Capítulo 9
Lo que Candela olvidó
La luz siguió bajando. El cielo perla se volvió color melocotón, luego color miel. Las promesas que flotaban sobre la hierba brillaban más en la penumbra, como farolillos de verbena.
Anselmo se había subido a una escalera de mano para alcanzar la parte alta del montón. Desde allí iba bajando cosas que solo él podía tocar: una promesa enredada en una bufanda, un nombre que se había quedado atrapado dentro de un zueco y no dejaba de susurrar Ramona, Ramona, Ramona.
—Descansa un rato —le dijo a Candela desde lo alto—. Llevas horas. Aquí se trabaja sin darse cuenta, y luego el cansancio te cae de golpe.
Candela iba a decir que no estaba cansada. Luego notó que le dolían los brazos, los hombros y la mano con la que llevaba el paraguas apretado contra el costado.
—Vale. Cinco minutos.
Comprobó el peso del Calabobos. Seguía igual.
Echó a andar sin rumbo por la orilla del arroyo, alejándose un poco del montón. Allí la hierba era más baja y más suave. Había menos cosas. Una cuchara de plata. Un gorro de piscina. Una muñeca de trapo sentada muy formal sobre una piedra, como esperando a alguien.
El ruido de la montaña, ese goteo constante de objetos cayendo sobre la cima, se fue quedando atrás. Candela respiró hondo. Olía a hierba y a agua limpia.
Y entonces olió otra cosa.
* * *
Fue muy leve. Casi nada. Un olor que se mezclaba con el del prado, como una hebra de otro color en un tejido.
Madera vieja. Polvo tibio. Cajas de cartón. Naftalina. Y algo dulce, como a membrillo.
Candela se detuvo en seco.
Conocía ese olor. Lo conocía mejor que casi ningún otro en el mundo. Era el olor del desván de la casa de su abuela. El desván donde pasaba las tardes de verano cuando era niña, ordenando trastos viejos e inventando historias.
No podía ser.
Pero lo siguió.
El olor la llevó arroyo arriba, por una zona donde el agua se remansaba entre piedras planas. Allí ardían más llamitas de aquellas, las ganas perdidas. Algunas brillaban con fuerza. Otras apenas eran una chispa.
Candela pasó junto a ellas despacio. Sentía, al acercarse a cada una, un pequeño tirón de algo. Ganas de correr una maratón. Ganas de aprender italiano. Ganas de plantar tomates en la terraza.
Y al final de las piedras, en la última, casi escondida bajo una mata de helechos, había una llamita que se estaba apagando.
Era diminuta. Menos que la llama de una cerilla. Un punto azulado que temblaba, que parecía a punto de desaparecer con el siguiente soplo de brisa. Candela se arrodilló delante de ella.
Y sintió algo tan fuerte que tuvo que apoyar la mano libre en la hierba.
No fue un tirón. Fue un reconocimiento. Como cuando oyes tu nombre en medio de una multitud y te giras antes de pensar.
Eran ganas de pintar.
Sus ganas de pintar.
* * *
Junto a la llamita, medio cubierta por los helechos, había una caja.
Era una caja de lata, rectangular, del tamaño de un libro pequeño. Tenía la pintura de la tapa descascarillada en las esquinas. Había sido azul con un dibujo de flores blancas. Ahora estaba abollada en un lado y oxidada en las bisagras.
Candela la cogió con la mano temblorosa.
En la tapa, arañadas con la punta de algo afilado, había unas letras torcidas de niña:
CANDELA
Se quedó mirándolas mucho rato.
Tenía nueve años cuando las escribió. Lo recordaba perfectamente.
Fue con la punta de una tijera, sentada en el suelo del desván, el mismo día que su abuela le regaló la caja.
Su abuela le había dicho: «Ponle tu nombre, que las cosas buenas se pierden».
Y Candela lo había hecho con tanta fuerza que se le había resbalado la tijera y se había cortado el pulgar.
Se miró el pulgar. Todavía tenía la cicatriz. Una rayita blanca que nunca se había preguntado de dónde venía.
Abrió la caja.
Dentro había doce pastillas de acuarela, en sus cazoletas de plástico blanco. Algunas casi nuevas. Otras gastadas hasta el fondo, con un agujero en el centro. El azul de Prusia, casi agotado. El verde vejiga, igual. El ocre, a medias. Y un pincel pequeño, de pelo suave, con el mango mordisqueado.
En la tapa, por dentro, había manchas de colores. Pruebas. Mezclas. Una huella de dedo en violeta.
Candela cerró los ojos.
* * *
Y se acordó.
Se acordó de que, de niña, no quería ser otra cosa. Pintaba en el desván, en la cocina, en el patio, en los márgenes de los cuadernos del colegio.
Pintaba a su abuela haciendo membrillo. Pintaba los tejados desde la ventana. Pintaba gatos, gallinas, nubes, a la vecina que tendía la ropa.
Se acordó del día en que decidió estudiar diseño gráfico. «Así podrás pintar y vivir de ello», le dijeron. Y le pareció una idea estupenda.
Se acordó de los primeros trabajos. De lo emocionante que era ver algo suyo en una marquesina. Y de cómo, poco a poco, el pintar se fue convirtiendo en otra cosa. En logotipos. En banners. En «¿puedes hacerlo más grande?». En «¿y si probamos en naranja?». En lemas de yogur cambiados once veces.
Se acordó de la mudanza. Hacía seis años, cuando se fue al piso de la ciudad, el que estaba cerca de la agencia. Metió su vida en cajas de cartón. Y en algún momento, entre caja y caja, la lata azul con flores blancas se quedó atrás.
Nunca la echó de menos.
Eso era lo peor. No se dio cuenta de que la había perdido. Estaba demasiado ocupada. Demasiado cansada. Y el día que se fue la caja, se fueron también, sin hacer ruido, las ganas.
Candela abrió los ojos. Los tenía mojados, y no era por la lluvia.
* * *
—Así que era esto.
Anselmo estaba de pie a su lado. Candela no lo había oído llegar. El tejón miraba la caja de lata que tenía en las manos. Luego miró la llamita azul, casi apagada, sobre la piedra.
—Te estaba llamando —dijo—. Me lo imaginaba.
—¿Cómo que me estaba llamando?
—Aquí las cosas no se encuentran por casualidad.
— Anselmo se sentó sobre la piedra de al lado, con un resoplido de cansancio—.
El prado es muy grande. Podrías pasarte la vida buscando algo sin encontrarlo.
Pero cuando algo tuyo está aquí, te busca.
Te tira de la manga. Si lo has encontrado, es que quería que lo encontraras.
Candela miró la llamita.
—Se está apagando.
—Sí. —Anselmo no lo suavizó—. Las ganas aguantan mucho. Más de lo que la gente cree. Pero no para siempre. Si nadie las recoge, un día se apagan del todo. Y ya no vuelven.
—¿Y qué pasa entonces?
—Que te quedas sin ellas. —El tejón se encogió de hombros—. Sigues viviendo, claro. Nadie se muere por no tener ganas de pintar. Pero te falta algo. Un color. Y ni siquiera sabes cuál.
Candela pensó en los últimos seis años. En la sensación constante de estar apagándose. De ser una versión en gris de sí misma.
—Me dijo que no tocara estas cosas —dijo—.
Que se rompen con nada.
—Las de los demás, sí. —Anselmo la miró por encima de las gafas—. Las tuyas son tuyas. Nadie las puede cuidar mejor que tú.
* * *
Candela dejó la caja sobre la hierba. Se acercó a la llamita. Muy despacio, con la mano libre y la del paraguas juntas, formó un cuenco alrededor de ella. Sin tocarla. Solo protegiéndola de la brisa.
No pasó nada al principio.
Luego, poco a poco, la llamita dejó de temblar. Se quedó quieta. Y creció. Solo un poco. Lo justo para pasar de azul a amarillo. De chispa a llama.
Candela sintió un calor pequeño en las palmas. Y, al mismo tiempo, un cosquilleo en los dedos. Unas ganas repentinas, urgentes, casi infantiles, de coger el pincel.
—Hazlo —dijo Anselmo, que la estaba mirando—. No tienes que pedirme permiso.
Candela se rio. Una risa corta, temblorosa.
Abrió la caja. Mojó el pincel en el agua clara del arroyo. Lo pasó por el azul de Prusia, el que estaba casi gastado. No tenía papel. Miró alrededor. Entre la hierba, a unos pasos, había una hoja suelta de un cuaderno escolar, de esas de cuadritos, olvidada por algún niño en algún lugar del mundo.
La cogió. La apoyó sobre la tapa de la caja. Y empezó a pintar.
* * *
Pintó a Anselmo.
No lo pensó. Le salió así. El tejón sentado en la piedra, con sus gafas redondas en la punta del hocico, su chaleco lleno de bolsillos, la taza de té entre las patas. Detrás, la montaña de cosas, en manchas de colores. Y encima, el cielo color miel.
El pincel iba solo. Era como si la mano recordara lo que la cabeza había olvidado. Las pinceladas de agua, los colores que se mezclaban en el papel, el truco de dejar un punto en blanco para que brillaran las gafas. Todo volvía.
Anselmo no se movió en ningún momento. Aguantó quieto como un modelo profesional, aunque Candela lo vio mirarla de reojo varias veces, con curiosidad.
Cuando terminó, le dio la hoja.
El tejón la cogió con las dos patas. La acercó a las gafas. La alejó. La volvió a acercar. Se quedó mucho rato mirándola sin decir nada.
—Nadie me había pintado nunca —dijo al fin, con la voz un poco rara.
—No está muy bien. Hace años que no…
—Está perfecto. —Anselmo carraspeó. Dobló la hoja con muchísimo cuidado y se la guardó en el bolsillo más grande del chaleco, el que estaba sobre el corazón—. Y esto no se pierde. Te lo aseguro yo, que de eso sé un rato.
* * *
La llamita seguía encendida sobre la piedra. Amarilla, firme. Candela la miró. Luego miró la caja de lata.
—¿Puedo llevármelas? —preguntó—. La caja y las ganas.
—Si caben bajo el paraguas, sí.
Candela abrió la caja de lata. Con el pincel, como quien empuja una mariquita a una hoja, guio la llamita hasta el interior.
La llama entró sin resistirse y se posó sobre las pastillas de colores.
Iluminó la caja por dentro. Candela cerró la tapa, casi del todo, dejando una rendija.
Por la rendija se escapaba un hilito de luz cálida.
Se la guardó en el bolsillo interior del abrigo de Amparo. Junto al pecho.
Cabía de sobra.
Por ahora.
* * *
Se levantó. Miró hacia atrás, hacia la montaña. La luz del cielo casi se había ido. El montón era ahora una silueta oscura contra el color miel, enorme, desordenada.
Y en su interior, muy hondo, en la base, Candela vio algo que antes no había visto.
Una luz.
Muy tenue. De un color gris pálido, como el de una vela que alguien ha dejado encendida en una habitación del fondo. Asomaba entre los objetos amontonados, por una rendija, como la luz de la caja de acuarelas.
Candela se quedó muy quieta. Porque, además de la luz, le había llegado otra cosa.
Era un sonido. Tan débil que al principio pensó que se lo estaba imaginando. Una melodía. Sin palabras. Unas pocas notas que subían y bajaban, sencillas, alegres y un poco tristes a la vez. Como alguien que tararea sin darse cuenta mientras cocina, o mientras tiende la ropa.
Venía del corazón de la montaña.
—Anselmo —susurró Candela—. ¿Qué hay ahí dentro?
El tejón siguió su mirada. Se puso de pie despacio. Y por primera vez desde que lo conocía, Candela lo vio asustado.
—Eso —dijo— es lo que más me preocupa de todo.