LA PARAGÜERÍA DE VALDORVALLO Libro 1 Capítulo 1
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LA PARAGÜERÍA DE VALDORVALLO Libro 1

LA PARAGÜERÍA DE VALDORVALLO Libro 1

Por JG BOSCH

© inepub.com

Capítulo 1

El autobús de las siete

El autobús entró en Valdorvallo a las siete en punto, ya de noche.

Casi cinco horas llevaba Candela mirando por la ventanilla.

Al principio eran autopistas, naves y polígonos industriales.

Luego, montes, otros montes más verdes. Y al final, solo lluvia.

Una lluvia fina, tranquila y persistente, que empañaba el cristal por fuera y no permitía ver más que luces amarillas pasar despacio.

Era ya la única pasajera. El conductor, un hombre grandote con bigote gris, la miró por el espejo retrovisor tras frenar en la parada.

—¿Valdorvallo?

—¡Valdorvallo! —respondió ella.

—¿Trae paraguas?

Candela negó con la cabeza. El hombre soltó un suspiro largo, de los que se sueltan cuando alguien acaba de cometer un error evidente.

—Pues mal empieza usted.

Abrió la puerta. El frío aire exterior entró de golpe: húmedo, con olor a tierra mojada y a leña apilada.

Candela bajó con su pequeña maleta de ruedas, con una rueda que siempre se atascaba.

El autobús partió enseguida. Sus luces traseras se hicieron pequeñas en la curva y desaparecieron. Y se quedó sola.

La parada era un simple poste con un cartel oxidado. Enfrente, una calle de piedra subía entre casas grises con tejados de pizarra. Las farolas estaban encendidas, y la lluvia dispersaba su luz, como si alguien la hubiera difuminado con el dedo.

Ninguna voz. Solo el agua.

Se alzó el cuello del abrigo. Era un abrigo de ciudad, elegante y fino, pensado para ir del metro a la oficina y de la oficina al metro. En menos de un minuto tenía los hombros empapados y el frío metido en los huesos.

«¿Qué estoy haciendo aquí?», pensó.

Buena pregunta. Pero no tenía respuesta.

* * *

Tres días antes, un martes cualquiera, Candela se había sentado delante del ordenador, como siempre, a las nueve de la mañana. Debía terminar la campaña de un yogur. Colores alegres, gente sonriendo y un eslogan que el cliente había cambiado ya once veces.

Apoyó las manos sobre el teclado. Y así, inmóviles, se quedaron.

No fue dolor. Tampoco miedo. Algo más raro: como si el cuerpo se hubiera plantado y, simplemente, hubiera dicho: «Hasta aquí». Así se quedó un buen rato, con la mirada perdida en la pantalla. Oía a sus compañeros teclear alrededor y el zumbido del aire acondicionado. Y también su propio corazón.

A las once se levantó, cogió el bolso y se fue a casa. Sin decir nada a nadie.

Llevaba años cansada. Tantos, que ya no recordaba cómo era no estarlo. Dormía mal. Comía de pie. Respondía correos desde la cama.

Hacía ya mucho que no llamaba a sus amigas, y ellas también habían dejado de llamarla. No se lo reprochaba. Ella también se habría cansado de sí misma.

Aquella noche no durmió. Al día siguiente llamó a la agencia y pidió unos días. El jueves por la mañana hizo la maleta casi sin pensarlo y se fue a la estación de autobuses.

Allí, ya delante del panel de salidas, cayó en la cuenta de que no sabía adónde ir. Recorrió toda la lista de nombres. Casi todos sonaban a playa, a ciudad turística o a lugar de trabajo. Y, ya casi al final de la lista, vio uno que no conocía: Valdorvallo. Última salida del día.

Le gustó cómo sonaba. Sonaba a sitio lejano. A lugar donde a nadie se le ocurriría ir a buscarla.

Compró el billete. Y subió al autobús.

* * *

Ahora, ya en Valdorvallo y bajo la lluvia, aquella decisión le parecía una verdadera locura.

Echó a andar calle arriba, arrastrando la maleta. La rueda se atascó en la primera junta de las piedras. Tiró de ella. Se desatascó, y volvió a atascarse varias veces más. Candela soltó una palabrota en voz baja y siguió.

Las casas tenían balcones de madera pintados de verde, de azul, de rojo oscuro. Casi todas las ventanas estaban cerradas, pero detrás de algunas se veía luz. Una cocina con una olla al fuego. Un salón con la tele encendida. Una mujer mayor doblando ropa. Vidas sencillas y tranquilas.

Candela sintió una punzada rara. No sabía si era envidia o nostalgia.

Al final de la cuesta, la calle se abría a una zona con soportales. Arcos de piedra, uno tras otro, formando un pasillo resguardado de la lluvia. Se metió debajo casi corriendo. Por fin, un techo.

Se sacudió el agua del pelo. Respiró. Desde allí dentro, el sonido de la lluvia cambió: ya no caía sobre ella, sino sobre la calle, sobre las piedras brillantes, con un suave repiqueteo. Había un cartel en la esquina: Calle de los Soportales.

«Qué original», pensó, y casi sonrió.

Fue entonces cuando le llamó la atención un escaparate.

Era el único iluminado en toda la calle.

Una luz anaranjada y cálida, como la de una lámpara antigua.

Detrás del cristal, colgando del techo, había paraguas.

Muchísimos. Cerrados, boca abajo, apretados unos contra otros. Parecían murciélagos dormidos.

Los había negros y de colores. Con mango de madera, de hueso, curvo como un bastón.

Uno era verde botella. Otro, de un amarillo casi dorado. El de más allá, con la tela llena de puntos blancos, como si le hubiera nevado encima.

Sobre la puerta, pintado a mano en letras ya algo desconchadas, se leía:

PARAGÜERÍA AMPARO

Desde… siempre Candela se acercó al cristal. La tienda estaba cerrada. Nadie dentro. Un mostrador de madera, una alta estantería y aquella luz naranja que parecía no venir de ningún lugar concreto.

Bueno… casi nadie.

Sobre el mostrador había un gato. Gris, grandote, de pelo espeso. Estaba sentado muy recto, con la cola enroscada alrededor de las patas, y la miraba fijamente. Candela le devolvió la mirada. El gato no parpadeó.

Había algo misterioso en él, y pasaron unos segundos antes de que se diera cuenta de qué era.

En aquel pueblo todo estaba mojado. Las piedras, las paredes, los balcones, ella misma. Hasta el aire parecía mojado. Y sin embargo, aquel gato tenía un aspecto perfectamente seco. Seco como si nunca en su vida hubiera conocido lo que era una sola gota de agua.

«Normal», se dijo. «Es un gato de interior». Aun así, no dejó de mirarlo.

Entonces le pareció ver otra cosa. Uno de los paraguas del escaparate, uno azul oscuro con el mango de madera clara, se movió. Solo un poco. Un leve temblor, como el de una hoja cuando sopla una brisa. Candela parpadeó. El paraguas estaba quieto.

«Es el cansancio», se dijo. «Llevas tres días sin dormir».

De un salto suave, el gato bajó del mostrador y desapareció en la penumbra del fondo de la tienda.

* * *

Encontró alojamiento de pura casualidad. Al final de los soportales, un cartel metálico con forma de llave colgaba sobre una puerta: Pensión Rosario.

Llamó al timbre sin demasiada esperanza. Le abrió una mujer con una bata estampada de flores, que la miró de arriba abajo, empapada y con su maleta coja.

—Pasa, hija, pasa, que te vas a morir de frío.

No le preguntó de dónde venía, ni por qué, ni hasta cuándo. Le dio una llave, una toalla y un tazón de caldo caliente que Candela se tomó sentada en la cocina, en silencio, mientras la radio daba en voz baja la previsión del tiempo.

—Mañana, lluvia —dijo el locutor.

—Como siempre —murmuró Rosario, sin levantar la vista de la cazuela.

La habitación era pequeña. Una cama con colcha de ganchillo, un armario que olía a naftalina y una ventana con vistas a los tejados. Candela se quitó la ropa mojada, se metió en la cama y se quedó mirando el techo.

Fuera, la lluvia seguía cayendo sobre la pizarra. Un sonido constante, suave, que lo llenaba todo.

Pensó en la agencia, en el yogur, en el eslogan número doce, en los correos que se estarían acumulando. Esperó a que llegara la angustia de siempre, ese nudo en el pecho que la acompañaba cada noche desde hacía años.

No llegó.

Recordó luego el escaparate. Los paraguas colgados como murciélagos. El gato seco. Aquel paraguas azul que, seguro, seguro, se había movido. Y por primera vez en muchísimo tiempo, se quedó dormida sin poner antes el despertador.