LA PARAGÜERÍA DE VALDORVALLO Libro 1 Capítulo 7
58%

Capítulo 7

El Prado de lo Perdido

Era un valle.

Un valle inmenso, verde y dorado, que se extendía en todas direcciones hasta donde alcanzaba la vista.

Suaves colinas de hierba alta se ondulaban bajo un cielo de color perla, muy claro, sin sol pero lleno de luz.

A lo lejos, montañas azuladas se difuminaban en la bruma.

Un arroyo serpenteaba entre las lomas, brillando.

Y sobre todo ello caía la misma lluvia fina, invisible, silenciosa.

Candela se quedó inmóvil bajo el paraguas. Tenía miedo de moverse. Miedo de que, si daba un paso, todo aquello se deshiciera como la plaza se había deshecho unos segundos antes.

Pero no sucedió.

Poco a poco se dio cuenta de que el valle no estaba vacío.

Al principio pensó que eran flores. Manchas de color entre la hierba, aquí y allá, por todas partes. Rojas, azules, amarillas, blancas. Luego se fijó mejor.

No eran flores.

A sus pies, medio escondido entre los tallos, había un calcetín. Un calcetín de rayas verdes y naranjas, de niño. Un poco más allá, otro calcetín, de lana gris, de hombre. Y otro, rosa, con un agujero en el talón. Ninguno hacía pareja con otro.

Candela dio un paso. La hierba crujió bajo su bota.

Junto al camino, porque había un camino, un sendero estrecho de tierra que bajaba hacia el valle, crecía un arbusto.

Y de sus ramas, en lugar de frutos, colgaban llaves.

Decenas de llaves. Llaves de casa, de coche, de candado, de buzón.

Llaves antiguas de hierro, largas como un dedo.

Llaves pequeñitas de diario íntimo. Tintineaban suavemente con la brisa, como un móvil de campanillas.

—No puede ser —susurró Candela.

Pero lo era.

* * *

Echó a andar por el sendero, despacio, con el paraguas bien sujeto con las dos manos. «No lo sueltes. Pase lo que pase».

Cada paso le descubría algo nuevo.

Un arroyo pequeño cruzaba el camino. En su fondo, en lugar de piedras, había botones. Miles de botones de todos los tamaños y colores, brillando bajo el agua clara. Botones de abrigo, de camisa, de chaqueta de punto. Uno dorado, con un ancla grabada, que parecía de uniforme de marinero.

Más allá, sobre una loma, había un campo entero de paraguas. Paraguas abiertos, plantados en la hierba por el mango, como setas gigantes. Negros, de flores, de cuadros, transparentes. Candela pensó en los cuatro paraguas que Eusebio había perdido ese mes.

Y en los millones que se olvida la gente en autobuses, en bares, en portales.

Por encima de su cabeza pasó algo revoloteando. Luego otro. Luego una bandada.

Eran cartas.

Cartas dobladas, con las hojas abiertas como alas, volando en grupo sobre el prado.

Algunas eran sobres cerrados. Otras, papeles sueltos con la tinta corrida.

Una pasó tan cerca de Candela que alcanzó a leer el principio, escrito con letra redonda de adolescente: Querido Javi, nunca te he dicho que…

Y se alejó volando antes de que pudiera leer más.

* * *

Pero lo más extraño no eran las cosas.

Lo más extraño eran las otras cosas.

Candela tardó en verlas porque no se parecían a nada que conociera. En las zonas donde la hierba era más alta, flotaban unas lucecitas. Pequeñas, cálidas, de color miel. Subían y bajaban despacio, como luciérnagas cansadas. Cuando Candela se acercó a una, oyó algo.

Era una voz. Muy bajita, muy lejana.

Te prometo que el verano que viene vamos a la playa. La lucecita se apagó un momento y volvió a encenderse. Y se alejó flotando.

Candela miró alrededor. Había cientos. Miles. Promesas. Promesas que alguien había hecho y luego había olvidado.

Un poco más allá, entre unos juncos, vio posarse unos pájaros pequeños, grises, de aspecto frágil. No cantaban. Cada uno, cuando abría el pico, susurraba una sola palabra. Un nombre.

Mercedes.

Tobías.

La señorita Encarna.

Nombres de gente que alguien había conocido alguna vez y ya no recordaba.

Candela sintió un escalofrío. No era de miedo. Era algo más hondo. Una mezcla de tristeza y ternura que no sabía dónde poner.

Y entonces vio las más raras de todas.

Junto al arroyo, sobre unas piedras planas, ardían unas llamitas. Eran diminutas, del tamaño de la llama de una cerilla. No quemaban la hierba. No daban humo. Solo temblaban, pequeñas y valientes, bajo la lluvia fina. Algunas eran muy brillantes. Otras, casi apagadas.

Candela se agachó junto a una. No oyó nada. Pero sintió algo. Un impulso repentino, cálido, casi alegre. Unas ganas. Ganas de aprender a tocar el piano. De pintar la cocina de amarillo. De escribir un libro, de viajar a Islandia, de llamar a un viejo amigo.

Ganas de hacer cosas. Ganas que alguien había tenido una vez y luego, poco a poco, había dejado caer por el camino.

Candela se incorporó muy despacio. Tenía un nudo en el estómago.

—¿Dónde estoy? —dijo en voz alta.

—Pues dónde vas a estar. En el Prado de lo Perdido.

* * *

Candela se giró tan deprisa que casi suelta el paraguas.

Detrás de ella, en mitad del sendero, había un tejón.

Era un tejón muy grande. De pie sobre las patas traseras, le llegaba a Candela casi por la cintura.

Tenía el pelo gris plateado, con las dos rayas negras características que le bajaban desde las orejas hasta el hocico.

Llevaba unas gafas redondas, pequeñas, de montura dorada, apoyadas en la punta de la nariz.

Y un chaleco de pana marrón lleno de bolsillos, de todos los tamaños, de los que asomaban lápices, etiquetas, cordeles, una lupa y lo que parecía una cinta métrica.

Empujaba una carretilla de madera llena hasta arriba de cosas. Relojes de pulsera. Gafas de sol. Un osito de peluche sin un ojo. Un anillo.

El tejón la miraba por encima de las gafas con evidente fastidio.

—¿Y tú qué eres? —preguntó—. ¿Otra cosa perdida?

Lo que me faltaba. Ahora también se pierden personas enteras. No, no, no. Imposible. No tengo sitio. No tengo etiquetas suficientes. No tengo…

—No estoy perdida —dijo Candela.

El tejón se calló. La miró de arriba abajo, con los ojillos negros entornados detrás de los cristales.

—Todo el mundo dice eso.

—Vengo de Valdorvallo. De la Paragüería Amparo.

El tejón se quedó muy quieto. Sus ojos subieron despacio, de la cara de Candela al paraguas azul que sostenía con las dos manos. Lo estudió con atención. Las varillas, la tela, el mango de madera clara.

Y algo cambió en su expresión.

—El Calabobos —dijo, con voz mucho más baja—. Vaya, vaya. Hacía mucho que no lo veía por aquí.

Soltó la carretilla. Se sacudió las patas delanteras, que tenía manchadas de tierra, contra el chaleco. Se enderezó las gafas. Y luego, para sorpresa de Candela, hizo una pequeña reverencia torpe.

—Perdona el recibimiento. Anselmo, guardián del Prado. —Se tocó el pecho con una pata—. Llevo muchos días sin dormir y ya no distingo una visita de un calcetín. Aunque, en mi defensa, los calcetines no suelen hablar.

—Candela —dijo ella—. Encantada.

—Candela. —Anselmo repitió el nombre despacio, como probándolo—. Buen nombre. Aquí hace falta un poco de luz.

* * *

Candela recordó de pronto las palabras de Amparo.

—Amparo me ha pedido que le dé recuerdos de su parte.

Anselmo se quedó callado.

Se quitó las gafas. Las limpió con el borde del chaleco, muy despacio, con mucho más cuidado del necesario. Candela vio que las patas le temblaban un poco.

—Amparo —dijo al fin—. Así que sigue ahí. En la tienda.

—Sí.

—¿Y está bien?

—Creo que sí. Es… —Candela buscó la palabra—. Es muy Amparo.

Anselmo soltó algo que podía ser una risa o un resoplido.

—Sí. Eso suena a ella.

Volvió a ponerse las gafas. Parecía a punto de decir algo más. Abrió el hocico. Lo cerró. Miró hacia las montañas azules del horizonte, perdidas en la bruma.

—Dile que el viejo tejón le devuelve los recuerdos —dijo —. Multiplicados. Y que… —Se detuvo—. No. Nada. Ya habrá tiempo de eso.

Candela quiso preguntar. Pero se acordó a tiempo.

«En Valdorvallo nadie pregunta».

Aunque aquello no fuera Valdorvallo, le pareció que la norma también servía.

* * *

—¿Qué es este sitio? —preguntó en cambio—. De verdad, quiero decir.

Anselmo recogió los mangos de la carretilla y echó a andar por el sendero. Le hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera.

—Aquí viene a parar todo lo que se olvida —dijo mientras caminaban—.

Todo. Lo pequeño y lo grande. Un calcetín que se queda en la lavadora.

Unas llaves que se caen del bolsillo. Una promesa que alguien hace un domingo y el lunes ya no recuerda.

El nombre de una compañera de colegio. Las ganas de aprender a bailar.

Pasaron junto a un árbol del que colgaban decenas de gorros de lana, como nidos de colores.

—Y usted los guarda.

—Los cuido. —Anselmo la corrigió con cierto orgullo—. Los clasifico, los etiqueto, les busco sitio. Que no se estropeen. Que no se mojen demasiado. Y que no se pierdan más de lo que ya están, que ya sería el colmo.

—¿Y para qué?

El tejón se detuvo. La miró como si la pregunta fuera la cosa más tonta que había oído en años.

—Pues para cuando vuelvan a acordarse de ellos, claro. Se agachó junto a una mata de hierba. Entre los tallos había una pulsera de cuentas de colores, de esas que hacen los niños. Anselmo la recogió con delicadeza y se la enseñó a Candela.

—Mira. Esta lleva aquí seis años. La perdió una niña en una playa. Ahora esa niña es mayor. Un día cualquiera, ordenando su cuarto, encontrará una foto de aquel verano. Verá la pulsera en la foto. Y se acordará.

—¿Y qué pasa entonces?

Anselmo sonrió. Una sonrisa de tejón, con muchos dientes pequeños.

—Entonces la pulsera se deshace. Así, en agua. En lluvia fina. —Movió la pata en el aire, igual que Rosario aquella primera mañana—. Y sube. Y cruza. Y cae allí donde esté quien la recuerda. Muy suave, tanto que ni se nota. Pero lo empapa todo por dentro.

Candela lo entendió de golpe. Sintió que se le erizaba la piel de la nuca.

—El calabobos.

—El calabobos —asintió Anselmo—. Por eso aquí nace esa lluvia. Es la lluvia de las cosas que vuelven.

Dejó la pulsera con cuidado en el mismo sitio donde la había encontrado. La tapó un poco con hierba, como quien arropa a alguien.

* * *

Siguieron caminando. El sendero subía ahora por una loma suave. Candela iba en silencio, mirándolo todo. Las promesas flotando como luciérnagas. Los nombres susurrando entre los juncos. Las ganas, esas llamitas pequeñas y valientes, temblando bajo la lluvia.

Pensó en cuántas cosas suyas estarían allí. Cuántas llaves, cuántos paraguas, cuántas promesas hechas a sí misma y olvidadas al día siguiente. Prefirió no pensarlo mucho.

Anselmo se había quedado callado. Empujaba la carretilla cuesta arriba resoplando, con las gafas resbalándole por el hocico. Cuando llegaron a lo alto de la loma, se detuvo. Soltó los mangos. Se quedó mirando hacia delante.

Candela se colocó a su lado.

Desde allí se veía el resto del valle. Colinas, arroyos, árboles cargados de gorros y de llaves, campos de paraguas. Todo ordenado, a su manera, en un desorden tranquilo.

Salvo en un punto.

A lo lejos, al fondo del valle, había una montaña que no encajaba.

No era verde ni dorada. Era de todos los colores y de ninguno.

Se alzaba como un montón enorme y desordenado, mucho más alto que cualquier colina.

Y estaba hecha de cosas. Miles, millones de cosas amontonadas unas sobre otras, sin etiquetas, sin orden, sin cuidado.

Mientras Candela miraba, vio caer más cosas sobre la cima. Llovían del cielo perla, una tras otra, como granizo.

—Esa montaña —dijo Anselmo en voz baja— no estaba ahí hace un año.

Candela no supo qué contestar.

Bajó la vista, sin saber muy bien por qué. Y entonces lo vio.

Al borde del sendero, justo a sus pies, crecía un pequeño arbusto de ramas finas. Y colgado de una de ellas, balanceándose suavemente bajo la lluvia, había un par de guantes.

Unos guantes de piel marrón. Gastados y suaves.

Candela los había tenido en la mano hacía menos de una semana, sobre el mostrador de la paragüería.

Eran los guantes de Eusebio.