La paciente de la habitación 8 La heredera de los Muñoz #2
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La heredera de los Muñoz #2

Elena pronunció la palabra con amargura.

Después de la muerte encontró la llave número ocho y una caja de papeles.

Localizó a Clara en una casa de reposo administrada por una orden religiosa fuera del estado.

Había ingresado como Teresa Montes y durante años nadie investigó su identidad.

Elena la sacó con la ayuda de un abogado, pero no podía denunciar el caso sin los registros originales: ante la ley, ella seguía siendo pariente de los Muñoz y Clara una mujer declarada inestable.

—Por eso regresó como un fantasma —dijo Alcocer.

—Durante veinticinco años nadie quiso escuchar a los vivos.

El médico abrió una carta de Rivas. Su padre era mencionado como quien «corregiría el estado de la parturienta». La vergüenza endureció su rostro, pero no trató de defenderlo.

Amelia preguntó por la medalla. Elena había encontrado dos en la caja de Mercedes.

Una la llevaba cuando alguien la sorprendió dentro del hospital y le arrancó la cadena, dejando la marca en el cuello.

La otra se la dio a sor Candelaria. La religiosa reconoció el emblema y aceptó ayudarla a entrar por la sacristía.

Había sido Candelaria quien escondió las pistas en la campana y quien escribió la nota dejada en la habitación de Amelia.

Elena colocó el brazalete y la gota de sangre mientras buscaba las cartas de Soledad.

—¿Entró también en la casa de mi padre?

—Antes de que usted regresara a Santa Aurelia. Tomás me sorprendió en el despacho.

Amelia sintió que el suelo se inclinaba.

—Mi padre murió seis semanas atrás.

—Lo sé. Lo vi cuatro días antes. Estaba enfermo, pero lúcido. Me reconoció por los ojos de Clara. Dijo que había esperado toda su vida a que alguien viniera a pedirle cuentas.

Tomás le mostró la caja de cartas, aunque se negó a entregar la lista. Aseguró que estaba en un lugar al que ya no podía llegar y escribió los números 8-17-4-7. Prometió hablar con Amelia después del funeral de un antiguo miembro del patronato. Murió antes.

—¿Le pareció enfermo? —preguntó Amelia.

—Mucho más de lo que admitía. Le temblaban las manos y tenía una línea oscura en las encías.

Alcocer levantó la cabeza. La pigmentación podía indicar exposición prolongada a ciertos metales. Preguntó si Tomás sufría dolores abdominales, debilidad o confusión. Elena recordó que se dobló dos veces sobre el escritorio y que bebía un tónico enviado por Rivas.

—Arsénico —dijo Alcocer—. O plomo. Sin examinar el cuerpo no puedo afirmarlo.

Exhumarlo requeriría autorización del juez, y solicitarla alertaría a Rivas.

Amelia pensó en la botella guardada en su casa.

Todavía podían analizar el residuo. El médico conocía a un boticario de la capital que no debía favores al hospital.

Prepararían una muestra y otra copia del contenido.

Incluso la muerte de Tomás tendría dos destinos.

Un golpe sonó bajo el piso. Elena apagó la lámpara y todos guardaron silencio. Tres golpes, pausa, dos golpes más. No era el código de la casa. Desde el cuarto interior, Clara empezó a respirar con rapidez.

Elena retiró una tabla y miró hacia el túnel. No vio luz. Alcocer tomó el revólver que llevaba en el maletín, pero Amelia le hizo bajarlo. Los golpes se repitieron y después cesaron. Alguien sabía dónde estaban y quería que lo supieran. Clara murmuró el nombre de Soledad detrás de la puerta.

—¿Quién era ese miembro?

—Feliciano de la Rocha. Su familia recibió a uno de los niños.

Alcocer señaló las iniciales copiadas del registro.

La muerte de Tomás podía haber sido natural, pero la oportunidad beneficiaba demasiado a Rivas.

Amelia recordó las últimas semanas: el cansancio de su padre, las náuseas, la forma en que rechazaba la comida preparada por la criada y sólo aceptaba los tónicos enviados desde el hospital. No había pedido una autopsia.

—Rivas lo atendía —dijo.

Elena asintió sin afirmar nada que no pudiera probar.

Después abrió la puerta interior. Una mujer delgada permanecía sentada junto a una estufa apagada, envuelta en una manta.

Su cabello era casi blanco y llevaba las manos cubiertas por unos guantes de lana, pese a que el cuarto no estaba frío.

Al ver el maletín de Alcocer, retrocedió contra la pared.

El cuarto no tenía ventanas. Elena había retirado todo objeto de metal y colocado el colchón lejos de la puerta, pero Clara dormía en el suelo, dentro del espacio más estrecho entre la cama y el muro.

Una palangana permanecía intacta; no toleraba el agua si alguien cerraba la puerta.

Amelia reconoció hábitos de una persona que había vivido vigilada durante demasiado tiempo.

No se acercó. Se quitó la cofia, la dejó junto al maletín y se sentó en el piso para que sus ojos quedaran por debajo de los de Clara.

—No voy a tocarla —dijo—. Tampoco él.

Clara observó las manos de Alcocer. El médico retrocedió al corredor y dejó la puerta abierta.

Sólo entonces ella permitió que Elena ajustara la manta.

En la muñeca llevaba una cicatriz circular, la marca de una sujeción antigua.

Sobre el cuello se distinguían puntos pálidos producidos por años de inyecciones mal aplicadas.

—Cada vez que llegaba un médico me cambiaban el nombre —susurró—. Por eso no decía ninguno.

Amelia comprendió que obtener su testimonio no consistiría en hacer preguntas. Primero tendrían que demostrarle que una puerta podía permanecer abierta.

—El médico no se acercará —dijo Elena con suavidad—. Ella es Amelia.

Clara levantó la mirada. Sus ojos, muy claros, eran los mismos de la paciente. Observó a Amelia durante tanto tiempo que ella dejó de respirar.

—Tienes la boca de Soledad —susurró.

Amelia se arrodilló a una distancia prudente.

—Necesito saber dónde quedó mi madre.

Clara empezó a temblar. Elena quiso interrumpir, pero ella levantó una mano.

—Debajo de la capilla —dijo—. La escuché golpear la puerta hasta que empezó el incendio. Tomás estaba del otro lado.

—¿La ayudó?

Clara cerró los ojos.

—Él fue quien entregó la llave a Rivas.