LA PARAGÜERÍA DE VALDORVALLO Libro 1 Capítulo 5
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Capítulo 5

Lo que nadie pregunta

El miércoles, Amparo llegó a las nueve menos cinco con una bolsa de papel de la panadería.

No sacó la mano por la puerta. No miró el cielo. Entró, colgó el abrigo, dejó la bolsa sobre el mostrador y, sin decir nada, dio la vuelta al cartel de la puerta. Por fuera, donde normalmente ponía Abierto, ahora ponía Cerrado.

Debajo, con su letra elegante, alguien había añadido hacía mucho tiempo: por lluvia.

—¿Cerramos? —preguntó Candela.

—Un rato. —Amparo abrió la bolsa. Olía a mantequilla y a azúcar—. Siéntate. Esto va para largo.

Dentro había dos napolitanas de chocolate, todavía calientes. Amparo puso una en un plato para cada una. Preparó café. Arrastró la silla de detrás del mostrador y la colocó frente a un taburete. Hizo una seña a Candela para que se sentara en él.

Orballo saltó al mostrador. Se sentó entre las dos. Parecía un juez.

El Calabobos seguía allí, apoyado con la punta dentro del cuenco. Goteaba menos. Una gota cada mucho rato. Como un reloj que se va quedando sin cuerda.

Amparo se tomó su tiempo. Mojó un trozo de napolitana en el café. Se lo comió. Se limpió los dedos con un pañuelo de tela. Luego miró a Candela.

—Te voy a contar una cosa —dijo—. No te la vas a creer, y me parece bien. Yo tampoco quise creerlo cuando me lo contaron.

—¿Quién se la contó?

—La mujer que tenía esta tienda antes que yo. Y a ella, la que la tuvo antes. —Amparo hizo un gesto vago hacia arriba, hacia los paraguas—. Esto viene de muy atrás.

Candela cogió su taza con las dos manos. No sabía por qué, pero le temblaban un poco.

—Te escucho.

* * *

—En Valdorvallo llueve casi siempre —empezó Amparo —.

Eso ya lo sabes. Pero no siempre igual. Cada tipo de lluvia tiene su nombre.

La llovizna no es el orvallo. El orvallo no es el calabobos.

El calabobos no es el sirimiri. Se parecen, pero no son lo mismo.

Como dos hermanos no son la misma persona.

Candela asintió. Hasta ahí, todo bien.

—Cada lluvia nace en un sitio. —Amparo bajó la voz, aunque no había nadie más en la tienda—. No en el cielo. En un sitio de verdad. Un lugar. Cada una tiene el suyo. Y esos lugares no están aquí. Están… al otro lado.

—¿Al otro lado de qué?

—De la lluvia. —Amparo lo dijo como si fuera evidente —. Al otro lado de la cortina de agua.

Siempre están ahí. Lo que pasa es que no se ven.

Candela no dijo nada. Miró su napolitana. Pensó que quizás aquella mujer, tan lúcida en apariencia, había empezado a perder la cabeza. Pensó en Eusebio y sus cafés repetidos. La invadió una pena muy grande.

Amparo pareció leerle el pensamiento. Soltó una risa corta.

—Ya lo sé. Estás pensando que la vieja chochea. Tú sigue escuchando.

Señaló con su dedo nudoso el techo y las filas de paraguas.

—Casi todos esos son paraguas normales. Sirven para no mojarse, claro. Para eso los vendo. Pero los que tienen nombre, los de la etiqueta de cartón, son otra cosa. Cada uno lleva el nombre de una lluvia. Y cuando lo abres bajo esa lluvia, exactamente bajo esa y no otra, la cortina se abre.

—Y te lleva al otro lado —dijo Candela, despacio.

—Te lleva al sitio donde nació esa lluvia.

Candela se quedó muda e inmóvil. La cafetera, en su rincón, soltó su silbido al enfriarse.

—¿Y cómo se vuelve? —preguntó al fin.

Le sorprendió oírse preguntarlo. Como si la pregunta hubiera salido sola.

Amparo sonrió. Una leve sonrisa, casi orgullosa.

—Esa es la buena pregunta. La primera que yo me hice. —Dio un sorbo de café—.

Vuelves cuando escampa. Aquí, en Valdorvallo. En el momento en que deja de llover en este pueblo, el paraguas te trae de vuelta. Estés donde estés. Hagas lo que hagas.

—¿Y si no escampa?

—Siempre escampa. Aunque sea un rato. —Amparo se encogió de hombros—. A veces es una hora. A veces son tres días. Nunca lo sabes. Por eso hay que darse prisa allí. Y hay que tener cuidado.

* * *

Candela se levantó del taburete. Dio un par de pasos por la tienda. Necesitaba moverse.

—Vale —dijo—. Supongamos que me lo creo. Que no me lo creo, pero supongamos que sí. ¿Por qué ese paraguas estaba goteando?

Amparo miró el Calabobos. Su expresión se suavizó.

—Porque ha despertado.

—¿Despertado?

—Los paraguas con nombre duermen casi siempre. Años, a veces. Pero de vez en cuando, uno despierta. Amanece mojado por dentro. —Amparo hizo una pausa —. Eso significa que alguien, al otro lado, necesita ayuda. Que en el sitio donde nace esa lluvia ha pasado algo. Y el paraguas llama.

Candela recordó el olor que había salido de la tela. Hierba cortada. Desván. Cosas guardadas.

—¿Y usted va?

—Iba.

La palabra se quedó flotando en el aire.

—¿Ya no?

Amparo tardó en responder. Pasó la mano por el lomo de Orballo, que arqueó la espalda.

—Yo ya no puedo cruzar —dijo al fin—. Eso te lo contaré otro día. O no. Ya veremos.

—Entonces, ¿quién va a ir?

Amparo levantó la vista y la miró directamente. No dijo nada. No hizo falta.

Candela sintió que se le secaba la boca.

—No —dijo—. No, no, no. Yo llevo aquí una semana. Yo vendo paraguas. Bueno, ni siquiera los vendo, sirvo cafés.

—Los paraguas eligen, niña. No yo. —Amparo lo dijo sin dureza, casi con ternura—. Ese llevaba dieciocho años dormido. Y la misma noche que tú llegaste, se movió en el escaparate. Lo vi a la mañana siguiente. Estaba torcido en su gancho. Mirando hacia la calle.

Candela recordó el temblor que había visto aquella primera noche, bajo los soportales, calada hasta los huesos. Se le erizó la piel de los brazos.

—Eso es una coincidencia.

—Puede ser.

—Quizás lo movió el gato.

Orballo, desde el mostrador, la miró ofendido.

—Puede ser —repitió Amparo, tranquila—. Por eso te lo cuento, pero no te pido nada. Si no te lo crees, mejor. Así no te ilusionas. Y si un día te lo crees, decides tú. Nadie te va a obligar a abrir un paraguas.

* * *

La conversación siguió. Amparo le contó algo más, lentamente, como quien reparte migas.

Que no se podía llevar nada al otro lado que no cupiera bajo el paraguas. Y que, al volver, pasaba lo mismo. Solo regresaba lo que estuviera bajo la tela en el momento de escampar.

Que los mundos del otro lado no eran peligrosos, en general. Eran extraños, eso sí. Pero no malos.

Y que había otra norma más. La más importante. No era de los paraguas, sino del pueblo.

—En Valdorvallo nadie pregunta —dijo Amparo—. Todo el mundo sabe que en esta tienda pasan cosas raras. Lo saben desde siempre. Sus abuelos lo sabían, y los abuelos de sus abuelos. Pero nadie lo comenta. Nadie pregunta. Es su forma de protegerlo.

—¿Proteger el qué?

—El secreto. Y a nosotras.

Candela quiso preguntar por el cuaderno. Por la línea tachada de 1979. Por la puerta de detrás del mostrador y la llave en forma de gota. Por la voz tierna y triste que había oído a través de la madera.

Abrió la boca.

Amparo levantó una mano.

—Eso no —dijo. Y no hubo más que hablar.

Se levantó, recogió los platos y dio la vuelta al cartel de la puerta. Abierto. Fuera caía una llovizna mansa y gris.

—A trabajar —dijo—. Que las varillas no se cambian solas.

* * *

Candela pasó el resto de la mañana cambiando varillas y dándole vueltas a la conversación.

Pensó que era algo imposible. Un cuento de viejas. Que Amparo se lo había inventado, o se lo había creído de tanto oírlo, como esas historias de fantasmas que se repiten en algunas familias hasta que parecen ciertas.

Pero luego veía el paraguas azul. El cuenco con su poquito de agua limpia. Pensaba en los guantes de Eusebio, que se habían esfumado del mostrador en el tiempo de ponerse un abrigo. Y ya no estaba tan segura de casi nada.

A mediodía, cuando Amparo se fue a comer, Candela cerró la tienda y cruzó la Plaza del Chaparrón hasta El Tejadillo.

Necesitaba ver caras normales. Oír conversaciones normales.

Nieves estaba en su mesa de siempre, con su crucigrama. Candela se sentó frente a ella y pidió un caldo.

—¿Qué tal con Amparo? —preguntó Nieves sin levantar la vista.

—Bien. Es… peculiar.

—Mucho.

Candela removió el caldo con la cuchara. Dudó. Luego, en voz baja:

—Nieves, ¿usted sabe algo de la paragüería? Quiero decir… ¿de cosas raras que pasen allí?

Nieves dejó de escribir. Por un momento, el bolígrafo se quedó quieto sobre el papel. Luego levantó la vista y miró a Candela por encima de sus gafas de pasta. Fue una mirada larga, amable y absolutamente firme.

—Horizontal, doce —dijo—. «Lo que no se pregunta en Valdorvallo». Seis letras.

Candela no contestó. Nieves volvió al crucigrama.

Desde la barra, Chema, que había oído la conversación mientras secaba un vaso, le guiñó un ojo a Candela. Luego siguió secando, como si nada.

* * *

Por la tarde, al volver a la tienda, Candela dio un rodeo. Subió por la Cuesta del Charco Hondo, empinada y estrecha, con el agua corriendo por el centro de los adoquines.

A mitad de la cuesta estaba el taller del relojero. Era un local pequeño con un escaparate lleno de relojes. Relojes de pared, de bolsillo, de sobremesa, de cuco. Un cartel de madera sobre la puerta decía: Relojería Eusebio. Reparaciones.

Todos los relojes del escaparate estaban parados. Cada uno marcaba una hora distinta.

Dentro, a la luz de una lámpara de mesa, Candela vio a Eusebio. Estaba de pie ante un mueble lleno de cajoncitos, abriéndolos uno por uno. Miraba dentro, lo cerraba, abría el siguiente. Buscaba algo. Con una lentitud cansada, como quien lleva mucho rato buscando.

Candela iba a pasar de largo. Pero el relojero levantó la vista y la vio a través del cristal. Tras una pequeña duda, le hizo un gesto para que entrara.

Dentro hacía calor y olía a aceite de máquina y a metal. No se oía ni un solo tictac.

—Usted es la chica de Amparo —dijo Eusebio. Esta vez la reconoció—. La del otro día. Siento mucho lo del bar.

—No se preocupe. De verdad.

Eusebio asintió. Miró los cajoncitos abiertos. Tenía una expresión perdida.

—¿Busca algo? —preguntó Candela—. Si quiere, le ayudo. El relojero se quedó callado un momento. Luego habló muy bajo, casi para sí mismo.

—Una canción. —Soltó una risa triste—. Qué tontería, ¿verdad? Buscar una canción en un cajón.

—¿Una canción?

—Pilar la tarareaba siempre. Mientras cocinaba, mientras tendía la ropa.

Cuarenta y seis años oyéndola. —Eusebio se tocó la frente con dos dedos—.

Y esta mañana me he despertado y no me acuerdo de cómo era.

Ni una nota. Es como si se me hubiera ido de la cabeza.

Como si la hubiera perdido por el camino.

Candela sintió un nudo en la garganta.

—Seguro que vuelve —dijo. Y se sintió tonta al decirlo.

Eusebio la miró con sus ojos grises, muy claros.

—Eso decía Pilar. Que en este pueblo todo lo que se pierde acaba volviendo. —Cerró el último cajón—. Pero yo ya no sé. Cada día se me va algo más.

* * *

Esa noche, Amparo se quedó hasta bastante tarde en la tienda. Estaba cosiendo sin coser. La aguja se quedaba parada en el aire durante minutos enteros.

Cuando por fin se levantó para irse, cogió el abrigo y se detuvo junto a Candela, que estaba recogiendo las tazas. —El Calabobos no se abre con cualquier llovizna —dijo —. Necesita la suya. Esa lluvia tan fina que parece que no moja y te deja calada. La que engaña a los bobos. Por eso se llama así.

—Amparo, ya le he dicho que no…

—Ya sé lo que me has dicho. —La mujer le puso una mano en el brazo. Era una mano pequeña, seca, sorprendentemente fuerte—. Solo te digo una cosa más. Cuando llegue su lluvia, lo sabrás. No te hará falta que yo te lo diga.

Y se fue a su casa, a dos portales y medio de allí.

* * *

Candela subió a su cuarto. Se sentó a la mesa, junto a la ventana. Caía una lluvia normal, de gotas medianas. Sabía, sin saber cómo, que no era la del paraguas.

Cogió un tique de la tienda que tenía en el bolsillo del pantalón y un lápiz. Casi sin pensar, empezó a escribir en el reverso. Con letra pequeña, apretada.

Cada paraguas, una lluvia.

Solo se abre bajo la suya.

Te lleva a donde nació.

Vuelves cuando escampa.

Solo cruza lo que cabe debajo.

Si despierta, alguien necesita ayuda.

En Valdorvallo nadie pregunta.

Lo leyó dos veces.

—Es imposible —dijo en voz alta.

Orballo, que estaba tumbado en la cama, levantó la cabeza y la miró.

Candela dobló el tique por la mitad. Luego otra vez. Pensó en tirarlo a la papelera, como había tirado el dibujo de la gallina.

No lo tiró.

Lo guardó en el bolsillo de su abrigo. El abrigo de ciudad, bonito y fino, que no servía para nada en aquel pueblo.

Apagó la luz, se tumbó y se quedó escuchando la lluvia. En algún momento de la noche, entre el sueño y la vigilia, se sorprendió a sí misma intentando adivinar cómo sonaría una lluvia que engaña a los bobos.