LA PARAGÜERÍA DE VALDORVALLO Libro 1 Capítulo 6
50%

Capítulo 6

Calabobos

Pasaron tres días.

El jueves llovió orvallo. El viernes, chubascos sueltos con claros entre medias, tan breves que la gente salía a la calle a mirar el cielo como quien mira un eclipse. El sábado, una lluvia gruesa y fría que Amparo llamó borrasca con cara de pocos amigos.

Ninguna era la del paraguas.

Candela lo sabía, aunque no habría sabido explicar cómo. Cada mañana, antes que Amparo, bajaba a la tienda, abría la puerta y sacaba la mano. Cerraba los ojos. Escuchaba el agua sobre la pizarra de los tejados. Y cada mañana pensaba: «Hoy no».

Se lo decía con alivio. O eso creía.

El Calabobos seguía sobre el mostrador, con la punta en el cuenco. Ya casi no goteaba. Una gota por hora, más o menos. Pero la tela, por dentro, seguía húmeda. Y el olor a hierba cortada y a desván no se iba. Al contrario. Cada día llenaba un poco más la tienda.

Amparo apenas hablaba del tema. Cosía, atendía, servía cafés. Pero Candela la sorprendía a veces mirando el paraguas con una expresión que se parecía mucho a la preocupación. Y otras veces la sorprendía mirándola a ella.

Ninguna de las dos decía nada.

En el pueblo tampoco. Nadie preguntaba.

* * *

El domingo, Candela se despertó y supo que algo había cambiado.

Tardó un momento en entender qué era. Estaba tumbada en la cama, con los ojos abiertos, mirando el techo inclinado del cuarto. La luz que entraba por la ventana era gris perla, muy suave. Todo estaba en calma.

Demasiado en calma.

No se oía la lluvia.

Por primera vez desde que había llegado a Valdorvallo, no había ningún sonido sobre la pizarra. Ni un repiqueteo. Ni un roce. Nada.

«Ha escampado», pensó. Y sintió una punzada rara. ¿Decepción?

Se levantó y fue a la ventana.

Los cristales estaban cubiertos de gotitas diminutas. Los tejados brillaban. Las chimeneas echaban humo, que se deshacía enseguida en el aire húmedo. Candela abrió la ventana y sacó la mano.

Estaba lloviendo.

Era una lluvia tan fina, tan menuda, que no se veía caer. No hacía ruido. No se notaba en la piel. Pero cuando Candela retiró la mano, al cabo de un minuto, la tenía empapada. Chorreando.

Se quedó mirando su propia palma mojada.

«La lluvia que engaña a los bobos».

«Cuando llegue su lluvia, lo sabrás».

* * *

Bajó la escalera de caracol a toda prisa, descalza otra vez, con el corazón acelerado.

El cuenco se había desbordado. Había agua por todo el mostrador, goteando por el borde hasta el suelo. El Calabobos chorreaba como si alguien lo acabara de sacar de un río. Y el olor…

La tienda entera olía a prado. A hierba alta, a flores silvestres, a tierra removida. Y debajo, más fuerte que nunca, a papel viejo, a cartas guardadas en cajas, a baúl de abuela.

Orballo estaba sentado junto a la puerta de la calle. Muy recto. Mirándola.

Candela se quedó en mitad de la tienda sin saber qué hacer.

Tenía que decírselo a Amparo. Era lo sensato. Eran las siete y media de un domingo. Amparo vivía a dos portales y medio. Podía ir a buscarla, contárselo, y entre las dos decidir…

¿Decidir qué?

Candela miró el paraguas. Pensó en todo lo que le había dicho Amparo. En que era imposible.

En que ella no era nadie, solo una chica que servía cafés y que una semana antes estaba diseñando anuncios de yogures.

Pensó en los guantes de Eusebio, esfumándose del mostrador.

En su cara iluminada al llamarla Pilar.

En los cajoncitos abiertos uno por uno. «Una canción. Qué tontería, ¿verdad? Buscar una canción en un cajón».

Y pensó en otra cosa. En algo que no le gustaba pensar. En que llevaba años sin sentir que nada de lo que hacía importara. Años de encargos, de correos, de lemas cambiados once veces. Años de apagarse despacio sin que nadie se diera cuenta. Ni siquiera ella.

Y ahora, por primera vez en mucho tiempo, algo la estaba llamando.

Aunque fuera un paraguas.

* * *

Subió a vestirse. Vaqueros, el jersey gordo, las botas de agua que le había prestado Rosario. Cuando fue a coger el abrigo de ciudad, se detuvo. Lo miró. Tan bonito, tan fino, tan inútil.

Metió la mano en el bolsillo. Allí seguía el tique doblado con las reglas. Lo sacó, lo desdobló, lo leyó una vez más y se lo guardó en el bolsillo del vaquero.

Luego se puso el abrigo, porque no tenía otro, y bajó. Amparo estaba en la tienda.

Candela se paró en seco en el último escalón. La anciana estaba de pie junto al mostrador, con su abrigo todavía puesto y el pelo blanco salpicado de gotitas. Tenía el Calabobos en las manos. Lo estaba secando por fuera con un paño, con mucho cuidado, varilla por varilla.

—¿Cómo…? —empezó Candela.

—Llevo sesenta años escuchando la lluvia, niña. — Amparo no levantó la vista—. ¿Crees que no iba a oír esta?

Terminó de secar el paraguas. Luego lo sostuvo en horizontal y miró a Candela. De arriba abajo. Se detuvo en el abrigo.

Chasqueó la lengua.

—Con eso no vas a ninguna parte.

Dejó el paraguas sobre el mostrador. Se quitó su propio abrigo, uno de paño gris, grueso, largo, con grandes bolsillos y el cuello de borreguillo, y se lo tendió.

—Ponte esto.

—Amparo, no puedo…

—Ponte esto —repitió ella, con la misma voz que usaba para decir ese no.

Candela obedeció. El abrigo le quedaba grande de hombros y corto de mangas. Olía a lavanda y a lana mojada. Era como ponerse un abrazo.

Amparo le colocó bien el cuello. Le abrochó el botón de arriba. Luego le cogió las dos manos entre las suyas.

—No me has preguntado si debes ir —dijo.

—No.

—Bien. Porque no te lo iba a decir. —Amparo le apretó las manos—.

Escúchame. Hay cosas que sí te voy a decir.

Ábrelo en la plaza. En el centro, junto a la fuente, donde el cielo es más ancho.

Agarra el mango con las dos manos y no lo sueltes.

Pase lo que pase, no lo sueltes. Si lo sueltas allí, no vuelves.

Candela tragó saliva.

—Vale.

—Lo que quieras traer de vuelta tiene que caber debajo. Tú incluida. —Amparo le soltó las manos—. Y cuando llegues, sé educada. Allí también hay gente. Y hay quien cuida de aquello. Si lo ves, dale recuerdos de mi parte.

—¿Quién? ¿Qué es lo que hay allí?

Amparo le puso el Calabobos en las manos.

—Ya lo verás.

* * *

La Plaza del Chaparrón estaba vacía.

Era domingo, muy temprano. Las contraventanas seguían cerradas. El Tejadillo tenía la persiana bajada. Solo se oía el agua de la fuente, que caía desde la boca de un pez de piedra a un pilón redondo y nunca, por mucho que lloviera, se desbordaba.

Todo estaba empapado y en silencio.

La lluvia seguía cayendo sin ruido, sin verse. Candela notaba el pelo mojado, la cara mojada, las pestañas mojadas. Y no había sentido caer ni una sola gota.

Orballo la había acompañado hasta la plaza. Iba delante de ella, trotando sobre los adoquines, seco como siempre. Ahora estaba sentado en el borde del pilón de la fuente, mirándola.

Candela caminó hasta el centro de la plaza. Se detuvo junto a la fuente.

Miró alrededor. Las casas de piedra. Los balcones de colores. La torre de la iglesia, con su reloj. Pensó que, si alguien la estaba viendo desde una ventana, vería a una mujer joven, con un abrigo de vieja demasiado grande, parada en mitad de la plaza con un paraguas cerrado bajo la lluvia.

«En Valdorvallo nadie pregunta».

Menos mal.

Justo entonces, el reloj de la iglesia dio las campanadas. Candela las contó sin querer. Nueve.

Eran las ocho menos diez.

En lo alto de la torre, detrás de la esfera del reloj, le pareció ver una figura. Alta, delgada, encorvada. Una silueta con sombrero, de pie junto al mecanismo. Inmóvil.

Candela respiró hondo.

Agarró el mango del Calabobos con las dos manos. La madera era suave y estaba tibia. Casi como si tuviera pulso.

Apretó el botón de apertura.

Al principio, el paraguas no se abrió. Candela empujó. Notó una resistencia, como si la tela no quisiera, o como si estuviera pensándoselo. Empujó un poco más.

Y entonces, con un sonido largo y suave, como un suspiro, el Calabobos se abrió.

* * *

Lo primero que cambió fue el sonido.

Bajo el paraguas, de repente, se oía la lluvia. Fuerte. Muy fuerte. Un tamborileo intenso y rápido sobre la tela azul, como si encima de ella cayera un aguacero. Pero fuera del paraguas, en la plaza, la lluvia seguía siendo invisible y silenciosa.

Candela miró hacia arriba. La tela vibraba con cada gota que no veía.

Lo segundo que cambió fue el borde.

Alrededor del paraguas, donde terminaban las varillas, el agua empezó a caer de otra manera.

Ya no eran gotitas invisibles. Eran hilos.

Hilos de agua brillante que caían desde el borde de la tela hasta el suelo, uno junto a otro, cada vez más juntos.

Formaban un círculo alrededor de Candela. Una cortina.

A través de la cortina, la plaza empezó a desdibujarse.

Candela vio la fuente volverse borrosa, como un dibujo al que se le corre la tinta.

Vio los balcones de colores mezclarse entre sí. Vio la torre de la iglesia doblarse, alargarse, disolverse en gris.

Vio a Orballo, sentado en el borde del pilón, muy quieto. Lo último que se desdibujó fueron sus ojos de cobre.

El olor a hierba se volvió tan intenso que era casi un sabor.

Candela notó que los pies se le iban hacia delante. No era que caminara. Era más bien como estar en el andén de una estación cuando arranca el tren de al lado, y por un momento no sabes si te mueves tú o se mueve el mundo.

Apretó el mango con todas sus fuerzas.

«No lo sueltes. Pase lo que pase».

El tamborileo sobre la tela se hizo más fuerte. Y más. Y más. Hasta que dejó de ser un ruido y se convirtió en otra cosa, en una especie de zumbido que le llenaba el pecho entero.

Candela cerró los ojos.

Y de golpe, todo se detuvo.

* * *

Silencio.

Un silencio distinto al de la plaza. Un silencio abierto, enorme, lleno de aire.

Candela seguía con los ojos cerrados. Notó que bajo sus botas ya no había adoquines.

Había algo blando. Algo que cedía un poco al pisar.

Hierba.

Notó en la cara una brisa templada. Olía a verano, a campo, a tarde larga.

Y sobre el paraguas, muy suave, casi imperceptible, seguía cayendo la lluvia más fina del mundo.

Candela abrió los ojos despacio.

Bajó un poco el paraguas.

Y lo que vio le quitó el aliento.