LA PARAGÜERÍA DE VALDORVALLO Libro 1 Capítulo 4
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Capítulo 4

El paraguas mojado por dentro

El martes, Candela bajó a la tienda antes de lo habitual. Sin saber muy bien por qué.

Se había despertado a las siete, sin necesidad de despertador, con una rara sensación en el pecho. No era angustia. Más bien era la sensación de que alguien la llamaba desde otra habitación.

Se puso el jersey encima del pijama y bajó la escalera de caracol descalza. El hierro de los escalones estaba muy, muy frío bajo los pies.

La tienda estaba en penumbra. Por el escaparate entraba una luz gris, apenas suficiente para distinguir las formas. Los paraguas colgaban del techo, inmóviles. Las estanterías. El mostrador. La cafetera en su rincón.

Y en el suelo, justo en el centro de la tienda, un charco.

Era pequeño, del tamaño de un plato. Candela se acercó despacio. Oyó un sonido suave, regular. Plic. Silencio. Plic. Silencio. Plic.

Levantó la vista.

Del techo, justo encima del charco, colgaba el paraguas azul oscuro con mango de madera clara. Y de su punta metálica caía una gota. Y luego otra. Y luego otra más.

—No puede ser —murmuró.

Lo primero que pensó fue: una gotera. Era lo lógico. Una casa vieja, un pueblo donde llovía casi todos los días… Encendió la lámpara del mostrador y observó el techo con atención. Las vigas de madera estaban secas. El yeso entre ellas, también. Ni una mancha, ni una grieta.

Se fijó mejor en el paraguas. Por fuera, la tela estaba seca. Completamente seca, igual que la de los demás. Pero el agua salía de dentro.

Resbalaba desde el interior de los pliegues, bajaba por la varilla central y goteaba por la punta. Como si dentro de aquel paraguas cerrado estuviera lloviendo.

Candela se quedó un buen rato mirándolo. Luego fue a la cocina de la trastienda, cogió un cuenco de loza y lo colocó bajo la punta.

Plic.

La gota cayó en el cuenco con un sonido limpio, casi musical.

Orballo apareció desde algún rincón. Se acercó al cuenco, lo olfateó y se sentó al lado, muy recto, con la cola enroscada. Miró hacia arriba, hacia el paraguas. Y ya no se movió.

* * *

Amparo llegó a las nueve menos cinco, como siempre.

Candela la estaba esperando junto al mostrador, ya vestida, con dos tazas de café preparadas. No sabía cómo empezar a contárselo. Había ensayado varias frases mientras esperaba. Todas le parecían absurdas.

No hizo falta.

Amparo entró, dejó el bolso en la silla y fue hacia la puerta, como cada mañana. Abrió. Sacó la mano con la palma hacia arriba. Cerró los ojos.

Y se quedó así mucho más tiempo que de costumbre.

Cuando abrió los ojos, no dijo el nombre de la lluvia. Se giró despacio. Miró el cuenco en el suelo. Miró a Orballo. Luego subió la vista hasta el paraguas azul.

Candela vio cómo le cambiaba la cara. No fue un gesto brusco. Fue algo más sutil. Como si una sombra le pasara por detrás de los ojos.

—¿Desde cuándo? —preguntó Amparo.

—No lo sé. Cuando he bajado, a las siete, ya goteaba.

Amparo asintió. Cerró la puerta de la calle.

Luego fue hasta el fondo de la tienda y cogió una pértiga larga de madera, con un gancho de hierro en la punta.

Candela la había visto usarla para bajar los paraguas más altos.

Amparo la levantó con cuidado, enganchó el mango del Calabobos y lo descolgó con una suavidad que Candela no le había visto nunca.

Como si estuviera sacando a un niño dormido de la cuna.

Lo sostuvo en horizontal, con las dos manos. Luego, muy despacio, lo abrió un poco. Solo un palmo.

Candela se acercó.

Por dentro, la tela estaba empapada. Gotitas finísimas cubrían toda la superficie, como el rocío sobre la hierba al amanecer.

Y del interior salió un olor que Candela no esperaba. Olía a prado. A hierba recién cortada. Y, por debajo, a algo más. A papel viejo, a cajón cerrado mucho tiempo y a desván.

—Huele a… —Candela buscó la palabra—. A cosas guardadas.

Amparo la miró de reojo, sin decir nada. Pasó la yema de un dedo por la tela húmeda. Luego, lentamente, cerró el paraguas y lo dejó apoyado sobre el mostrador, con la punta dentro del cuenco.

—Ya ha empezado —dijo en voz baja.

No se lo decía a Candela. Se lo decía a sí misma.

—¿El qué ha empezado?

Amparo se volvió hacia ella. Por un momento, pareció estar a punto de decir algo. Luego tomó su taza de café, sopló un poquito y bebió un sorbo.

—Hoy tenemos aguacero —dijo—. Fuerte. Toda la mañana.

Y eso fue todo.

* * *

Fue un día extraño.

Llovió a cántaros, como Amparo había dicho. Un aguacero espeso, ruidoso, que convertía la calle en un río y hacía que el agua bajara por la Cuesta del Charco Hondo con rumor de cascada.

No entró casi nadie en la tienda. Solo Tino, el cartero, calado hasta los huesos, que dejó un par de cartas, se tomó un café rápido y de pie y se marchó silbando.

Amparo mostró una actitud extraña durante toda la mañana.

Cosía, pero a cada poco soltaba la aguja y miraba hacia la puerta.

Otras veces observaba el paraguas azul, que seguía goteando sobre el mostrador.

Plic. Plic. Y otras, se quedaba mirando a Candela con una expresión que ella no sabía descifrar. Como si la estuviera midiendo.

A media mañana, Amparo sacó de debajo del mostrador un cuaderno grande, de tapas de cuero oscuro, con las esquinas redondeadas por el uso. Lo abrió sobre el mostrador y empezó a pasar páginas.

Candela, que estaba colocando una caja de varillas en la estantería, se acercó lo justo para mirar por encima de su hombro.

Las páginas contenían columnas escritas a mano. Varias letras distintas, algunas muy antiguas, con tinta marrón y trazos llenos de adornos. Otras más recientes. Las últimas, con la letra elegante y temblorosa de Amparo. En cada línea había una fecha, un nombre de lluvia y, a veces, una palabra más.

Candela alcanzó a leer algunas:

Sirimiri. 14 de marzo de 1962. Volvió.

Cellisca. 2 de enero de 1971. Volvió.

Calabobos. 8 de octubre de 1987. Volvió.

Calabobos. 19 de noviembre de 2003. Volvió.

Más abajo había una línea tachada. Con fuerza, con muchos trazos, hasta hacerla ilegible. Candela solo pudo distinguir el año: 1979. Y en la columna de la derecha, donde las demás decían volvió, no había nada escrito.

Amparo cerró el cuaderno de golpe. Candela se apartó enseguida, fingiendo que colocaba las varillas. Le ardían las mejillas.

Amparo no le dijo nada. Guardó el cuaderno debajo del mostrador y no lo volvió a sacar en todo el día.

* * *

Después del almuerzo, el aguacero amainó y se convirtió en una lluvia normal, de gotas gordas y lentas.

Amparo se asomó a la puerta, sacó la mano y escuchó.

—Hoy no —murmuró.

Y a Candela le pareció que lo decía con alivio.

—¿Hoy no qué?

—Hoy no es su lluvia. —Amparo señaló con la barbilla el paraguas azul—. Menos mal.

—Amparo, por favor. ¿Qué significa todo esto?

La mujer se quedó quieta en la puerta, de espaldas. Fuera, la lluvia caía sobre la Calle de los Soportales con un sonido amable.

—Mañana —dijo al fin—. Mañana te cuento lo que pueda. —¿Por qué no ahora?

Amparo se dio la vuelta. Tenía los ojos cansados.

—Porque ahora tengo que pensar. Y a mi edad, niña, pensar cuesta.

Luego hizo algo que Candela no le había visto hacer en toda la semana. Metió la mano bajo el cuello de la rebeca verde y sacó un cordón de cuero negro. Colgada de él, junto a la cadenita de las gafas, había una llave. Era de hierro, larga, antigua, con la cabeza en forma de gota de agua.

Candela nunca se había fijado en que Amparo llevara nada colgado del cuello, aparte de las gafas.

Amparo fue hasta la puerta que había detrás del mostrador. Candela la veía todos los días, pero nunca le había prestado atención. Era una puerta estrecha, de madera oscura, con una cerradura de hierro. Siempre había pensado que daba a un almacén.

Amparo metió la llave en la cerradura. La giró dos veces. Abrió la puerta lo justo para pasar y entró. La cerró tras ella.

Candela oyó la llave girar otra vez. Por dentro.

Se quedó sola en la tienda, con Orballo y el paraguas que goteaba. Durante un buen rato no oyó nada. Luego, muy bajito, le llegó la voz de Amparo desde el otro lado de la puerta. Hablaba despacio, con pausas. Como quien habla con alguien.

Candela no entendía las palabras. Solo el tono. Era un tono que no le había oído antes. Tierno y triste a la vez. Pero allí dentro, que ella supiera, no había nadie más.

* * *

Amparo salió una media hora más tarde. Tenía los ojos un poco enrojecidos, aunque su voz sonó igual de firme que siempre cuando dijo que se iba a casa temprano, que Candela cerrara a las siete y que no tocara el paraguas.

—Si el cuenco se llena, lo vacías. Nada más.

—¿Y si pasa algo?

Amparo se puso el abrigo. Cogió su bolso. En la puerta, se detuvo.

—No va a pasar nada esta noche —dijo—. Esta noche va a llover de otra manera.

Y se fue.

* * *

Candela cerró a las siete. Cenó las lentejas de Rosario, recalentadas en el hornillo. Intentó leer un libro viejo que había encontrado en la estantería del cuarto, pero no pasó de la primera página.

Cada poco, sin darse cuenta, se quedaba escuchando.

Plic. Silencio. Plic.

Llovía fuera, sí. Pero Amparo tenía razón: era una lluvia distinta. Densa, recta, sin prisa. No era la lluvia fina que parecía no mojar.

A las once, bajó a vaciar el cuenco. Estaba casi lleno. El agua era clara, limpísima, y seguía oliendo a hierba cortada y a desván. La tiró por el fregadero y volvió a colocar el cuenco en su sitio.

Orballo seguía allí. No se había movido en todo el día. Sentado junto al cuenco, recto como una estatua, vigilando.

—¿Tú sabes lo que pasa, verdad? —le dijo Candela en voz baja.

El gato la miró. Parpadeó muy despacio.

Candela iba a subir ya cuando se detuvo. Miró la puerta estrecha que había detrás del mostrador. La que Amparo había cerrado con la llave en forma de gota.

Se acercó sin hacer ruido. No iba a intentar abrirla, se dijo. Solo quería mirar.

La puerta parecía normal. Madera oscura, vieja, algo combada por la humedad. Pero por debajo, por la rendija entre la madera y el suelo, salía un hilo de aire. Candela se agachó y acercó la mano.

El aire estaba frío. Mucho más frío que el de la tienda.

Y traía un sonido.

Era lluvia. Lluvia cayendo sobre algo, sobre una superficie que Candela no sabía identificar. No era pizarra, ni piedra, ni tela. Era un sonido hueco y lejano. Y no se parecía en nada a la lluvia que caía en ese momento sobre Valdorvallo.

Candela puso la palma de la mano sobre la puerta. La madera estaba fría. Y húmeda. Como si al otro lado estuviera lloviendo desde hacía muchos, muchos años.

—¡Miau!

Candela dio un salto. Se le escapó un grito pequeño.

Orballo estaba detrás de ella. Era la primera vez que lo oía maullar. No había sido un maullido suave, de gato que pide comida. Había sido seco, fuerte. Una advertencia.

El gato la miraba fijamente con sus ojos de cobre.

—Vale —susurró Candela, apartando la mano—. Vale. Ya me voy.

Subió la escalera de caracol con el corazón latiéndole en los oídos. Se metió en la cama sin quitarse el jersey. Se tapó hasta la barbilla.

Abajo, los paraguas crujían en la oscuridad. Uno de ellos goteaba.

Y detrás de una puerta cerrada con llave, en algún lugar que no debería existir, llovía.