La caída de sor Candelaria #2
El capellán ocultó una tos. Castañeda dejó de escribir. Tenía una cicatriz delgada junto a la oreja izquierda y, al inclinarse, Amelia vio bajo el cuello de su camisa una cadena parecida a la de las medallas. Él advirtió su mirada y ajustó el botón superior.
—Está acusando a alguien de homicidio —dijo.
—Estoy describiendo lo que veo.
—En Santa Aurelia, señorita Valdés, a veces es lo mismo.
La frase sonó menos a amenaza que a advertencia. Por un instante Amelia creyó percibir miedo en él. Luego Rivas colocó una mano sobre el respaldo de su silla y el inspector volvió a guardar la libreta.
—Subió descalza —dijo Amelia.
Levantó uno de los zapatos limpios. El inspector miró a Rivas antes de responder. Aquel movimiento bastó para que Amelia comprendiera que el hospital había explicado muertes difíciles durante muchos años y que la policía sabía qué preguntas no debía formular.
—Entregue lo que tenga y deje trabajar a la autoridad —ordenó Castañeda.
—Eso mismo hizo mi madre hace veinticinco años.
El inspector cerró su libreta. Rivas pidió hablar con Amelia a solas, pero ella se negó.
Antes de cubrir el cuerpo, acomodó las manos de Candelaria sobre el pecho.
Uno de los dedos se mantenía rígido alrededor de una cuenta del rosario.
Amelia la retiró con cuidado. No era una cuenta, sino un pequeño cilindro de madera.
Dentro había un papel enrollado con cuatro cifras: 8-17-4-7.
Las mismas de la carta, salvo por el siete añadido.
Alcocer vio el hallazgo y se colocó delante para ocultarlo de Rivas.
—Mañana al anochecer —dijo en voz baja—. Archivo municipal. Los libros de defunciones de 1907 se guardan allí.
Amelia guardó el papel en la manga. Cuando salieron, Pilar la esperaba junto a la lavandería, con los ojos hinchados.
Había visto a Landa regresar antes del amanecer con barro en las botas y una manta sobre el hombro.
También había escuchado a Rivas ordenar que prepararan la torre antes de llamar al capellán.
Pilar la condujo entre las calderas, donde el vapor cubría las voces. Dos lavanderas trabajaban sin mirarlas, pero una disminuyó el ritmo de la prensa para escuchar.
—Landa dejó la manta en el cuarto de carbón —continuó Pilar—. Cuando fui por ella ya no estaba. Había agua en el piso y unas flores secas.
—¿Qué flores?
—Azahares. Como los que ponen en las cunas de maternidad.
Una de las lavanderas dejó caer una sábana.
Se llamaba Rosario y llevaba treinta años en el hospital.
Aseguró que antes del incendio cada recién nacido recibía una ramita de azahar si la madre había sobrevivido al parto.
Si el niño moría, la rama se colocaba en el pequeño ataúd.
Durante semanas posteriores al incendio encontró azahares secos en los bolsillos de sábanas procedentes de cuartos que oficialmente estaban vacíos.
—Se lo dije a la madre superiora —añadió—. Me respondió que lavara y olvidara.
Amelia le pidió que declarara ante Castañeda. Rosario soltó una risa sin alegría.
—El inspector era un muchacho de hospicio entonces. Rivas pagó para que estudiara. Aquí todos debemos algo.
Castañeda no tenía edad para haber sido inspector en 1907, pero sí para haber sido uno de los niños.
Amelia guardó la observación sin compartirla.
La cicatriz detrás de su oreja podía ser una marca cualquiera.
Aun así, por primera vez imaginó que el círculo no sólo protegía a las familias compradoras; podía haber colocado a algunos niños en posiciones desde las que, sin saberlo, terminarían defendiendo la institución que borró su origen.
—¿Por qué no lo dijiste al inspector?
—Porque mi madre recogió hoy sus medicinas y le dijeron que la próxima receta necesita la firma del director.
Amelia no podía pedirle heroísmo a quien pagaría con la salud de otra persona. Le indicó que observara sin arriesgarse y se volvió hacia la galería. Matilde Salvatierra estaba al fondo, inmóvil entre dos columnas. La jefa de enfermeras hizo un gesto breve hacia la capilla y luego se alejó.
Antes de seguirla, Amelia regresó a la sala de mujeres.
Rivas podía suspenderla, pero no impedirle mirar desde la puerta.
Doña Mercedes, la paciente de la cama doce, presentaba dificultad para respirar; el tumulto del patio había provocado una crisis.
La enfermera del turno buscaba un frasco que nadie encontraba.
Amelia se lavó las manos, elevó la cabecera, aflojó las prendas de la anciana y pidió que abrieran la ventana superior.
Dio instrucciones sin levantar la voz hasta que el silbido en el pecho disminuyó.
Rivas apareció en la entrada durante el procedimiento.
Podía ordenar que se retirara y poner en riesgo a la enferma, o permitir que una suspendida demostrara delante de todo el personal por qué la necesitaban.
Esperó en silencio. Cuando la respiración de doña Mercedes se estabilizó, Amelia entregó el puesto a la enfermera y salió sin agradecerle el permiso.
—Su habilidad no la vuelve intocable —dijo Rivas en el corredor.
—No. Pero vuelve más difícil explicar por qué desea alejarme de los pacientes.
—Está confundiendo el cuidado con la insubordinación.
—Usted lleva veinticinco años confundiendo la obediencia con la inocencia.
Rivas no respondió. Miró hacia el patio donde cubrían a Candelaria y por primera vez pareció cansado. Aquello inquietó más a Amelia que su ira. Los hombres que se consideran justos pueden hacer cosas peores que quienes se reconocen crueles.
Amelia siguió la dirección de su mirada. En la puerta lateral de la capilla, alguien había trazado con carbón una flor de cinco pétalos. Debajo, una línea descendía hasta el piso, como una indicación. Se agachó. Entre las losas encontró una ranura y, dentro, un fragmento de papel arrancado.
Sólo quedaban seis palabras de la letra de Soledad: «Tomás conoce la entrada. La cuarta carta…»
El resto había sido quemado.