Capítulo 12
Lo que se devuelve
Candela durmió catorce horas seguidas.
Cuando por fin abrió los ojos, la luz que entraba por la ventana era gris y amable. Durante un momento no supo dónde estaba. Luego vio el techo inclinado, el edredón de cuadros, el perchero con el abrigo gris de Amparo colgado de cualquier manera, todavía con manchas de barro.
Barro de otro mundo.
Se incorporó de golpe.
La casita de cuco estaba sobre la mesa, junto a la ventana.
Donde ella la había dejado anoche, antes de caer rendida.
Con su teja suelta, sus flores pintadas, su puertecita redonda.
El pajarito seguía asomado. Ya no cantaba.
Pero Candela se fijó en algo que la hizo levantarse de la cama y acercarse descalza.
Las flores del tejado ya no eran grises.
Tenían color. Poco. Muy desvaído. Como una acuarela a la que se le ha echado demasiada agua. Pero era rosa, y era verde, y era amarillo.
Candela sonrió.
Luego se fijó en la ventana.
Estaba lloviendo. Una lluvia finísima, que no se veía caer ni se oía sobre la pizarra. Que parecía no mojar y lo empapaba todo.
Calabobos.
«La lluvia de las cosas que vuelven».
* * *
Bajó a la tienda. Amparo ya estaba allí, cosiendo detrás del mostrador, como cualquier lunes. Levantó la vista. La miró por encima de las gafas.
—Buenos días, dormilona.
—Buenos días.
—Hay café.
Y eso fue todo. Ninguna pregunta. Ninguna mención a lo de ayer. Amparo siguió cosiendo. Candela se sirvió café en una taza desparejada y se dio cuenta de que no le importaba. Al contrario. Le pareció la forma más cariñosa del mundo de decir: estás en casa.
El Calabobos colgaba otra vez del techo, en su gancho, entre los demás paraguas. Seco por dentro y por fuera. Dormido.
Orballo estaba tumbado sobre un rollo de tela, panza arriba, roncando.
—Tengo que hacer unos recados —dijo Candela.
—Ya lo sé —dijo Amparo sin levantar la vista—. Llévate un paraguas. Uno normal.
* * *
El primer recado fue fácil.
Cruzó la Plaza del Chaparrón hasta El Tejadillo. Era temprano y el bar estaba casi vacío. Chema estaba detrás de la barra, rebuscando debajo del mostrador, en los cajones, en las estanterías. Parecía desesperado.
—¿Has visto mi trapo? —le preguntó a Candela nada más verla, como si ella pudiera saberlo—. El de rayas azules. Llevo con él quince años. Lo he perdido y no hay manera. Es que no hay manera.
Candela metió la mano en el bolsillo de su chaqueta. Sacó el trapo blanco a rayas azules, gastado, con su mancha de vino en una esquina. Lo dejó sobre la barra de zinc.
Chema se quedó mirándolo. Luego la miró a ella. Abrió la boca. La cerró.
—Estaba… por ahí —dijo Candela.
El hombretón cogió el trapo con sus manos enormes. Lo miró con una ternura absurda. Se lo colocó en el hombro, donde tenía que estar. Y no preguntó nada. Solo le sirvió un café que ella no había pedido.
—Invita la casa —dijo, con la voz un poco rara.
En su mesa de siempre, Nieves estaba con el crucigrama. Escribía con un bolígrafo azul nuevo, de los baratos. Candela se acercó. Dejó a su lado el bolígrafo mordisqueado.
Nieves lo miró. Luego levantó la vista despacio, por encima de sus gafas de pasta. Fue una mirada larga.
Candela pensó que iba a decir algo. No lo hizo. Cogió su bolígrafo viejo, le quitó el capuchón con los dientes, como siempre, y volvió al crucigrama. Pero antes de ponerse a escribir, dijo en voz baja:
—Horizontal, doce. Lo que no se pregunta en Valdorvallo. Seis letras.
—No lo sé —dijo Candela.
—Porqué. —Nieves escribió la palabra en las casillas—. El porqué. Aquí se pregunta el qué, el cómo, el cuándo. Pero el porqué, nunca.
* * *
Las llaves del gallinero se las devolvió a la señora en la puerta de la panadería. La mujer se puso a gritar de alegría, abrazó a Candela, abrazó a la panadera y luego se fue corriendo calle abajo sin preguntar de dónde habían salido.
Pero no todo lo devolvió Candela.
Durante toda la mañana, mientras caía el calabobos, fue pasando algo en Valdorvallo. Candela lo notó en la calle, en las conversaciones, en las caras.
Tino, el cartero, se paró de repente en mitad de los soportales con la bicicleta y se dio un golpe en la frente. «¡En el bolsillo de la chaqueta de los domingos!», gritó. Y se fue pedaleando a toda prisa.
Una de las hermanas Otero, en la puerta de la iglesia, se giró hacia la otra y le dijo, después de años sin hablarse: «Fue en la boda de la prima Remedios. Tú no me quitaste el broche. Me lo dejé yo en el baño». Y la otra hermana se echó a llorar.
El pastor joven y tímido entró en la paragüería a media mañana, rojo como un tomate, y le preguntó a Amparo si se acordaba de cómo se llamaba la chica de la verbena del año pasado.
Amparo no lo sabía. Pero el chico, a mitad de la pregunta, se quedó callado.
Luego sonrió de oreja a oreja. «Lucía», dijo.
«Se llamaba Lucía». Y se marchó sin comprar nada.
Candela lo miraba todo desde detrás del mostrador. Y cada vez que pasaba algo así, pensaba en un tejón con gafas, al pie de una montaña, viendo cómo una pulsera, unas llaves, un nombre, se deshacían en lluvia fina y subían al cielo.
«Como una cuerda de la que tiras».
* * *
El último recado lo dejó para la tarde.
Subió por la Cuesta del Charco Hondo con la casita de cuco envuelta en un paño de cocina y los guantes de piel marrón en el bolsillo. El agua bajaba por el centro de los adoquines. El calabobos seguía cayendo, invisible.
Los relojes del escaparate de la Relojería Eusebio seguían parados. Cada uno a su hora.
Dentro, a la luz de la lámpara de mesa, Eusebio estaba sentado frente a su banco de trabajo.
No trabajaba. Tenía las manos quietas sobre la madera y miraba la pared de enfrente.
Candela llamó con los nudillos al cristal. El relojero se giró. Tardó un segundo en reconocerla. Luego le hizo un gesto para que pasara.
—La chica de Amparo —dijo—. Candela, ¿verdad?
—Candela.
—¿Viene a por algún reloj?
—No. Vengo a devolverle una cosa.
Sacó los guantes del bolsillo y los dejó sobre el banco de trabajo. Eusebio los miró. Pasó un dedo largo y fino por la piel gastada.
—Mis guantes —dijo—. Los di por perdidos.
—Se los dejó en la tienda.
—Gracias. —El relojero sonrió, cansado—. Se me pierde todo, últimamente. Soy un desastre.
Candela respiró hondo. Desenvolvió el paño de cocina. Y dejó la casita de cuco sobre el banco, junto a los guantes.
* * *
Eusebio no se movió.
Se quedó mirando la casita. El tejado a dos aguas. Las tejas talladas una a una. Las flores pintadas, con su color desvaído. La hiedra de los bordes. La puertecita redonda. El pajarito de madera asomado a ella.
Se le quedaron las manos quietas en el aire, a medio camino.
—¿Dónde…? —empezó.
Y se detuvo.
Candela esperó. No sabía qué iba a contestar si le preguntaba. No tenía ninguna explicación que no sonara a locura.
Pero Eusebio no terminó la pregunta. Era de Valdorvallo. Y en Valdorvallo nadie pregunta el porqué.
Con muchísimo cuidado, como si fuera de cristal, el relojero cogió la casita entre las manos. Le dio la vuelta. Miró la base. Leyó la inscripción que él mismo había grabado a punta de buril, veinticinco años después de casarse.
Para Pilar, que canta mejor que cualquier pájaro.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Luego, con dedos expertos, sin necesidad de mirar, encontró la llavecita escondida detrás de la casita. Le dio cuerda. Tres vueltas. Cuatro. Y la dejó otra vez sobre el banco.
Un tictac pequeño, muy pequeño, llenó el taller. El primer tictac que Candela había oído allí dentro.
Y el pajarito cantó.
Las mismas notas. Subían, bajaban, volvían a subir. Nada complicado. Una canción de esas que se tararean sin pensar mientras se cocina, mientras se tiende la ropa.
Eusebio cerró los ojos.
Y al cabo de un momento, con una voz vieja y temblorosa, muy bajito, empezó a tararearla él también.
* * *
Candela se quedó allí mucho rato, sentada en un taburete, escuchando. El relojero no hablaba. Tarareaba. Paraba. Se reía solo. Volvía a tararear.
Luego, de pronto, empezó a contar.
Le contó que conoció a Pilar en las fiestas del pueblo, que le pisó un pie bailando y que ella se rio tan fuerte que la oyó toda la plaza.
Le contó que le escribió una carta muy formal para pedirle perdón, que era lo más tonto que había hecho en su vida y lo mejor.
Le contó que Pilar tarareaba esa canción desde niña, que se la había enseñado su madre, y que nunca supo cómo se llamaba ni de dónde venía.
Que para su vigésimo quinto aniversario se pasó seis meses encerrado en el taller, de noche, a escondidas, construyendo aquel reloj.
Que cuando ella lo abrió y oyó al pajarito cantar su canción, lloró como una niña y luego le tiró un trapo a la cabeza por hacerla llorar.
Le contó que hacía el mejor bizcocho de limón de todo el valle. Que tenía una risa enorme. Que olía a colonia de flores.
Le contó cosas que Candela sabía, sin que nadie se lo dijera, que llevaba un año sin poder recordar.
Cuando por fin se calló, fuera ya había anochecido. Eusebio se secó los ojos con un pañuelo. Se levantó de su taburete. Se acercó al escaparate. Cogió uno de los relojes parados, un reloj de pared con la esfera de porcelana, y lo miró.
Luego le dio cuerda.
Solo a ese. No a los demás. Solo a uno.
—Por algo se empieza —dijo en voz baja.
Candela sintió que era el momento de irse. Se levantó. Eusebio la acompañó hasta la puerta. Allí, antes de que saliera, le cogió la mano entre las suyas, largas y finas, de relojero.
—Gracias —dijo—. No sé lo que ha hecho. Pero gracias.
—Yo tampoco lo sé muy bien —dijo Candela. Y era verdad.
* * *
Aquella noche, cuando cerraron la tienda, Candela se sentó con Amparo junto al mostrador. Amparo había preparado chocolate. Espeso, de los que se toman con cuchara.
Candela esperó a que las dos tuvieran su taza delante. Luego habló.
—Anselmo le manda recuerdos —dijo—. Multiplicados.
Amparo se quedó quieta. La cuchara, a medio camino de la boca.
—Ese tejón viejo —murmuró. Y en la comisura de sus labios apareció algo que casi era una sonrisa.
—Y le manda otra cosa. Un mensaje.
La sonrisa se borró. Amparo dejó la cuchara en el plato.
Candela tragó saliva. Intentó repetirlo exactamente, palabra por palabra, como se lo había dicho el tejón en lo alto de la loma, con el viento revolviéndole el pelo.
—Me preguntó si usted todavía hablaba con la puerta.
Le dije que sí. Y me pidió que le dijera que él no está allí.
Que lo ha buscado. Cuarenta y cinco años, piedra por piedra, por todo el prado.
Y que allí no está. —Hizo una pausa—. Y que es buena señal.
Porque al prado solo va lo que se olvida. Y a él nadie lo ha olvidado.
Amparo no dijo nada.
Se quedó mucho tiempo mirando su taza de chocolate. Candela no se atrevió a moverse. En su rincón, la cafetera se enfriaba con pequeños chasquidos. Orballo, sobre el rollo de tela, había abierto un ojo.
Por fin, Amparo levantó la vista. Tenía los ojos húmedos. Pero había algo más en ellos. Algo que Candela no le había visto antes. No era alegría. Era algo más frágil. Algo que se parecía mucho a la esperanza.
—Gracias, niña —dijo.
Nada más.
Se levantó. Fue hasta la puerta estrecha que había detrás del mostrador. No sacó la llave en forma de gota. No la abrió.
Solo apoyó la palma de la mano sobre la madera oscura, húmeda, fría. Y se quedó así, de pie, en silencio, con la frente casi tocando la puerta.
Candela no le preguntó nada.
Ya había aprendido.
* * *
Más tarde, cuando Amparo se fue a casa, Candela subió a su cuarto. Se sentó a la mesa junto a la ventana.
No tenía acuarelas. Las había dejado en un prado muy lejano, en las patas de un tejón que se las guardaría con etiqueta y todo. Pero tenía un lápiz. Y tenía un tique de la tienda en el bolsillo.
Le dio la vuelta. En el reverso, junto a las reglas que había escrito una semana antes, empezó a dibujar.
Dibujó la Plaza del Chaparrón. La fuente con su pez de piedra. Los balcones de colores. La torre de la iglesia. Y en lo alto de la torre, junto a la esfera del reloj, una figura alta, delgada, un poco encorvada, con sombrero.
No lo pensó. Le salió así. Los dedos iban solos. Y en algún sitio del pecho, cerca del corazón, notaba un calor pequeño. Firme.
El martes iría a la papelería del pueblo. Seguro que tenían acuarelas. Aunque fueran de las de niño.
Justo entonces sonaron las campanas de la iglesia.
Candela dejó el lápiz. Las contó sin querer.
Una. Dos. Tres…
Once. Doce.
Miró su reloj de pulsera.
Eran las doce en punto.
* * *
Se quedó un rato más a la ventana. El calabobos había parado. Ahora caía una lluvia normal, de gotas medianas, que repiqueteaba con calma sobre la pizarra de los tejados de Valdorvallo.
Candela sacó la mano por la ventana, con la palma hacia arriba. Cerró los ojos. Escuchó.
Orvallo, pensó.
Y supo, sin saber cómo, que había acertado.
Se dio cuenta de que ya no pensaba en la ciudad. Ni en la agencia, ni en el piso que tendría que vaciar algún día, ni en el yogur. Se dio cuenta de que ya no se preguntaba qué estaba haciendo allí.
Mañana, se dijo, a las nueve menos cinco, bajaría a la tienda antes que Amparo. Abriría la puerta. Sacaría la mano. Y diría el nombre de la lluvia en voz alta, para que ella lo oyera al llegar.
Mañana, y pasado, y el otro.
Se quedaba.
Cerró la ventana. Se metió en la cama.
Orballo apareció en la puerta, subió de un salto y se hizo una bola a sus pies, seco y cálido.
Abajo, en la tienda a oscuras, los paraguas colgaban del techo como murciélagos dormidos.
El Calabobos, en su gancho, dormía también. Por fin.
Pero dos filas más allá, en un rincón alto donde casi no llegaba la luz de la calle, había otro paraguas. Uno de tela gris azulada, con el mango de hueso tallado en forma de ola. Su etiqueta de cartón, atada con un cordel, decía una sola palabra:
Sirimiri.
Y en mitad de la noche, aunque no había ni una corriente de aire, empezó a balancearse muy despacio.
FIN
de La paragüería de Valdorvallo 1: Calabobos