Capítulo 3
Trescientos días de lluvia
La primera semana, Candela aprendió tres cosas.
La primera, que en Valdorvallo nadie tenía prisa. Ni el panadero, ni el cartero, ni la farmacéutica, ni los perros que dormían bajo los soportales. Todos iban despacio, como si el pueblo entero caminara bajo el agua y nadie quisiera salpicar.
La segunda, que allí la lluvia no era una sola cosa. Era muchas.
Y la tercera, que Amparo sabía distinguirlas todas.
Cada mañana, a las nueve menos cinco, Amparo llegaba a la tienda con su rebeca verde y su bolso de cuero gastado.
Antes de encender la luz, incluso antes de quitarse el abrigo, iba hasta la puerta, la abría de par en par y sacaba la mano fuera.
La dejaba ahí unos segundos, con la palma hacia arriba.
Luego cerraba los ojos y respiraba profundamente.
—Llovizna —decía el lunes.
—Orvallo —decía el martes.
—Chubasco a media mañana. Luego escampa un rato. Luego vuelve —decía el miércoles.
Y nunca fallaba.
Candela empezó a imitarla sin darse cuenta. Al tercer día ya sacaba ella también la mano por la puerta. Sin notar nada especial. Solo agua, frío y humedad. Pero le gustaba el gesto. Era como dar los buenos días al cielo.
—No es la mano —le dijo Amparo el jueves, viéndola—. Es el oído. Cada lluvia suena distinta sobre la pizarra. Tú escucha. Ya aprenderás.
Candela escuchó. Solo oyó lluvia.
Pero siguió escuchando.
* * *
El trabajo era sencillo y, al mismo tiempo, no lo era.
Por la tienda pasaba casi todo el pueblo.
Casi nadie entraba a comprar. Entraban a que les arreglaran una varilla, a cambiar un mango roto, a preguntar si Amparo tenía «uno igual que el que me regaló mi madre».
Entraban, sobre todo, a secarse un momento, a charlar y a tomar un café.
«Lo primero, un café. Lo segundo, un paraguas. Nunca al revés».
Candela aprendió a manejar la cafetera italiana, la que silbaba como un pequeño tren cuando el café estaba listo. Aprendió a servir en las tazas desparejadas, cada una de un juego distinto, y a no preguntar por qué ninguna hacía pareja con otra. Aprendió a escuchar. Eso fue lo más difícil.
En la agencia, la gente hablaba para conseguir algo. Aquí, la gente hablaba únicamente por hablar. Del tiempo, que siempre era el mismo. De la vaca de fulano, que había parido gemelos.
Del hijo de mengana, que se había ido a Alemania y llamaba poco. Nadie esperaba que Candela resolviera nada. Solo que estuviera ahí.
Al principio le costaba. Se le iba la cabeza a otra parte. Pensaba que debería estar haciendo algo más útil. Luego, poco a poco, dejó de pensarlo.
Una tarde, mientras una señora le contaba con todo detalle cómo había perdido las llaves del gallinero, Candela se dio cuenta de que tenía un lápiz en la mano.
Estaba dibujando en el reverso de un tique.
Sin querer, casi sin mirar. Una gallina.
Una gallina con cara de ofendida y unas llaves colgándole del pico.
Se quedó mirando el dibujo. Hacía años que no dibujaba nada que no fuera un encargo.
Lo arrugó y lo tiró a la papelera antes de que la señora lo viera.
Orballo, que estaba sentado junto a la caja registradora, la miró con sus ojos de cobre. Candela habría jurado que la miraba con reproche.
* * *
Pero las noches… bueno, las noches eran otra cosa.
Amparo tenía razón: los paraguas hacían ruido. No mucho. Un roce de tela aquí. Un chasquido de varilla allá. A veces, un suspiro largo, como el de una tienda de campaña cuando la mueve el viento. Solo que en la paragüería no había viento.
La primera noche, Candela no pegó ojo. Se quedó sentada en la cama, con la luz encendida, escuchando.
La segunda, bajó a mirar. Encendió la lámpara del mostrador. Todos los paraguas estaban quietos, colgados del techo, en su sitio. Orballo dormía sobre un rollo de tela. Abrió un ojo, la miró con cara de «¿en serio?» y volvió a cerrarlo.
La tercera noche, Candela ya no bajó. Se tapó hasta las orejas y se dijo que era la madera, que las casas viejas crujen, que no había nada que temer.
La cuarta noche, se dio cuenta de que el ruido la ayudaba a dormir.
* * *
El sábado por la tarde, Rosario apareció en la tienda con un enorme paraguas rojo y una misión.
—Tú no has pisado todavía El Tejadillo —dijo, sacudiendo el paraguas en la puerta—. Y eso no puede ser.
—He estado trabajando.
—Por eso mismo. Venga, coge el abrigo. Amparo, que me la llevo.
Amparo, que estaba cosiendo detrás del mostrador, hizo un gesto vago con la mano, como quien espanta una mosca.
—Llévatela. Y que no vuelva tarde, que mañana es domingo y los domingos esto se llena.
—¿Los domingos abrís? —preguntó Candela.
—Los domingos no —dijo Amparo—. Pero se llena igual.
Candela no entendió la respuesta. Tampoco preguntó. Estaba aprendiendo.
* * *
El Tejadillo estaba en la esquina de la Plaza del Chaparrón. Era un bar antiguo, de techo bajo y vigas de madera negra. Tenía una barra de zinc, seis mesas, una estufa de leña en el centro y una tele encendida sin volumen en la que nadie se fijaba. Olía a leña, a vino y a tortilla recién hecha.
Cuando entraron, todas las cabezas se volvieron hacia ellas.
Candela sintió el impulso de dar media vuelta. En la ciudad, que te mirara todo un bar a la vez significaba que habías hecho algo mal. Aquí, comprendió enseguida, significaba solo que eras nueva.
—Esta es Candela —anunció Rosario en voz alta—. Trabaja con Amparo. Tratadla bien o no os fío más.
Hubo un murmullo general de bienvenida. Un par de vasos se levantaron. Alguien dijo «¡bienvenida, rapaza!». Detrás de la barra, un hombre enorme, con los brazos como troncos y un trapo al hombro, le sirvió un vaso de vino sin preguntarle qué quería.
—Chema —dijo, dándole la mano por encima de la barra. Tenía la mano grande y áspera—. Invita la casa. La primera.
—Y la segunda también, que te conozco —dijo una voz desde una mesa.
Era una mujer de unos setenta años, delgada, con el pelo corto y canoso y unas gafas de pasta gruesa. Tenía delante un periódico doblado por la página de los crucigramas y un bolígrafo mordisqueado.
—Nieves —dijo Rosario, llevando a Candela hasta su mesa—. Fue maestra aquí cuarenta años. Nos enseñó a leer a todos.
—Y a algunos no hubo manera —dijo Nieves, mirando de reojo hacia la barra.
Chema soltó una carcajada que hizo temblar los vasos.
Se sentaron con ella. Nieves le preguntó a Candela si sabía una palabra de siete letras que significara «lluvia menuda y persistente». Candela lo pensó.
—¿Orvallo?
—Seis. Pero vas bien.
—¿Llovizna?
Nieves la miró por encima de las gafas. Luego escribió la palabra en el crucigrama y asintió, satisfecha.
—Esta se queda —le dijo a Rosario.
Fue una tarde larga y agradable. Candela conoció a medio pueblo.
Al cartero, Tino, que tenía una bicicleta con guardabarros de otro siglo.
A las hermanas Otero, gemelas de ochenta años que no se hablaban entre ellas pero se sentaban siempre juntas.
A un pastor joven y tímido que se ponía rojo cada vez que alguien le dirigía la palabra.
Aprendió también el dicho del pueblo. Se lo contó Chema mientras le rellenaba el vaso, pese a sus protestas.
—En Valdorvallo llueve trescientos días al año —dijo, muy serio—. Y los otros sesenta y cinco, está a punto de llover.
Todo el bar se rio, aunque seguramente lo habían oído mil veces.
Candela se rio también. Y se dio cuenta de que llevaba casi dos horas sin mirar el móvil. De hecho, ni siquiera sabía dónde lo había dejado.
* * *
A punto estaba de levantarse e irse cuando la puerta del bar se abrió y entró un hombre mayor. Era alto y muy delgado, un poco encorvado. Llevaba un abrigo de lana oscuro, algo grande para él, y un sombrero de fieltro empapado.
Tenía un bigote blanco muy bien cuidado y unas manos largas y finas. Manos de alguien que ha pasado la vida haciendo cosas pequeñas y delicadas.
Todo el bar bajó la voz. No fue un silencio. Fue algo más suave. Como cuando alguien entra en una habitación donde duerme un niño.
—Buenas tardes, Eusebio —dijo Chema.
—Buenas, Chema. —El hombre se quitó el sombrero—. Un café solo, cuando puedas.
Se sentó en un taburete de la barra, de espaldas a la sala. Chema le sirvió el café. Eusebio se lo tomó despacio, en silencio, frente a la estufa.
—Es el relojero —le susurró Rosario a Candela—. Tiene el taller en la Cuesta del Charco Hondo. Se encarga del reloj de la iglesia desde hace cincuenta años.
—Parece triste.
—Enviudó el invierno pasado. Pilar, su mujer. Llevaban juntos toda la vida. —Rosario suspiró—. Desde entonces anda como perdido.
Nieves dejó el bolígrafo sobre el crucigrama.
—El reloj de la iglesia ya no da bien la hora —dijo en voz baja—. Unos días se adelanta. Otros se atrasa. El martes dio las doce a las doce y veinte. Eusebio nunca, en cincuenta años, había dejado que pasara eso.
Candela miró la espalda del relojero, estrecha y curvada sobre la barra.
En ese momento, Eusebio levantó la mano.
—Chema, cuando puedas, un café solo.
Chema se quedó quieto un segundo. Luego miró la taza vacía que el relojero tenía delante. Nadie en el bar dijo nada.
—Marchando, Eusebio —dijo Chema al fin, con una voz muy suave para un hombre tan grande.
Le sirvió otro café.
Cuando Candela y Rosario se pusieron los abrigos, Eusebio se giró en el taburete. Sus ojos, de un gris muy claro, se posaron en Candela. Por un momento, se le iluminó la cara entera.
—Pilar —dijo—. ¿Ya te vas? Espérame, que voy contigo.
Candela se quedó helada. No supo qué decir. Vio cómo la luz se apagaba en los ojos del relojero. Cómo se daba cuenta. Cómo la vergüenza le subía por el cuello, roja, hasta las orejas.
—Perdone, señorita —dijo en voz baja—. La he confundido. Qué tonto soy.
—No pasa nada —dijo Candela, y le salió muy sincero—. De verdad. No pasa nada, no se preocupe.
Eusebio asintió. Se giró otra vez hacia la barra. Y Candela salió a la lluvia con un nudo en la garganta que no se le fue en todo el camino.
* * *
El lunes por la mañana, Eusebio entró en la paragüería.
Llevaba el sombrero chorreando y el abrigo oscuro empapado por los hombros. No llevaba paraguas.
—Buenos días, Amparo —dijo—. Necesito un paraguas. Me he dejado el mío en algún sitio y no sé dónde.
Amparo dejó la costura. Lo miró con mucha dulzura.
—Siéntate, Eusebio. Candela, un café.
Mientras Candela preparaba la cafetera, vio cómo Amparo buscaba un paraguas negro, sencillo, de buena calidad. Lo abrió, comprobó las varillas, lo cerró y se lo dio al relojero.
—¿Cuánto te debo?
—Nada. Ya me lo pagarás.
—Amparo, no puede ser. Este mes ya van…
—Ya me lo pagarás —repitió ella. Y hubo algo en su voz que no admitía discusión.
Eusebio se tomó el café. Le dio las gracias a Candela sin reconocerla del sábado, o sin querer reconocerla, y se marchó con su paraguas nuevo bajo el brazo. Sin abrirlo, aunque llovía.
Candela se volvió hacia Amparo.
—¿Cuántos van?
—Cuatro. —Amparo había vuelto a coger la aguja—. Cuatro paraguas en un mes. Y un sombrero, y dos pares de guantes, y las llaves del taller tres veces. Se le pierde todo, pobre. Desde que se fue Pilar, se le va perdiendo todo.
Candela fue a recoger la taza del relojero. Junto a ella, sobre el mostrador, había unos guantes de piel marrón, gastados y suaves.
—Se los ha dejado olvidados —dijo.
Los cogió y corrió hacia la puerta. Se asomó a los soportales. Eusebio estaba ya al final de la calle, a punto de doblar la esquina.
—¡Eusebio! ¡Sus guantes!
El relojero no la oyó. La lluvia se tragaba las voces en Valdorvallo.
Candela regresó para coger el abrigo e ir tras él. Dejó un momento los guantes sobre el mostrador. Se puso una manga. Luego la otra. Se giró.
Los guantes ya no estaban.
Miró en el suelo. Detrás del mostrador. Debajo de la caja registradora. Nada. Miró a Amparo, que seguía cosiendo como si no pasara nada.
—¿Los ha cogido usted?
—No, hija.
—Estaban aquí. Hace un segundo.
Amparo dio una puntada. Y otra. Luego, sin levantar la vista, dijo:
—Cosas que se pierden. En este pueblo se pierden muchas. Déjalo estar.
Candela abrió la boca para protestar. Entonces se fijó en Orballo.
El gato estaba sentado en el suelo, en mitad de la tienda. Muy quieto, con las orejas tiesas. No miraba a Candela ni a Amparo. Miraba hacia arriba, fijamente, a un punto concreto del techo.
Candela siguió su mirada.
Allí arriba, entre todos los paraguas dormidos, colgaba el azul oscuro con mango de madera clara. El de la etiqueta que decía Calabobos.
Y a Candela le pareció, solo por un segundo, que su tela brillaba. Como si estuviera un poco húmeda.
* * *
Esa noche, sentada frente a la ventana de su cuarto, Candela oyó las campanadas del reloj de la iglesia. Contó once.
Miró su reloj de pulsera. Eran las doce menos cuarto.
Pensó en Eusebio subiendo cada semana a la torre para dar cuerda a un reloj que ya no le obedecía. Recordó su cara iluminada al llamarla Pilar, y los guantes que se habían esfumado sobre el mostrador.
Fuera, llovía. Una lluvia fina, muy fina. Tanto, que casi parecía que no mojaba.
Candela sacó la mano por la ventana, con la palma hacia arriba, como hacía Amparo cada mañana. Cerró los ojos. Escuchó el sonido del agua sobre la pizarra.
Y por primera vez le pareció oír algo distinto. No sabía cómo se llamaba esa lluvia. Pero supo, con extraña certeza, que no era la misma de ayer.