Debajo de la capilla
La escalera descendía en espiral alrededor de un pozo.
Alcocer iba primero con una lámpara; Amelia lo seguía y Elena cerraba la marcha.
La puerta se cerró sobre sus cabezas y el sonido de la tormenta desapareció.
Sólo quedaron el roce de la ropa contra la piedra y un goteo constante que parecía avanzar con ellos.
La llama de Alcocer se inclinó hacia el pozo.
El aire descendía, señal de que existía otra salida, pero también llevaba un olor dulzón a materia estancada.
Amelia ató la cuerda a la baranda y dejó nudos cada pocos metros.
Si las lámparas se apagaban, podrían regresar siguiendo el tacto.
Elena dibujó una raya de tiza en cada giro.
Ninguna confiaba por completo en el plano de una mujer que había ayudado a diseñar el secreto.
En el último descanso encontraron una camilla estrecha, de las utilizadas para trasladar cuerpos. Las ruedas estaban limpias. Alguien seguía recorriendo aquel camino. Sobre la lona había una fibra de lana idéntica al uniforme de Landa.
Al final de la escalera encontraron el antiguo baño del convento.
Cuatro tinas de piedra ocupaban una sala cubierta por azulejos blancos.
Muchos estaban rotos o ennegrecidos por humo.
Amelia consultó la carta: «detrás de cuatro azulejos numerados».
Buscaron marcas, pero el incendio había borrado casi todo.
Elena descubrió el primer número grabado en la argamasa, detrás de una tubería.
Al desprender la pieza, apareció una superficie cubierta de letras diminutas.
El baño conservaba argollas en el piso y desagües demasiado grandes para una sala de aseo.
Alcocer creyó que se había utilizado para desinfectar a los mineros después de epidemias.
Amelia encontró restos de correas en una de las tinas.
Allí bañaban a pacientes que se resistían y podían mantenerlos sujetos mientras actuaban los sedantes.
En una pared quedaban uñas rotas dentro de la argamasa.
Elena comenzó a respirar con dificultad. Amelia le pidió que saliera, pero se negó. Su madre había pasado por aquel lugar. Necesitaba verlo, aunque comprender el mecanismo no le devolviera ningún recuerdo propio. Se concentró en copiar cada marca, transformando el horror en una tarea precisa.
No era una lista completa, sino una columna: fecha de nacimiento, sexo, nombre de la madre y apellido de destino.
Soledad había escrito directamente sobre el muro y colocado el azulejo de nuevo.
Los otros tres estaban en distintas paredes.
Trabajaron con una espátula para no quebrarlos.
Cada sección añadía nombres hasta sumar veintitrés niños.
La letra se volvía más apretada hacia el final, como si Soledad hubiera comprendido que no habría espacio suficiente.
Junto a algunos nombres anotó detalles que permitieran identificarlos: una mancha en el hombro, un dedo unido, una cicatriz producida por fórceps.
No confiaba sólo en documentos que podían falsificarse; había registrado el cuerpo de cada niño.
Amelia encontró la entrada correspondiente a los gemelos.
El niño fue entregado sin pago a una familia de apellido Castañeda; la niña figuraba como «destino incierto».
Jacinta había recordado correctamente al muchacho que sostuvo contra su pecho, pero el muro revelaba que nunca supo qué ocurrió con su hermana.
La anotación sobre el niño mencionaba una marca detrás de la oreja.
Amelia copió el dato sin decirlo. La verdad pertenecía primero al inspector, no a quienes deseaban utilizarla contra Rivas.
En otra línea apareció el nombre de una enfermera despedida en 1921. El círculo había continuado enviando madres a instituciones incluso cuando ya no entregaba niños. Proteger el secreto produjo nuevos delitos mucho después de que terminó la razón original.
Amelia copió deprisa. En la última columna encontró «Clara Montiel — niña — Muñoz». Debajo figuraba una anotación: «No entregada. Madre informada. Plan de salida». Alguien había trazado una línea roja y añadido: «Corregido por B. R.».
Un ruido metálico llegó del corredor. Apagaron las lámparas.
Pasos descendieron por la escalera, lentos, sin vacilación.
Alcocer sacó el revólver. Elena señaló una abertura detrás de las tinas y los condujo hacia un conducto de ventilación.
La piedra estaba húmeda y el espacio apenas permitía gatear.
La luz de otra lámpara entró en la sala. Amelia oyó a Landa maldecir al encontrar los azulejos retirados. No estaba solo.
—Rivas dijo que no salieran —respondió una voz que Amelia no reconoció—. Podemos cerrar la mina y esperar.
Elena avanzó más rápido. El conducto desembocaba en un corredor con rieles oxidados. A la izquierda, una corriente de aire indicaba la mina; a la derecha, el plano señalaba el archivo subterráneo. Amelia eligió el archivo. No había bajado para huir sin saber dónde murió Soledad.
La puerta de hierro estaba deformada por el calor.
En la superficie se veían golpes y rasguños.
Clara había escuchado a Soledad desde el otro lado.
Amelia colocó la mano sobre una abolladura y recorrió los golpes que el silencio había conservado durante veinticinco años.
La cerradura no cedió con ninguna llave.
Alcocer introdujo una barra entre el marco y la pared.
Los tres empujaron hasta abrir un espacio.
Antes de entrar encontraron, atrapado en la cerradura, un fragmento de metal. Era la punta de una llave rota. Tomás había intentado abrir desde ese lado y giró con tanta fuerza que la partió. La cicatriz de su mano y la llave demostraban el intento, pero también el fracaso que ocultó después.
Amelia guardó el fragmento junto a la medalla.
Si aparecía la otra mitad, podrían determinar quién conservó la puerta cerrada.
Elena observó que la fractura del metal era limpia y no mostraba oxidación en el interior; alguien había intentado extraerla años después. Rivas regresó al lugar más de una vez.
Alcocer señaló manchas oscuras sobre el hierro, restos de sangre y tejido. Soledad había golpeado con las manos heridas. Amelia sintió la urgencia de forzar la puerta sin precaución. Elena la detuvo y le recordó que la cámara podía colapsar. Los papeles no necesitaban otra muerte.
Utilizaron la barra como palanca y colocaron piedras para impedir que el marco volviera a cerrarse.
Cada movimiento fue lento. Amelia contó los golpes para mantener la respiración.
Pensó en Tomás haciendo lo mismo entre humo, sin tiempo ni ayuda suficiente.
Comprender su desesperación no modificaba los años posteriores, pero devolvía realidad a una escena que hasta entonces sólo conocía como acusación.
Cuando el espacio alcanzó el ancho de un hombro, una ráfaga apagó casi la lámpara.
Del interior llegó un olor a metal, papel quemado y un perfume tenue de lavanda.
Soledad utilizaba jabón de lavanda. Amelia supo que los olores podían conservarse en habitaciones cerradas o ser creados por la memoria. No dijo nada. Entró primero.
Al hacerlo liberaron aire caliente y seco.
La lámpara disminuyó. Amelia acercó un fósforo al suelo; la llama continuó, aunque débil.
Entraron por turnos para no consumir el oxígeno.
Alcocer quiso avanzar primero, pero ella lo detuvo: una tabla quemada podía sostener a una persona ligera y ceder bajo su peso. Probó cada paso con la barra.
Sobre el piso distinguieron marcas de arrastre que comenzaban en la reja y terminaban detrás de la mesa.
No eran recientes. Alguien había movido un cuerpo o una carga pesada después del incendio.
En el muro, cinco líneas verticales y una diagonal se repetían hasta formar grupos de días.
Amelia contó cuarenta y tres. Soledad permaneció encerrada allí más de un mes o alguien quiso que lo creyeran.
Dentro había estantes carbonizados, frascos fundidos y una mesa volcada.
Una pared había colapsado, sepultando la mitad de la estancia.
Amelia encontró un zapato de mujer bajo una capa de polvo, pero no había restos humanos a la vista.
En el fondo, una puerta pequeña comunicaba con otra cámara.
Sobre ella alguien había dibujado la flor y escrito con carbón: «Los nombres no están muertos».
Revisaron la mesa antes de abrir la puerta.
En un cajón encontraron instrumentos cubiertos de óxido: una tijera, una jeringa de vidrio rota y correas de cuero.
Alcocer identificó etiquetas de láudano y tintura de opio.
No era sólo un archivo. Allí podían haber mantenido a una persona sedada sin que las enfermeras de las salas la vieran.
Elena levantó el zapato. En la suela aparecían las iniciales S.
V. Amelia tuvo que apoyarse en la pared.
Recordaba a su madre caminando por la casa con calzado negro, siempre demasiado gastado en el talón izquierdo.
El zapato mostraba ese mismo desgaste. Sin embargo, si Soledad murió allí, alguien retiró su cuerpo; si sobrevivió, salió descalza o con ayuda.
En el interior había una tira de tela enrollada.
Soledad escribió sobre ella con tinta casi borrada: «No crean el traslado.
Sigo en la ocho». La frase contradecía el relato de Candelaria, quien sólo supo que desapareció debajo de la capilla.
Rivas pudo haberla movido después del incendio y mantenido viva dentro de una zona que todos creían clausurada.
Amelia guardó el zapato y la tela. La esperanza no volvió; el duelo, en cambio, cambió de forma. Durante veinticinco años había imaginado que Soledad se marchó sin mirar atrás. Ahora cada evidencia demostraba que luchó por volver.
La caligrafía era la de Soledad.