La pared ciega CAPÍTULO 1
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La pared ciega

La pared ciega

Por Miguel A. Morales Pallas

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CAPÍTULO 1

La casa que nadie quería

La primera vez que escuchó los golpes, Elena creyó que venían de la calle.

Eran tres.

Secos. Espaciados. Como si alguien hubiera llamado discretamente a una puerta.

Dejó la taza sobre la mesa y esperó.

La casa llevaba cuarenta y tres años deshabitada.

Había regresado aquella mañana para reunirse con el encargado de las obras, un hombre llamado Gabriel que no había dejado de mirar el techo desde que entraron.

—¿Ha oído eso? —preguntó ella.

Gabriel levantó la cabeza.

—¿Qué cosa?

Elena esperó unos segundos.

Nada.

—Unos golpes.

—Las casas viejas hacen ruido.

Lo dijo con la naturalidad de quien lleva toda su vida dando la misma explicación.

Después se acercó a la pared del comedor.

Era una pared blanca. En algunos lugares, la pintura comenzaba a desprenderse. Separaba el comedor de una habitación pequeña que, según los planos, había sido utilizada como despensa.

Gabriel apoyó una mano sobre ella.

—Hay algo que no entiendo.

—¿Qué?

Sacó una cinta métrica.

Midió desde la ventana hasta el extremo del comedor. Consultó el plano que había dejado sobre la mesa. Volvió a medir.

—¿Qué pasa? —preguntó Elena.

—Sobran ochenta centímetros.

Elena sonrió.

—¿Sobran?

—Las medidas no coinciden con las del plano.

—Estará mal hecho.

—Puede ser.

Gabriel guardó la cinta.

No parecía convencido.

Entonces volvieron a escucharse los golpes.

Tres.

Esta vez procedían claramente del otro lado de la pared.

Elena miró al encargado.

—¿Y ahora?

Gabriel no respondió.

Se inclinó y apoyó una oreja contra el muro.

Durante unos instantes permaneció completamente inmóvil.

Después retrocedió.

—Hay que abrir.

—¿Por qué?

El hombre volvió a mirar la pared.

—Porque alguien acaba de contestarme.

Elena sintió un escalofrío.

No había visto a Gabriel golpear.

Ni siquiera había advertido que, mientras ella consultaba los planos, el hombre había apoyado tres veces los nudillos contra el muro.

Y tampoco podía saber lo que había escuchado después.

Gabriel recogió sus herramientas.

—Mañana traeré a los trabajadores.

—¿No podemos hacerlo ahora?

—Prefiero que haya alguien más.

Cuando el encargado se marchó, Elena permaneció un rato en el comedor.

La luz de la tarde entraba por las ventanas y dibujaba un rectángulo luminoso sobre el suelo.

Pensó en su madre.

En aquella casa.

En los cuarenta y tres años durante los cuales nadie había querido regresar.

Estaba a punto de cerrar cuando oyó algo detrás de la pared.

No fueron golpes.

Fue una voz.

Muy baja.

La voz de una mujer.

Y aunque hacía diecisiete años que su madre había muerto, Elena la reconoció inmediatamente.

No entendió todo lo que decía.

Solo escuchó su nombre.

Y después, dos palabras.

—Todavía no.