El libro de los muertos
El Archivo Municipal ocupaba la antigua Casa de Moneda, un edificio de cantera cuyos corredores conservaban el frío aun en verano.
Amelia llegó poco antes del cierre con el cabello recogido bajo un sombrero y la medalla de Tomás escondida en el bolso.
Alcocer ya la esperaba en la sala de consulta.
Había conseguido que el archivero les prestara los libros con el pretexto de investigar las epidemias infantiles, pero el hombre se negó a dejarlos solos hasta que el médico deslizó unos billetes debajo de la ficha de préstamo.
El archivero se llamaba Ignacio Leal y llevaba manguitos negros para protegerse de la tinta.
Antes de dejarlos trabajar comprobó tres veces las credenciales de Alcocer y miró a Amelia como si una enfermera no tuviera motivo legítimo para leer documentos.
Ella reconoció aquella expresión. En el hospital, algunos médicos también creían que las manos capaces de cambiar vendas no debían tocar decisiones.
Leal estableció que ningún libro podía abrirse por completo, que no usarían pluma cerca de las hojas y que abandonarían la sala al primer toque de la campana.
El hombre sostuvo su mirada un instante de más. Después corrigió: humedad, no incendio. La mentira pequeña confirmó que alguien le había indicado qué debía recordar.
La sala olía a cuero, polvo y engrudo. En los estantes descansaban décadas de nacimientos, deudas, matrimonios y muertes, cada vida reducida a una línea escrita por quien tuvo autoridad para nombrarla.
Amelia pensó en Clara, convertida en Teresa por una pluma, y en Elena, declarada muerta antes de aprender a respirar.
No había nada sobrenatural en aquello. Bastaba un sello.
Sobre la mesa colocaron el registro del hospital, el libro parroquial de entierros y las actas civiles de 1907.
Amelia siguió la indicación de Soledad. Cada fecha del sobre número cinco correspondía a un nacimiento inscrito como muerte antes de veinticuatro horas.
Los certificados llevaban la firma de Eduardo Alcocer y, como testigo administrativo, la de Tomás Valdés.
Sin embargo, ninguno de los nombres aparecía en el libro de sepulturas.
La ausencia podía parecer un descuido si se examinaba una sola partida.
Diecisiete ausencias formaban un método.
Amelia preparó tres columnas y anotó el nombre de cada madre, la hora de nacimiento y la supuesta causa de muerte.
Se repetían expresiones idénticas: debilidad congénita, falta de respiración, imposibilidad de alimentar.
Eduardo había utilizado las mismas palabras incluso en partos separados por años.
En varios casos, la tinta del certificado era distinta de la firma, como si alguien hubiera completado formularios en blanco.
Amelia añadió una cuarta columna con el nombre de la enfermera de turno.
Soledad aparecía en seis nacimientos, Candelaria en tres y Matilde en uno.
Los demás llevaban una inicial ilegible o ningún nombre.
La ausencia de enfermera contradecía las normas del hospital, pero nadie parecía haberla cuestionado.
En dos casos, la hora del fallecimiento precedía a la del nacimiento por diez minutos.
En otro, una niña figuraba con un peso imposible para el tiempo de gestación anotado.
—No revisaban porque nadie esperaba que estos papeles se compararan —dijo.
Alcocer observó las firmas de su padre. De niño lo había visto practicar el mismo trazo durante horas después de que una lesión le entumeciera los dedos. Algunas rúbricas eran auténticas; otras imitaban la forma, pero no la presión.
—Firmó documentos en blanco —concluyó—. Después cualquiera podía llenarlos.
—Eso no lo hace inocente.
—No. Sólo hace más grande el número de culpables.
Encontraron también recibos por leche de cabra enviados a direcciones donde oficialmente no vivían niños.
Uno correspondía a la casa de los Muñoz; otro, a una propiedad de Feliciano de la Rocha.
Amelia copió las direcciones. Si los hijos habían sobrevivido, quizá algunos continuaban en Santa Aurelia sin saber que compartían fecha de nacimiento con un ataúd lleno de piedras.
El libro del cementerio registraba el ingreso de pequeñas cajas sin nombre, pagadas por la beneficencia.
Alcocer pensó que podían contener a los niños, pero el peso anotado por el sepulturero era casi el mismo en todos los casos.
Amelia conocía el peso de un recién nacido.
Aquellas cajas no contenían cuerpos o habían sido llenadas con objetos para simularlos.
—Piedras —dijo el médico—. Mi padre certificaba la muerte, Tomás preparaba el acta y alguien enterraba piedras.
Amelia encontró además el nombre de dos madres declaradas fallecidas semanas después del parto.
Una murió de fiebre según Eduardo; la otra, de «melancolía puerperal».
Ninguna tenía acta civil de muerte. Tal vez fueron enviadas a instituciones bajo nombres falsos, como Clara.
La conspiración no terminaba al quitarles a sus hijos: necesitaba borrar a las mujeres que insistieran en buscarlos.
—Diecisiete niños sin tumba —dijo Amelia.
Alcocer pasó el dedo por la firma de su padre.
—O diecisiete tumbas sin niños.
Los números que Candelaria había escondido condujeron a cuatro páginas: ocho, diecisiete, cuarenta y siete.
Las primeras contenían defunciones aisladas.
En la cuarenta y siete, detrás de una hoja pegada con almidón, hallaron una columna adicional escrita con letras pequeñas.
No eran nombres, sino iniciales de familias: M.
M., U. C., F. de la R., A. Z. Junto a cada una figuraba una cifra y la palabra «gratitud».
Alcocer reconoció apellidos de propietarios de minas, hacendados y funcionarios.
La página cuatro contenía algo distinto: una lista de objetos depositados en la capilla después del incendio.
Un relicario de plata, dos cajas de instrumental, siete medallas y «un libro pequeño con broche, recuperado del corredor inferior».
Al margen, otra mano había escrito: «Entregado a B.
R.». Candelaria añadió el siete al código porque la página señalaba que las medallas no eran símbolos aislados.
Habían sido recogidas junto al libro que Rivas buscaba.
En la página ocho aparecía el acta de fundación del patronato.
La quinta firma sólo dejaba ver una M y un apellido terminado en z, manchados por agua.
Amelia pensó en Mercedes Muñoz. Debajo de las firmas se declaraba que el círculo protegería «la continuidad de las familias y el porvenir de los menores confiados a su misericordia».
El lenguaje hacía parecer piadosa cualquier atrocidad mientras evitaba nombrarla.
—Misericordia y Silencio —leyó Alcocer—. Mi padre lo llamaba una asociación de beneficencia.
—Y quizá empezó así.
La posibilidad no disminuía el crimen. Lo volvía más reconocible: una decisión excepcional repetida hasta convertirse en sistema, personas convencidas de que podían elegir por otras porque tenían dinero, educación o apellido.
Amelia fotografió mentalmente cada línea.
No podían retirar el libro sin denunciarse.
Tomó su pluma fuente y copió las entradas en el reverso de una hoja de cuentas.
Al llegar a octubre, la columna indicaba: «C.
M. — niña — M. M. — 20 000». Debajo, la tinta estaba raspada, pero todavía se distinguía la inicial S.
—Soledad encontró esto —dijo—. Por eso copiaron o destruyeron los registros.
Una puerta se cerró en el piso inferior. Alcocer miró el reloj. El archivero debía haber regresado diez minutos antes. En lugar de sus pasos escucharon el chasquido de una cerradura y luego un olor tenue a petróleo.
—Guarde la copia.
El humo entró por debajo de la puerta. Alcocer intentó abrirla; estaba cerrada desde fuera.
Amelia recogió el libro de defunciones y lo envolvió en su abrigo.
Si el fuego destruía el archivo, Rivas atribuiría todo a otro accidente.
Junto a la ventana había un malacate de mano que utilizaban para subir cajas desde el patio.
Alcocer liberó el cable del tambor, comprobó el anclaje y aseguró el extremo alrededor de la cintura.
Antes de bajar, Amelia volvió junto a Ignacio Leal el archivero.
Respiraba, pero el pulso era lento y una pupila reaccionaba con retraso.
No podía dejarlo dentro. Alcocer protestó que el humo los alcanzaría en minutos.
Amelia improvisó un arnés con la cortina y aseguró al hombre al cable del montacargas.
El libro descendería primero; después, Leal.
Cada vuelta de la polea arrancaba un gemido al metal.
La puerta comenzó a arder desde afuera. A través de la madera llegó el sonido de pasos que se alejaban.
Quien provocó el incendio esperó a que el humo hiciera el trabajo y no se quedó a comprobarlo.
Amelia gritó, no para pedir ayuda, sino para que cualquier empleado del edificio supiera que había personas encerradas.
Una voz respondió desde el piso inferior.
El fuego ya no podía pasar por accidente.
—Baje primero.
—El libro primero.
Lo ataron con una correa y lo descendieron.
El humo ya hacía llorar los ojos. Amelia pasó una pierna por la ventana, sujetó la cuerda y descendió hasta el balcón del piso inferior.
Alcocer la siguió cuando las llamas comenzaron a asomar por el marco de la puerta.
En el patio encontraron al archivero inconsciente junto a un armario.
Respiraba, pero tenía una herida en la nuca.
Amelia lo arrastró lejos del humo y le limpió la boca.
Alcocer abrió las ventanas mientras ella comprobaba el pulso y aflojaba el cuello de su camisa.
Leal recuperó el conocimiento cuando los bomberos extendían las mangueras. Intentó incorporarse y preguntó por el libro antes que por su herida. Amelia le aseguró que estaba a salvo. Él apretó su muñeca.