La paciente de la habitación 8 El precio del silencio #2
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El precio del silencio #2

—Y al guardarlos permitió que siguiera utilizándolo.

Matilde aceptó la contradicción. No existía forma de denunciar sin riesgo, pero esperar seguridad absoluta garantizaba que Rivas conservara el control. Decidieron copiar los nombres y enviar una versión fuera de la ciudad antes de bajar a la capilla.

Pilar llegó minutos después. Landa no había notado aún la falta. Tenían hasta el siguiente cambio de turno. La llave siete pesaba menos que la cuatro, pero las tres comprendían que acababa de colocar a Pilar dentro de la investigación de manera irreversible.

—Va a descubrirlo —murmuró.

—Dile que me viste salir por la puerta principal. Luego no hagas nada más.

Amelia se reunió con Matilde en la lavandería.

La jefa de enfermeras estudió el plano y señaló un corredor que descendía desde el antiguo baño hasta la capilla.

La entrada estaba detrás del retablo de san Lucas.

La llave cuatro abriría la primera puerta; la siete permitiría salir por la mina si el túnel continuaba libre.

Extendieron el plano sobre una mesa de doblar sábanas.

Los conductos de ventilación estaban marcados con líneas azules; las galerías de la mina, con rojo.

Varias se cruzaban debajo del hospital y terminaban en cámaras sin nombre.

Matilde recordó que, durante el incendio, el agua de las cisternas se desvió hacia los túneles.

Algunas zonas podían estar inundadas. Otras acumulaban gases de la mina capaces de apagar una lámpara y una vida sin aviso.

Amelia preparó una lista de equipo: dos lámparas, cuerda, vendas, agua, una barra y fósforos protegidos con cera.

Alcocer añadió un frasco de sales y una pequeña botella de oxígeno utilizada en cirugías.

Elena consiguió tiza para marcar el camino.

Cada objeto reducía el espacio para llevar pruebas, de modo que acordaron copiar la lista en tres lugares antes de entrar.

Pilar debía permanecer fuera y tocar la campana si Rivas abandonaba el despacho.

Protestó. Quería acompañarlos para demostrar que no tenía miedo.

Amelia respondió que vigilar una salida no era una tarea menor y que el valor no se medía por quién descendía más profundo.

Pilar aceptó, aunque su expresión dejó claro que seguía sintiéndose excluida.

—No puede ir sola —dijo Matilde.

—Elena conoce los pasadizos.

—La señorita Muñoz conoce los planos de Mercedes, no lo que hizo el incendio. Hay cámaras sin aire y pozos ocultos.

Alcocer se presentó antes del anochecer con medicamentos para Clara, cuerdas, lámparas y un estuche de curaciones. También llevaba un revólver heredado de su padre, aunque confesó que nunca lo había disparado. Amelia no quería armas, pero el recuerdo de Candelaria le impidió exigir que lo dejara.

Elena aceptó entrar. Clara trató de detenerla y sufrió otro acceso de tos. Amelia prometió que regresarían antes de la medianoche. Jacinta permanecería con ella. Antes de partir, Clara entregó a Amelia un dedal ennegrecido.

Clara pidió hablar a solas con Elena. Amelia se apartó hacia el patio, pero alcanzó a ver cómo se sentaban sin tocarse.

Durante semanas, Elena había llamado madre a una mujer que apenas toleraba su cercanía.

Aquella noche Clara levantó una mano y le acomodó un mechón detrás de la oreja, como si confirmara la cicatriz que Jacinta describió.

Elena cerró los ojos. El gesto duró sólo un instante, pero cuando salió llevaba el rostro de alguien que por fin tenía algo que perder.

—Era de Soledad —dijo—. Se le cayó cuando abrió mi puerta. Si la encuentras, dile que yo no dejé de buscar a mi hija.

A las diez, los tres entraron en la capilla por la sacristía. La lluvia golpeaba los vitrales y ocultaba sus pasos. Detrás del retablo encontraron una placa de hierro con dos cerraduras. Amelia introdujo la llave cuatro. Elena utilizó la siete.

Antes de abrir, permanecieron varios minutos en la oscuridad.

Desde la nave llegaba el murmullo de una mujer rezando.

No podían verla, pero cada palabra hacía más extraño utilizar una capilla como entrada a los lugares donde se cometieron los delitos.

Alcocer preguntó si debían esperar a que se marchara.

Elena respondió que las personas habían esperado demasiado para no incomodar una oración.

Amelia examinó las cerraduras. Una estaba gastada; la otra conservaba aceite reciente. Rivas seguía bajando. Junto al retablo encontró pequeñas rayas trazadas a la altura de una mano infantil. No pertenecían al incendio. Alguien había marcado cada ocasión en que el pasaje se abría desde la capilla.

Elena entregó a Amelia una carta sellada para Clara.

Si no regresaba, quería que su madre supiera que no descendió porque la sangre la obligara, sino porque eligió creerle.

Amelia guardó el sobre sin prometer que sería necesario.

Alcocer dejó junto a una vela su reloj y un papel con la hora de entrada.

Si Castañeda registraba la capilla, sabría dónde buscarlos.

—¿Tiene miedo? —preguntó Elena.

Amelia observó la medalla de Tomás dentro de su mano.

—Sí.

Ninguno intentó convertir la respuesta en valor. El miedo era información: les recordaba que debían mantener abierta la salida, conservar fósforos secos y no separarse. Rivas había utilizado el temor para inmovilizar; ellas lo utilizarían para prepararse.

Al introducir las llaves, Amelia sintió resistencia.

No las giraron hasta contar juntas. El mecanismo respondió con un golpe profundo que se propagó debajo del altar.

La mujer que rezaba se calló. Cuando volvió a hablar, pidió en voz alta por las almas sin nombre.

Tal vez había escuchado el pasaje antes.

Tal vez sólo era una coincidencia. Los tres descendieron sin comprobarlo.

Los mecanismos giraron al mismo tiempo.

La losa bajo el altar se abrió y dejó escapar una corriente de aire que olía a carbón mojado y a flores marchitas.