Capítulo 8
El guardián desbordado
Candela descolgó los guantes del arbusto con mucho cuidado. Estaban húmedos y fríos. Olían a aceite de máquina y a metal.
—Son de un vecino —dijo—. Eusebio, el relojero. Se los dejó en la tienda el lunes. Los puse un segundo sobre el mostrador y desaparecieron.
Anselmo se acercó. Se subió las gafas con una pata y examinó los guantes con atención. Olfateó uno. Luego el otro. Frunció el hocico.
—Valdorvallo —dijo—. Claro. Cómo no.
—¿Cómo lo sabe?
—Por el olor. Todo lo que llega aquí trae pegada la lluvia de su casa. —Anselmo tocó la piel del guante con la punta de una garra—. Esto huele a orvallo y a pizarra mojada. Lo reconocería con los ojos cerrados. Llevo un año oliéndolo a todas horas.
Se volvió hacia la montaña del fondo del valle. Candela siguió su mirada.
—¿Quiere decir que eso…?
—Casi todo lo que hay en ese montón viene del mismo sitio. —Anselmo soltó un suspiro largo, cansado—. De tu pueblo.
* * *
Bajaron la loma hacia la montaña. Anselmo empujaba la carretilla vacía, y Candela caminaba a su lado con el paraguas abierto y los guantes de Eusebio guardados en el bolsillo del abrigo de Amparo.
Cabían de sobra. «Lo que quieras traer de vuelta tiene que caber debajo».
Cuanto más se acercaban, más grande parecía el montón. Desde la loma daba la impresión de una colina. De cerca, era una montaña de verdad. Tan alta que Candela tenía que echar la cabeza hacia atrás para ver la cima.
Y estaba hecha de cosas de Valdorvallo.
Candela lo supo enseguida, antes incluso de que Anselmo se lo confirmara.
Había paraguas negros, muchos, de los que vendía Amparo; reconoció la forma de las varillas y el cosido del borde.
Había boinas de lana gruesa, como las que llevaban los viejos en El Tejadillo.
Había zuecos de madera, madejas de lana, pinzas de tender. Había tazas desparejadas.
Candela se agachó y recogió un manojo de llaves grandes y oxidadas, atadas con un cordel rojo. De una de ellas colgaba una chapa con una palabra rayada a punta de navaja: Gallinero.
Se quedó mirándolas.
—Conozco a la dueña de estas llaves —dijo en voz baja—. Vino a la tienda hace una semana. Se pasó media hora contándome cómo las había perdido.
—No me extraña. —Anselmo cogió las llaves, les puso una etiqueta de cartón que sacó de un bolsillo del chaleco y las dejó en la carretilla—.
Ahí dentro está medio pueblo. Y la otra mitad está en camino.
Un poco más allá, entre una bufanda de cuadros y un bote de conservas, asomaba un trapo de cocina. Un trapo blanco a rayas azules, gastado, con una mancha de vino en una esquina. Candela lo había visto muchas veces colgado del hombro de Chema.
Junto a él, un bolígrafo mordisqueado.
Candela lo cogió. Tenía las marcas de los dientes en el capuchón. Pensó en Nieves y en su crucigrama.
—Esto no es normal, ¿verdad? —preguntó.
—No. —Anselmo se sentó en el borde de la carretilla.
De cerca, Candela vio lo cansado que estaba.
Tenía los ojillos enrojecidos detrás de las gafas y el pelo del lomo apelmazado, como si no se hubiera acicalado en días—.
Siempre llegan cosas de todas partes. Eso es lo normal.
Unas llegan y otras se van. Alguien pierde un paraguas en Lisboa, alguien recuerda una canción en Buenos Aires.
El prado respira. Entra y sale. Como la marea.
Señaló la montaña con la pata.
—Pero de Valdorvallo, desde hace un año, solo entra. No sale nada. Y cada día entra más. Yo solo no doy abasto. Por mucho que etiquete, por mucho que ordene, esto crece más deprisa de lo que yo trabajo.
* * *
Candela dejó el bolígrafo de Nieves en la carretilla, junto a las llaves del gallinero.
—Dígame qué hago.
Anselmo levantó la vista. La miró por encima de las gafas, sorprendido.
—¿Cómo dices?
—Que me diga usted qué hago. Para ayudar. —Candela se encogió de hombros—. No sé cuánto tiempo tengo, pero algo podré hacer.
El tejón la estudió un momento más. Luego se levantó de la carretilla y, sin decir nada, sacó del chaleco un taco de etiquetas de cartón y un lápiz corto. Se los tendió.
—Una cosa, una etiqueta. En la etiqueta, qué es.
Y de quién, si lo sabes. —Anselmo señaló hacia unas estanterías largas de madera que Candela no había visto antes, medio escondidas entre la hierba alta al pie de la montaña—.
Luego, a su sitio. Lo que es de vestir, a la izquierda.
Lo que es de abrir, cerrar o guardar, en el centro.
Lo que brilla, a la derecha. Y lo que no sepas qué es, me lo das a mí.
—¿Y lo que no se ve? —preguntó Candela—. Las promesas, los nombres…
—Eso ni lo toques. —Anselmo lo dijo muy serio—. Eso es trabajo mío. Se rompe con nada.
Candela sujetó el paraguas bajo el brazo, con el mango bien apretado contra el costado, para tener una mano libre. No era cómodo. Pero no pensaba soltarlo.
Y se puso a trabajar.
* * *
Fue raro. Y bonito.
Durante mucho rato, Candela no pensó en nada más que en la cosa que tenía delante. Una bufanda: bufanda de lana verde, de alguien que la tejió para otro. A la izquierda. Unas tijeras de costura: tijeras de modista, mango de nácar. Al centro. Un anillo sencillo de plata. A la derecha, con cuidado.
Cada objeto tenía algo. Una forma de estar gastado.
Una marca de uso, un roce, un arañazo. Candela empezó a imaginar a quién habría pertenecido cada cosa.
La señora que tejía bufandas por las tardes junto a la estufa.
El chaval que se dejó la gorra en el autobús del instituto.
El abuelo que llevaba ese reloj de bolsillo desde el día de su boda.
Le recordó a algo que hacía de niña. En el pueblo de su abuela, pasaba horas en el desván ordenando cajas de trastos viejos, inventando historias para cada cosa. Hacía años que no pensaba en eso.
Anselmo trabajaba a su lado. De vez en cuando le corregía una etiqueta.
«Eso no es un colador, es un sombrero de verano muy estropeado».
O le quitaba algo de las manos con un gesto rápido: «No, no, eso es una promesa pequeña que se ha pegado a un botón.
Dámela». Y la despegaba con la delicadeza de quien separa dos pétalos.
En algún momento, Candela se dio cuenta de que el tejón tarareaba.
Una melodía sin palabras, desafinada y alegre.
—Hacía mucho que no tenía compañía —dijo Anselmo, al notar que ella lo miraba.
Pareció un poco avergonzado —. Aquí, los que vienen, vienen a llevarse algo. Nadie viene a quedarse un rato.
* * *
Hicieron una pausa junto al arroyo de los botones.
Anselmo sacó de uno de sus bolsillos más grandes una tetera. Era de loza blanca con florecitas azules, con el pico desconchado. La llenó en el arroyo, la puso sobre una de aquellas llamitas que ardían en las piedras planas, y el agua empezó a calentarse enseguida.
—¿Eso no es… unas ganas de alguien? —preguntó Candela, mirando la llamita.
—Unas ganas de hacer té —dijo Anselmo, muy tranquilo —. Se perdieron hace años. Nadie las reclama. Me parece un desperdicio no darles uso.
Echó en la tetera un puñado de hojas secas que sacó de otro bolsillo.
—Hierbas olvidadas —explicó—. Las que se dejan secando en un balcón y nadie recoge. Hacen un té estupendo.
Lo sirvió en dos tazas desparejadas. Candela casi se echó a reír al verlas. Una era igual que una de las de Amparo. El té sabía a menta y a tarde de verano. Candela se lo bebió a sorbos pequeños, con la taza en una mano y el paraguas en la otra, sentada en una piedra junto al arroyo.
Miró hacia arriba. La tela azul seguía recibiendo la lluvia fina. Ya no hacía el ruido atronador del principio. Era un murmullo suave, constante.
—¿Cómo sabré cuándo escampa allí? —preguntó.
—Lo notarás en el paraguas —dijo Anselmo, soplando su té—. Cuando en tu pueblo esté a punto de dejar de llover, empezará a pesar menos. Muy poco al principio. Luego más. Cuando lo notes, no te separes de él ni un palmo.
Candela sopesó el mango. Pesaba lo que tenía que pesar.
Todavía.
* * *
Volvieron al trabajo. La luz del cielo perla se fue volviendo más dorada, más baja. No había sol, pero había algo parecido a una tarde.
Y mientras trabajaba, Candela empezó a fijarse en otra cosa.
Entre todos los objetos del montón, aparecían muchos relojes. Muchísimos. Relojes de pulsera, relojes de bolsillo, despertadores, relojes de cocina con forma de gallo o de sartén. Al principio no le dio importancia. La gente pierde relojes. Pero eran demasiados.
Y todos estaban parados.
Candela recogió uno de pulsera, de mujer, con la correa de cuero rojo. Marcaba las cuatro y diez. Recogió otro, un despertador de metal con dos campanas. Las nueve y cuarto. Otro de bolsillo, con tapa. Las doce menos veinte. Ninguno marcaba la misma hora que otro.
Le recordó algo. Tardó un momento en saber qué.
El escaparate de la Relojería Eusebio. Todos aquellos relojes parados, cada uno a una hora distinta.
—Anselmo —dijo—. ¿Por qué hay tantos relojes?
El tejón dejó lo que estaba haciendo. Se acercó. Miró el despertador que Candela tenía en la mano.
—Porque todo esto empezó con ellos —dijo—. Primero llegaron los relojes. Todos parados. Luego, detrás, empezó a llegar lo demás. Un paraguas. Unas llaves. Un bolígrafo. Poco a poco al principio. Luego a montones.
Se quitó las gafas. Se frotó los ojos.
—Os habéis perdido la hora —dijo—. Allí, en tu pueblo.
Se os ha ido la hora. Y cuando un pueblo pierde la hora, empieza a perderlo todo.
No sabe cuándo levantarse, cuándo comer, cuándo ha quedado con quién.
Anda despistado. Se deja las llaves, se deja el paraguas, se deja los guantes.
Se olvida de las cosas pequeñas. Y detrás de las pequeñas, a veces, empiezan a irse las grandes.
Candela se quedó inmóvil, con el despertador en la mano.
Pensó en las campanadas de la iglesia. Once, cuando eran las doce menos cuarto. Nueve, cuando eran las ocho menos diez.
«El martes dio las doce a las doce y veinte. Eusebio nunca, en cincuenta años, había dejado que pasara eso».
Pensó en la silueta alta y encorvada en lo alto de la torre. Inmóvil junto al mecanismo.
—El reloj de la iglesia —dijo despacio—. Todo el pueblo se guía por él. Lo cuida un relojero. Desde hace cincuenta años.
Anselmo no dijo nada. La miraba.
—Se quedó viudo —siguió Candela—. El invierno pasado. Y desde entonces…
No terminó la frase. No hizo falta.
—Hace un año —dijo Anselmo en voz muy baja—. Casi exactamente. Cuando empezó a nevar allí.
Se quedaron los dos en silencio, al pie de la montaña. La luz dorada del cielo se había vuelto casi naranja. Por encima de sus cabezas, desde algún lugar invisible, seguían cayendo cosas sobre la cima del montón. Una bufanda. Un dedal. Otro reloj parado.
Candela metió la mano en el bolsillo del abrigo y apretó los guantes de Eusebio.
Eran de piel marrón. Gastados y suaves. Y de pronto le parecieron las cosas más tristes del mundo.