Capítulo 10
Lo que cabe bajo un paraguas
—Hay que llegar hasta ahí —dijo Candela.
Anselmo no contestó enseguida. Miraba la luz gris del fondo de la montaña con las orejas pegadas a la cabeza.
—Las cosas pequeñas caen arriba —dijo al fin—. Llaves, guantes, paraguas. Las grandes caen primero, y se quedan abajo. Debajo de todo. Donde no les llega el aire.
—¿Qué pasa con las que se quedan abajo?
—Se van poniendo grises. —El tejón se subió las gafas—. Pierden el color. Luego pierden la forma. Y un día ya no son nada. Ni siquiera aquí.
Candela pensó en la llamita de sus ganas, casi azul, casi apagada.
—Entonces no hay tiempo que perder.
Comprobó el peso del paraguas. Seguía igual. Anselmo la miró un segundo más. Luego asintió, se dio la vuelta y rebuscó en la carretilla hasta sacar una pala pequeña de jardinero y un farol de aceite. Encendió el farol acercándolo a una de las llamitas del arroyo.
—Unas ganas de ir de acampada —explicó, sin que ella preguntara—. Iluminan de maravilla.
* * *
Cavaron durante mucho rato.
Mejor dicho, Anselmo cavaba. Candela no podía, con una mano pegada al mango del paraguas. Así que sujetaba el farol, apartaba lo que el tejón iba sacando y lo dejaba a un lado, sobre la hierba, con todo el cuidado que podía.
El túnel se abría en la base de la montaña, justo donde asomaba la luz gris.
Anselmo iba quitando cosas una a una. Una bufanda.
Un despertador parado. Un sombrero. Otro despertador.
Un paraguas negro, luego otro, luego otro.
El tejón los sacaba a paladas y a zarpazos, resoplando, con el pelo cubierto de polvo.
Cuanto más entraban, más cambiaba el olor.
Al principio olía a lo de siempre. A hierba, a trastos, a humedad. Luego empezó a oler a otra cosa. A cocina. A azúcar tostado. A ropa limpia recién planchada. A un perfume suave, antiguo, de colonia de flores.
Y la melodía se oía cada vez más clara.
Unas pocas notas. Subían, bajaban, volvían a subir. Nada complicado. Una canción de las que se tararean sin pensar. Candela no la conocía. Pero sentía que, si la oía una vez más, ya no la iba a olvidar nunca.
—Ya estamos —dijo Anselmo en voz baja.
Apartó con la pata un último abrigo de lana. Y detrás se abrió un hueco.
* * *
Era como una pequeña habitación dentro de la montaña.
Las paredes estaban hechas de cosas amontonadas, y allí dentro había espacio para estar de pie.
El suelo era de hierba. Y todo lo que había en aquel hueco tenía el mismo color: un gris pálido, desvaído, como el de las fotos que se han quedado años al sol.
Candela levantó el farol.
Colgado de un saliente había un delantal. Un delantal de cocina de algodón, con un bolsillo delante y los bordes con puntilla. Tenía manchas de harina todavía, grises sobre gris.
En el suelo, un par de zapatos de mujer, de tacón bajo, con una tira en el empeine. Zapatos de baile. De los que se ponen para una verbena.
Una carta. Muy vieja, con la tinta ya casi borrada. Candela solo alcanzó a leer el principio, con letra de chico joven y nervioso: Señorita Pilar, no sé si se acordará usted de mí, soy el que le pisó el pie en las fiestas de…
Una fotografía. Una pareja de novios delante de una iglesia.
Una iglesia que Candela reconoció enseguida: la de Valdorvallo, con su torre y su reloj.
Él era alto, delgado, con un bigote oscuro muy bien cuidado.
Ella era bajita, con una risa enorme que se le salía de la cara.
Toda la foto estaba ya tan gris que costaba distinguir los rasgos.
Un cuaderno de recetas, con las tapas de hule. En la primera página, con letra redonda: Recetas de Pilar. Que no se pierdan.
Candela sintió que se le cerraba la garganta.
—Son de Eusebio —dijo—. Todo esto es de Eusebio.
—Son sus recuerdos de ella —dijo Anselmo, muy bajo, como si estuviera en una iglesia—. Los grandes. Los que no se pierden nunca. Salvo cuando se pierden.
—Pero ¿por qué?
El tejón se quitó las gafas. Las limpió en el chaleco, aunque no hacía falta.
—Porque duelen —dijo—. A veces, cuando alguien se va, recordarlo duele tanto que la cabeza, sin querer, empieza a soltar.
Un detalle. Otro. La voz. La risa. La forma de andar.
No es que no quieras a esa persona. Es que no puedes con tanto.
Y lo vas dejando caer por el camino para poder seguir andando.
Candela pensó en Eusebio abriendo cajoncitos uno por uno. «Una canción. Qué tontería. Buscar una canción en un cajón».
—Y cuando se le fueron los recuerdos de ella —siguió Anselmo—, se le fue también la razón para dar cuerda al reloj. No por descuido. Porque ya nada le importaba lo bastante. Y el pueblo perdió la hora. Y detrás vino todo lo demás.
* * *
La melodía sonaba ahora muy cerca. Candela levantó más el farol y buscó con la mirada. La encontró al fondo del hueco.
Era una casita de madera. Del tamaño de una caja de zapatos pequeña.
Tenía un tejado a dos aguas, con tejas talladas una a una, y una puertecita redonda en el frente, sobre una esfera de reloj diminuta. Estaba decorada con flores pintadas a mano, gris sobre gris, y hojas de hiedra talladas en los bordes.
Un reloj de cuco.
La puertecita estaba abierta. Y asomado a ella había un pajarito de madera. Pequeño, con las alas plegadas y el pico entreabierto.
De él salía la canción.
Candela se acercó despacio. Se agachó. Iluminó la casita con el farol. En la base, grabado a punta de buril con letra pequeña y precisa de artesano, se leía:
Para Pilar, que canta mejor que cualquier pájaro.
Tu Eusebio. 25 años.
Candela se quedó sin respiración.
La canción que Eusebio no recordaba. La que Pilar tarareaba mientras cocinaba y tendía la ropa. Él la había guardado dentro de un pájaro de madera, con sus manos de relojero, para regalársela. Y ahora el pájaro estaba aquí, en el fondo de un montón de cosas perdidas, cantándola para nadie.
Mientras Candela miraba, vio cómo una de las flores pintadas en el tejado de la casita perdía su último rastro de color. Se volvió del todo gris. Como una vela que se apaga.
—Se está yendo —susurró.
—Sí —dijo Anselmo—. Muy deprisa ya.
* * *
Candela dejó el farol en el suelo. Con la mano libre, cogió la casita de cuco.
Pesaba poco. La madera estaba fría. Pero el pajarito, al notar la mano, cantó un poco más fuerte. Solo un poco.
—Me la llevo —dijo Candela.
Anselmo no contestó. Candela lo miró.
—¿Qué pasa?
—¿Dónde la vas a llevar?
Candela abrió la boca. Luego la cerró.
Se miró. Una mano en el mango del paraguas. La otra sujetando la casita. Y Amparo lo había dicho muy claro: «Agarra el mango con las dos manos y no lo sueltes. Pase lo que pase». Cuando escampara, iba a necesitar las dos manos en el paraguas.
La casita tenía que ir guardada.
Se palpó el abrigo de Amparo. En el bolsillo exterior derecho llevaba los guantes de Eusebio, el bolígrafo de Nieves y las llaves del gallinero, que había cogido antes, casi sin pensarlo.
En el izquierdo, el trapo de Chema y un par de cosas más del pueblo.
Los dos estaban llenos. Probó a meter la casita en uno de ellos.
No cabía. Ni aunque sacara todo lo demás. La casita era demasiado ancha.
Quedaba el bolsillo interior. El grande, el que estaba junto al pecho.
Allí dentro estaba la caja de lata azul con flores blancas. Y dentro de la caja, sus ganas de pintar.
Candela sacó la caja. La sostuvo en la palma. Luego puso al lado, en la otra mano, sobre el mango del paraguas, la casita de cuco. Las comparó.
Tenían casi el mismo tamaño.
Solo había sitio para una.
* * *
Se quedó mucho rato quieta, en aquel hueco gris dentro de la montaña, con una cosa en cada mano.
La caja de lata. Sus doce pastillas de colores. La tapa arañada con su nombre de niña. La cicatriz del pulgar. Las tardes en el desván de su abuela. Seis años sin pintar y, de pronto, esa tarde, las ganas de nuevo en los dedos. El retrato de Anselmo. La risa temblorosa.
La casita de cuco. Veinticinco años de un matrimonio. Una canción tarareada entre cazuelas. Un relojero viejo que se sentaba en la barra de El Tejadillo y pedía dos veces el mismo café.
Que la había mirado con la cara iluminada y le había dicho «Pilar, ¿ya te vas? Espérame, que voy contigo».
Y un pueblo entero que había perdido la hora.
—No es justo —dijo Candela en voz baja.
—No —dijo Anselmo—. Casi nunca lo es.
El tejón no le dijo qué hacer. No le dio ningún consejo. Se quedó allí, a su lado, en silencio, con el farol a los pies. Y Candela le agradeció que no dijera nada.
Miró la caja de lata una vez más. Abrió la tapa.
La llamita estaba dentro, sobre las pastillas de colores. Amarilla. Firme. Mucho más fuerte que cuando la encontró.
Candela la miró. Y la llamita, de alguna manera, pareció mirarla a ella.
—Tú ya no te vas a apagar —le dijo en voz muy baja—. ¿Verdad?
Acercó la palma de la mano a la caja. La llamita tembló. Luego, sin que Candela hiciera nada, subió despacio. Se despegó de las pastillas. Flotó en el aire un instante, entre la caja y su mano. Y se posó en su palma, justo en el centro.
No quemaba. Era tibia, como la mano de alguien que te coge para cruzar la calle.
Y luego, poco a poco, se fue haciendo más pequeña. No se apagaba. Entraba. Candela la sintió subir por la muñeca, por el brazo, hasta algún sitio en el pecho, cerca del bolsillo donde había estado la caja.
Un calor pequeño. Un cosquilleo en los dedos.
Cuando miró otra vez la palma, estaba vacía.
Anselmo se había quitado las gafas. Tenía los ojillos brillantes.
—Las ganas no caben en ninguna caja —dijo, con la voz tomada—. Solo había que recordarles dónde vivían.
* * *
Candela cerró la caja de lata. La tapa con su nombre de niña. Se la tendió a Anselmo.
—¿Me la guardas?
El tejón la cogió con las dos patas, como había cogido el retrato. Con muchísimo cuidado.
—Con etiqueta y todo —dijo—. En el mejor sitio del prado. Y cuando quieras, vienes a buscarla. Ya sabes el camino.
—Ya sé el camino —repitió Candela.
Luego cogió la casita de cuco. La envolvió con cuidado en el delantal de Pilar, que era de algodón fino y se doblaba bien, para protegerla. Pensó en llevarse también el delantal. Pero no. El delantal no cabía. Ni los zapatos, ni la carta, ni la foto, ni el cuaderno de recetas.
—¿Y todo lo demás? —preguntó—. ¿Se va a quedar aquí? ¿Se va a apagar?
—Eso depende de él —dijo Anselmo—.
Tú le llevas la canción. Si la canción le ayuda a acordarse, lo demás volverá solo. Como vuelven las cosas. En lluvia fina.
Candela desenvolvió la casita y dejó el delantal colgado otra vez del saliente, donde estaba. Luego metió el reloj de cuco en el bolsillo interior del abrigo. Justo cabía. El pajarito quedó asomado por la abertura, junto a su pecho. Seguía cantando, bajito.
Y entonces lo notó.
El paraguas.
Había algo distinto en el mango. Candela tardó un segundo en entender qué era.
Pesaba menos.
Muy poco. Casi nada. Como cuando alguien que te está dando la mano empieza, sin darse cuenta, a aflojar los dedos.
Candela miró a Anselmo. El tejón la estaba mirando a ella, y en su cara vio que él también lo sabía.
—Está escampando —dijo Candela.
—Entonces corre —dijo Anselmo.