La casa de los expósitos
Amelia no preguntó nada más aquella noche.
La respiración de Clara se había vuelto rápida y superficial; las uñas comenzaban a adquirir un tono azulado.
La condujo hasta la cama, elevó su espalda con almohadas y pidió agua caliente.
Alcocer escuchó el pecho sin sacar el instrumental del maletín hasta que Elena obtuvo permiso de su madre.
Había secuelas de una enfermedad pulmonar y años de encierro, pero la crisis cedió con reposo.
Cuando Clara se durmió, Amelia salió al corredor y vomitó en un cubo vacío.
Tomás había entregado la llave. La frase admitía más de una interpretación, pero el dolor eligió la peor.
Amelia recordó las manos de su padre enseñándole a escribir, su paciencia durante las fiebres de infancia, las tardes en que aguardaba fuera de la escuela de enfermería.
Nada de aquello desaparecía, pero ahora convivía con la imagen de Soledad golpeando una puerta cerrada.
—No necesito que la proteja de mi padre.
—No lo protejo. Le advierto que una verdad incompleta puede hacer el mismo daño que una mentira.
Alcocer propuso regresar al amanecer. Landa vigilaba la casa de Tomás y el archivo municipal; quizá no conocía el nuevo escondite.
Elena insistió en que Clara necesitaba medicinas.
Amelia escribió una lista breve y pidió a Alcocer que las consiguiera fuera del hospital.
Él aceptó, aunque antes de marcharse señaló la medalla de Tomás.
—La fecha grabada no es la de ingreso al grupo —dijo—. Es la noche en que algo cambió. Averigüe qué hizo después de entregar esa llave.
Antes de que Alcocer se marchara, Clara sufrió otro espasmo de tos.
Amelia contó las respiraciones y observó el esfuerzo de los músculos del cuello.
No había fiebre, pero el encierro, la humedad y el viaje habían debilitado unos pulmones dañados por años de infecciones mal tratadas.
Explicó cada movimiento antes de realizarlo y esperó a que Clara asintiera antes de apoyarle una mano en la espalda.
La mujer se tensó al primer contacto y después se dejó auscultar con el oído de Amelia, sin instrumento.
—En la casa de reposo decían que fingía para recibir atención —dijo Elena.
—Una persona puede necesitar atención y estar enferma al mismo tiempo.
Clara abrió los ojos. Parecía sorprendida de que ambas cosas no se excluyeran. Amelia le enseñó a respirar con los labios casi cerrados y preparó vapor con hojas de eucalipto. La crisis cedió lentamente. Aquella mejoría pequeña estableció más confianza que todas las preguntas sobre 1907.
Cuando quedaron solas, Clara pidió ver la medalla de Tomás. La sostuvo sin cerrar los dedos.
—Él la llevaba debajo de la camisa —murmuró—. Soledad quiso arrancársela la noche del fuego. Le dijo que no podía usar las dos cosas: esa flor y su anillo de casado.
—¿Mi padre abrió su puerta?
Clara miró hacia el corredor, donde Elena preparaba la cama.
Respondió que primero la cerró. Rivas había llevado a varios hombres y amenazó con arrestar a Tomás por falsificar documentos.
Después, cuando comenzó el humo, él regresó con otra llave y sacó a Clara por una abertura lateral.
Soledad permaneció al otro lado de una reja que se deformó con el calor.
—Tu padre eligió mal antes de elegir bien —dijo—. A veces una decisión llega demasiado tarde para salvar a quien debía.
Amelia guardó la frase junto a las demás pruebas, aunque ninguna hoja podía contenerla.
Durante las horas siguientes, Amelia ordenó la habitación y preparó una infusión.
Elena le contó que la casa de expósitos había funcionado como estación intermedia.
Los bebés salían del hospital por el túnel, permanecían allí hasta que se preparaban los documentos y luego eran entregados a las familias.
Las cunas azules no eran un dibujo infantil inventado: Clara las había visto la noche de su fuga.
Al amanecer regresaron juntas al pasaje para buscar lo que Candelaria hubiera escondido.
El lugar estaba destrozado. Habían volcado las cunas, arrancado tablas y quemado papeles en el patio.
Amelia encontró sangre seca en el borde de una puerta y una tira del hábito de Candelaria atrapada en un clavo.
La religiosa había llegado allí después de salir por la sacristía.
Landa debió sorprenderla, sujetarla y llevarla drogada al campanario.
La sangre formaba tres gotas separadas y una mancha arrastrada.
Amelia midió la altura en la puerta: Candelaria estaba de pie cuando se golpeó, todavía consciente.
Cerca del hornillo encontró una taza rota con sedimento lechoso.
Olía a almendras y opio. Landa no había logrado dominarla de inmediato; primero intentó hacerla beber.
La religiosa luchó el tiempo suficiente para esconder la carta y dejar el trozo de hábito como señal.
En el patio se veían dos tipos de huellas.
Las botas de Landa, anchas y con un clavo faltante en el talón, terminaban junto a la entrada.
Otras, de suela lisa, recorrían la galería y se detenían en cada cuna.
Rivas había llegado después para buscar la lista.
Elena comparó la distancia entre los pasos con la forma rígida de caminar del director.
No eran pruebas que un juez aceptaría, pero revelaban el orden: Landa hizo el trabajo violento; Rivas revisó lo que quedaba.
Elena se arrodilló junto a una de las cunas. En la parte inferior había veintitrés marcas, una por cada niño que pasó por la casa. Diecisiete coincidían con la lista de Soledad; las otras seis eran posteriores al incendio.
—No terminó en 1907 —dijo Amelia.
Debajo de la pintura azul descubrieron nombres grabados con una punta metálica.
Algunos eran completos: Lucía, Mateo, Isabel.
Otros sólo iniciales. Elena reconoció la suya, E.
M., junto a la fecha de su nacimiento. Amelia copió cada inscripción en el papel secante que había utilizado para conservar el ingreso del día que conoció a Elena.
Al mover la última cuna, encontraron una trampilla asegurada desde abajo.
La abrió una anciana con cofia negra. Era Jacinta Robles, la mujer mencionada en la carta seis.
Había sido cocinera de la casa de expósitos y llevaba veinticinco años viviendo en los sótanos, primero por miedo y después porque no tenía otro lugar.
Candelaria le llevaba alimentos cada semana.
La noche anterior escuchó cómo arrastraban a la religiosa y permaneció oculta.
Jacinta las condujo a un cuarto excavado bajo la cocina.
Había construido una vida con los restos de la institución: dormía en dos colchones infantiles cosidos, calentaba agua en una hornilla y cultivaba hierbas donde antes se lavaban pañales.
En las paredes conservaba rayas de crecimiento y nombres escritos por las mujeres que trabajaron allí.
Algunas regresaron años después buscando a los niños; Rivas les dijo que la casa nunca recibió recién nacidos.
Jacinta no encendió la lámpara grande hasta que Amelia mostró la medalla de Candelaria.
Aun entonces mantuvo una navaja debajo del delantal.
Tenía cataratas y una rodilla deformada, pero se movía por el sótano sin tropezar.
Durante años había aprendido a distinguir a los visitantes por el peso de sus pasos sobre el patio.
—La hermana pisaba primero con el talón —dijo—. Matilde arrastra un poco la izquierda. Ese hombre, Landa, camina como si quisiera romper el suelo.
En un estante guardaba veintitrés frascos vacíos.
Cada uno contenía una tira de tela distinta: encaje, manta, algodón de colores, fibras arrancadas de la ropa con la que llegaron los bebés.
Eran pruebas diminutas de que cada criatura había tenido una madre antes de convertirse en inicial.
Jacinta no sabía leer cuando comenzó; Candelaria le enseñó para que pudiera escribir las fechas.
Amelia examinó los frascos con la misma atención que habría dedicado a medicamentos. Dos telas conservaban manchas pardas. Una estaba bordada con la letra E; Elena reconoció el hilo azul de una manta que Mercedes mantuvo en su dormitorio hasta morir. Tomó el frasco y lo apoyó contra la frente.
—No quiero llevármelo —dijo después—. Es parte de la lista.
La decisión conmovió a Jacinta. Hasta entonces había respondido mirando al piso; por primera vez observó directamente a Elena.
—Tienes los ojos de la mujer que gritaba afuera —le dijo.
—Yo los alimentaba —contó Jacinta—. Llegaban dormidos, envueltos en mantas del hospital. Nunca traían el nombre de la madre, sólo una letra y una fecha. Después venía un automóvil o un coche cerrado. Candelaria rezaba, Matilde lavaba la ropa, yo calentaba la leche y fingía que no entendía.
Una madrugada recibió a dos gemelos. El niño respiraba con dificultad y la familia que había pagado sólo quería a la niña.
Rivas ordenó devolverlo al hospital como fallecido.
Jacinta lo mantuvo contra su pecho hasta el amanecer y consiguió que un matrimonio de mineros se lo llevara sin documentos.
El muchacho creció bajo el nombre de Julián Castañeda.
Amelia y Elena intercambiaron una mirada, la edad coincidía, Jacinta no podía asegurar que el inspector fuera el mismo niño, pero recordaba una cicatriz producida por el broche de la cesta detrás de la oreja izquierda.
—¿Rivas lo sabe?
—Rivas sabe todo lo que puede convertir en deuda.
Amelia entendió por qué Castañeda vacilaba frente a la medalla. No protegía únicamente a quien pagó sus estudios; protegía la versión de sí mismo que le permitía caminar por la ciudad sin preguntarse a quién habían declarado muerto para entregárselo a otra familia.