La casa de los expósitos #2
Una noche, una madre siguió al camillero desde el hospital.
Golpeó la puerta hasta que se lastimó las manos, Anselmo Landa la llevó de vuelta y nadie volvió a verla.
Jacinta comenzó entonces a grabar los nombres que escuchaba debajo de las cunas.
Por eso había veintitrés marcas y no sólo las diecisiete registradas por Soledad.
Anselmo Landa era el padre de Eusebio Landa.
Había trabajado como capataz de la mina y después como encargado del hospital.
Enseñó a su hijo las galerías cuando apenas tenía doce años.
Jacinta recordaba a Eusebio llevando canastas de carbón y mirando a los recién nacidos a través de las puertas.
Tras la muerte de Anselmo, Rivas le dio el puesto.
En Santa Aurelia, incluso la violencia se heredaba como un oficio.
—¿Él sabe quiénes fueron entregados? —preguntó Amelia.
—Sabe por dónde pasaron. Los nombres estaban en el libro pequeño.
Jacinta había visto el volumen una vez: tapas oscuras, broche de metal y páginas divididas en dos columnas, «madre» y «destino».
Soledad lo tomó del despacho de Rivas la noche del incendio.
Si la lista del muro era una copia, el libro era el original con firmas y pagos.
Rivas no buscaba sólo destruir una acusación; quería recuperar la única prueba que lo unía personalmente a cada traslado.
Amelia preguntó por Elena. Jacinta recordó una niña con una mancha detrás de la oreja y una manta bordada con flores azules.
Mercedes fue personalmente a recogerla. Antes de irse dejó una bolsa de monedas y ordenó que pintaran las cunas.
Quería borrar cualquier fibra que pudiera relacionar a la criatura con el hospital.
Elena se apartó hacia el patio, Amelia la siguió y la encontró tocando la inscripción E.
M. No lloraba. Parecía más afectada por la imagen de una anciana calentando su leche que por los recibos de veinte mil pesos.
Los documentos explicaban el delito; los pequeños cuidados demostraban que realmente ocurrió.
Jacinta conservaba un costurero que Soledad le entregó antes del incendio.
Dentro había etiquetas de ropa, dos brazaletes de recién nacidos y una llave marcada con el número cuatro.
También guardaba un sobre dirigido a Tomás que nunca se atrevió a entregar.
En el frente aparecía la letra de Soledad y la fecha 17 de octubre.
—Me dijo que, si el abogado venía solo, se lo diera —explicó—. Pero llegó con el doctor Rivas.
Amelia abrió el sobre, contenía la primera página de la carta número cuatro.
Soledad le pedía a Tomás que sacara a Amelia de la ciudad y confesaba que había copiado la lista en el reverso de los azulejos del antiguo baño, debajo de la capilla.
La segunda página faltaba, en el último renglón, escribió: «Sé que firmaste los primeros traslados.
Aún puedes decidir de qué lado te recordará nuestra hija».
Jacinta aseguró que Tomás regresó una semana después del incendio, herido en una mano y sin Rivas. Buscó la carta y lloró cuando ella dijo que no la tenía. Durante años dejó dinero en la iglesia para sostenerla, no parecía el hombre que Clara recordaba junto a la puerta, pero tampoco era inocente.
Antes de entregar la llave, Jacinta las condujo a un segundo cuarto detrás del horno.
Allí guardaba objetos que las madres dejaron al buscar a sus hijos: una medalla de bautismo, un mechón trenzado, dos cartas devueltas y fotografías tomadas frente al hospital.
En cada envoltorio había escrito la fecha y la descripción de la mujer.
Amelia contó catorce paquetes, algunas madres no aparecían en la lista de veintitrés niños.
Podían corresponder a muertes reales, a otros traslados o a mujeres engañadas por distintos motivos.
La investigación crecería más allá del libro.
No encontrarían una sola prueba capaz de ordenar cada ausencia.
Jacinta pidió que los objetos no fueran llevados todavía a la policía.
Había visto desaparecer cosas entregadas a Castañeda.
Amelia propuso numerarlos, fotografiarlos con la cámara de Alcocer y dejar originales bajo custodia compartida.
Jacinta conservaría una llave; Matilde, otra.
La anciana aceptó después de que Elena renunciara a usar su apellido para imponer la decisión.
Mientras trabajaban, un ruido llegó del patio.
Las tres apagaron la lámpara. Por una rendija vieron a un niño recoger carbón entre las ruinas.
No era un espía, sólo un habitante del pasaje que buscaba combustible.
El susto mostró hasta qué punto el miedo había convertido cualquier presencia en amenaza.
Elena le entregó pan. El niño reconoció a Jacinta y prometió avisar si llegaban automóviles. La red que protegería las pruebas no estaría formada únicamente por abogados y autoridades. También por personas a quienes el hospital nunca había considerado dignas de escuchar.
—¿Quién tiene la otra página? —preguntó Elena.
La anciana señaló la llave cuatro.
—La señorita Salvatierra. Soledad se la dio antes de bajar. Matilde era una muchacha entonces. Trabajaba en lavandería y veía todo lo que nadie más miraba.
Al salir, encontraron a Matilde esperándolas bajo el arco del pasaje. No llevaba uniforme. En una mano sostenía un paraguas cerrado; en la otra, un sobre amarillento.
Jacinta retrocedió al verla. Durante años había esperado sus visitas y también temido que un día llegara acompañada por Rivas. Matilde dejó el paraguas en el suelo y levantó las manos para mostrar que no llevaba llaves ni arma.
—Candelaria murió porque yo le pedí que esperara —dijo—. Quería tener una copia más antes de entregar las cartas.
La confesión cambió la expresión de Jacinta, no la perdonó.
Le preguntó cuántas pruebas necesitaba una persona antes de aceptar que el peligro ya era suficiente.
Matilde respondió que siempre creyó que faltaba una hoja, una firma o un testigo respetable.
En realidad, lo que faltaba era estar dispuesta a perder su puesto.
Elena exigió saber si había informado a Rivas del refugio. Matilde negó y mencionó detalles que sólo Candelaria podía haberle contado: el dedal, las marcas bajo las cunas y la segunda llave. Después entregó su propio manojo a Jacinta.
—Si no confía en mí, enciérreme aquí hasta que terminen de leer.
Amelia no aceptó la demostración. Encerrar a una persona para comprobar lealtad repetía la lógica que investigaban. En cambio, pidió que Matilde contara su participación completa delante de todas y permitiera que Jacinta decidiera si podía permanecer.
La jefa de enfermeras habló de la puerta que cerró en 1907, de las sábanas lavadas y de los traslados que registró sin detener. Jacinta la escuchó con el rostro inmóvil. Al final recogió las llaves y permitió que entrara, pero no le devolvió el paraguas.
—La confianza no vuelve porque una llegue con una carta —dijo—. Entra porque necesitamos lo que sabes. Lo demás se verá después.
Matilde inclinó la cabeza. Era una condición más honesta que el perdón inmediato.
—Han tardado demasiado —dijo.
Elena retrocedió, pero Amelia reconoció el número escrito en el papel. Era la carta cuatro.