.

Y algo más.

—Un momento —dijo Gabriel.

Movió lentamente la cámara.

Elena se aproximó.

Había un objeto apoyado contra la pared interior.

Parecía una pequeña caja de madera.

—¿Qué es eso?

—No lo sé.

La cámara avanzó unos centímetros.

La caja tenía una tapa oscura y una pequeña pieza metálica en el centro.

Elena sintió una extraña presión en el pecho.

Conocía aquella caja.

O había conocido una muy parecida.

Su madre guardaba una en el armario de su dormitorio.

Era pequeña, de madera clara, con una cerradura que nunca utilizaba.

Cuando Elena era niña, le había preguntado qué contenía.

Su madre le respondió que guardaba cosas que no quería perder.

Y nunca volvió a hablar de ella.

—Quiero que la saquen —dijo.

Gabriel retiró la cámara.

—Tendremos que abrir una parte del muro.

—Háganlo.

* * *

La caja apareció veinte minutos después.

Estaba cubierta de polvo y tenía una esquina dañada. Daniel la dejó cuidadosamente sobre la mesa del comedor.

Elena se acercó.

No era la misma caja.

La de su madre tenía flores talladas en la tapa.

Aquella no.

Sintió alivio.

Luego vio la pequeña pieza metálica de la cerradura.

Tenía grabada una letra.

Una E.

Gabriel se limpió las manos.

—¿Quiere que intentemos abrirla?

Elena pasó un dedo por la tapa.

La madera estaba fría.

—Sí.

Daniel buscó entre sus herramientas.

Pero antes de que pudiera hacer nada, Elena levantó la caja.

Algo se movió en su interior.

Un sonido pequeño.

Metálico.

Entonces recordó.

Su madre guardaba una llave en el cajón de la mesa de noche. Elena la había encontrado cuando vaciaron su departamento, después del funeral.

Nunca supo qué abría.

Durante diecisiete años había permanecido dentro de una pequeña bolsa, junto con otras pertenencias que no había tenido el valor de revisar.

La bolsa estaba en su casa.

A menos de veinte minutos de allí.

—No la abran —dijo.

Gabriel la miró.

—¿Ocurre algo?

Elena sostuvo la caja entre las manos.

Por primera vez desde su regreso comprendió que aquella casa no había permanecido cerrada durante cuarenta y tres años por casualidad.

Alguien había querido conservar algo.

O impedir que alguien lo encontrara.

—Creo que tengo la llave —respondió.