Capítulo 11
Escampa
Corrieron.
Anselmo iba delante, con el farol en alto, y Candela detrás, con las dos manos agarradas al mango del paraguas.
El túnel era estrecho y bajo. Las paredes de cosas amontonadas crujían a cada paso.
Un despertador rodó desde algún sitio y le golpeó el hombro.
Una bufanda se le enredó en la bota. Candela tiró del pie sin soltar el paraguas y siguió.
El Calabobos pesaba cada vez menos.
Ya no era un aflojar de dedos. Era un tirón. Suave, pero constante. Como si alguien, desde arriba, desde muy lejos, estuviera recogiendo un sedal. El paraguas quería subir. Y quería llevársela con él.
—¡Todavía no! —dijo Candela entre dientes—. ¡Todavía no, por favor!
En el bolsillo interior del abrigo, junto a su pecho, el pajarito de madera seguía cantando. Bajito. Las mismas notas, una y otra vez. Candela apretó el codo contra el costado para que la casita de cuco no se moviera.
Por delante, la luz del farol se abrió. La boca del túnel. El aire de fuera. Candela casi lloró de alivio.
Y entonces la montaña se movió.
* * *
Fue un ruido sordo, profundo, como un suspiro de algo muy grande. Encima de sus cabezas, las cosas se deslizaron. Un paraguas cayó delante de Candela y se quedó clavado en la hierba. Luego una lluvia de llaves, de botones, de relojes parados. La boca del túnel empezó a cerrarse.
Anselmo no lo pensó. Soltó el farol, se plantó en la entrada y levantó las dos patas delanteras. Sujetó el borde del montón como quien sujeta una puerta que se está cerrando con el viento. Se le hundieron las patas traseras en la tierra. Resopló.
—¡Pasa! —gritó—. ¡Pasa, deprisa!
Candela se agachó y pasó por debajo de sus brazos. Salió a la hierba abierta. Se giró.
Anselmo soltó el montón y saltó hacia atrás justo a tiempo. La boca del túnel se cerró detrás de él con un estrépito de cacharros. Una nube de polvo gris subió al cielo y se deshizo enseguida en la lluvia fina.
El tejón se quedó a cuatro patas, jadeando, con las gafas torcidas.
—¿Estás bien? —dijo Candela.
—He tenido días mejores. —Anselmo se levantó, se sacudió el chaleco y se colocó las gafas—. Pero también muchos peores. Vamos.
* * *
Salieron al prado.
La noche había caído del todo. El cielo perla ya no era perla.
Era de un azul muy oscuro, casi negro. Y en él, por todas partes, flotaban las promesas perdidas, brillando como farolillos de miel.
Los nombres cantaban bajito entre los juncos.
Las llamitas de las ganas ardían sobre las piedras del arroyo.
Era lo más bonito que Candela había visto en su vida.
Pero la lluvia estaba cambiando.
Ya no caía igual. Era todavía más fina. Tan fina que parecía que en cualquier momento iba a dejar de ser lluvia para ser solo aire. Y bajo la tela del paraguas, el murmullo se estaba apagando. Cada vez más lejano. Cada vez más débil.
El Calabobos tiró hacia arriba. Esta vez con fuerza. Los pies de Candela se despegaron un instante de la hierba. Volvieron a tocar el suelo.
—Ya viene —dijo Anselmo, trotando a su lado—. No te queda nada.
—El montón —dijo Candela sin aliento—. Te dejo solo con todo eso. No he terminado.
—No se termina nunca. —Anselmo la miró de reojo, sin dejar de trotar—. Pero si lo que llevas en ese bolsillo funciona, la montaña bajará sola. Lo he visto otras veces. Cuando alguien recuerda lo que importa, lo demás empieza a volver detrás. Como una cuerda de la que tiras.
Candela asintió. No tenía aire para hablar.
Llegaron a lo alto de la loma. La misma desde donde había visto la montaña por primera vez.
Allí arriba, el viento soplaba más fuerte. La tela del paraguas se hinchó como una vela.
Los pies de Candela volvieron a despegarse del suelo. Esta vez un palmo entero.
* * *
—¡Candela!
Anselmo la había cogido del borde del abrigo con una pata. La sujetaba con fuerza. Tenía una expresión que Candela no le había visto en todo el día. Urgente. Dudosa. Como alguien que lleva mucho tiempo guardando algo y de repente se da cuenta de que se le ha acabado el tiempo para decirlo.
—Una cosa —dijo el tejón—. Solo una. Y luego te vas.
—Dime.
Anselmo tragó saliva. El viento le revolvía el pelo del lomo.
—¿Amparo todavía habla con la puerta?
Candela se quedó helada. Por un segundo se olvidó del paraguas, del viento, de sus pies despegándose de la hierba.
Recordó el martes. Amparo con la llave en forma de gota. La puerta estrecha detrás del mostrador. Y la voz de Amparo al otro lado de la madera, baja, tierna y triste, hablando con alguien que no estaba.
—Sí —dijo—. La oí el otro día.
Anselmo cerró los ojos un momento. Asintió despacio, como si confirmara algo que ya sabía y que le dolía saber.
—Entonces dile esto de mi parte —dijo—. Que él no está aquí. Que lo he buscado. Cuarenta y cinco años buscando por todo el prado, piedra por piedra. Y aquí no está.
—¿Quién? ¿Quién no está?
—Ella lo entenderá. —Anselmo abrió los ojos—. Y dile que eso es buena señal. Aquí solo acaba lo que se olvida. Y a él nadie lo ha olvidado.
—Anselmo, no entiendo…
El paraguas dio un tirón enorme.
Los pies de Candela se separaron de la hierba del todo. La pata de Anselmo resbaló por el paño del abrigo y lo soltó. Candela subió un metro. Dos. El viento la empujaba, la lluvia se deshacía a su alrededor.
Abajo, en lo alto de la loma, el tejón se hacía pequeño. Levantó una pata para despedirse. Con la otra se tocaba el bolsillo del chaleco. El que estaba sobre el corazón. Donde guardaba su retrato.
—¡Vuelve cuando quieras! —gritó—. ¡Ya sabes el camino!
Candela quiso contestar. No le salió la voz.
La cortina de agua se cerró a su alrededor.
* * *
Esta vez fue peor que la ida.
El borde del paraguas se llenó de hilos de agua, como antes. Pero ahora caían hacia arriba. El prado se desdibujó debajo de sus pies, los farolillos de las promesas se estiraron como estelas, los nombres se convirtieron en un murmullo largo. Y el viento…
El viento era enorme. Tiraba del paraguas hacia un lado y de Candela hacia el otro. Le metía el pelo en los ojos. Le hinchaba el abrigo de Amparo como un globo. Las varillas del Calabobos crujieron.
«Pase lo que pase, no lo sueltes».
Candela apretó los dedos hasta que le dolieron los nudillos. Cerró los ojos.
Notó que algo se movía en su pecho. La casita de cuco. Se estaba escurriendo del bolsillo interior. El pajarito de madera cantaba cada vez más fuerte, como si tuviera miedo.
Candela no podía soltar una mano para sujetarla. No podía.
Apretó el codo contra el costado. Luego encogió el cuerpo entero, como una bola, alrededor del mango del paraguas y alrededor de la casita. Se dobló sobre sí misma hasta que la barbilla le tocó las rodillas.
—Aguanta —le dijo al pajarito—. Aguanta, por favor.
El tamborileo sobre la tela volvió. Primero lejos, luego más cerca. Luego ensordecedor. Ese zumbido que le llenaba el pecho entero.
Y de golpe, todo se detuvo.
* * *
Silencio.
Candela abrió los ojos.
Estaba de rodillas sobre adoquines mojados. Delante, a un metro, había un pilón de piedra redondo. Una fuente. El agua salía de la boca de un pez y caía al pilón con un rumor tranquilo.
La Plaza del Chaparrón.
Era de noche. Las farolas estaban encendidas. Y no llovía.
No llovía en absoluto. Candela levantó la vista y vio algo que no había visto desde que llegó a Valdorvallo. Entre nubes deshilachadas, grandes claros de cielo negro. Y en ellos, estrellas. Muchísimas estrellas.
Tenía el Calabobos cerrado entre las manos. No recordaba haberlo cerrado. Tenía los nudillos blancos y los dedos agarrotados.
Se llevó una mano al pecho, muy despacio.
La casita de cuco seguía allí. En el bolsillo interior. Un poco torcida, con una teja del tejado suelta. Pero allí.
Y el pajarito de madera seguía cantando.
Candela soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Se echó a reír. O a llorar. No estaba segura. Las dos cosas a la vez.
* * *
Alguien estaba sentado en el borde del pilón.
Un gato gris, grande, de pelo espeso. Seco. Completamente seco. La miraba con sus ojos de cobre. Por la postura, parecía llevar allí sentado todo el día.
—Hola, Orballo —dijo Candela, con la voz ronca.
El gato bajó del pilón de un salto suave. Se acercó. Le olfateó la mano. Olfateó el abrigo, donde asomaba la casita de cuco. Luego se frotó contra su rodilla una vez, solo una. Fue lo más parecido a un abrazo que Candela había recibido de un gato.
Luego oyó pasos.
Bajo los soportales, al borde de la plaza, había una figura pequeña. Llevaba una rebeca verde, sin abrigo, y se abrazaba a sí misma por el frío. Tenía el pelo blanco revuelto por la humedad. Llevaba un termo en la mano.
Amparo.
Candela no supo cuánto tiempo llevaba allí. Pero al ver su cara bajo la luz de la farola, lo supo de alguna manera. Todo el día. Había estado esperando todo el día.
Amparo cruzó la plaza. Despacio, con sus pasos cortos. Se detuvo delante de Candela, que seguía de rodillas junto a la fuente. La miró de arriba abajo. El pelo empapado. El abrigo gris hecho un desastre. Las botas llenas de barro de otro mundo. Las manos agarrotadas sobre el paraguas azul.
No dijo nada durante un momento largo.
Luego se agachó, con esfuerzo, con un crujido de rodillas. Le quitó a Candela un trozo de hierba del pelo.
Una hierba de un verde que no existía en Valdorvallo.
—Has vuelto —dijo.
Y le tembló la voz. Solo un poco.
* * *
Volvieron a la tienda juntas, bajo los soportales, con Orballo trotando delante. Amparo le sirvió a Candela un tazón de caldo caliente del termo, allí mismo, junto al mostrador. Candela se lo bebió de golpe. Luego otro.
No hablaron. Candela no tenía fuerzas. Y Amparo, que sabía mucho de preguntas, no hizo ninguna.
Lo único que hizo fue sacar de debajo del mostrador el cuaderno grande de tapas de cuero. Lo abrió por la última página escrita. Cogió una pluma. Y con su letra elegante y temblorosa, añadió una línea al final de la columna.
Calabobos. 25 de octubre. Candela.
Se quedó un momento con la pluma en el aire.
Luego, en la columna de la derecha, escribió una sola palabra.
Volvió.