LA PARAGÜERÍA DE VALDORVALLO Libro 1 Capítulo 2
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Capítulo 2

Se precisa dependienta

Se despertó a las diez y media. Tardó un momento en entender dónde estaba.

La luz que entraba por la ventana era tenue y gris. Seguía lloviendo, pero ya de otra manera. No eran gotas; era una especie de polvo de agua, tan fino que parecía flotar en el aire sin caer.

Candela se quedó un rato observando, con la colcha hasta la barbilla. Había dormido once horas. No recordaba la última vez que le había pasado eso.

Miró el móvil. Catorce correos de la agencia. Tres llamadas perdidas de su jefa. Un mensaje que empezaba con «Candela, entiendo que necesites unos días, pero…».

Dejó el móvil boca abajo sobre la mesilla. Por ahora, no.

Abajo, Rosario le puso un café con leche y una gruesa tostada con mantequilla.

—Hoy tenemos orvallo —dijo, señalando la ventana con la barbilla.

—¿Orvallo?

—Esto. —Rosario movió la mano en el aire, como si acariciara algo—. Lluvia fina. La que parece que no moja y te cala hasta los huesos. Aquí tenemos nombre para cada lluvia, hija. Ya aprenderás.

Candela se calló que no pensaba quedarse lo suficiente como para aprender nada. Se limitó a asentir y a mojar la tostada en el café.

* * *

Salió a dar un paseo sin rumbo. Sus pies, sin embargo, sí parecían tenerlo.

Diez minutos más tarde estaba de nuevo bajo los soportales, delante del escaparate de la paragüería.

De día, la tienda se veía distinta. Menos misteriosa, más vieja. La madera del marco estaba muy gastada. Los cristales tenían pequeñas burbujas, como los de antes. Y la puerta estaba abierta, o al menos entornada.

En el cristal, sujeto con un trozo de celo amarillento, había un cartel escrito a mano, con letra elegante y algo temblorosa:

Se precisa dependienta.

No hace falta experiencia. Sí paciencia.

Información en el interior.

Candela lo leyó al menos un par de veces.

«No», se dijo. «Tienes un trabajo. Un piso. Una vida».

Luego pensó en sus manos quietas sobre el teclado. En el eslogan número doce. En las once horas de sueño.

Empujó la puerta. Sonó una campanilla. No era un tintineo corriente. Era un sonido más suave y largo, como el de unas gotas cayendo una detrás de otra en un cubo de metal.

El interior del comercio olía a madera, a tela encerada y a café recién hecho.

La tienda era estrecha y alta. Mucho más alta de lo que parecía desde el exterior.

Infinidad de paraguas colgaban del techo en filas, y seguían y seguían hacia arriba, hasta perderse en una penumbra donde la luz ya no llegaba.

A los lados, en estanterías de madera oscura, se guardaban cajas, rollos de tela, varillas, mangos sueltos, carretes de hilo.

Al fondo, un mostrador. Detrás, una puerta. Sobre el mostrador, de nuevo, el gato gris.

Ahora sí, Candela lo vio de cerca. Tenía los ojos del color del cobre viejo. Y estaba, sin duda, completamente seco. Ni rastro de humedad, aunque la puerta de la calle llevaba abierta toda la mañana y el orvallo entraba en la tienda como niebla.

—Se llama Orballo —dijo una voz.

Candela dio un respingo. Absorta en lo que estaba viendo, no se había dado cuenta de que había alguien más.

Detrás del mostrador, donde un segundo antes no había nadie, estaba sentada una mujer.

Era pequeña y casi anciana. Llevaba el cabello plateado recogido en un moño, una rebeca de lana verde y unas gafas de leer colgadas del cuello con una cadenita.

Tenía en las manos un paraguas negro abierto boca arriba y una aguja enhebrada. Estaba cosiendo una varilla.

—Perdone —dijo Candela—. No la había visto.

—Nadie me ve al principio —dijo la mujer, que siguió cosiendo sin levantar la vista—.

Luego ya no hay forma de quitarme de en medio —añadió con media sonrisa.

Dio la última puntada, cortó el hilo con los dientes y dejó el paraguas a un lado.

Ahora sí, miró a Candela. Fue una mirada larga, tranquila.

De esas que parecen ver todo tu interior.

—Vienes por el cartel.

No era una pregunta.

—Bueno… —Candela dudó—. Lo he visto, sí. Pero no sé si…

—¿Sabes cerrar un paraguas?

—Sí… Supongo que sí.

—¿Y abrirlo?

—También.

—¿Tienes prisa?

La pregunta la pilló desprevenida. Candela abrió la boca para responder sin saber qué decir.

Toda su vida había tenido prisa: prisa por terminar, por entregar, por llegar, por contestar. Y ahora, de repente, ya no.

—No —dijo al fin—. Creo que ya no.

La mujer asintió despacio, como si fuera la respuesta correcta.

—Entonces te quedas. Empiezas mañana a las nueve.

Candela se quedó mirándola.

—Pero… ¿no quiere saber nada de mí? ¿De dónde vengo, qué he hecho antes, por qué estoy aquí?

—No.

—¿Nada?

La mujer se levantó. Era todavía más pequeña de pie. Se dirigió hacia el hornillo que había en un rincón, junto a la puerta del fondo, y sirvió café de una cafetera italiana en dos tazas desparejadas. Le dio una a Candela.

—Mira, niña. En este pueblo se pregunta poco, por no decir nada. La gente llega cuando tiene que llegar y cuenta lo que quiere contar. Ni más ni menos. Ya lo irás viendo.

Candela sujetó la taza con ambas manos. Estaba caliente, muy caliente, y el calor le subió por los dedos hasta los brazos.

—Me llamo Candela —dijo.

La mujer sonrió. Tenía una sonrisa pequeña y torcida, llena de arrugas.

—Candela. Bonito nombre para un sitio donde casi nunca sale el sol. —Levantó su taza—. Yo soy Amparo.

—¿Como la tienda?

—Como la tienda. O la tienda como yo. A estas alturas, ya no sé quién se llamó así primero.

* * *

Amparo le enseñó el sueldo, que era modesto, y algo más que Candela no esperaba.

—Arriba hay un cuarto —dijo, señalando una escalera de caracol de hierro que Candela no había visto al entrar—. Es pequeño. Da a los tejados. Si lo quieres, es tuyo. No te lo cobro.

—¿En serio?

—Una tienda de paraguas necesita a alguien que duerma cerca. —Amparo dejó la taza en el mostrador—. Los paraguas hacen ruido por la noche. Hay que acostumbrarse.

Candela pensó que era una broma. Amparo no se rio.

Después le explicó lo básico. Cómo se dobla la tela para que no se marque.

Cómo se secan los paraguas: abiertos, pero nunca al lado de la estufa, porque la tela se resquebraja.

Cómo se cambia una varilla rota. Cómo se atiende a un cliente que entra empapado y de mal humor, que en Valdorvallo, dijo, era casi todo el mundo.

—Lo primero, un café. Lo segundo, un paraguas. Nunca al revés.

Candela iba asintiendo. Mientras Amparo hablaba, ella lo observaba todo a su alrededor.

Y poco a poco se fue fijando en un detalle: casi todos los paraguas tenían una etiqueta con el precio.

Pero algunos, no muchos, tenían otra clase de etiqueta.

Eran de cartón viejo, atadas al mango con un cordel.

Sin números. Solo palabras. Escritas a mano, con la misma letra elegante del cartel de la puerta.

Aguacero. Cellisca. Sirimiri. Chubasco.

Candela recordó a Rosario, esa misma mañana: «Aquí tenemos nombre para cada lluvia».

Entre ellos estaba el paraguas azul oscuro con mango de madera clara. El que la noche anterior le había parecido ver moverse. Su etiqueta decía:

Calabobos.

Sin pensarlo, alargó la mano para tocarlo.

—Ese no.

Amparo no alzó la voz. Pero algo en ella hizo que Candela retirara la mano al instante, como si se hubiera quemado.

—Perdone. Solo quería verlo.

—Los que tienen nombre no se venden —dijo Amparo. Su tono volvió a ser suave y amable—. Y no se tocan sin permiso. Esa es la única norma de verdad en esta tienda. Lo demás, lo irás aprendiendo.

—¿Por qué no se venden?

Amparo la miró por encima de las gafas.

—¿Qué te he dicho de las preguntas?

Candela sonrió sin querer.

—Que en este pueblo se hacen poco o nada.

—Pues eso.

Orballo, desde el mostrador, bostezó. Fue un bostezo enorme. Luego se lamió una pata con toda la calma del mundo, como si aquella conversación le pareciera de lo más aburrida.

* * *

Esa misma tarde, Candela se despidió de Rosario, que le dio un abrazo breve y cálido junto con un táper de lentejas «para los primeros días», y se mudó al cuarto de arriba.

Era diminuto. Una cama estrecha con un edredón de cuadros, una silla, una mesa pegada a la ventana y un perchero de pie. El techo era inclinado, y en la parte más baja había que agacharse. Pero la ventana…

Desde la ventana se divisaban todos los tejados de Valdorvallo.

Las pizarras brillaban de agua, las chimeneas echaban humo y la torre de la iglesia asomaba con su reloj. Más lejos, el río, y el puente de piedra que lo cruzaba. Y detrás de todo, los montes, tan verdes que parecían pintados, perdiéndose entre nubes bajas.

Candela abrió la maleta. No tenía mucho que colocar. Cuatro camisetas, dos pantalones, un jersey, el cargador del móvil. Le pareció poco equipaje para empezar una vida. O mucho, según se mirara.

Se sentó en la cama. Cogió el móvil. Lo sostuvo un rato en la mano.

Luego escribió un correo, muy corto, a su jefa. Le decía que no iba a volver. Que lo sentía. Que les deseaba suerte con el yogur.

Lo leyó tres veces. Pulsó enviar.

Esperó a sentir miedo, o culpa, o vértigo.

Sintió un poco de las tres cosas. Pero, por debajo, sintió también algo más.

Algo pequeño y tibio que no sabía nombrar.

Anocheció pronto. Abajo, Amparo cerró la tienda y se marchó a su casa, que estaba, le dijo, «a dos portales y medio».

Candela se quedó sola en el edificio. Bueno, casi sola.

Oyó un ruido suave en la escalera de caracol. Unos pasos que no eran pasos. Y Orballo apareció en la puerta del cuarto. La miró un momento con sus ojos de cobre. Luego entró, saltó a la cama y se acomodó a sus pies, hecho una bola gris.

Candela alargó la mano y le acarició el lomo. El pelo era suave, cálido. Y seco. Perfectamente seco.

—¿Cómo lo haces? —le preguntó en voz baja.

El gato, por supuesto, no contestó. Pero empezó a ronronear.

Y Candela se echó a reír. Una risa corta, sorprendida, que se le escapó sola. Hacía tanto tiempo que no se reía así que casi no reconoció el sonido.

Fuera seguía lloviendo. Abajo, en la tienda a oscuras, los paraguas colgaban del techo como murciélagos dormidos.

Y uno de ellos, el azul oscuro con mango de madera clara, se balanceó muy despacio. Aunque no había ni una sola corriente de aire.