El libro de los muertos #2
—No fue la primera vez —susurró—. Hace dos semanas alguien pidió los registros de 1907. Traía una orden del hospital.
—¿Quién?
Los ojos del archivero buscaron a Landa entre la multitud. Antes de responder, Castañeda se arrodilló junto a ellos. Leal retiró la mano y dijo que no recordaba. Amelia comprendió que el miedo podía regresar más rápido que la conciencia.
Los bomberos llegaron con una bomba de mano.
Castañeda apareció poco después, sorprendentemente rápido, y quiso recuperar el libro, pero Amelia se negó a entregarlo hasta que se registraran las páginas ocultas.
El inspector la acusó de sustraer documentos públicos.
Alcocer declaró que lo habían salvado de las llamas y que retirarlo antes de levantar un acta constituiría destrucción de pruebas.
Por primera vez, Castañeda pareció dudar.
Entre los curiosos, Amelia vio a Landa. No tenía sombrero y una mancha de hollín le cruzaba la manga, aunque aseguraba haber llegado desde el hospital cuando sus miradas se encontraron, él sonrió sin amabilidad y se tocó el segundo botón de la bata, ya reemplazado.
El inspector Castañeda ordenó registrar a todos los presentes, pero permitió que Landa se marchara después de una conversación breve. A Amelia le revisaron el bolso y encontraron la medalla de Tomás. El inspector la sostuvo bajo la luz.
—¿Sabe qué significa?
—Estoy intentando averiguarlo.
—Mi madre tenía una igual.
La confesión fue tan inesperada que Amelia creyó haber oído mal. Castañeda devolvió la medalla de inmediato y cambió de tono.
—Murió cuando yo era pequeño. Rivas pagó mis estudios porque ella trabajó para la beneficencia.
—¿Recuerda su nombre?
—Recuerdo el nombre que me dieron.
Un bombero los interrumpió. Cuando Castañeda se alejó, Amelia entendió que el inspector había investigado su propio origen mucho antes de conocerla, su obediencia a Rivas podía provenir de gratitud, pero también del temor de descubrir que aquella gratitud se basaba en una mentira.
Esa noche, Amelia y Alcocer llevaron la copia de las iniciales a la casa de Tomás. El médico no quiso entrar hasta que ella le mostró la medalla de su padre.
—La de Eduardo estaba en su mesa cuando murió —dijo—. Mi madre la arrojó al horno.
—¿Por qué nunca me lo contó?
—Porque pasé mi vida intentando demostrar que yo no era él.
Alcocer recorrió el despacho de Tomás sin tocar nada.
Le confesó que había solicitado trabajar en la Misericordia porque quería corregir desde dentro el daño que había ocasionado su padre Eduardo Alcocer.
Durante años redujo cobros, atendió a mineros sin registrarlos y cuestionó tratamientos innecesarios.
Se convenció de que bastaba con ejercer de manera distinta. Nunca abrió los papeles de su padre.
—La decencia privada no repara un delito público —dijo Amelia.
—Lo sé ahora.
—Lo sabía antes. Sólo era más cómodo llamarlo vergüenza.
El médico aceptó el golpe sin defenderse y sacó de su cartera una llave oxidada y la dejó sobre la mesa, correspondía a la casa donde Eduardo murió, irían al amanecer. Si había documentos, no permitiría que el apellido de su padre los protegiera.
Amelia comprendió que no era la única hija criada dentro del silencio de otros. Le mostró a Alcocer las cartas y la dirección del pasaje; él leyó el número tres y se detuvo en el nombre de Benigno.
Trabajaron hasta que el reloj marcó las dos.
Alcocer ordenó los certificados por tipo de falsificación mientras Amelia comparaba las fechas con los recibos hallados en el despacho.
Cada nacimiento estaba seguido por tres movimientos: un donativo al hospital, un pago al médico y un honorario legal.
En algunos casos, Tomás devolvió después parte del dinero bajo nombres distintos.
El doctor Eduardo Alcocer, en cambio, continuó recibiendo pagos hasta enfermar.
Amelia preparó un índice. No bastaba con poseer papeles; otra persona debía poder comprenderlos si ella desaparecía.
Escribió una explicación sencilla de las columnas y añadió dónde se encontraba cada original por otra parte Alcocer hizo una copia con letra distinta.
Guardaron una copia en una lata de harina y otra dentro del forro de su maletín.
Durante el trabajo, el médico encontró un ingreso que Amelia no había visto.
El día de su séptimo cumpleaños, Tomás pagó a un investigador para localizar a Soledad en sanatorios de tres estados.
Repitió el gasto durante cinco años. Pero nunca la encontró, porque buscaba su nombre verdadero y Rivas la había convertido en Dolores Varela.
—No dejó de buscarla —dijo Alcocer.
—Pero dejó de contarme que la buscaba.
La diferencia importaba. Tomás podía haber amado a Soledad, temido por Amelia he intentado reparar el daño en secreto; también la privó de participar en la historia de su propia madre y las acciones ocultas no podían reemplazar la confianza que negó.
Amelia cerró el libro de caja. No quería que cada nueva prueba cambiara a Tomás de culpable a inocente y de nuevo a culpable. Era una persona completa, no un veredicto que debía corregirse en cada página.
—Rivas no era director en 1907 —explicó—. Era cirujano auxiliar y representante de Mercedes Muñoz. Ella pagó sus estudios. Después del incendio lo convirtió en héroe y consiguió que ocupara el puesto.
Un golpe seco llegó desde el patio. No era una puerta; era una piedra envuelta en papel, Alcocer la recogió y el mensaje decía: «Si vuelven a abrir un libro, la próxima vez habrá alguien dentro cuando arda».
Amelia desató la cuerda. En el reverso había un dibujo infantil: una mujer tomada de la mano de una niña, frente a una casa con tres cunas azules. Bajo el dibujo, Elena había escrito: «Mi madre está lista para verla».