La paciente de la habitación 8 Debajo de la capilla #2
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Debajo de la capilla #2

Amelia acercó la lámpara. La frase no podía haber sido escrita antes del encierro, porque el carbón provenía de los estantes quemados. Soledad sobrevivió al inicio del incendio el tiempo suficiente para moverse dentro del archivo. Quizá encontró otra salida.

Elena abrió la cámara. Era un antiguo depósito de objetos pertenecientes a pacientes: maletas, zapatos, medallas religiosas, cartas que nunca se enviaron.

Entre ellos había varias cajas fechadas después de 1907.

El círculo siguió utilizando el escondite.

Alcocer encontró expedientes de mujeres declaradas incapaces y trasladadas a casas de reposo, incluida Teresa Montes. Clara no fue la única madre borrada.

Cada caja llevaba un número, no un nombre.

Amelia abrió una fechada en 1912. Contenía el vestido de una mujer, una fotografía familiar y una carta dirigida a un hijo que nunca recibió.

Otra guardaba una dentadura, un rosario y recibos de pagos mensuales hechos por una familia de la capital.

El hospital cobraba por mantener a las madres lejos incluso después de entregar a los niños.

Elena encontró un abrigo con el monograma de Mercedes.

En el bolsillo había una nota de Rivas: «La paciente pregunta demasiado.

Trasladar antes de que la muchacha regrese de Europa».

La fecha coincidía con el año en que Elena estudió en Francia.

Mercedes había sabido que Clara vivía y pagó para mantenerlas separadas.

Elena dobló la nota con manos firmes, pero Amelia vio cómo evitaba mirar el abrigo.

Alcocer reunió los expedientes más recientes.

No podían llevarlos todos. Amelia eligió aquellos con firmas distintas, suficientes para demostrar un patrón, y dejó pequeñas marcas de tiza en las cajas restantes.

Volverían con una orden o con testigos. Sacar pruebas sin registrar el lugar permitiría a Rivas acusarlos de fabricarlas.

Un disparo resonó en el corredor. La bala golpeó el marco. Alcocer apagó su lámpara y disparó hacia el techo para detener el avance. El estruendo sacudió la bóveda. Cayó polvo. Landa volvió a disparar y una esquirla cortó la mejilla de Elena.

Amelia sacó un pañuelo del bolsillo, lo dobló y lo presionó contra la herida.

Sangraba mucho, pero el corte era superficial.

Alcocer había disparado sin calcular la fragilidad del techo; una grieta avanzaba sobre ellos.

Guardó el arma con vergüenza. En un túnel, el miedo de quien pretende defender podía ser tan peligroso como el ataque.

La otra voz ordenó a Landa recuperar las hojas antes de derrumbar la cámara.

Amelia reconoció ahora al sacristán de San Rafael.

El anciano que fingió temor ante la medalla también servía al círculo.

La red no terminaba en el hospital. Se extendía por los lugares donde se registraban nacimientos, bautizos y muertes.

—¡Por la mina! —ordenó Amelia.

Tomaron dos expedientes y la copia de los nombres.

El corredor comenzó a derrumbarse detrás de ellos.

Elena abrió la salida con la llave siete, pero al otro lado no había un túnel libre.

Un desprendimiento había dejado una grieta estrecha sobre un pozo.

Alcocer cruzó primero y sostuvo la cuerda.

Amelia pasó después. Cuando Elena se encontraba a mitad del borde, Landa apareció en la puerta.

La sujetó por el tobillo. Elena cayó de rodillas y la lámpara rodó hacia el pozo. Amelia se tendió sobre la piedra y agarró sus muñecas. Alcocer apuntó, pero no podía disparar sin alcanzarla. Elena golpeó la mano de Landa con la llave. Él la soltó justo cuando otro tramo del techo cedió.

El derrumbe lo separó de ellos. No supieron si había quedado atrapado o si retrocedió. Continuaron hasta una galería que ascendía hacia la ladera. Al salir, la tormenta se había desplazado y Santa Aurelia brillaba abajo, cubierta de tejados mojados.

La galería no ascendía de manera continua.

Dos veces debieron cruzar zonas inundadas con el agua hasta la cintura.

Amelia sostuvo los expedientes sobre la cabeza mientras Elena guiaba a Alcocer, cuya mano comenzaba a hincharse.

En un tramo la lámpara se apagó. Avanzaron tocando el riel hasta encontrar una corriente de aire.

La oscuridad borró durante varios minutos toda diferencia entre hospital, mina y tumba.

Al acercarse a la salida escucharon golpes detrás.

Landa seguía vivo y buscaba otro paso. No podían detenerse.

Alcocer apoyó el hombro contra una vagoneta oxidada y la empujó sobre los rieles hasta atravesarla en la galería.

La barricada no resistiría mucho, pero les daría tiempo para alcanzar la ladera.

Elena respiraba con dificultad. Amelia revisó su tobillo: no estaba roto. Alcocer había perdido el revólver y sangraba por una mano. Aun así, conservaban la lista.

Se refugiaron detrás de una cantera abandonada antes de regresar a la ciudad.

Amelia lavó el corte de Elena y vendó la mano de Alcocer con la última gasa seca.

El médico quiso minimizar la lesión, pero dos dedos respondían con lentitud.

Si el tendón estaba dañado, podía perder parte de la movilidad necesaria para ejercer.

—No me diga que valió la pena —advirtió.

Amelia no lo hizo. Las pruebas podían ser importantes sin convertir una herida en precio obligatorio. Alcocer había elegido entrar con conocimiento parcial del riesgo; las madres del libro nunca tuvieron esa elección. No usarían el sacrificio voluntario para justificar el impuesto.

Elena extendió las hojas mojadas sobre una piedra.

Faltaba una esquina con dos nombres. Quiso regresar antes de que Landa los destruyera.

Amelia se negó. Memorizaron lo legible y copiaron cada línea en el reverso de las cartas.

Alcocer recordó una de las iniciales perdidas.

Entre los tres reconstruyeron casi todo.

Desde la ladera veían luces moviéndose cerca de la salida principal.

Rivas había enviado hombres. Debían descender por un sendero de cabras y entrar a Santa Aurelia por el cementerio.

El camino duplicaría la distancia. Elena no podía apoyar bien el pie.

Amelia arrancó una tira del borde de su enagua y se la cruzó alrededor del tobillo para sujetárselo.

Después recogió del suelo una rama firme para que la utilizara como bastón.

Durante el trayecto, Elena confesó que había pensado dejar a Amelia encerrada cuando la conoció.

Temía que tomara la lista y protegiera a Tomás.

Amelia admitió que consideró entregar a Elena a la policía para recuperar su vida anterior.

Ninguna había confiado de manera espontánea.

La alianza se había formado a partir de decisiones repetidas, no de una intuición moral.

Al llegar al cementerio pasaron junto a la tumba reciente de Tomás. Amelia no se detuvo. Llevaba en las manos un expediente capaz de modificar lo que sabía de su muerte. Regresaría cuando pudiera hablarle sin buscar una respuesta en la piedra.

Entonces Amelia contó las hojas.

El expediente de Clara estaba allí. El segundo, el que Alcocer había tomado del depósito, llevaba el nombre de Soledad Valdés y una fecha de ingreso de 1908.

Un año después de que la ciudad la declaró desaparecida.